jueves, 7 de abril de 2011

El regalo de Daniela

Ésta será mi venganza:
Que un día llegue a tus manos el libro de un poeta famoso
Y leas estas líneas que el autor escribió para ti
Y tú sí lo sepas
– Ésta Será Mi Venganza, Ernesto Cardenal

Debido a que algunos de mis cuentos tratan acerca de situaciones sentimentales entre un narrador masculino y alguna mujer, amigos y lectores me han preguntado si las historias que relato aquí son de corte autobiográfico. Y la respuesta es sí y no. Los cuentos que escribo son como plantas frondosas que germinan de pequeñas semillas que son mis experiencias personales. Aunque a veces no, claro está. A veces mis cuentos son pura y cruel mentira de principio a fin. Y en realidad no me interesa si lo son; de dónde viene la inspiración o la trama para un texto es lo de menos. Lo importante es contarlo bien. Mas en ocasiones las historias que me suceden en la vida real son más profundas y reales que la ficción misma. Digo esto sobretodo por la historia detrás de la tinta – por así decirlo – del cuento Carta a una joven suicida, que escribí hace poco. Ya que con Daniela, nombre real de la joven a quien va dirigida la carta, pasó una historia un tanto diferente, pero, creo yo, más entrañable que la de aquel cuento.

En realidad Daniela y yo nos conocimos a través de César, un amigo en común, y no en la presentación de un libro mío. Bueno fuera haber presentado un libro mío. Sí estudiaba sociología y sí – también era muy hermosa; esto no lo inventé. Y tampoco inventé el hecho de que ella fue la que me buscó y no yo a ella. Digo – fue ella quien le pidió a César mi correo electrónico y mi número de teléfono y todos mis datos, finalmente. Fue ella la que me llamaba, me buscaba, me mandaba mensajes, me coqueteaba con frecuencia, me invitaba a salir cada vez que podía. No mames, me dijo ya cuando nos besamos afuera de su casa en la primera cita. Te tiraba rollo bien cabrón. Sí, le contesté – y yo me hacía pendejo bien cabrón. Ella rió y yo también. Sólo tuvimos dos citas – esa ocasión en la que nos conocimos formalmente y un miércoles por la tarde que fuimos a beber limonada a un parque de por su casa porque quería relajarse un poco. Después de eso Daniela terminó conmigo; y desde entonces tuve que detener esa química idílica entre nosotros, esa libertad de besos en los labios que tanto me gustaba. Lo que devino fue una pseudoamistad entre nosotros – un vernos a la cara sin decirnos que nos queremos, un coqueteo sin fronteras – pero más profundo. A veces me llamaba por teléfono, ebria y cruda y drogada y triste, diciéndome que se sentía mal, que esta vida la hacía sentirse mal y que se reprochaba haber rechazado lo que algún día le ofrecí. Esto último sólo me lo dijo una vez, pero me sentí tan bien que me lo dijera. Ahora comprendo que aquella sensación era la misma – o muy parecida – a la de la venganza. Pero nuestra endeble situación tampoco impidió que nos viéramos una que otra noche, como aquella vez que fuimos a ver una película. Pasé por ella a las ocho, fuimos en camión, y nos bajamos en el estacionamiento frente al cine y, desde aquí, hasta llegar a la entrada, nos tomamos de la mano y nos empujábamos, jugando y riendo y a veces picándonos los costados. En la función Daniela se recargó en mi hombro, y yo la abracé por la espalda. Al terminar la función, la acompañé a hacia su casa, nos fuimos en metro, y ella se acostó sobre mis piernas en el asiento por un rato – pero luego se quitó Me acerqué a su rostro, casi rozándolo con mi nariz, y aspiré el olor a manzana de su cabello y me enamoré, todavía más y perdidamente de ella. Al bajarnos me dijo que tenía incontenibles ganas de ir al baño y en cuanto pisamos la banqueta de su cochera corrió a meterse a su casa. Le mandé un mensaje para que saliera y se despidiera – bien – de mí y esperé su respuesta. En realidad quería abrazarla y darle un beso en esos labios tan deliciosos de ella. Pero Daniela respondió que Ya me metí a la cama, lo siento, que te vaya bien, gracias por el paseo, adiós. Y la luna, siempre amiga mía, siempre a mis espaldas, como sombra imborrable, me acompañó y cuidó mi regreso y sueño solitario.

Meses después yo la llamé para ir a cenar. De nuevo, fue ella la que insistió en vernos, pero yo ciertamente quería verla. Fuimos a un puestecito de por su casa y compramos un par de papas asada y dos cafés y las comimos afuera de su casa acompañadas de cigarros. A mitad de la cena Daniela comprendió que había ensalzado su papa en exceso puesto que se había enchilado. Tomaba café para enfriar su lengua y aspiraba aire también. Se veía hermosa al apretar los labios y sólo Dios sabe cómo me contuve de tomarle el rostro y tronarle un beso en la boca. Como hacía frío, era invierno, estábamos muy juntos, pero no nos abrazábamos; sólo veíamos estrellas y el cielo despejado recargados en la pared. Esa noche me relajé. La presencia de Daniela me relajó. Hacía tiempo que no me relajaba, que no apagaba mi cerebro y dejaba a mis sentidos fluir mansos como el agua de un río. A Daniela le ocurrió algo parecido. Extraño hacer cosas como éstas, me comentó. ¿Qué cosas?, murmuré, plácido, entre dormido y despierto. Cosas tranquilas. gracias. De nada, le respondí. Rió. Y, al cabo de un tiempo, se puso de pie y se fue. Ya me voy, nos vemos después, dijo al caminar. Y no dijo más. Yo me quedé ahí, solo y en el frío y desconcertado. Tomé un taxi a mi casa. Mas tres días después me mandó un mensaje, diciéndome que me extrañaba.

Dios – cómo me alegraba escuchar ese timbre del celular y leer esos mensajes. Pero al mismo tiempo cómo me exasperaban y afligían, ya que me arrojaban a un vaivén de sus antojos, como montaña rusa que sube, sin dar la vuelta entera, que baja, mas no se detiene. Sobretodo cuando me llamaba ebria. Es que…te quiero mucho, decía llorando. Daniela, por favor, son las dos de la mañana, no mames, hubiera querido decirlo. Pero no. Ni siquiera tenía valor para eso. Todo lo contrario. La escuchaba letra a letra, palabra a palabra, lágrima a lágrima, producto de ese dolor profundo, de esa vida mundana que llevaba. Absorbía yo cada palabra como esponja al agua, haciendo mío su dolor y suya mi empatía – todo para que se sintiera mejor. Alguien por ahí diría – bueno, si lo quiere tanto como dice, por qué chingados no está con él. qué se lo impide, qué le hace falta. ¿Qué, en verdad prefieres ir a drogarte con tus amigos? ¿es mejor eso que yo? ¿tanto te gusta meterte cocaína por la nariz, tachas por la boca? ¿por qué no pasas tiempo conmigo si tanto te hace bien, Daniela? yo te ofrezco todo el amor del mundo ¿y tú lo cambias por unas cuantas cervezas y marihuana y fiestas? ¿qué tengo yo que no tenga la droga? "Estoy solterita y disfrutando", le contestaste a una amiga tuya cuando te preguntó si tenías novio en una fiesta en la que yo estaba sin que supieras. Escuché la conversación sin querer. Dime, tal vez sea yo el que carece de algo. No te entiendo. No sé qué pasa por tu mente. Eres un misterio. Y aunque no lo crean ese alguien también fui yo – mas no servía de nada – me daba pena siquiera pensarlo, mucho más decirlo. Pero yo aún así yo sufría por su incongruencia e indecisión e indiferencia. Lo único que hacía para consolarme de mis tristezas era escribir poesía. Cada vez que sabía de ella o que la recordaba, tomaba un cuaderno y una pluma, me sentaba en la mesa de mi cocina, y, mirando la luna, le escribía poesía. De tantos poemas que le escribí, pude armar un poemario para publicar; sin embargo, sentía un extraño pudor de que en algún momento Daniela lo leyera. ¿Por qué? Oh no sé. Cada poema era un deseo de tenerla a mi lado, un pensamiento acerca de ella, una lealtad inquebrantable por parte de mis sentimientos, una nostalgia con esperanza de ser alegría. Y es que no importa que estemos en el siglo XXI, y que la literatura ya haya evolucionado tanto: escribirle poesía a una mujer, ya sea en prosa o en el perpetuo y en anacrónico verso, siempre será un faro de transparencia sentimental, de sincero amor. Así que no lo mandé a ninguna editorial, pero guardé el manuscrito terminado – escrito a mano – en una gaveta de mi escritorio.

Pero el tiempo pasaba y ella seguía en su dolorosa indiferencia. Y un día, cuando ya no pude soportarlo más, decidí vengarme de Daniela por todos y cada uno de los días aciagos que me hizo pasar: saqué el poemario de mi gaveta, lo envolví en un papel fino y lo puse en una bolsa de regalo, y lo dejé afuera de su casa antes de las ocho; ella salía del trabajo a las ocho y media y no tenía deseo alguno de topármela en el acto en cuestión. Y ya en la noche, en mi departamento, me retorcía de gusto y de placer al imaginar a Daniela abriendo mi regalo, su cara de sorpresa, de incredulidad. Porque aunque mi regalo a primera vista parezca un acto de desesperación rastrera, lo hice con el fin de que Daniela se diera cuenta de lo que yo era y le ofrecía, al darle el pináculo del amor constante, sublime venganza con guante blanco. Manipulador, innecesario, estúpido – pero no menos cierto.

Esperé hora a hora, minuto a minuto, su llamada o mensaje, confirmándome que había recibido mi regalo. Sabía que me iba a hablar en algún momento. Y al siguiente día, como a las tres, en efecto, recibí un mensaje. El ring del celular fue una súbita alegría que se tradujo en mi instantánea sonrisa de oreja a oreja. Damián – ¿me dejaste un regalo afuera de casa de mi mamá?, me preguntó. Yo ya no vivo ahí. Mi mamá pensó que el regalo era para ella jaja. Dile a tu amigo Damián que gracias, me dijo. Ya se iba a poner a leer a Carlos (¿?) cuando vio que era para mí. En un rato me lo traerá. Gracias.

Chin-ga-do, pensé. Se me cebó esta madre. Mal plan, literalmente. Confieso que sí me decepcioné un poco. Pero a los diez minutos recibí otro mensaje. Era de Daniela. Acabo de recibir tu regalo, me escribió. No lo puedo creer. Nunca me habían regalado algo así. En verdad me encantó. Estoy toda feliz. Hasta siento pena. Gracias. Te quiero. Y de nuevo me alegré – más allá de lo que esperaba; la venganza corriendo dulce como chocolate por las venas de mi cuerpo. Misión cumplida.

Creí que con eso ella recapacitaría – que por fin se dejaría de indecisiones y conflictos innecesarios, y viniera a mí y me amara. Pero no. Siguió ahí, desperdiciándome, tirándome a la basura a diario, mandándome mensajes, diciéndome las mismas cosas de siempre – que estaba deprimida y sola y me extrañaba mas no hacía más. Mas la humillación más cruel vino cuando me invitó a su nueva casa, que rentaba con un par de amigos suyos, justo antes de terminar.

Tuvimos antojo de beber cervezas y fumar y platicar en un lugar tranquilo y fuimos a un llamado Akhirmajlis. Éramos lo únicos en el bar y el camarero se sentó al fondo y bajó el volumen de la música. Era un ambiente agradable. Hablamos de lo que había acontecido en nuestras vidas, de su reciente viaje a Puerto Escondido en Oaxaca, de mi nuevo trabajo en el periódico local y de John Stuart Miller. Hubo un momento en el que extendió sus manos, sus palmas hacia el techo, como para poner las mías sobre las suyas. 'Dame tus manos/siente las mías', canté sarcásticamente, enlazando nuestros dedos. Daniela estalló en risotadas y yo me alegré por verla reír, por hacerla reír. ¿Por qué somos tan cínicos?, me preguntó. No sé – es algo entre tú y yo, contesté. Ella asintió y me vio fija a la cara. Antes de irnos, fue al baño. Al regresar yo ya había pagado la cuenta y lo esperaba sentado en un banco de la barra. Pocas luces prendidas. ¿Listo?, me preguntó al tenerme en frente. Asentí y yo puse mis manos en su cintura y la atraje hacia mi cuerpo para abrazarla. O ella no es tan alta o yo sí lo estoy, que nuestros cuerpos quedaron a la misma altura. Aspiré su dulce olor a manzanas y froté mi nariz contra su mejilla y Dios – cuántas ganas tuve de darle un beso ahí mismo, en la semioscuridad del bar, junto antes de irnos. Pero no lo hice.

Al llegar frente a su nueva casa estaba por sacar mi mano del bolsillo para despedirme. Pero ella se me adelantó. ¿Ya te vas, o quieres entrar un rato?, me preguntó. Esta pregunta fue como una piedra lanzada al estanque de mi corazón. Me quedo un rato, sonreí y me abrió la puerta. Fuimos a su habitación; encima de su cama estaba mi poemario. Me senté sobre la cama, lo tomé y lo miré con la curiosidad con que se ve una vieja pertenencia. Cuando estoy triste lo leo, me comentó Daniela, poniéndose una pijama. O cuando me siento sola. Me sube el autoestima. Yo le sonreí. Apagó la luz y nos metimos bajo las sábanas. Estuvimos así la mayoría del tiempo. No me dejó tocarla en toda la noche. Te quiero abrazar, le dije mañosamente, lo acepto. Pero yo no, contestó fríamente y me dio la espalda. Tengo sed, dijo al cabo de un rato. ¿Vamos a la cocina?, se incorporó. Ya en la cocina, lavando el vaso bebido, la abracé de espaldas por la cintura. Sentí sus firmes y sensuales caderas de guitarra que se acomodaban perfectas a mi pelvis. Acerqué mis labios a sus mejillas pero no la besé. No me atreví. Ella, en cambio, sonreía. ¿Quieres perrear o qué onda?, preguntó. Reímos. Vamos a la sala, se zafó de mi abrazo. Daniela ni volteó mientras salió de la cocina y yo ahí voy, idiota, como perro faldero, a seguirla adonde fuera. La encontré sentándose con un periódico en la mano. Recuerdo haber pensado – ¿es en serio? ¿se va a poner a leer? ¿a esta hora? – ¿y conmigo aquí? Suspiré; ella, estoy seguro, ni se percató de mi coraje que se tornó en impotente resignación. Ella asentía, casi afectadamente, al pasar sus ojos por las letras de aquel maldito papel. No quería irme, pero entraba temprano al trabajo por la mañana, así que le avisé que ya me iba para que me acompañara, si es que quería. Me despidió en el umbral iluminado de su puerta. Me dio un abrazo y un beso en la mejilla, muy cerca de la boca, diciéndome que me quería, que disfrutaba mucho de mi compañía y que habría que hacer esto más seguido. Yo asentí con la vista gacha, sin decirle nada – no tenía palabra alguna – ni siquiera pude verla a la cara. Ella se debió quedar feliz y satisfecha al verme marchar en la ciudad de madrugada.

Me tomó varias semanas de reflexión, pero decidí sacar a Daniela de mi vida. No me hacía bien anclarme a tan perniciosa esperanza. Tampoco esperar su regreso, incierto como eclipse. Dios – ni siquiera me hacía bien pensar en ella. Así que, sin avisarle, la borré de mi vida y comencé a vivir como si ella no existiera más.

Mas Daniela no se dio por vencido. Uh-uh. Me llamó en cuanto comprendió su calidad de exiliada en mi vida. ¿Podemos hablar?, se escuchaba consternada. Adelante, dije con frialdad – mas con frialdad aparente – yo aún cuidaba la última chispa del fuego ¿Qué tienes?, me preguntó. Y yo le expliqué lo que me sucedía. Obviamente yo sabía que ella y yo no éramos nada, que no teníamos ningún compromiso que nos uniera, pero ahora, tan enamorado que estoy de ti, no puedo ni siquiera ser tu amigo. Lo siento. Del otro lado de la línea Daniela parecía tomar aire para no estallar del coraje. No puedo creer que hagas esto, Damián. Sus palabras eran fuertes y directas como golpes. No es justo. ¿Por qué no lo es? Porque hay cosas de ti que me gustan: me gustan tus palabras, tus poemas, cómo me hablas, que siempre estés ahí para mí: y tú me las niegas. no lo puedo creer. ¿Es en serio?, le pregunté. ¿Eso es lo único que interesa de mí?: ¿cómo te hago sentir respecto a ti misma? No, no, respondió al instante. No puedo creerlo, Daniela. Esto me dice que en verdad debo sacarte de mi vida. tal vez de otro modo… Damián, cambió su voz. tú me gustas. en verdad. me gusta cómo eres y…me gusta estar contigo. eres de las pocas personas importantes en mi vida – pero ahorita sólo puedo ofrecer una amistad. he tenido muchas malas experiencias en el pasado y no quiero equivocarme de nuevo. No lo harías, quise refutarle, pero no pude; no tuve el valor. Perdóname por decírtelo, pero quiero ser egoísta. quiero enfocarme en mí misma, hacer las cosas que antes no pude hacer.. pero no quiero que te vayas. quiero que te quedes conmigo. Como tu amigo, terminé. Daniela no contestó; su silencio habló por ella. Y colgamos – más bien colgué.

Y éste es el final de mi historia con Daniela. Como pueden ver no hay justicia divina ni karma, simplemente porque no existen. La vida es una injusta mesa de apuestas y nosotros pobres dados, que, lanzados por la mano de la indiferente suerte, chocan y se rozan los unos con los otros; y celosos tristes y solos, rodamos hasta detenernos en caras desiguales bajo la negra sombra del fracaso.

Desde entonces no he visto a Daniela. A decir verdad, he procurado no encontrarla. La ciudad es muy grande y, si se busca, se descubren otros lugares, otros rumbos, otros cines. Hace poco me supe que ya tiene novio. Los vi en una fiesta, riéndose, tomados de la mano. Ya han pasado más dos años entre nosotros; era de esperarse que ya tuviera un nuevo amante. Yo no lo he hecho; no he querido. Quiero estar solo para terminar de adolecer y dejar que el río del tiempo se lleve las piedras del fondo del agua de mi estanque. En algún momento se irán; no puedo estar así para siempre. No quiero estar así para siempre. Aunque a veces no evite sufrir aún por su doloroso recuerdo. Ya que escribiendo o caminando o leyendo a Benedetti, me topo a veces con su andar, su sonrisa blanca de ojos cerrados, la forma en la que expulsaba el humo del cigarro juntando sus finos y hermosos labios. Y pienso que, al ver aquel libro, aquel regalo que le obsequié, en el estante sobre el buró que tiene junto a la cama, Daniela tal vez piense en mí – en mi amor, en que la quise, en que todavía la quiero – y tal vez sufra y se arrepienta por haberme rechazado y desperdiciado tan humillantemente. Patético consuelo, lo sé, y no me deja nada bueno. Pero a veces la venganza es el único consuelo, la única dulzura, a la que podemos aspirar los amantes malheridos y faltos de esperanza como yo.

martes, 5 de abril de 2011

Me gusta...

Me gusta tu voz. Son dedos tibios que acarician por dentro mis oídos. Me gusta escucharla. Cuando hablas de Benedetti o de cualquier cosa, por simple que sea. Me gustan tus manos. Son pequeñas y suaves. Comestibles como galletas saladas. Me recuerdan el final de aquel poema de Edward Estlin Cummings. Me gustan tus ojos. Son grandes, redondos y brillantes, como ágatas, e hipnóticas como canicas. Me gusta tu sonrisa. Tu boca se abre y devela tus blancos dientes, tendedero de cubitos de azúcar. Me gustan tus labios. Son suaves y húmedos, como un par de panes recién horneados; y finamente delineados en tu cara, tu bonita cara. Cuando fumas, y te veo de perfil, y retienes el cigarro en la boca, y luego lo quitas para exhalar el humo, tus labios se juntan exquisitamente, capullo de flor. Te ves hermosa. Me gusta mucho. Me gusta mucho que te veas hermosa. Me gusta tu nariz. La soberbia de su forma. Es un triángulo perfecto con final respingado. Al verla, me dan ganas de tocarla, por horas, con todos y cada uno de mis dedos de ambas manos, uno por uno, y muy lentamente. Ir desde donde comienza, justo entre tus ojos, hasta la punta, y acariciarla, y besarla, hacer pequeños círculos imaginarios en ella, e ir de regreso, y volver. Me gusta el color de tu piel. Mucho. Es brillante y dorado, como la miel o el caramelo. Tu espalda desnuda se ve el desierto por la noche, con partes en las que reverbera la luz de la luna llena, tranquilas dunas, que recorrería paso a paso con un par de dedos simulando un viajero extraviado. Me gusta tu cintura. Es el ecuador delgado de tu cuerpo, que lo divide en dos mitades grandes y jugosas de durazno maduro. Me gusta tu cabello. Es oscuro y un poco largo, ondulado, con puntas de flechas, rayos oscuros doblados. Me gusta el perfume de tu cuerpo, humo de nueces profundo. A veces, cuando caminas, y estoy atento a tu cuerpo, puedo oler la estela de aroma que dejas al pasar. Se me llenan los pulmones de él. Me gusta mucho esto. Y me gusta, a veces, tu recuerdo.

domingo, 3 de abril de 2011

Cuándo será el día...

Cuándo será el día
Que te encuentre solitaria,
Que converjan nuestras vías
Y no sea de pasada.

En mi alma hay una mecha;
Sólo enciende con tus manos.
Y en mi boca justas letras
Que eclosionan tu regazo…

Mas errantes hojas somos
Que el viento cruel arrastra;
Te pierde con sus soplos;
Otra mano me levanta.

Y el tiempo pasa y pasa,
Repitiéndome Hoy tal vez –
Ilusiona en la mañana;
Desengaña a las diez.

Cuándo será el día
Que te encuentre solitaria,
Que converjan nuestras vías
Y no sea de pasada

miércoles, 16 de marzo de 2011

Mi última derrota ante Victoria


Not at first sight, nor with a dribbèd shot,
      Love gave the wound, which, while I breathe will bleed;
      But known worth did in mine of time proceed,
Till by degrees it had full conquest got.
–Astrophel and Stella, Sir Philip Sidney

El domingo fue una noche fría y vergonzosa. Porque, a la exposición de fotografías a la que me había invitado Nadia, también asistió Victoria. Llegué justamente cuando se había terminado. Estaba a unos cuantos metros de la entrada de la galería cuando vi a Melisa salir junto a Victoria entre la multitud. Ah caray, qué sorpresa, me preguntó la primera en cuanto me vio. Así es, contesté, abrazándola. Hola, le sonreí a Victoria. Ésta apenas levantó la mano, sonriendo sin abrir la boca. ¿Qué haces por acá? En eso Nadia salía de la puerta. Le dirigí la mirada, con lo cual Melisa comprendió de inmediato, y sonrió. ¿Quieres un cigarro?, ofrecí, ¿tú quieres uno, Victoria? Sí, gracias, respondió, y cada una tomó un cigarrillo. Nadia llegó con nosotros al cabo de un momento y nos saludamos fríamente. Tal vez sintió cierta incomodidad de mi parte. Conversamos un poco acerca de la exposición; a Melisa y a Nadia no les gustó mucho que digamos, pero a Victoria sí. Ya estábamos por encender otro cigarrillo cuando Nadia y Melisa decidieron entrar por última vez para ver una fotografía cuyo autor no recordaban. Victoria y yo nos quedamos incómodamente solos. No habíamos estado así hasta hacía apenas dos días, en la fiesta de graduación de Melisa. Esa vez terminamos acostándonos después de embriagarnos con vodka y whiskey en las rocas. Ella no decía nada; se cruzó de brazos y se limitaba a mirar hacia la noche. Yo aparenté perder la mirada para hacerle creer que pensaba en otra cosa, y de reojo pude ver que sus pies apuntaban hacia mí, mas no quise hacerme de ilusiones vanas. Nadia y Melisa llegaron al cabo de un momento; ésta última y Victoria a pagaron las colillas de sus cigarros y decidieron finalmente partir. Nos vemos al rato, Damián, me abrazó Melisa. Con cuidado, le respondí. Adiós, le dije a Victoria. Adiós, farfulló ella, dándome la espalda. Yo resentí su frialdad mientras la vi perderse en la oscuridad de la noche azul. Suspiré. Nadia me preguntó algo; no la escuché. ¿Qué dijiste?, perdón. ¿Que por qué suspiras? distraído. Ah, eso. Nos habíamos quedado solos y en silencio, como ínfimos puntos de la inmensa noche de invierno. El frío ya no me importaba.
Mi historia con Victoria data de hace cuatro extraños y particulares años. La conocí por Alejandra quien, junto con Melisa, estudiaba publicidad; en un semestre, ambas, me dijo Ale, tomaron una clase optativa, arte clásico, algo así, donde que conocieron a Victoria, quien estudiaba historia del arte. Una noche, en la que Melisa y yo nos fuimos a beber tranquilamente, me dijo que tenía a alguien a quien presentarme – una amiga con la que tenía muchas cosas en común.
¿Como qué?, pregunté.
También le gusta leer
¿Y también tiene complejo de escritora?
¡Sí! La otra vez escribió un ensayo acerca de la importancia del arte romano y griego
Vaya, ¿y le hablaste acerca de mí?
Alejandra me dijo que sí y que su amiga se veía muy interesada en conocerme.
¿Está soltera?, pregunté.
Respondió que también.
Entonces no se diga más, reí. ¿Cómo se llama?
Victoria
Al día siguiente Alejandra me dio su número de teléfono. Una semana después hablamos, mas porque la tal Victoria me marcó a mi casa.

Hola, buenas noches, escuché del otro lado del auricular, ¿está Damián?
Sí, soy yo, respondí.
Ah hola, me dijo, soy Victoria
Su llamada me tomó por sorpresa; la verdad, no me la esperaba.  
¿Interrumpo?, preguntó.
¿Qué? No, para nada, me alegra que hayas llamado; el trabajo me ha absorbido mucho últimamente
Sí, es que Alejandra y Melisa me hablaron tan bien de ti que me dio curiosidad saber quién eras
Eres; aún no he muerto
Eres, sí, rió. Perdón
Pues soy Damián, mucho gusto, ¿qué tan bien te caigo hasta ahora?
¿Qué?
Nada, olvídalo, mala broma
Ah, ya entendí, rió.
No te rías si no te dio risa
No no, sí me dio risa, es que me pareció inopinada tu broma
Qué palabra tan exacta
¿Cómo?
Es que esa palabra…se me hizo muy precisa etimológicamente. Soy escritor, entonces el manejo apropiado y exacto del lenguaje me gusta
Melisa me dijo que eres poeta
Sí
Qué interesante…
A mí me dijo que estudias historia del arte, ¿cierto?
Así es
Eso se me hace mucho más interesante que mi trabajo
¿Por?
El color es lo más hermoso que existe. Para apreciar la literatura se necesita haber adquirido un lenguaje, saber leer y escribir y tener cierta sensibilidad estética. En cambio el color: la sensación que despierta es instantánea y natural; hacer del color un arte pues es sublime
Ahora tú eres el interesante, Damián
¿Qué?
Lo que oíste
Gracias, y ambos reímos.

Y hablamos durante toda la noche. Fue una conversación verdaderamente plena, puesto que ella me hablaba acerca de pintores, de lienzos, de movimientos artísticos, del Romanticismo, del barroco, me dijo también muchas acerca de la simbología y la teoría semiótica – en verdad cosas intelectualmente estimulantes.

Sí, ahorita trabajo en un ensayo acerca de los orígenes la poesía pastoril, para entender The Hireling Shepherd, una pintura del pintor prerrafaelista William Holman Hunt. ¿Sabes que a esta poesía también se le conoce como 'bucólica', que viene del griego Bukolos, que a su vez significa 'pastor'?
Vaya, no, no lo sabía, respondí encantado.
Es realmente interesante
No lo dudo

Sin embargo, no exagero ni soy vanidoso al decir que, más que interesarme yo por ella, fue ella quien se interesó por mí. No sé por qué. Victoria me preguntaba, por ejemplo, acerca de mí, de mi vida, de mi oficio, de mis influencias literarias. Incluso me pidió, si aceptaba, mandarle algunos de mis poemas para leerlos. Acepté; le mandé algunos por correo electrónico esa misma noche, y, a juzgar por su reacción, le gustaron muchísimo. Son muy buenos, me dijo, realmente me impresionaste. Gracias, le respondí. Cuando nos dieron las tres de la mañana, Victoria terminó la llamada, diciéndome que al día siguiente debía trabajar. Está bien, contesté.
Pero mañana hablamos, me dijo, ¿te parece? ¿a qué hora estás en tu casa?
Como a las cinco
Entonces a esa hora te marco, ¿está bien?
Le dije que sí.
Me dio las buenas noches y me mandó un beso.
Yo lo recibo, respondí; "En un beso sabrás todo lo que he callado", escribió Pablo Neruda
Ay eres tan interesante
(¿?) Gracias
Y colgamos

Al día siguiente, a las cinco de la tarde en punto, sonó el teléfono. Contesté, y ese día, de nuevo, hablamos hasta bien entrada la madrugada. Sin embargo, nuestro encuentro cara a cara no tuvo lugar hasta después de un mes. Durante dos semanas Victoria se fue a acampar con sus primos, y luego un viaje a visitar a su Abuela, en Chihuahua. En cuanto ella llegó, yo tuve que ir a una conferencia de literatura a Guanajuato, y después a Veracruz; duré también dos semanas. Pero cada día hablamos por teléfono, siempre por iniciativa suya, porque era ella quien siempre me hablaba a mí. Me contaba acerca de su vida: sus viajes, que su último ex novio la dejó por la muchacha que ella creía su mejor amiga. Su admiración por mí: Damián, eres muy inteligente, eres muy interesante, me gusta mucho tu oficio – ella sabía que poeta era un oficio –, tus poemas son hermosísimos, ¿ya te dije que me pareces muy lindo?, eres un amor, en este corto viaje que realicé pensé todo el tiempo en ti, quiero conocerte, ¿cuándo nos veremos? Tú eres una razón para sonreír. Ahora: estas palabras, fuera de hastiarme o ahuyentarme, me revitalizaron. Porque fueron como un puñado Rock and Roll, después de una serie de nocturnos melancólicos. Durante ese tiempo me sentía un poco solitario. Hacía más de un año en el que, debo decirlo, buscaba una mujer especial, y que de pronto se me presentara Victoria fue como si me hubiese ido a dormir a mi fiel lecho de invierno y en la mañana despertara en un soleado día de verano. Poco a poco, creo, sin saberlo, le fui tomando cariño. Ya que Victoria se introdujo a la casa de mis sentimientos, pero por la puerta de atrás, paso a paso, sigilosamente, entre las sombras, para robarse mis pensamientos, mis nostalgias, mis deseos, hasta que no me quedó nada porque todo era ya su propiedad. Creo que ésa es la razón por la cual no me extrañé ni me asusté cuando me dijo las siguientes inopinadas palabras.
Damián, ¿te digo algo?
Adelante
Te quiero. mucho

No supe qué decir. En otro caso, me hubiese carcajeado hasta las lágrimas, por lo menos en la mente. Mas guardé silencio; los sentimientos correspondidos del amante no inspiran más que un legítimo respeto en el amado. Tan así nos compenetramos en esas nocturnas conversaciones que, ilusionados, nos develamos las marcadas cicatrices de nuestras más terribles heridas. Yo le confesé mi perpetua culpa al evocar a mis pobres y fallecidos padres, cuyos orígenes nunca le revelé, ya que sentía que no era feliz, que por mi oficio lanzaba mi vida y juventud por la borda, tal y como a ellos les habría decepcionado totalmente. Ella, en cambio, me confesó sentimientos igual de profundos. Una vez rompió en llanto en el teléfono.

No sé qué pasa con mi vida, me dijo. Me siento tan vacía y sola. Siento que nadie se preocupa por mí. A veces me dan ganas de lanzarme de un sexto piso para terminar con este dolor
No estás sola, le contesté. Me tienes a mí, y a mí me preocupas. Me interesas. Mucho. Más de lo que te imaginas
¿En serio?, preguntó como niña pequeña
En serio, respondí seguro.
¿Por qué?
Porque me gustas

Y ambos, estoy seguro, sonreímos detrás de los cables y los altavoces, dichosos por habernos encontrado el uno al otro. Quedamos de vernos el lunes en cuanto yo llegara de mi viaje de trabajo; a la noche, fui a su departamento. Toqué la puerta. Victoria salió al poco tiempo, sonriendo; abrió la puerta y me invitó a pasar.

El departamento de Victoria era deslumbrante. Moderno y elegante, me recordaba las casas de las chicas adineradas del colegio que visitaba cuando tenía que juntarme para hacer algún trabajo en equipo. Los interiores de casas que solamente veía en revistas de muebles caros o en películas. Era limpio, ordenado, espacioso y olía bien, tanto que recuerdo haberme sentido sucio al entrar. Cada pieza, cada mueble, fino y hermoso hasta el último detalle, parecía ser una extensión de Victoria, de su mente, sus gustos y su vida, muy diferente a mi departamento y muy remota a mi vida. Entré, y me sentí cómodo, alegre, y pensé: en un lugar así es donde me gustaría estar.

Aquella noche me quedé sin habla. Victoria era bella, mas en un sentido muy diferente al que hasta ese entonces había visto. No era belleza rara, sino algo más especial aún: una belleza elegante. Porque la manera en la que Victoria servía el vino en la copa, en la que tiraba la ceniza del cigarro en el cenicero, en la que se echaba hacia atrás el pelo: todo exudaba una fineza innata, como si frente a mí estuviese una señorita con modales del siglo pasado, pero con tenis Converse y falda negra con rojos cuadros. ¡Y yo le gustaba! ¡Ella me quería! ¡Yo a ella también! Sólo quería verla y tocarla y respirarla y degustarla, mas no escucharla ni hablarle, o algo que rompiera esa habitación de silencio en la que nos encontrábamos, alejados del mundo. Victoria no necesitaba vendérseme porque yo ya la había comprado. Y, yo pensé, yo tampoco necesitaba ofrecerme, porque ella ya me había aceptado. Y así, en silencio, tocándola y besándola y abrazándola, pasamos toda la noche. Antes de irme, a la puerta de su casa, le dije

Tú también eres para mí lo que una vez dijiste que yo era para ti
¿Qué?
Una razón para sonreír
Ah
¿Entonces vamos mañana a tomar un café?
Respondió que sí.
Propuse a las siete de la noche y ella me dijo qe sí.
Hasta mañana, pues. Dame un beso y buenas noches

Me subí al camión que me llevaba a la avenida Bolívar, emocionado del trayecto que me disponía a recorrer…

Mas al siguiente día me mandó un mensaje, explicando que se sentía enferma y que no podía cumplir nuestra cita. Yo le contesté que no había problema; otro día sería. No contestó. Porque entre nosotros ya todo había cambiado para nunca ser lo que aquella noche únicamente fue.
Después de ese día hablamos seguimos hablando por teléfono, pero ahora debido a mi iniciativa. Le hablaba para saludarla, para saber cómo estaba, para platicar, invitarla a salir, cosas así. Pero ella se comportaba ahora de manera muy extraña y diferente.
¿Qué haces?, me preguntó cierta noche.
Escribo, contesté.
Ah
Pero no me sale nada
¿Y eso?
No sé, no tengo imaginación
Qué flojera me das, neta, ¡por qué eres así!

Sí: desconcertante. Uno de esos días contiguos hablé con Melisa respecto a lo que pasaba con su amiga. Ella, reticente y apenada, me dijo que, platicando una tarde en la escuela, Victoria le comentó que se encontraba indecisa entre yo y alguien más que le gustaba. Y es que ahorita se junta mucho con una morra que es bien puta, Ana Laura, quien le dice Ay pues si te gustan sólo acuéstate con ellos y ya. Y yo le dije Victoria, la verdad, si no te gusta Damián, habla con él, porque la neta él no se merece que le hagas esto

Sí, yo hablaré con él, respondió. Mas nunca me dijo nada; solamente me dio a entender, con su silencio e indiferencia, que quería bajarse del tren idílico al que recientemente nos habíamos subido. Mas nunca contó con que yo no me bajaría. Esa misma semana la cité en un café para platicar frente a frente.
En el café platicamos de la escuela, de libros, de cine, de nuestros trabajos y cosas así. Ella compró un café, su favorito, un expreso doble, y yo solamente me limité a fumar y a adolecer al verla disfrutar de su caliente bebida. Horas más tarde una llamada de teléfono que contestó me dio a entender que tenía poco tiempo y que debía exponerle la razón de nuestro encuentro.
Titubeé. Te hablé – te cité – porque, no sé qué tienes, pero te noto un tanto elusiva
Sí, bueno, es que… he estado pensando… y mejor hay que dejar las cosas como están; ahorita me siento muy contenta y quiero tener tiempo para mí sola…
Oh. está bien. Entiendo, dije, pero por dentro el corazón se me hacía añicos.
Perdón
¡Qué! no me pidas perdón, por favor, cosas así a veces pasan…
No obstante, te agradezco el interés que… Tú eres un buen…
Ni lo digas. Me voy, ya está oscuro
Y nos pusimos de pie
Antes de irme, me dijo, ¿te digo una cosa? Esa noche que hablamos por teléfono, en la que dije que me quería...
¿Sí?, contesté esperanzado.
Tú me recitaste algo así como Amiga, no te mueras, escúchame estas cosas que te digo, un poema: ¿cómo va?
AMIGA, no te mueras.
Óyeme estas palabras que me salen ardiendo,
y que nadie diría si yo no las dijera…
[Yo soy] el que cruzó los brazos por esperarte, ahora.
El que quebró sus arcos. El que dobló sus flechas...
El que cortó jacintos para tu lecho, y rosas.
¡Tendido entre las hierbas yo soy el que te espera!
¿De quién es?
Pablo Neruda
Es hermoso. Me gustó. En verdad me ayudó. Gracias
Por nada
¿Sabes? yo de chiquita quería ser poeta. Incluso aún tengo los cuadernos en los que escribí mis versillos, rió.
¿Y qué sucedió?, pregunté.
Rembrandt me atrajo más
¿Y decides terminar lo nuestro?
¿Perdón?
Que no me gusta mucho el invierno
Ah. A mí tampoco, y sonreía al verme con esa mirada que tanto me desarmaba e inspiraba al mismo tiempo. Salimos del café; el hermano de Victoria, Gonzalo, ya la esperaba en el carro. Nos despedimos fríamente: con la mano, y de lejos; yo me quedé solo, parado, en el frío, mientras ella se subía al carro de su hermano, a su vida que ella absurdamente no quiso compartirme, a la lejanía de mi amor afligido.

Ésa fue la ocasión en la que más cerca estuve de sus sentimientos. Me sentía fatal. La extrañaba. Quería verla. Tocarla. Escucharla. Estar cerca de ella. Hacerla feliz. Victoria y yo éramos como dos cachorros abandonados en una gasolinera, dos huérfanos esperando el regreso de sus padres. Siento como si después de caminar años por el desierto, por fin llegara al oasis que a lo lejos se veía; bebiera una sola gota; y luego el oasis se alejara y perdiera en el horizonte…ante mis ojos. Era doloroso. En verdad sentí que una oportunidad única en la vida se me iba de las manos, y que no podía hacer nada para recuperarla. Por lo cual durante un año entero me dediqué a languidecer por ella, en la tristeza y soledad de mi departamento. No quería salir; no quería ver a nadie. Las pocas veces en las que salí fue cuando había una oportunidad de topármela, aunque me doliera saberla lejana, ajena a mí, aunque su reminiscencia fuese aguda, penetrante y dolorosa. Recuerdo que una vez, cuando Melisa cumplió años, fui a su fiesta en el antro Aroma. Ahí estaba Victoria. Me saludó como si hubiese querido eludirlo, pero no pudo al final: no me acerco a darte un beso porque me da flojera, rió. Incluso su voz, al decirme Con permiso, era punzante; casi sentía que me castigaba por verla con ojos de amor. En ese instante las emociones le ganaron al intelecto y tuve que irme para no seguir viéndola con su novio; no lo soportaba; salí emperrado del antro. Alex ofreció llevarme a mi casa en su carro, y en cuanto me propuso irme, salí emperrado del antro, sin despedirme de nadie. Al cabo de unos minutos, Alex salió, y seguramente percibió la desesperación en mi mirada al relatarle lo que entre Victoria y yo había surgido a pesar de suceder tan poco, y de lo que aquella noche me había enterado en tan pocas imágenes. Entiendo, me dijo Alex, una mujer que te deja así, tan a medias…, pues es difícil, pero tranquilo, luego vendrán otras mujeres así de especiales, el punto no es cerrarte, así que ánimo. Pero en mi derrota nadie me podía decir nada que me hiciera cambiar de perspectiva, porque si algo con lo cual no se puede razonar es con los sentimientos. Y en esa situación me sentía justificado de revolcarme en la inmundicia de mi desamor.
No obstante, y quién sabe con qué ganas, decidí probar el consejo de Alex, y me di la oportunidad de conocer a otras mujeres. Pero fue para pura pérdida. Ya que la renovación de mi vida sentimental fue un fracaso total. Conocí a una muchacha, Claudia. Ni siquiera se fijó en mí; no pude despertar su atención. Sólo salimos una vez. Después me presentaron a Sara. Creo que el único interés que tuvo hacia mí fue cuando me dijo, ya muy ebria, en una fiesta Me gusta tu chaleco, ¿tienes novia? Justo al preguntarme esto, una amiga suya vino y la jaló y se la llevó, y a la siguiente vez que la volví a ver ni siquiera me recordaba, en serio recuerdo tu nombre, me decía, ¿cómo te llamas? Estuve en derrota tras derrota, sin verle fin a mi desdicha. Era ridículo y patético al mismo tiempo.
Aunque las cosas eventualmente cesaron. Tal vez fue cuando conocí a una muchacha, Isabel. Nos presentaron en una reunión en la casa de Alex, y de inmediato me gustó, ya que, digo, tiene un cuerpo espectacular: alta, con un busto exuberante e imponente,  y unas largas piernas casi siempre descubiertas. Yo a ella supongo que también le gusté. Y ya cuando nos conocimos un poco más, intentamos tener algún tipo de relación sentimental. Mas al final las cosas no se dieron. Porque mientras Isabel me platicaba que en un antro hay un mesero que sabía su bebida favorita, Ginebra holandesa, muy cara y exclusiva, yo pensaba cuando Victoria me dijo que durante un año tuvo que trabajar el doble para pagar la escuela, pero muy serena y tranquila y segura, viéndome a los ojos, como si fuese normal, nada denigrante; mientras Isabel me hablaba de los miles de amigos que tenía por todo el mundo, muchos de los cuales estaban interesados sentimental y físicamente en ella, yo pensaba la ocasión en la que Victoria me dijo que su mejor amiga fue la muchacha por la que un ex novio suyo la dejó; o mientras Isabel argumentaba que el latín era un idioma inútil en esta época, porque un profesor, conocido suyo, muy sabio y culto, le dijo que así era, yo evocaba cuando Victoria me dijo nunca tuvo la oportunidad, pero le encantaría aprender latín, solamente para conocer las raíces del español; mientras Isabel me comentaba, de manera tan natural, que le gustaba que yo la llevara a exposiciones de pinturas y fotografías, porque le gustaba codearse con gente famosa e interesante, y porque le gustaba presumir a su círculo de amigos que su novio era un poeta talentosísimo, el próximo Gustavo García Márquez.
¿Qué no es Gabriel García Márquez, güey?, la rectificó Mónica, amiga suya, en una noche ruidosa de antro. Aparte García Márquez es novelista, no poeta.
Todos rieron.
Qué tonta, güey, le dijo.
Ay bueno pues, como sea. déjenme en paz, culeros. A ver, tú, sí, tú, pendejo, pásame la botella, que me beberé esta pinche birria de fondo – tómate una conmigo, Moni. A ver, tómennos una foto, putos, ¡cula si no, cula si no!

Vinieron más años, y yo, igual de solitario y errante, ya me había curado de mi decepción Victoriana. Ella misma me ayudó a hacerlo. A veces me hablaba por teléfono y platicábamos por horas. De vez en cuando me hacía comentarios delicados y particulares como que le caía muy bien, que era muy simpático, que le parecía, otra vez, un amor; mas nunca quise esperanzarme por estas palabras huecas, aunque siempre me tenté a mí mismo con esta posibilidad. Nunca llegamos a salir de nuevo, pero con frecuencia me invitaba a tomar café o ir al cine. Sus invitaciones la verdad me parecían absurdas a causa de lo que antes pasó entre nosotros, así que siempre le di largas al respecto: le decía que sí pero luego no hacíamos nada. Llegué a topármela esporádicamente, no obstante. Me saludaba con afecto; no volvió a ser displicente como en aquel tiempo. Incluso recuerdo una vez en la que me habló por teléfono, avisándome que iba a ir a un café con unos amigos suyos también amigos míos, y que le gustaría que fuera, anda, sí, ve, te gustará, ¿Por qué tanta insistencia?, Porque quiero que vayas. Al final fui. En cuanto entré al pequeño establecimiento ella se puso de pie y vino a saludarme, abrazándome. Se encariñó conmigo. Y yo en cambio le perdí el respeto, en el buen sentido de palabra. Antes cuidaba de no hacerle bromas pesadas o groseras, más por timidez o vergüenza; pero a medida que la trataba y la veía, un sentimiento de camaradería surgía entre nosotros, hasta el grado de llevarnos como un par de amigos de toda la vida.
¿Qué pasa, Damián?
Mi internet está fallando
¿Por qué?
Es que la antena se cae constantemente
Ah pues dale un besito y dile que nunca la vas a dejar, y ya
¿Sí funciona?
¡Sí!
Es porque ya te la han aplicado así, ¿verdad?, y yo la escuchaba estallar de la risa al otro lado del teléfono. Incluso cuando una vez la vi con su novio suyo en una fiesta no me incomodó del todo; un amor muerto quiso eximirse a sí mismo por un momento, pero de inmediato se regresó al descanso de su sarcófago. ¿Sabes qué nos dijo Victoria?, me dijo una tarde Melisa en tono de confidencia. ¿Qué?, traté de disimular mi interés. Que a veces siente que quiere a su novio, pero otras veces no. Ambos nos quedamos callados.

Semanas después terminaron. Fue en este tiempo que conocí a Nadia.
La conocí por Alex y Melisa, en la fiesta de celebración de mi nuevo poemario. Ahí me la presentaron. Con ella me pasó algo parecido a lo que me sucedió con Victoria: ni siquiera la vi como a una posible amante. Sólo recuerdo sentirme atraído hacia ella. No conversamos mucho aquella noche, pero fue como si aquella chica hubiese dejado plantado algo en mí que sentí que debía germinar. Le pedí a Alex su número telefónico, pero él en cambio hizo algo mejor: nos citó, a ciegas, en un café un sábado por la tarde. Ese día Alex me habló para confirmar la hora y el lugar al que yo llegué media hora después, ya que, como siempre, mi elegante retraso ante todo.
Cuando llegué me extrañé de ver a Nadia ahí, sentada, sola, con las rodillas dobladas hacia adentro, acariciando su pantalón de mezclilla. Hola, le dije.
Hola
¿No hay nadie?
No; yo tengo esperando a que venga Alex o alguien durante veinte minutos, pero cada vez que hablo me dicen que ya viene en camino. De inmediato comprendí lo que sucedía y le expliqué. Al parecer no le molestó y aceptó gustosa mi compañía.

Nadia no era bonita, mas lo que más me atrajo ella fueron su sonrisa, su timidez y su falta de elocuencia. No es que fuese tartamuda o algo parecido; solamente que el lenguaje, digamos, no era su fuerte. Me daba ternura en cierto modo. A veces, jugando, la hacía renegar, diciéndole que parecía bebé, comentario con el cual ella sacaba su lado elocuente. No soy una bebé, exclamaba. Simplemente no tengo la facilidad para hablar que otra gente tiene, mas eso no quiere decir que sea tonta, ¿de acuerdo? Grr, le gruñía, jugando y riendo. Ella también reía. A veces mostraba su lado sentimental espontáneamente. Me decía, por ejemplo, que le hubiese gustado recordar algo de su mamá, quien falleció cuando apenas era un bebé. En una ocasión me contó que atropelló a una paloma de camino al trabajo; pero en vez de darla por muerta y dejarla ahí tirada, la levantó y la llevó a un veterinario, donde la vendaron, y después la llevó a su casa y le hizo un nido y le dio alimento y la cuidó hasta que finalmente la paloma pudo volar. También me decía que no se consideraba la mejor mujer del mundo, pero hacía el intento diario de ser una buena persona. Trabajaba como secretaria en un kínder, y me decía que, aunque no se consideraba muy inteligente, sabía que la educación era…era…
¿Primordial?
¡Sí! eso, primordial, pero… a mí me hubiera gustado ser maestra, enseñar, pero no puedo. Es por eso que trato de ayudar como puedo. A veces la gente no aprecia lo que hago, pero lo hago con cariño. Eso cuenta, ¿no? Y me miraba con sus ojos transparentes, húmedos de inocencia.
Claro, contestaba conmovido. En verdad era adorable: ¿cómo no quererla? Al cabo de un tiempo me sentí feliz y seguro, como si desde una barca en alta mar viese tierra firme a pocas leguas de mí. Mas en eso regresó Victoria para arrollarlo todo.

Melisa se graduó, hizo una fiesta en la casa de Alejandra y me invitó. Le pedí a su novio, Luis, quien también es amigo mío, que pasara por mí. Pero oh sorpresa: cuando me subí, vi a Victoria en el asiento de atrás. Hola, le dije. Hola, me dio un gran beso en la mejilla. No le vi ningún problema o dificultad para la noche; ya habíamos salido juntos tanto tiempo, en compañía de nuestros amigos, que su presencia casi se me hacía ordinaria. Al llegar a la fiesta nos ofrecieron tragos y todos bebimos hasta el hartazgo. Ya de regreso, Luis nos llevaría a Victoria y a mí a nuestras respectivas casas para luego regresarse a la fiesta.
¡Los quiero un chingo!, exclamó Victoria, recostada en su asiento. Y ¡Woo!, gritamos todos al unísono. Luego, Victoria se inclinó hacia Luis, lo agarró del cuello y le tronó un beso en el cachete. Después se volvió hacia mí y yo me acerqué para que me tronara uno. Luego se volvió hacia Luis y de nuevo lo agarró por el cuello y otro beso. Hizo lo mismo conmigo, mas esta vez yo sentí sus labios muy cerca de la boca. Y ya se había vuelto hacia Luis otra vez, cuando súbitamente regresó conmigo y puso un dedo sobre su boca, como queriéndome decir Ahora dámelo aquí. Y Dios, yo ni siquiera lo dudé. Salté a sus labios como una rana salta a su estanque. Y durante el trayecto a su casa bebí del agua de sus labios boca como el viajero del desierto bebe del oasis. Le besé la frente, la nariz, el lunar de su mejilla derecha, los párpados de sus ojos hermosos. Estaba tan ebrio que ni siquiera me di cuenta cuando llegamos a casa de Victoria; sólo recuerdo que el carro ya no avanzaba. Victoria se bajó, y yo también, para subirme al asiento del frente, pero no sé cómo ni cuándo, pero Victoria y yo ya nos besábamos de nuevo. Y cuando en mi embriaguez supuse que ya había tenido suficiente de mí, ya estaba por meterme al carro. Pero Victoria me detuvo. Quédate conmigo, me susurró al oído, atropellando las letras. La vi. Sus ojos estaban nublados, se tambaleaba un poco y estaba algo despeinada y un poco pálida. Aún así se veía hermosa. Yo me quedo, le dije a Luis, apoyándome, creo, en la puerta. Sentí mi mano caliente; Victoria me sujetaba. ¿Qué? ¿estás seguro, mamón? Sí, tú vete, yo…me quedo. No sé qué más me dijo, cerré la puerta, Victoria rió. Creo que Luis me había regañado, no sé, yo estaba ebrio, quería piel, quería calor, y mi amor por Victoria ardía como arde una llama cuando se le atiza con aceite. Tuve algo de consciencia cuando subimos hacia la planta alta. Y algo por ahí me dijo que entramos a una recámara, creo que fue el rechinido de una puerta de madera. Y, luego, todo se puso negro. Pero un placentero cosquilleo debajo de mi cintura decía que hacíamos el amor, ella sentada sobre mi sexo, su boca en mi hombro, sus manos en mi cuello, mi lengua en su mejilla. No sé cuándo me quedé dormido.
A la mañana siguiente me levanté cuando Victoria se vestía, supongo que para ir a trabajar. Yo aún tenía sueño y me dolía mucho la cabeza, así que me recosté de nuevo. Me dormí, creo, por unos minutos. Me levanté de golpe, como si me estuviera ahogando. Busqué a Victoria con la mirada. Pero no estaba. Alcé mi crudo rostro por la ventana y un camión, frente a la casa, arrancaba para irse. Después, algún carro pasó. Victoria se fue sin decirme nada. Creí que, después de lo que pasó, me diría algo, que me soltaría una confesión, un secreto guardado, una consciencia de equivocación hace tantos años; chingado, un ¡Ya me voy, oye! ¡Siquiera! Pero no. No me dijo nada. Solamente se fue. De nuevo decepcionado me vestí y salí de la casa. Regresé para cerciorarme de haberle puesto el seguro a la puerta, todo un perdedor. Pero si eso fue terrible, nada se comparó al verla de nuevo junto a Nadia.
¿Por qué te gustó la exposición?, le preguntó Melisa a Victoria. Es alusiva, respondió. Muchas de las fotografías  tienen algo de barroco. Me recuerdan a Diego de Velázquez. Volteé de inmediato hacia ella: Ah, Victoria…, deletreé su nombre en mi mente, cómo lamento que hayas terminado conmigo. Mas ¿Quién es barroco?, preguntó Nadia. Y nadie pronunció palabra.
Cuando finalmente se fueron yo, al lado de Nadia, sólo escuchaba los murmullos lejanos de voces declinantes e inasibles. ¿Tienes algo?, me preguntó recargándose en mi hombro, con su voz que sólo sabe fabricarme aburrimiento. En ese momento volteé hacia donde se había ido Victoria, la brillante Victoria, la sencilla Victoria, la hermosa Victoria, la eterna Victoria. Y, suspirando desde el fondo de mi corazón, Nada, respondí, hoy realmente no tengo nada.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Carta a una joven suicida

I cannot take them with me down to Sheol,
Nor shall we descend together to the dust
– Job 17, 13-16

There is a light that never goes out
– Morrisey

Joven. Amiga. Daniela. Prefiero llamarte Daniela. Nunca te lo he dicho, sabes, pero me fascina tu nombre. Debe ser por la d, por la n y por la l: sonidos alveolares, placenteros al pronunciar. ¿Te digo algo? Llueve allá afuera. Las gotas golpetean con insistencia la ventana; el cielo ruge como si tuviese hambre; la noche se ve borrosa y dispersa, oculta tras toda esa caída de agua oscura. ¿La escuchas? No creo. Has de estar nadando en ese mar de agua negra y muerta, escuchando otros sonidos, más intensos y atractivos que la lluvia melancólica, junto a otras compañías más prometedoras y peligrosas que la mía. Yo, mientras tanto, en esta noche oscura en mi playa solitaria y triste alejada de tu mar, te escribo la razón por la cual me marcho de tu vida. Tal vez te tome por sorpresa. Y lo siento.

Qué triste es para mí decirte esto, Daniela. Ser precisamente yo, quien ansía tanto tu compañía. Quien se encuentra al lado del teléfono cada día esperando tu llamada, anhelando tu voz, el día en que finalmente te pueda ver después de estar tanto tiempo separados porque, según tú, no tienes tiempo para verme. Pero todo para qué. Para que semanas después te vea en el más sucio y vulgar de los antros de la ciudad, completamente drogada, bailando entre las obscenas luces verdes y rojas y parpadeantes, vomitando tus intestinos en el bote de basura, bailando de nuevo, vomitando de nuevo, apoyándote sobre las paredes grises y gastadas, apenas y reconociéndome, diciéndome, con los ojos cerrados, que estás drogada, que te sientes mal, que te quieres morir, un ratito solamente, quince minutos, poco tiempo, para apagar el dolor de tu cuerpo, el dolor que tú misma te infliges, al que tú misma te expones, porque hacer esto por una semana entera duele y cansa y entristece. Quédate, me invitas. Ahora sí cuídame – llévame a mi casa, acaríciame. Cuéntame cuentos, recítame poemas, así lento, lento, como sólo tú lo sabes hacer, dime que soy bonita, hoy no me siento bonita, me siento horrible, dime que soy bonita, no quiero llorar, quédate conmigo, mira, vamos a buscar a un amigo, él tiene pastillas, una para ti, una para mí, luego vamos a mi casa y te quedas a dormir, qué dices eh, quédate conmigo. Quito tus brazos de mi espalda y caminé en dirección opuesta a la tuya. ¿Qué pasa? ¿adónde vas?

Ah Daniela, mi Daniela, yo no te acompañaré en tu viaje a ese mar. No puedo. Ni contigo ni con nadie. Solamente puedes ir tú y quien quiera irse contigo. Debe haber muchos dispuestos a acompañarte. Lo sé. Eres hermosa. Cuántos no te seguirían, hipnotizados por tu belleza, como ratones al flautista de Hamelin, para lanzarse al vacío hacia adonde tú te lanzas diario. Pero yo no. Yo sólo te puedo acompañar hasta la orilla del barranco. Y después regresarme con mi dolor por donde vine, en dirección opuesta a la tuya. Porque si me voy contigo, incluso para salvarte, esta vez sí me ahogaría. Ya que una vez estuve a punto de ahogarme, sabes. No solamente tenemos en común el gusto por Neruda. Nunca te lo he dicho, porque no me gusta recordar aquellos tiempos. Pero es verdad. Aquel mundo caótico y convulsivo, yo miré y toqué. Toqué y probé. Probé y tragué. Solamente que al final creo que tragué demasiado. Tanto, que hasta se me olvidó saborear aquello que me metía al cuerpo, por lo que estropeé mi apetito para siempre. Y una tarde, por casualidad, atrapé mi reflejo en el espejo, y me vi cansado y triste y enfermizo. Fue cuando comprendí que ya no solía nadar como pez en esas aguas, sino que flotaba como tú, como náufrago, aferrándome a la gastada y frágil tabla de mi cuerpo, abusado y acabado por tanta decadencia. Y así estuve durante mucho tiempo, sin rumbo ni destino ni esperanza, consciente de mi desvarío. Hasta que, quién sabe cómo o por qué, por alguna razón, comencé a nadar en dirección contraria. Y no sin mucho esfuerzo llegué a la orilla de una playa firme, una isla pequeña y desierta. Me puse de pie y comencé a caminar, haciendo cada día un gran esfuerzo por mantenerme de pie y seguir caminando.

Y por esa orilla he estado caminando solitario hasta el día de hoy.

Por tal razón tú y yo estamos tan lejos a pesar de estar tan cerca. De otro modo yo me hubiese quedado contigo aquella noche. Y en lugar de acostarme todas las noches en la arena, escuchando las tristes olas del mar en calma, estaría contigo, amándote, queriéndote como nunca entre toda esa niebla espesa de muerte. Sí. Lo sé. Lo presiento. Ahora mismo incluso estamos juntos, vomitando de placer, despreocupados del amanecer y del mañana, poseídos como sátiros desenfrenados. Mas seguirte es lanzarme de nuevo a ese vacío, a ese mar, que en lugar de hidratarme y darme vida, me chuparía poco a poco, para al final escupir mis restos sin respeto. Al final ¿quién nos rescata a ambos?

Además, no puedo ver cómo te suicidas. No puedo ver cómo poco a poco te secas como árbol en otoño No puedo. Sería un espectáculo cruel y abominable. Una tragedia presenciada en persona, no leída en libros. No lo soportaría. Y tampoco te puedo pedir que te quedes. No me escucharás. Y si lo haces y vinieras conmigo, nuestro simulacro de idilio termina en su fecha de caducidad. Tú tratas de conformarte con lo que mi playa te dé, probablemente. Mas eso no sacia tu apetito. Y cada tarde, al llegar a casa, te encuentro sonriendo, sí, pero forzadamente, como si tu boca fuese un reloj cuyos engranes están a  punto de reventar. E intranquila, aburrida, gastas tus atardeceres, anhelando la vida luminosa que sólo ese mar te puede dar. Lo nuestro termina cuando regrese a casa y te encuentre, con las maletas en el piso, aduciendo un Te quiero, pero no puedo, lo siento, me tengo que ir, adiós. O tal vez ni te encuentre siquiera. Puede que sólo haya una nota pegada en el refrigerador o mecanografiada arriba de la mesa.

Tampoco intento persuadirte ni moralizar ni prevenir; la intención de mi misiva es otra.  . Porque eso, ese mar, esa vida, es lo que quieres, lo que prefieres. Yo soy una de más de esas culpas con las que cargas, ésas que podrás vomitar cuando no aguantes el alcohol en la garganta o cuanto te tomes un par de analgésicos para la cruda. Está bien, yo lo acepto –sé que no necesitas mi permiso ni tampoco yo te lo doy, pero ve. Pero, sabes, en algún momento todo cesará. Ahora vives mal, pero puedes vivir peor; el infierno también tiene escalas. Llegará el punto cuando ya no puedas ni soportar tu cuerpo.
Cuando esto pase no te quedará más que una sola cosa. El recuerdo de mi cariño, brillante como aurora. ¿Lo habrás notado? ¿en mis ojos que brillaban al ver brillar los tuyos? ¿en mi boca que inevitable sonreí al ver sonreír la tuya? ¿mis cartas que lees cuando estás triste? O esa tarde de verano, cuando veíamos nubes, acostados sobre el cofre de mi carro, afuera de tu casa. ¿Recuerdas? yo te decía Aquella nube tiene forma de guitarra. Oye, sí, es cierto, dijiste. Y ésa de tortuga. Es cierto también. Y ésa, desde cierto ángulo, de iguana. No mames, respondiste, ¿de iguana?, reíste, irónica, y yo también. Y ésa, mira, ¿la ves? tiene forma de manos entrelazadas, y entrelacé las nuestras. Comencé a acariciar lentamente tu palma con un dedo, y tú apretaste fuerte la mía; en tu corazón mis palabras habían encendido el petróleo de tu amor. Del amor durmiente, del amor arrollador, del amor de la tierra palpitante. Volteaste tu cuerpo hacia mí. Pusiste tus dedos en mi cintura, metiéndola bajo mi camisa, tocando mi cadera, y atrajiste mi cuerpo hacia el tuyo. Tu dulce boca de labios despintados me recibió como golpe de mar; tu lengua la mía devoraba como a una serpiente indefensa. Metiste tu mano bajo mi pantalón, desabrochando mi cinto, poniendo tus grandes y morenos pechos sobre el mío, tu cabello largo tapándome del sol. Te gusta tomar el control, y te sentí, de un golpe, sobre mí. Pero comprendiste que estábamos afuera de tu casa, a medio día, y que no era el lugar apropiado. Vamos a mi casa, susurraste, y nos bajamos. Me guiaste rápidamente, tomándome de la mano. Entramos a tu casa, agitados y divertidos, en el más delicioso de los silencios. No pude contenerme y en un ímpetu de pasión te empujé contra la pared, y te besé. Aquí no, vamos a mi cuarto, aún susurrabas. Subimos las escaleras de tres saltos. Entramos a tu habitación. Era oscura por las cortinas. Cerraste la puerta tras de ti; tu mirada seria, absorta, fijamente. ¿Por qué tan seria?, pregunté. Hacer el amor es cosa seria, respondiste. Poco a poco fuiste desvistiéndote, frente a mí, tu blusa cayendo sobre los hombros. Mi corazón no explotó porque yo no se lo permití; debía estar vivo para el encuentro de los amantes carnales. Te abalanzaste sobre mí, besándome otra vez la boca, yo la tuya. Abríamos más y más las bocas, como si los labios y los dientes y las lenguas y salivas no fueran suficientes – como si no nos alcanzaran para satisfacer nuestros cuerpos calientes. Te empujé, ahora sí, con furia tersa hacia la cama. Respirabas fuerte, esperando mi venida. Tus ropas se perdieron en la oscuridad, mientras te sentía succionar mi sangre a través mi cuello. Cuando entre mi cuerpo y el tuyo ya no había barrera alguna, nos encajé a ambos por la única y deliciosa ensambladura existente. Emitiste un gemido de dolor dulce que sacudió la cama y mi corazón. Y comenzamos a mecer la cama, suave, luego fuerte, luego suave, luego fuerte, como mano a la cuna, como viento al mar. Tú gemías. Yo también. Gemíamos presos de un placer tierno con corazón de furioso fuego. Móntame por la espalda, yo boca abajo, jadeaste. Sí, jadeé, jugueteando con tu lengua. Mi panorama ahora era tu espalda desnuda, tu cabello oscuro, suelto, cayéndote sobre los hombros, golpeándolos, como pezuñas de caballo a la tierra en plena cabalgata. Aún gemías. Yo no dudé en decirte que me gustaba que gimieras. Tú no dudaste en decirme que te gustaba que te hiciera gemir. No sé en qué momento las bombas de placer de nuestros cuerpos explotaron, una en el cuerpo del otro. Caímos, rendidos, en aquel campo de sábanas blancas, respirando agitados, como guerreros después de una batalla.  Nos besamos durante varios minutos, manoseándonos los sexos, las piernas, los pechos, todo nuestro cuerpo, con todo el respeto con el que se manosea a un sucio amante y compañero, sintiendo el tanque de nuestro cuerpo vacío, pero la sensación de la gasolina caliente fluyendo dulce como azúcar por la sangre. Nos quedamos dormidos y abrazados, mientras yo soñaba con quedarnos así, juntos, y para siempre.

Sí. Claro que lo has notado. Imposible no haberlo hecho. El amor en nuestro es como un sol, cuyo fulgor ninguna luna puede eclipsar, y ningún tiempo puede gastar. Cuando estés triste y sola y doliente, y ya no puedas más, recuerda esto, y búscame. Búscame. Que mi cariño sea un faro en la noche que yo, paciente como un árbol y fiel como bandera, igual escribió Roberto Cantoral, "Por ti estaré esperando / hasta que tú decidas regresar".