jueves, 21 de julio de 2011

Tú eres mi pared

It's better to burn out than to fade away
– Suicide letter, Kurt Cobain

Daniela:

Siento la necesidad de escribirte de nuevo.

No debí dejarte de hablar. No debí sacarte de mi vida, ni como amiga ni como algo más. No por ti, sino por mí. No sirvo para la deserción. Porque cuando te saqué de mi vida, creí que solamente te irías tú. Pero no fue así. Te llevaste también una parte de mí. Me siento hueco de ti y de mí.

Me dolías cuando estabas en mi vida. Me buscabas cuando se te daba la gana. Me hablabas cuando se te daba la gana. Preferías irte con tus amigos. Y cuando me querías ver, yo por ti lo dejaba todo, y te seguía como perrito faldero. Miraba el teléfono por horas, esperando tu mensaje. Me emocionaba salir y toparte en algún sitio. Pensaba en ti en todo el tiempo. Esperaba por ti todo el tiempo. Ciertamente sentía que me dabas las sobras de tu cariño. No me quejo, no te lo reprocho. En verdad. Así es la vida, así eres tú, así soy yo. Pero sentía que debía sacarte de mi vida por mi propio bien. Toda la lógica me apuntaba a que no eras buena para mí. Y te saqué.

Pero no tengo remedio. Soy un romántico sin esperanza. Prefiero darme de topes contra una pared que darle la espalda e irme. Tú eres mi pared.

No me queda más que serte sincero, decirte lo que pienso, lo que siento.

Y siento y pienso que te quiero y que te extraño.

No sé si tú aún quieras aceptarme de nuevo. Tal vez no. Tal vez tengas a alguien especial a tu lado, tal vez te dejé con un mal sabor de mi boca. No sé. Lo que sea que elijas, lo entenderé. En serio.

Pero de mí no pasa.

domingo, 17 de julio de 2011

El tiempo es un pequeño cabrón

Time: what a tricky little fucker
– Closer, Patrick Marber

Hoy, viernes, fue el día libre de Consuelo, por lo que decidió realizar los pendientes que durante la semana no pudo hacer. Así que se despertó temprano por la mañana – a las siete en punto–, le dejó una nota a Federico en el buró al lado de la cama, salió del departamento y no regresó hasta en la noche. Sin embargo, esta nota no es un recuento del día de Consuelo, sino el de Federico…

Federico se levantó a las diez con quince de la mañana, y encontró la casa vacía y silenciosa. Vio la nota de su novia Consuelo, y la leyó. Se metió a bañar, y quince minutos después salió, y se cambió, y bajó a desayunar. Desayunó durante veinte minutos. Al terminar, lavó sus trastes sucios y los que encontró en el fregadero, y también los pisos y los baños, y hasta regó las plantas de jazmines del patio trasero. Alzó su habitación, y ordenó los libros de los estantes, y sacó la basura a la calle. Eran pasadas las 12: 30 cuando terminó. Se sentó a la sala a leer un libro y luego a ver la televisión. Se aburrió a la 2:45, y la apagó, y se puso a pensar. El tiempo: es lo más valioso que tenemos en la vida, pero cuando no se le quiere cómo pesa. Federico y Consuelo habían estado juntos desde hace tres años, y desde el comienzo todo el tiempo libre de Federico era como una planta que deshojaba hasta el momento de verla. Podía estarse contando las horas del reloj hasta que, una hora antes de encontrarse, se metía a bañar, se cambiaba y arreglaba y esperaba sentado en el sillón hasta veinte minutos antes partir. Ir al cine, pasear por el parque, ver una película, escuchar música: cualquier cosa que hicieran juntos le producía felicidad más exquisita y real y sublime que había conocido en su vida. Cuando resolvieron vivir juntos, Federico fue el más feliz. Hacían sus actividades de diario: iban a la escuela (cuando aún no se graduaban de la escuela), iban al trabajo, pero todo el tiempo que Federico tenía libre se lo dedicaba a Consuelo. Y Consuelo lo aceptaba. Tenían, al parecer, una buena relación. Habían tenido problemas, claro, como todas las parejas. Incluso uno muy doloroso, que involucró también a… Fidel ya ni quería recordarlo; le bastaba con saber que Consuelo estaba con él. Así que en tiempos muertos como los de hoy, Federico estaba como perdido; no sabía qué hacer con tanto tiempo entre sus manos, y por eso lo mataba. Pero esta vez, por alguna ignota razón, resolvió salir a la calle, siquiera afuerita. Encontró la tarde brillante y solitaria y sosegada, casi como tarde de domingo. Vio pasar un chico en bicicleta, haciendo un suave ruido con su campanita. Doce minutos después vio pasar una señora sosteniendo una sombrilla, tapándose del sol. La señora caminaba lentamente. A las 3:12 vio pasar un carro cuyo motor componía un ronroneo casi arrullador. Después, silencio y soledad. Volteó hacia el final de la calle y vio un camión parándose frente a un árbol frondoso. Un muchacho con una mochila se subía al camión. El camión aún no se iba. Y por otra ignota razón, corrió hacia él para abordarlo. Sintió el inédito deseo dar un paseo por el centro. Eran las 3: 14 de la tarde.

Quince minutos después divisaba la Basílica de la Soledad a la distancia. Decidió bajarse antes de llegar a su destino. Quería comprar una nieve antes de llegar al zócalo. Caminando entre las calles de piedra, se acordó la calle donde había una paletería, y en un par de minutos llegó a ella. Estuvo de pie en la esquina por varios segundos. La calle era larga y vacía de gente. Del otro lado vio una señora salir de la esquina con un niño pequeño, y ambos llevaban una paleta en la mano. Se encaminó hacia la esquina, feliz. Y ya había pasado la mitad de la calle cuando repentinamente se dio la vuelta, y caminó hasta detenerse frente a la entrada de un local. Era una lavandería que no tenía puerta. Sin querer, había atrapado parte de una conversación entre una joven y una amiga suya – al parecer –, que tomaba lugar dentro de la lavandería, y quiso escuchar el resto. Realmente quería escuchar el resto. Así que se recargó sobre la pared, para que desde adentro nadie lo viera, y puso cuidadosa atención de modo que no se le escapara nada.

… sí, lo sé, Adriana. Me siento tan egoísta, tan falsa. Porque juro que lo amo, pero eventualmente siento que no es así; de otro modo, no me hubiera fijado en alguien más… Se llama Ricardo. Juega basquetbol. Es muy apuesto. Voy a verlo entrenar al gimnasio cada lunes. Siempre llevo un libro para disimular que lo veo. Tiene algo que no sé qué es que me encanta. Tal vez su altura. Tal vez su mirada como de borrego a medio morir jaja. Tal vez su voz tan varonil que encaja perfectamente con su físico, alto y fornido… Es un hombre sencillo, abierto a cualquier tema. Sabe reír y bromear y también cuándo ser serio. Pero lo que más me atrae es que es un hombre prohibido. Tiene novia. Él me respeta porque sabe que tengo novio también, aunque siempre me dice que dejaría a su novia si yo dejo a… ¡Exacto! A mí me gusta salir y bailar y divertirme. Soy muy fiestera, pero mi novio no. Esto me limita mucho. Pero con Ricardo es diferente. Siempre quiere salir, a cada rato me invita; pero para no tener problemas con mi novio lo evito. En ocasiones mi novio me aburre; y aunque suene vulgar lo que te voy a decir, solamente en la cama se me olvidan los complejos de esta relación. No sé qué hacer. Solamente me la paso pensando en Ricardo, hasta el grado de sentir lástima por mi novio. Si él terminara conmigo, otra cosa sería… Bueno amiga, te dejo, ya se me hizo tarde, aún tengo que… Sí, gracias por escucharme, adiós, nos hablamos al rato.

Federico escuchó pasos acercándose, así que se metió al local de enseguida, una caseta telefónica. La chica salió de la lavandería, y algo se le cayó al suelo. La chica lo notó, pero no se agachó a recogerlo. Escuchó un ruido, vio una sombra en el local de al lado, una idea le cruzó por la cabeza, pero no le dio mayor importancia. Se subió al carro y se fue. Federico salió, y se encontró de nuevo solo en la calle. Vio lo que aquella chica tiró al suelo, lo recogió y se fue a caminar. Eran las 3: 44 de la tarde.

A las 9: 20 de la noche Federico entraba por la puerta de su casa. El cielo estaba oscuro. Fue a la cocina, encendió las luces y comenzó a preparar lasaña para la cena, para Consuelo. Al cabo de una 45 minutos la lasaña ya estaba lista. Eran las 9: 20 de la noche. Consuelo no tardaría en llegar. Federico se sentó en la silla de la mesa a esperarla. Exactamente diez minutos después Consuelo entraba por la puerta estrepitosamente, cargando bolsas en ambas manos. Las puso sobre el suelo, y se quitó su saco, y lo lanzó al sillón junto con sus llaves. Volteó y encontró a Federico sentado en la silla.

Ay me asustaste, menso, sonrió Consuelo. Todo oscuro y de pronto tú en la cocina sentado
Federico sonrió, aún sentado.
Consuelo se acercó, y le dio un beso en la boca, y le sonrió.
¿Cómo estuvo tu día?
Aburrido, ¿y el tuyo?
Súper cansado
¿Pues qué hiciste?, preguntó Federico poniéndose de pie e yendo hacia la alacena por un plato.
Qué no hice: fui a pagar recibos, a pelearme con los del teléfono, compré la despensa, fui a la mueblería, etcétera… ¿Y tú?
Matar el tiempo hasta que regresaras
Consuelo le sonrió.
¿Qué buscas?
Ah, un recibo para hacer mi contabilidad, no lo encuentro. Creo que…
Al rato aparece… Ahí vengo, voy a cambiarme.

Federico fue hacia su chamarra, y sacó el papelito blanco y lo metió a la bolsa de su pantalón. Suspiró, y caminó hacia Consuelo.

Te quiero preguntar algo, dijo Federico calmadamente.

Dime, dijo Consuelo. Se encontraba tranquila y serena y, sobre todo y por alguna razón, aliviada.

A Federico le latía el pecho duramente. Tragó saliva. Apretaba el recibo de la lavandería con fuerza.

¿Quieres vino tinto o blanco con la lasaña?, tragó saliva.

Consuelo bajó la mirada de golpe. La subió al cabo de varios segundos para ver el rostro triste, desesperado de Federico.

Alzó los hombros y, con todo el cansancio del mundo recién recobrado, respondió

Tinto. Vino tinto estaría bien.

sábado, 9 de julio de 2011

Carta a una futura nostalgia

All that remains is a desert
– South of the Border, West of the Sun, Haruki Murakami

Marianela, estos años junto a ti han pasado felices como un sueño. Pero ahora nos encontramos en el abismo de una encrucijada, y nuestros caminos pueden bifurcarse: se me ha ofrecido una oportunidad de una nueva vida en otro lado, lejos de aquí y lejos de ti. Me encuentro entre la espada y la pared. Porque ésta es la oportunidad que he estado esperando durante mucho tiempo, pero tú, Marianela, eres la mujer que he estado esperando toda mi vida, incluso antes de que yo mismo lo supiera.

Qué difícil situación, ¿no lo crees? Esta decisión nos afectará a ambos, como una movida de piezas en un juego de ajedrez, que desencadenará una serie de eventos cuyas repercusiones las conoceremos dentro de un futuro.

Entre tú y yo hay algo; llámalo como quieras: destino, karma, casualidad. Sea lo que sea, ese algo nos ha llevado a tener algo mágico y especial y trascendente. No fue fácil, ni tampoco rápido ni instantáneo. Al principio tú no confiabas en mí ni yo en ti, e incluso dejamos de salir porque pensaste que yo no valía la pena y que encontrarías algo mejor en otros rumbos. Pero, como alfileres en lados opuestos del mundo, el ineluctable imán de nuestra atracción nos jaló y nos unió, haciéndonos explotar al unísono como estrellas. En ti encontré el necesario impulso para que, como agua de surtidor, siguiera brotando, y no me estancara como agua de charco, y tú en mis brazos encontraste – me dijiste – el rincón destinado para ti en el universo, donde un sentimiento de alegría y sosiego te ahonda, porque me sabes cercano y a tu lado. Mas soy realista: no sé si yo puedo encontrar tal sentimiento en el futuro, ni tampoco sé si tú encuentres aquello que en mí encontraste si llegamos a separarnos. Esta duda me llena de aprensiones.

La vida no es un horario programado, Marianela, tú una vez me lo dijiste. En estos días la gente piensa que así es. La gente quiere ir a la escuela, terminarla; después viajar; después trabajar; después conocer el amor de su vida en el momento justo; después enamorarse y casarse y tener hijos y vivir la vida felices hasta el fin de sus días… Bueno, Marianela, ¿qué pensarías si te digo que yo ya encontré al amor de mi vida y lo encontré a deshoras? Lo encontré en ti al ser yo muy joven.

Yo sé que tú tienes planes distintos para ti misma Sé que quieres estudiar, viajar, conocer el mundo, luego trabajar; me lo dijiste cuando comenzamos a salir: Francisco, la gente necesita vivir su vida, realizar sus sueños, ésa es la razón por la cual las parejas se divorcian: están insatisfechos, y cuando lo comprenden ya se encuentran atadas, yo no quiero que me suceda esto. Yo tampoco quiero que esto te suceda, Marianela. Yo quiero que seas feliz, que estés satisfecha, que aspires cada polen que quieras aspirar en esta vida, y que hagas con amor cada cosa que realices. Pero a mi lado. Que sea lo que hagamos en esta vida, lo hagamos juntos. Yo no quiero que muchos años después de que te escriba esta carta, tu recuerdo fantasma me persiga a través de los pasillos de los años. No quiero casarme y tener hijos y conseguir el éxito que tanto busco, para que un día te encuentre al doblar una esquina, y de pronto sienta mi corazón inflarse y salírseme del pecho. No quiero llegar a ser un adulto, atormentado por la nostalgia, y llegar a la amarga conclusión de que solamente a tu lado hubiera sido feliz. No. Te quiero a ti. Quiero que estés a mi lado. Quiero despertar a tu lado. Quiero cruzar el mar de la vida en un barco, cuya tripulación y capitán seamos tú y yo. Quiero sacrificar lo necesario para que tú y yo estemos juntos. Un idilio es como una obra de arte, Marianela: sólo con el tiempo se sabrá si es verdadero. Yo no quiero arrepentirme ni siquiera haberte conocido… Mi futuro por ti puede esperar.

Te dejaré esta carta en la ventana de tu casa, a un lado de la puerta para que la adviertas al regresar. Al terminar de leerla, te encontrarás, como yo, en la difícil de pedirme que me quede o quedarte aquí sin mí. De cualquier manera, permíteme decirte algo; tómalo si quieres como una advertencia. Me conozco bien: si decides no seguirme ni pedirme que me quede y nuestros caminos se bifurcan finalmente, entonces que no te sorprenda que en unos veinte años, en un día como cualquier otro, llegue yo a tocar a tu puerta en nombre de viejos y nunca extintos sentimientos.

domingo, 3 de julio de 2011

Carta a Fanny Brawne , 3 de Julio de 1819

Julio 3 de 1819

Shanklin, Isla de Wright, jueves



Mi señorita más querida:

Me alegro de no haber tenido la oportunidad de mandarte la carta que te escribí el jueves por la noche; se parece mucho a una de las cartas que Rousseau le escribió a su Heloise. Me encuentro más elocuente esta mañana. La mañana es la hora apropiada para que yo le escriba a la hermosa mujercita a quien tanto amo. Ya que, por la noche, cuando mi día solitario se ha apagado, y la desolada y silenciosa e inarmónica habitación espera a recibirme en su sepulcro, entonces, créeme, mis sentimientos se apoderan completamente de mí. Por lo cual no te dejaría mirar ninguna de las vehemencias que alguna vez juzgué imposible de sentir, y de las cuales con frecuencia me burlaba en otros hombres: por temor a que me taches de infeliz o tal vez de loco.

Ahorita me encuentro sentado frente a una ventana de una agradable casita, mirando hacia el vasto campo, que tiene una hermosa vista al mar. La mañana también es muy agradable. No sé qué tanto pueda abarcar mi espíritu, ni qué de placeres pudiera obtener habitando este sitio, y respirando y divagando, libre como venado, en esta exquisita costa si el recuerdo de ti no me pesara sobre las espaldas. Nunca he conocido alegrías completas, que no fuesen en algún momento agujeradas; la muerte o enfermedad de algún ser querido siempre la han estropeado, y ahora que ninguna aflicción me mortifica, debes confesar tú misma que otro tipo de aflicción me atormenta.

Pregúntate tú, amor mío, si no es que eres en extremo cruel por haberme encarcelado, por haber destruido mi libertad. ¿Me darías la razón en la carta que debes escribirme inmediatamente, y hacer todo lo posible para consolarme a través de tus palabras? ¿Hacerla deliciosa como un barril de Papaverales para drogarme? Oh escribe las palabras más suaves que se te ocurran, y besa la hoja donde las escribas, para que yo toque con mis labios aquello donde los tuyos han estado.

En cuanto a mí, no tengo idea de cómo expresar mi fervor a figura tan hermosa como la tuya. Quisiera palabras más brillantes que brillantes, más adecuadas que adecuadas. Cómo quisiera que tú y yo fuéramos mariposas, y viviéramos sólo tres días de verano. Ya que tres días así contigo me inyectarían más felicidad que en cincuenta años normales pudiera encontrar.

Pero aunque yo me haya tornado egoísta, nunca actuaría egoístamente, ya que, como te dije hace unos días en Hampstead, nunca regresaré a Londres sin saber lo que es el éxito. Aunque pueda dirigir toda mi felicidad hacia ti, no puedo pedirte que estires tus sentimientos; si yo supiera que me amas tanto como yo te amo a ti, no podría esperar hasta mañana para verte, y ahora mismo correría hacia ti para encontrar el dulce placer de un abrazo tuyo.

Pero no; mi vida depende del azar y la esperanza. En caso de que una desgracia ocurriera, yo aún te amaría, pero ¡con qué encono odiaría a otro hombre!

Leí un poema hace poco, y sus versos aún retumban en mis oídos como doblar de campanas:

Ver esos ojos que más valoro que a los propios,
Mirar enamorados a otro,
Y ver esos dulces labios, humectados con néctar inmortal,
Apretados suavemente por alguien más:
Piensa, Francesca, qué maldición sería verte así,
Más allá de lo inefable.

John.

Escribe por favor inmediatamente. No hay servicio de correos en este sitio, así que debes remitir la carta a la Isla de Wright, en Newport. Sé que para cuando llegue la noche me reprocharé haberte escrito una carta tan fría, pero es mejor escribirte así, en la claridad de mis sentidos. Aunque estemos separados, que esto no sea un obstáculo para que seas amable conmigo.

Dale mis saludos a tu madre, mi amor a Margaret, y mis mejores deseos a tu hermano.

jueves, 30 de junio de 2011

Cuento de amor contrariado

Fui una letra de tango
para su indiferente melodía
– Quizá la más querida, Julio Cortázar

Marielle y Alberto fueron al cine el viernes por la noche como acordaron durante la semana. Alberto pasó por Marielle después del trabajo. Era la primera vez que estaban a solas. Se conocieron a través de conocidos, y nunca antes habían hablado frente a frente. Lo habían hecho: por computadora, pero por computadora no es lo mismo. Se encontraba nervioso, no lo sabía. Alberto pensaba que, en cuanto le diera la oportunidad, se acostaría ella: ésta fue la razón por la cual la invitó a salir en primer lugar.

Una noche, hablando por computadora, y sin saber cómo, su conversación desembocó en el tema del sexo. Obviamente, tengo esa necesidad, explicó, Marielle. Pero, más que un placer, el sexo era un medio para saber si un hombre es "The One". Marielle suele entregarse con la esperanza de encontrar al hombre indicado para ella, pero ninguno ha resultado serlo. "The One", pensó Alberto. Al parecer Marielle ha visto demasiadas películas Hollywoodenses, tanto que piensa que la vida es una comedia, ésas con príncipe azul al final. Alberto pensó aprovecharse de que Marielle se entregaba tan libremente para tener sexo fácil. Ya que no pensaba enamorarse de ella, además que le parecía absurda e infantil la idea de saber si alguien es "el indicado" a través del sexo.

Esa misma noche Alberto le preguntó si salía con alguien. Marielle respondió que no, pero que había terminado recientemente con Javier. Le comentó que terminaron porque Javier tenía novia. Hace apenas unos días, su novia le llamó por teléfono para preguntarle, llorando, si tenía algo que ver con su novio. Obviamente le respondí que no, pero aún así no dejé de sentirme culpable. ¿Qué te gustó de Javier?, preguntó Alberto. Todo, respondió Marielle. Cómo hacía de algo ordinario, algo extraordinario; su ternura, pero cómo al mismo tiempo le valía madre la vida. Alberto no entendió a qué se refería con Algo ordinario, algo extraordinario, así que le pidió explicar. Con Javier yo veía las nubes y le encontraba formas, explicó. El silencio a su lado no era incómodo, sino… exquisito. ¿Aún lo quieres?, preguntó Alberto. Porque es algo reciente, sí, respondió Marielle.

Vieron una película francesa, muy mala. En el cine, Alberto cambió de posición discretamente varias veces. Al terminar, fueron por unos tragos a un café. Alberto finalmente comprendió que se encontraba nervioso. Marielle no hablaba mucho. Alberto le preguntó por la película. Marielle respondió lo ya sabido, y volteó la mirada hacia la ventana para mirar hacia el cielo. Alberto se sintió incómodo y, sonriendo le pidió disculpas por elegir tan mala película. No te preocupes, respondió Marielle, no es la primera vez que veo una mala película Estas palabras, en vez de reconfortarlo, tuvieron el efecto contrario.

Alberto acompañó a Marielle a su casa. Eran las nueve, no hacía tanto frío, así que optaron por sentarse en una banca de madera de su patio. Para hacerla hablar, Alberto le hizo cosquillas, pero Marielle no respondió a ellas. Sólo se doblaba, y evitaba ser picada, hasta que terminó justo a su lado. Alberto sintió el calor interno de Marielle, y alcanzó a oler su cabello. Súbitamente, Alberto le empujó hacia sus piernas, para que se recargara sobre ellas, inclinó la cabeza y le besó. Alberto sintió sus labios húmedos y calientes. Marielle se incorporó para sentarse sobre las piernas de Alberto, montándolo. Alberto le besó la boca, el cuello, le abrió la blusa y le besó los senos. Intentó acariciarle la entrepierna, pero Marielle se rehusó. .

Antes de irse, Alberto la invitó a salir de nuevo el miércoles. Respondió que tal vez. Alberto volvió a preguntar. Marielle volvió a responder que tal vez. Alberto le preguntó, esta vez serio, ¿Ya no quieres salir conmigo? Pensó que por el fracaso de esta noche, así fue. Estoy bromeando, sí quiero salir. Alberto sonrió entonces, y se despidió besándola. Antes de salir a la calle, se volvió y le dio un último beso.

Pero no salieron ese miércoles; salieron el lunes. Marielle no trabajó ese día, así que fue a la computadora. Alberto estaba en línea, y comenzaron a platicar. Marielle Tengo hambre, dijo, pero no tengo carro para ir a comprar comida: ¿qué te parece si pasas por mí y me llevas a un restaurant? a cambio te invito a comer. Está bien, respondió Alberto feliz. Llegó a su casa en menos de veinte minutos; lo recibió con un beso en la mejilla. Se subieron al carro, fueron a comprar hamburguesas y las llevaron de regreso a su departamento, donde las comieron sentados en el piso de la sala.

Marielle estaba más conversadora que el otro día. Hablaron de caricaturas, de cine y de música. En algún punto de la conversación ¿Crees en el destino?, preguntó Marielle No, respondió Alberto, a decir verdad no hay cosa más detestable en el mundo que la creencia del destino. ¿Por qué?, preguntó Marielle. Creer en el destino implica no creer en el libre albedrío, y no hay nada más detestable que vivir en un universo en el cual no podamos elegir libremente nuestros actos, además nada cae del cielo, todo lo queramos se tiene que salir a buscarlo; esperar que las cosas se acomoden y lleguen mágicamente no sirve nada. No estoy de acuerdo contigo, comentó Marielle, y Alberto sonrió.

Al terminar de comer, Marielle fue a la cocina a tirar la basura a la cocina y a tomar agua. Al regresar, se sentó de nuevo en el piso y estiró su cuerpo, como alfombra. Alberto vio su cuerpo extendido, y se le antojó darle un beso, y lo hizo; Marielle correspondió ese beso. Alberto metió su mano bajo su blusa y sintió su pecho, grande y suave y caliente. Mas Marielle murmuró que no quería hacerlo ahí, sobre la alfombra, en medio de la sala: podía verlos su hermana. Así que se puso de pie, y fue hacia una parte de la sala, oculta tras un librero; se bajó el pantalón y se puso de espalda contra la pared. Alberto la penetró, y comenzaron a hacer el amor. Pero en algún momento, sus cuerpos se zafaron. Alberto intentó penetrarte de nuevo, pero no pudo. Alberto sintió vergüenza de no saber usar su cuerpo ni el de Marielle, quien después de varios minutos de forcejeo, Ya me desesperé, dijo Marielle, y se quitó. Subido su pantalón, fue hacia la sala. Alberto hizo lo mismo. Cuando se puso el sol, Marielle le dijo que ya era hora de irse. Alberto suspiró y aceptó. Salieron al patio. Fue tu pantalón que impidió el movimiento, dijo Alberto como excusa. Marielle respondió Tal vez. Hacía un poco de frío; Alberto la abrazó por la espalda, y comenzó a relatarte el mito de Eco. ¿Te gustó?, preguntó Alberto al terminar. Sí, respondió Marielle, pero ya lo había escuchado. ¿Y por qué no me dijiste nada?, volvió a preguntar Alberto Te veías muy emocionado, respondió ella, y rió. Alberto sintió su risa condescendiente. La volvió a abrazar por la espalda. Le besó la nuca, el cabello y le descubrió un poco la blusa para besarle los hombros y le tocó los senos y acercó sus caderas a su entrepierna con su miembro duro, y metió sus manos por debajo de su pantalón, tocándole desde la cintura hasta las piernas. Alberto observó que si piel estaba fría; Marielle, susurrando, dijo que sí. ¿Te caliento?, preguntó él; ¿Por qué no?, respondió Marielle. Alberto se sentó en el suelo, para que no los viera su hermana, y la invitó a sentarse. Marielle rió de nuevo, y le recordó que ya era hora de partir. Resignado y aún avergonzado, Alberto salió de su casa. Y por primera vez se preocupó de no ser "The One" para ella después de todo.

La próxima vez que se vieron Marielle se quitó el pantalón completamente. Hablaron de zombis por un rato, pero Alberto tenía en mente una sola cosa. Comenzaron a besarse en medio de la sala, y de nuevo fueron hacia atrás del librero. Sus cuerpos encajaron perfectamente. Alberto lo observó, y Marielle soltó una risita. Fue delicioso. Era la primera vez que Alberto disfrutaba hacer el amor. Otras experiencias le habían parecido insulsas, razón por la cual tardaba tanto en terminar. Incluso llegó a temer que estaba bloqueado psicológicamente, que cualquier experiencia le sería inapetente. Pero con Marielle no fue así. Alberto gozaba tanto, que en su vehemencia se incorporó hasta quedar frente a su cara, y quiso quitarle la blusa, mas ella no quiso, y en cambio le susurró No hagas tanto ruido. Alberto ya estaba por venirse, cuando sintió que ella se vino primero. Alberto liberó la última descarga, cuando ella ya había exhalado su último suspiro de gozo.

Hablando por teléfono días después, Alberto le comentó a Marielle acerca de algo que nunca le había comentado antes a nadie: De cómo de chiquito las niñas se burlaban de él por su pierna chueca que, ya de grande, se operó. Le dijo que le apodaron "El cumbias", por arrastrar la pierna y doblarla mucho y caminar como carreta apoyada sobre una rueda floja. Marielle guardó silencio durante toda su conversación. Al terminar, Alberto sintió un peso menos de encima, y se sintió más cercano a Marielle.

En cierta ocasión, conversando por computadora, Marielle le envió un video, un fragmento de una película española: una chica abre la puerta de su departamento para que un chico entre y se siente frente a ella, y lee el siguiente texto: ¿Por qué te quiero en 65 palabras? Es tan simple…, dijo Marielle. Sí…, le dio la razón Alberto. En realidad no le había gustado; le pareció simple pero nada poético ni nada especial. Por su parte, Alberto le mandó un video de Julio Cortázar recitando el capítulo siete de Rayuela. ¿Por qué me envías esa mierda?, preguntó Marielle. Alberto se desconcertó, y ¿Te molestó?, preguntó. Es que Javier solía recitarme eso. ¿El capítulo siete de Rayuela? Sí…, respondió Marielle. Alberto se incomodó mucho. Quiso cambiar de tema, y preguntó si Marielle tomaría alguna pastilla para evitar contratiempos. En tono de burla, Marielle respondió que sí.

Alberto y Marielle no hablaron durante dos semanas; él había hecho un viaje corto a la capital. En cuanto pudo, lo primero que hizo fue marcarle para invitarla a salir. ¿Hibernaste o qué?, preguntó Marielle. Alberto dio la razón de su ausencia. Por alguna razón Alberto sintió que debió dar razón de su ausencia. Está bien, dijo Marielle, pero no respondió su invitación. Alberto la reiteró, y hubo un gran silencio. Alberto esperaba lo peor.

Las decisiones no se compran, se hacen, sé que no es el mejor momento para decirlo, pero debo hacerlo. Si es nuestro destino vernos de nuevo, lo haremos. Alberto sintió algo estrujarse en su pecho, y sintió enormes ganas de gritarle que No es cierto, Hollywood es pura mierda, las cosas no son tan fáciles en la vida, si nos alejamos ahorita, las cosas entre ellos no se acomodarán después, realmente no se acomodarán. Pero no lo hizo, y colgó.

Alberto y Marielle siguieron conversando por computadora durante un par de semanas más. Pero lo único que ella hacía era hablar de Javier. Marielle decía que extrañaba a Alguien, que quería ver a Alguien, y que lamentaba mucho no tener a alguien como ese "alguien". Alberto sintió estas palabras como tórridos escupitajos a la cara. Por último, Marielle dijo Es insoportable extrañarlo. Alberto, humillado y doliente, Preguntó ¿Quieres dejar de extrañarlo? Marielle rió. Me atrapaste, no lo sé.

Una vez Marielle le escribió que Sabes hablar bonito, pero no sabes bailar al ritmo de la lluvia. Alberto sintió esto como una razón por la que no se quedó con él, y Respondió que sí sé "bailar bajo la lluvia", nada más que tú no me diste la oportunidad para demostrarlo. Marielle, oye, respondió, tranquilo, es la letra de una canción. Alberto, nervioso, rió, y dijo que lo sabía, que bromeaba. Marielle dijo que estaba bien, y le pidió la dirección del restaurante donde compraron hamburguesas. Alberto mintió, diciendo que no la recordaba, y que lo sentía.

Otro día Marielle le mandó un mensaje para decirle que Anoche soñé contigo, tenías el cabello muy corto, y eso es todo lo que tengo que decirte. Otra ocasión le escribió que Extraño que no te rieras de las cosas que yo consideraba graciosas. Alberto respondió que si lo extrañaba, era culpa de su estúpida e inmadura culpa. Marielle respondió que tenía razón.

Comenzaron a hablarse de nuevo. Alberto esperaba que las cosas volvieran a ser como antes. Se había enamorado de Marielle. Pero ella, para variar, le dijo que Quiero tener en mi vida a alguien con quien tener una compatibilidad intelectual, física y emocional pura, pero oh, espera, sí, espera, ya, ya lo tengo, conozco a alguien así, ¡sí! pero tiene novia. Alberto no soportó esto, y le recriminó su crueldad en la cara: ¡De qué mierda estás hablando!. De quien hablo es un amigo, eh. Pero a Alberto no le importó; aún así le pareció cruel lo que Marielle había escrito. ¿Te parece cruel que no te corresponda?. No, respondió Alberto, lo que me parece cruel es que entre nosotros haya algo, que tú lo sepas, y que aún así, con cruel ambigüedad, me sueltes comentarios como ése, que son casi como insultos. No, no es cierto. No le dijo eso. En realidad no supo cómo responder su pregunta; tenía las palabras adecuadas, que ardían por salir, pero no tuvo el valor ni la sintaxis para decirlas. Así que le colgó, esta vez para no volver a levantarte el tubo.

Se volvieron a ver una noche un año después. Alberto estaba sentado en el fondo del camión, leyendo. De pronto, volteó y vio a Marielle subirse y pagar el pasaje. Alberto sintió un desagradable golpe en el pecho, un súbito y caótico nerviosismo, y el corazón comenzó a latirle rápida y fuertemente. Bajó la mirada rápidamente. Recordó aquello que Marielle le dijo en esa lejana ocasión: que si era su destino verse, se verían. Sonrió con tristeza por la ironía de las palabras en su presente situación. Marielle se sentó al fondo del camión, a dos asientos de Alberto, dándole la espalda. Solamente cuando ella hizo la parada, antes de levantarse, se volvió y se volvió y le dio una última mirada. Alberto se percató de esto, pero se contuvo y no se volvió. Tres paradas después Alberto se bajó. Le dio las gracias al chofer al bajarse, y caminó hacia su casa ladridos lejanos de perros desconocidos.

jueves, 2 de junio de 2011

Tebo

Ojalá y no nos topemos a Tebo, dijo mi madre de camino al aeropuerto.

Mi padre no dijo nada.

Esteban, Tebo, es el borracho de la familia. Primo de mi padre, el abogado Francisco Méndez, comenzó a tomar en la adolescencia, como a eso de los quince. Un día, en las fiestas anuales de Coligüa, el pueblo natal de mi padre, en alguna parte de la Sierra Madre del Sur, probó una cerveza. Desde entonces, Tebo se entregó de lleno a la borrachera, como si entregara aquiescente a las rojas llamas del infierno. Mi padre hablaba de él, condescendiente, como quien habla acerca de un indigente que vio tirado en la. ¡Deja la tomadera!, comentaba que le decía cuando lo veía al ir de visita. ¡Báñate, madura, ponte a trabajar! Pero Tebo no hacía caso. Tal vez porque su cerebro ya estaba muy dañado, como si se hubiera pegado en la cabeza él mismo con un mazo durante años. Y es que mi padre le decía esto porque mi padre había sido muy diferente en su juventud. Mi padre estudió mucho. Quiso hacer algo más trascendente con su vida. Se matriculó en Derecho en la universidad de Janubi, la ciudad más cercana, capital del estado homónimo. Fue el único abogado titulado del pueblo. Se graduó con honores, y emigró a Sumalta, en el noroeste de México, habiéndose casado con Helena, mi madre, una muchacha de un pueblo vecino de Coligüa, Tlaxalpa, que conoció en el camión que los llevaba todos los días a Janubi.

Tu padre se llevó lo mejor de por aquí, solían comentarme mis tíos y mayores cuando venían de visita a Sumalta. Y es que, según ellos, mi madre era la muchacha más bonita que había nacido en las tierras de la Sierra Madre del Sur. De ascendencia francesa, había sacado los ojos de su abuela, claros como dos tazas llenas de miel; y era delgada y alta, como los juncos del río; y su piel blanca, como la migaja del pan. Era pobre, como los demás en Tlaxalpa y en Coligüa, pero aspiraba a algo más, algo que ni toda la Sierra Madre del Sur pudiera ofrecerle. Siempre cuidaba de su vestimenta. Aunque sólo tenía un vestido, lo lavaba y lo cuidaba y lo remendaba cuantas veces fuese necesario. Y siempre olía a perfume de jazmines, según mis tíos. Todo mundo que la veía se quedaba prendido de su belleza y se enamoraban, de la tal Helena, la novia de Francisco, el de Coligüa. Y todos lo admiraban. Porque además se labraba un futuro grande, según ellos. Lo cual hizo, al emigrar a Sumalta. Por eso mismo se casó con tu padre, me comentaban mis tíos. Además de por guapo, comentaba mi madre en tono humorístico. Aunque nunca faltaron los cortejos de parte de otros hombros, y hasta el atrevido que intentó robarle un beso en sus labios rojos como las manzanas que se caían de los árboles de abril. Mi madre siempre les respondió con tremenda bofetada. Incluso Tebo, el borracho, según me contaron, la contemplaba maravillado, con sus ojos perdidos y perturbados por tanto alcohol.

Yo había visto a Tebo solamente una vez. Hace mucho, cuando tenía cinco años, que fuimos de vacaciones. Entró a casa de mis abuelos, a la sala donde estábamos, ebrio. Se tambaleaba, y saludaba jocoso a todo mundo. Mi madre, en cuanto lo vio, me tapó los ojos y me sacó del comedor, como si no quisiera que viera alguna imagen obscena y cruel. Cuando le pregunté quién era aquel señor, me dijo que era un loco, y que nunca debía acercarme a él, porque podría hacerme daño. En cuanto me dijo esto, recuerdo haberme asustado. Un extraño sentimiento creció en mí hacia Tebo. Era un sentimiento de aberración. Ahora lo sé. Mas este sentimiento cambió cuando volví a verlo, 15 años después, cuando mi tía Alicia nos invitó a su boda, y tuvimos que viajar de nuevo hacia Coligüa.

Llegamos a la tarde; mi padre rentó un carro en una agencia con el que fuimos a Coligüa por la larga carretera.

Llegamos a la noche. Las estrellas brillaban como luciérnagas detenidas en el cielo. Los grillos cantaban escondidos en la tierra, junto a las piedras del camino. Ningún alma pasaba por aquellas calles congeladas en la oscuridad desprovista de latidos. Ni siquiera la del viento. Por lo que las hojas de los árboles no se movían.

Nos alojamos en casa de mis abuelos. Nos fuimos a dormir de inmediato; llegamos cansados, y a la mañana siguiente era la boda de mi tía.

A la mañana siguiente nos levantamos; de día, Coligüa me pareció diferente. Era un pueblito bonito, verdoso y húmedo. Pareciera que las plantas y las hojas de los árboles las hubiese mojado el rocío por la noche, y siempre. A lo lejos, cerros lo rodeaban. Encima de ellos, nubes lentas se extendían por el cielo. Y llovía a cada rato. Aquellas nubes, como pintadas por gises, abrían sus manos de algodón, y dejaban caer una llovizna mansa y tranquila, como murmullo. Algunos hombres pasaban las calles solitarias montados en bicicleta. Aunque no los conociera, ni ellos a mí, siempre saludaban. Buenas tardes.

Comimos en casa de mi tía a la tarde. El pueblo era tan pequeño, que su casa quedaba a una cuadra de la casa de mis abuelos. Y ya para las seis, regresamos a cambiarnos; la ceremonia en la iglesia era a las ocho; la fiesta, a las nueve. Mi padre suspiró en cuanto salimos a la calle. Y es que un atardecer se explayaba sobre el horizonte. Me dijo que ese atardecer era el mismo de su infancia. Y me contó acerca de las tardes en las que iba a cortar alfalfa al campo. Que se iba en la mañana, pasaditas las diez, y regresaba ya cuando el sol estaba por ponerse. Sus brazos cansados, el sudor seco como costra en la frente. Después de bañarse, se cambiaba, y subía al techo para ver esos arreboles trágicos del atardecer. Y suspiró de nuevo. Y yo también.

Nos metimos a bañar por turnos: primero mi madre, luego yo, al último mi padre. Al salir yo, me cambié. Me puse el traje negro que había comprado para esta ocasión. Después, fui a peinarme frente al único espejo de nuestros cuartos. Ahí estaba mi madre, peinándose. Siempre me gustó verla peinarse. El cabello de mi madre es como una cosecha de trigo, y el pasar del peine era como una brisa continua y rítmica, como música ensayada.

Me vio por el espejo, y volteó a verme, complacida.

Qué guapo hijo tengo, exclamó, y se acercó a darme un abrazo.

En eso, salió mi padre del baño. Y le dio una mirada a mi madre.

Qué guapa te ves, flaca, le dijo.

Ambos rieron.

Yo no.

Después de cambiarnos los tres, fuimos a la fiesta a casa de mi tía.

Era una fiesta alegre. Había música, gente y alcohol. Afuera, la oscuridad envolvía el pueblo, como si se lo hubiese tragado. Y algo palpitaba. No sé qué era, pero algo lejano y doloroso. No era del pueblo. Y aquello estrujo mis sentimientos, como quien estruja una camisa. Escuché que gritaron mi nombre; volví a la fiesta.

Me presentaron a una prima de mi padre, Rocío.

¿Él es tu hijo?, preguntó.
Sí, respondió mi padre.
Lo recuerdo de este tamañito, hizo un gesto con sus manos. Y muy risueño. Ahora se ve serio, te ves muy serio, oye. Cambiaste mucho. ¿Qué te hizo cambiar?

Me alcé de hombros, sonriendo.

Me fui a sentar al lado de mi madre. Mi padre hablaba con algunos primos y amigos suyos de la infancia. Era una plática de adultos grandes que tienen algo en común, pensé. Hablan de su trabajo, de los logros que han hecho. Me dan flojera.

En eso llegó Tebo.

Lo recuerdo parecido y diferente al mismo tiempo: más acabado, pero con la misma expresión jocosa de aquella imagen de mi infancia.

¡Primo!, exclamó al ver a mi padre. Se acercó a saludarlo, y lo abrazó. Estaba sobrio. Se unió al grupo en el que estaba mi padre, y comenzaron a hablar. Le comentaron a mi papá que Tebo no estaba solamente sobrio, sino que llevaba ya siete semanas sin probar gota del alcohol. Después de años de beber, por fin se había rehabilitado. Y ya hasta tenía un modesto trabajo como peón en una ranchería en Amilpas, un pueblo cercano.

Pues felicidades, Tebo. Que sigas así, le dijo mi padre, y le dio la mano. Tebo la aceptó, y rió.

¡Foto!, exclamó Alberto, un primo de mi padre, quien tenía una cámara en la mano. Una foto con tu primo, Tebo, le dijeron. Él abrazó a mi padre por el cuello; mi padre sonreía.

¡Pero Tebo!, gritó mi tía Alicia. Quítate el sombrero

¡Ah, sí!, respondió ingenuamente, casi como un niño… Fue a buscar donde guardar su sombrero. Los de alrededor rieron. En ese instante, mi madre se puso de pie y fue y le susurró algo a mi padre.

Déjalo, Helena, le respondió. Ya está sobrio

Tebo regresó al cabo de un instante, y les tomaron la foto. Luis se acercó y les mostró la foto en la pantalla de la cámara. Todos asintieron, complacidos.

↕Eh! ¿qué tal?, dijo Tebo. Los guapos de la familia, eh, primo, rió jocoso.

¡No, Tebo! Tú no, gritó mi madre. Tú no estás guapo, tú estás feo – estás horrible, rió mi madre, como si dijera una broma divertida. Nadie, excepto yo y Tebo, la escuchamos.

Al escuchar esto, el semblante de Tebo mudó en un instante. Su mirada, antes jocosa, ahora parecía estar rota, como cristales. Su cuerpo, antes firme, se retrajo, como perro maltratado que se recula a un rincón. Bajó la cabeza, como si él hubiese dicho o hecho alguna impertinencia. Y se despidió, como si se disculpara por hacer aquello que él nunca hizo. Yo lo vi marcharse, arrastrando los pies, derrotado, acomodando su sombrero sobre su cabeza.

Suspiré.

Y volteé a ver a mi madre. Muchos la felicitaban por lo bonita que se veía. Ella, sonriente, daba las gracias.

Nos fuimos a los tres días, en la mañana. No sin antes una última escena con Tebo.

Desayunábamos en el comedor, cuando Tebo entró. Estaba completamente ebrio. Tambaleaba y hacía aspavientos. Su risa aún era jocosa. Muy parecida al recuerdo que tengo de mi infancia. Abrazaba a mi padre, bailaba con mi abuela, le daba palmadas a mi abuelo. ¡Primo! ¡tía, tío! Los quiero, exclamaba.

En eso vio a mi madre, quien estaba de pie, junto a la estufa. Tebo trató de enderezarse. Se quitó el sombrero y le hizo una reverencia, como si mi madre fuese una reina

Estás en tu casa, le dijo.

Mi madre, en cambio, le pasó una mirada de desagrado, como si estuviese viendo algo repulsivo.

Pobre Tebo, dijo mi abuela. Y yo que creí que ya se había reformado. Quién sabe qué le pasó

Después de guardar nuestras maletas en el carro, salimos a la calle. Tebo estaba ahí, tirado en la calle.

Mi padre sacó el carro y nos subimos y arrancó.

¿Qué tienes?, le preguntó mi padre a mi madre, quien aún tenía ese gesto de repulsión.
¿Fue Tebo?

Mi madre asintió. No sé qué tiene ese hombre que me da asco, comentó

Helena, no seas así. Ay Tebo, pobre hombre…

Yo, que escuchaba esto, comenté Me siento mal

¿Por qué?, preguntó mi padre.

Por Tebo. Siento empatía por ese hombre

Mi madre volteó bruscamente.

Empatía, ¿por qué, Amancio?, preguntó.

No sé, madre, mentí.

Volteé hacia atrás, hacia la calle que dejábamos atrás. Tebo trataba de ponerse de pie; cuando lo hizo, caminaba tambaleándose, con su sombrero puesto, su sonrisa jocosa, su mirada seguramente aún rota, y su alma reculada, como perro maltratado.

Nada de empatía. Tú no tienes nada que ver con ese hombre, dijo.

Ay olvídalo. Mejor hablemos de otra cosa. Por ejemplo, de qué bonita te ves hoy.

Mi madre, sonriente, se volvió.

domingo, 1 de mayo de 2011

Mil dólares

Mil dólares, repitió grave y severamente el abogado Tolman. Aquí está el dinero.

El joven Gillian sonrió divertido mientras pasaba sus dedos por el fajo de billetes nuevos de 50 dólares cada uno.

Es una cantidad tan extraña, tan confusa, comentó amigable al abogado. Si hubieran sido diez mil dólares, habría una justificación para festejar y lanzar fuegos pirotécnicos. Inclusive 50 dólares no serían tanto problema.

Ya escuchó el testamento de su tío, continuó Tolman, siempre tan árido y profesional en sus palabras. No sé si prestó atención a los detalles – permítame recordarle uno. Usted a partir de ahora se encuentra obligado a rendirnos cuentas de la manera en que gastará estos mil dólares a medida que lo haga; el testamento lo estipula. Confío en que cumplirá con el deseo del difunto señor Gillian.

Cuente con eso, respondió amable el joven Gillian. A pesar del gasto extra que esta condición implique. Inclusive tal vez tenga que conseguirme una secretaria. Nunca fui bueno para manejar finanzas.

Gillian guardó su fajo de billetes en el bolsillo de su abrigo y se fue al club. Ahí buscó al tipo al que se refería como el Viejo Bryson.

El Viejo Bryson era un hombre tranquilo, de cuarenta y solitario. Leía un libro en una esquina, y cuando vio que Gillian se aproximaba, suspiró, cerró su libró y se quitó os lentes.

Oiga, Bryson, despierte, dijo Gillian. Tengo algo divertido qué contarle.

La verdad, me gustaría que se lo contaras a alguien del cuarto de billar, dijo Bryson. Ya sabes que no me gustan las cosas que me cuentas.

Pero lo que le voy a decir es mejor de las cosas que generalmente le cuento, dijo Gillian, enrollando un cigarro. Y se la voy a contar; en el billar no se puede hablar bien con tanto ruido. Acabo de llegar de visitar a los piratas legales de la firma de mi tío. Me ha dejado mil dólares. Ahora, ¿qué puede hacer alguien con mil dólares?

Yo creía, dijo Bryson, prestando la atención que prestaría una abeja a una vinagrera, que el difunto Gillian valía por lo menos medio millón de dólares.

Así es, asintió Gillian feliz. Y eso es lo gracioso del asunto. Mi tío le dejó todo su dinero a un microbio. Me refiero a que parte del dinero irá a quien descubra un nuevo bacilo, y el resto a fundar el hospital que descubra cómo destruirlo. Hay otros dos beneficiarios más – el mayordomo y la ama de llaves. Cada uno recibió un anillo familiar y 10 dólares cada uno. Y su sobrino mil.

Siempre has tenido mucho dinero que gastar, observó Bryson.

Montones, dio Gillian. Mi tío era el hada madrino en cuestión de dinero.

¿No hay más beneficiarios?

No, respondió Gillian, haciendo un gesto de disgusto a su cigarro. Hay una tal Miss Hayden, una protegida de mi tío, que vivía en su casa. Callada. La hija de un amigo que tuvo el infortunio de ser amigo de mi tío. Se me olvidó decir que a ella también le hicieron la broma del anillo y los 10 dólares. Cómo me hubiera gustado estar en su lugar. Así me podría comprar dos botellas de champaña, darle el anillo a la mesera de propina y librarme de todo este asunto. No se pongas pesado ni ofensivo, Bryson. Dime qué puedo hacer alguien con mil dólares.

Bryson limpió sus anteojos y sonrió. Y cuando Bryson sonreía Gillian sabía que se iba a poner más ofensivo y pesado que nunca.

Mil dólares, dijo, como puede ser mucho, como puede ser poco. Un hombre podría comprarse una linda casa y burlarse de Rockefeller en la sala. Otro podía mandar a su mujer al Sur y salvarse la vida. Con mis dólares se podría comprar leche para alimentar a cien bebés de junio a agosto y salvar a la mitad. Podrías jugar hasta por una hora en los casinos. Se podría impulsar la educación de un joven ambicioso. Me dijeron que un Coret genuino se compró con ese dinero en una subasta ayer. Podrías mudarte a New Hampshire y vivir decentemente por dos años. Podrías rentar todo el Madison Square Garden por una noche y dar conferencias a tu audiencia, si es que llegas a tener una, sobre la precariedad de la profesión de ser un heredero.

Sabes, Bryson, dijo Gillian, siempre tranquilo, tú le agradarías a la gente si es que no fueras tan moralista. Te pedí que me dijeras qué se puede hacer con mil dólares

¿Tú?, preguntó Byrson con una leve risa. Bueno, Bobby Gillian, sólo hay una cosa congruente que puedes hacer tú. Puedes ir a comparle un pendiente de diamantes a Lotty Lauriere y luego irte a plantar tu cuerpo en un rancho – te sugiero un rancho de ovejas, puesto que detesto particularmente a las ovejas.

Gracias, dijo Gillian, poniéndose de pie. Debía saber que podía contar contigo, Bryson. Siempre das en el tino. Quería deshacerme del dinero en un segundo; tengo que rendir cuentas de mis gastos y detesto dar pormenores de mis gastos.

Gillian pidió un taxi por teléfono y le pidió al chofer ir a la entrada del teatro Columbine.

La señorita Lotta Lauriere se daba los últimos retoques con su maquillaje, casi lista para su llamada, con el teatro lleno, cuando el vestuarista mencionó el nombre de Gillian.

Déjalo entra, pidió Lotta. Ahora ¿qué pasa, Bobby? Saldré a escena un cualquier momento

Te hace falta un poco de polvo en la oreja, sugirió Gillian, con aire de crítico. Así está mejor. No tomaré mucho de tu tiempo. ¿Qué te parece una pequeña cosa brillante colgando en tu cuello? Puedo pagar hasta un uno con tres ceros a su lado, ¿cómo ves?

Como digas, cantó Miss Lauriere. Mi guante blanco, Adams. Bobby, ¿has visto el collar que Della Stacey traía puesto la otra noche? 2,200 dólares costó en Tiffany’s. Pero por supuesto – jala un poco mi faja hacia la izquierda, Adams.

Miss Lauriere, coro inicial, anunció un chico desde la puerta.

Gilian paseó hasta la slaida, donde lo esperaba su taxi.

¿Usted qué haría con mil dólares?, preguntó al taxista.

Abrir un salón, contestó el taxista, su voz ronca, al instante. Sé de un lugar que podría comprar – un edificio rojo en una esquina. Ya lo tengo todo planeado: segundo piso: asiáticas y chop suey, tercer piso manicure y agencia de viajes, cuarto piso mesas de billar. Si está buscando un socio –

Oh no, dijo Gillian. Pura curiosidad. No me ponga atención. Siga hasta que le diga que se detenga.

Ocho cuadras después de Broadway, Gillian le pegó al techo con su bastón y salió. Un hombre ciego sentado sobre un banquillo en la banqueta vendía lápices. Gillian se paró frente a él.

Disculpe, dijo, pero ¿le molestaría decirme qué haría con mil dólares?

Acaba de salir del taxi que acaba de llegar, ¿cierto?
Así es, respondió. Gillian.
Supongo que le va bien, dijo el ciego, si es que va por la ciudad en día en taxi. Échele un vistazo a esto, por favor. El ciego sacó un librito de su abrigo y se lo extendió a Gillilan.

Gillian lo tomó, y vio que era un estado de cuenta. Había en total un balance de 1,785 dólares del ciego.

Gillian regresó el libro y se subió de nuevo al taxi.

Olvidé algo, dijo al conductor. Lléveme al despacho de abogados de Tolman & Sharp en Broadway.

Tolman lo miró hostil e inquisitivamente a través de sus lentes de armazón dorado.

Disculpe, dijo Gillian entusiasmado, pero ¿puedo preguntarle algo? No es la gran cosa. ¿Se le dejó algo alao g Miss Hayden aparte del anillo y los 10 dólares/

No, respondió Tolman. Nada más.
Bueno, muchas gracias, dijo Gillian y salió de nuevo hacia el taxi. Le dio la dirección de la casa de su difunto tío.

Miss Hayden se encontraba escribiendo en la biblioteca. Era alta, delgada y vestía siempre de negro. Pero sus ojos, oh sus ojos eran algo que no se podían olvidar. Gillian entró con un aire como si el mundo no importara nada.

Vengo de ver al viejo Tolman, explicó Gillian. Al parecer ha estado revisando el testamento y encontró – Gillian pensó en un término legal – y al parecer el viejo tío aflojó un poco al final de todo y te dejó mil dólares. Venía de pasada, y el viejo Tolman me pidió que te los diera. Gillian le puso el dinero en el escritorio, junto a su mano.

Miss Hayde palideció. Oh, exclamó. Oh, exclamó den nuevo. Gillian volteó y miró hacia la ventana.

Supongo desde luego, dijo en voz baja, que sabes que te amo
Lo siento, dijo Miss Hayden, tomando el dinero.
¿No tengo posibilidades?, preguntó Gillian, casi desenfadado.
Lo siento, dijo de nuevo.

¿Te importa si escribo algo?, preguntó Gillian sonriendo. Se sentó en la mesa grande de la biblioteca; Miss Hayden le trajo papel y pluma, y volvió a su escritorio.

Gillian escribió su cuenta de los mil dólares en las siguientes palabras:

Pago hecho por la oveja negra, Robert Gillian, mil dólares para la felicidad de la mujer más hermosa de todo el mundo.

Gillian guardó la nota en un sobre, lo cerró y salió de la casa.

El taxi regresó de nuevo a las oficinas de Tolman & Sharp.

He gastado los mil dólares, dijo a Tolman, el de los lentes de oro, entusiasmado. Y he venido a rendir cuentas de mis gastos, como acordado. Se siente como si fuera verano, ¿no lo creen? Puso el sobre blanco sobre la mesa. Encontrará ahí el memorándum del modus operandi del dinero gastado

Sin haber tocado el sobre, Tolman se dirigió a la puerta y llamó a su socio, Sharp. Juntos abrieron una caja fuerte y comenzaron a hurgar. Trajeron un sobre grande sellado con cera, lo abrieron y comenzaron a leerlo. Tolman anunció lo que decía.

Señor Gillian, dijo formalmente. Hay un anexo al testamento de su tío. Se nos confió en privado, con instrucciones de no abrirlo hasta que no se diera una completa rendición de cuentas de los mil dólares de la herencia. Como ya ha cumplido con dicha condición, mi socio aquí y yo hemos leído el anexo. No quisiera abrumarlo con toda la fraseología legal, pero le informaré de la esencia del contenido.

El anexo promete que en caso de que usted haya gastado los mil dólares de la manera como estipula el testamento, usted saldrá muy beneficiado. El señor Sharp y yo fungiremos como jueces, y le aseguro que cumpliremos con nuestro deber, ajustándonos estrictamente a la justicia – con generosidad, desde luego. Le aseguro que ninguno de nosotros aquí le tiene mala voluntad, señor Gillian. Pero permítame regresar a lo de antes. El anexo estipula que si el gasto del dinero que le dejó su tío ha sido prudente, sabio o desinteresado, está en nuestro poder entregarle acciones con valor de 50 mil dólares. Pero si usted ha gastado los mil dólares de manera – y aquí cito al difunto señor Gillian – en desperdicio inmoral o con dudosas compañías, como ha sido en el pasado, los 50 mil dólares pasarán entonces a manos de Miriam Hayden, protegida de su difunto tío, lo más rápido posible. Ahora, señor Gillian, el señor Sharp y yo examinaremos la rendición de cuentas de los mil dólares. Nos ha entregado una cuenta escrita, me parece. Espero que confíe en nosotros y en nuestra decisión.

Tolman estiró la mano para tomar el sobre, pero Gillian fue más rápido y lo tomó primero. Hizo trizas el sobro y los guardó en su bolsillo.

No importa, dijo sonriendo. No hay necesidad de molestarlos con esto. No creo que quiera leer los pormenores de una apuesta tonta. Los perdí en los caballos. Buen día, caballeros.


Tolman y Sharp se vieron, y negaron la cabeza con tristeza cuando Gillian salió, ya que lo escucharon silbar alegremente en el pasillo mientras esperaba a que subiera el ascensor.