lunes, 11 de marzo de 2013

Midnight in Paris y la ambigüedad moral de sus personajes

A pesar de que es una película aparentemente moral, que divide a los personajes como buenos o malos, aceptables o detestables, Midnight in Paris es una película engañosa. Y, para comprender algunos aspectos de los personajes y la trama, hay que detenernos un poco en ellos para hacer algunas observaciones.

Para comprender a Gil Pender,, el protagonista hay que prestarle atención a un personaje importante en la película – el amigo de Inés, Paul. Ya que Paul es el opuesto (que no quiere decir diferente) de Gil, lo que en inglés se conoce como foil character. Ambos, en cierta medida, tienen una egolatría insufrible: ambos buscan ser admirados y aplaudidos por los demás. Sin embargo, en Paul es más visible que en Gil, ya que su pedantería es un anzuelo para recibir atención de los demás. En Gil, sin embargo, esto no es tan visible, ya que no tiene nada de qué presumir, a diferencia de Paul. El único intento fallido que tiene Gil para competir con Paul es la escena en la que Paul discute con la guía de turistas acerca de un aspecto de la vida del arquitecto Rodin; para molestarlo, Gil dice estar de acuerdo con la guía de turistas, comentando que ha leído una biografía de dos tomos de Rodin. Aun así, cuando regresa al pasado y escucha la opinión de Gertrude Stein respecto a la pintura de Adriana pintada por Picasso, Gil ya cuenta con una opinión profunda y lúcida para competir con la pedantería de Paul, lo cual así sucede en la galería de arte.

A pesar de que Paul es, en esencia, parecido a Gil, Paul es un personaje en el cual vemos la máxima de François de La Rouchefoucauld: el éxito consiste en proyectar una imagen de éxito. Paul, bien parecido y bien vestido, conferencista de La Sorbonne, habla francés, es experto en arte y vino francés y es un gran bailarín. Gil, por otra parte, es “modesto”, en palabra de Adriana; un exitoso guionista en Hollywood, queno proyecta esa imagen de éxito de Paul. Esta imagen de fracasado es lo que causa la actitud condescendiente de Paul: en la escena en la que todos están en Versalles, Paul se burla sutilmente de Gil al llamarlo “Miniver Cheevy” (un personaje literario de un poema de Edwin Robinson, cuya vida consiste en imaginar lo que hubiera sido vivir en una época anterior a la suya). Además, cuando Inés, Paul y Carol se van a bailar sin Gil, Paul le pregunta a Inés en el taxi si Gil es buen escritor con una clara actitud de condescendencia.

Por otra parte, Gil tiene sus propios defectos que no debemos ignorar. En la primera comida con Inés y sus padres, el padre de Inés comenta que no le gustan los franceses por no apoyar a los Estados Unidos, y Gil dice que no puede culpar a los franceses por no apoyar a los Estados Unidos en la guerra contra Irak; Inés parece desesperada y no quiere escuchar un debate político, y Gil dice lo siguiente:
Gil: Tu padre apoya a la derecha del partido republicano y yo pienso que para pensar así debe estar completamente loco
Este comentario, por más acertado que sea, es agresivo e imprudente: hay que recordar que el padre de Inés los ha invitado a ambos a viajar completamente gratis y el hecho de que Gil escupa un comentario así es malagradecido.

Otro aspecto de Gil es su personalidad antisocial. Después de que Paul y Carol invitan a Inés y a Gil a Versalles, Gil trata de zafarse de la invitación:

Gil: Cariño, tenemos muchos compromisos… Mañana vamos a ir a almorzar

Al regresar a la habitación, Inés dice lo siguiente: Era obvio que no querías ir con ellos. Además, después de la degustación de vinos con los padres de Inés, Paul y Carol los invitan a bailar y, de nuevo, Gil declina la invitación y deja a Inés ir sola.

Y es precisamente este hastío de Gil junto con la imagen dorada de éxito la que lleva a Inés a serle infiel a Gil con Paul. Inés, al principio de la película, tiene un gran respeto y admiración por Paul, que poco a poco se transforma en una atracción más palpable. Vemos, por ejemplo, que Inés defiende a Paul de la crítica de “pseudo-intelectual” de Gil:

Gil: ¡Vamos! [Paul] es un pseudo-intelectual
Inés: Ah… Gil, dudo que pudiera dar una conferencia en la Sorbonne si fuera un pseudo-intelectual

Inés dice esto con una expresión irónica. Analicemos por un momento en la defensa de Inés, la cual es un falso silogismo. El correcto silogismo para defender a Paul sería el siguiente:

Sólo las personas que saben mucho pueden dar conferencias en la Sorbonne
Paul sabe mucho
Por lo tanto, Paul puede dar conferencias en la Sorbonne

Sin embargo, ésta no es la manera en la que Inés defiende a Paul, ya que Inés no parte de una deducción, sino de una inducción que argumenta lo siguiente: Paul dará una conferencia en la Sorbonne; por lo tanto, debe saber mucho. Sin embargo, es precisamente la segunda premisa – Paul realmente sabe mucho – la premisa que Inés se salta y da por hecho en lugar de probarla. Inés parece conformarse con la imagen de Paul que comunica pericia.

¿Podemos culpar a Inés de la infidelidad? Sí y no. Inés es la hija mimada de un rico y conservador empresario norteamericano, y no es difícil asumir que ha vivido siempre en una burbuja que desea mantener intacta y visualmente atractiva: Inés desea vivir en Malibú, una casa con muebles costosos y un esposo exitoso (en una escena, Inés defiende a Gil de su madre, al decir que él es inteligente y exitoso). Y es esta burbuja intocada e intocable la razón por la cual le es imposible reconocer la insatisfacción artística y creativa de Gil, quien no está contento de escribir guiones de cine para Hollywood – justamente como Scott Fitzgerald en la vida real – y desea escribir literatura: ¿Quieres dejar todo tu éxito solamente para batallar?, pregunta Inés a Gil en una de las primeras escenas de la película. Inés desea conformarse con la superficie de la vida y no desea ir más allá, justamente como Paul, quien se conforma con parecer un experto en cultura francesa sin realmente serlo.

Otro de los efectos de esta visión superficial de la vida es la reacción de Inés respecto a la infidelidad con Paul. Cuando Gil la encara y le pregunta si es cierto, Inés dice que sí, pero le pide, altaneramente, que lo supere y que hablen del asunto al regresar a los Estados Unidos: Inés no parece comprender la gravedad de sus acciones, lo que puede sentir Gil al escuchar esta noticia, pero realmente no le importa, así como tampoco parece importarle Paul: Paul es, también, un ingrediente más de su burbuja, otro artefacto más en su vida.

Aun así, hay que notar ciertas cosas de Inés: Gil – y ella misma se lo dice – está muy ocupado escribiendo; las dudas que tiene respecto a su presente y su carrera lo alejan de Inés, quien es natural que se sienta atraída – por las razones que ya hemos visto – hacia Paul.

Sin embargo, no todo es apariencia entre Gil e Inés. En la primera escena la película ambos, en el jardín de Monet, discuten acerca de la posibilidad de mudarse a París, y ambos parecen realmente enamorados, a pesar de ser tan diferentes y estar en desacuerdo respecto a París. Pero, desde luego, ésta es una paradoja, porque esta escena es, como todo lo demás, imagen, y no podemos estar seguros de si ambos realmente se amaron. Al separarse, ninguno de los dos se da la oportunidad de arreglar su relación.

Adriana es parecida a Inés en el sentido de que también es superficial. Adriana decide quedarse en La Belle Epoque porque cree que ésta es la mejor época del mundo. Y Gil también es parecido a los demás personajes de la película, ya que la idea de que París en los 1920’s es mejor época que el presente de la película es una imagen superficial. En la primera escena de la película, Inés le hace notar esto, cuando le dice a Gil que él se encuentra enamorado de una fantasía.

No obstante, él logra superar esta fantasía al final de la película, cuando tiene la epifanía de que la insatisfacción hacia el presente es la insatisfacción hacia cualquier presente y que si se queda a vivir en los 1920’s eventualmente él terminará anhelando otra época pasada. Esta epifanía desde luego no es gratis – viene con una gran decepción que lo obliga a separarse de los 1920’s, de  Adriana y de Inés, y salir a París por la noche. La trama, desde luego, favorece a Gil y le pone en su camino a la hermosa francesa que vende discos de Cole Porter.

El último aspecto que hay que queda por analizar es el viaje al pasado. La película no lo propone, pero el viaje al pasado es, en realidad, un viaje hacia la muerte. Psiconalíticamente, el deseo de viajar al pasado es el deseo de regresar al vientre materno – a la tranquilidad y estabilidad de la unidad con la madre. Sin embargo, el regreso al vientre materno es imposible; lo único que se puede lograr es una unidad con la pareja, que es lo más cercano a lo que se puede aspirar una vez cortado el cordón umbilical. Si se trata de regresar hacia el pasado, generalmente el individuo terminar en tragedia, como en los casos de Edipo Rey, Jay Gatsby (protagonista de The Great Gatsby) y Lester Burnham (American Beauty). No obstante, el universo ficticio de Midnight in Paris ofrece la posibilidad surrealista de regresar al pasado y quedarse ahí. Aun así, ¿qué hubiera sucedido si Gil se quedara en la década los 1920’s? Hubiera seguido existiendo, desde luego, pero para su verdadera realidad hubiera muerto, así como Adriana murió en los 1920’s pero vive en la Belle Epoque. Gil, al regresar a su propia época, declina la muerte

domingo, 10 de marzo de 2013

500 days of Summer: En defensa de Summer y en crítica a Tom


La opinión popular de Summer, de 500 days of Summer, es que es una perra. Siendo Tom el protagonista de la película, es de esperarse que sintamos simpatía hacia él, su sufrimiento y reprobemos al objeto de su afección fugitivo, Summer. . Sin embargo, a medida que veo la película hay varios elementos tanto de la trama como de los personajes que me hace pensar que hay facetas de Summer y Tom que están escondidos en la sombra que debemos ver para comprender mejor su relación y la razón de su fracaso.
Tom es un chico sentimental y honesto que está enamorado de Summer. Sin embargo, el amor no es suficiente para conquistar a una mujer, y Tom (despliega) ciertas características que debemos reconsiderar. En primer lugar, Tom es un chico que, según el narrador en tercera persona, creció con la idea de que nunca sería feliz hasta que conociera al amor de su vida. Esto es esencial para comprender por qué la relación entre Tom y Summer estaba destinada a fallar en primer lugar: Tom, como personaje, se siente incompleto.
            Otra característica de Tom es su visión del mundo. Al discutir con Paul y McKenzie acerca de Summer, Tom dice que él pudo haber tenido una oportunidad en un mundo donde le sucedieran cosas buenas. Esta visión pesimista del mundo es un tipo de insecticida que aleja a Summer después en la película. A pesar de que nunca lo dice, Tom es un chico inseguro respecto a su físico. Ya que en esa misma conversación con sus amigos, él imagina que Summer se siente atraído hacia chicos de gimnasio – algo que Tom no es, siento delgado y poco agraciado – cuando se la encuentre en el elevador.
            Tom también es un cobarde: a pesar de que le gusta Summer, no se lo dice. Cuando McKenzie ebrio le confiesa a Summer que Tom se siente atraído hacia ella, Tom se pone nervioso y dice que le gusta sólo como amiga. No es hasta que Summer se atreve a besarlo en la máquina copiadora que Tom, en un beso, le expresa lo nunca dicho.
            Todas estas características contrastan con el esposo de Summer. A pesar de que el esposo de Summer nunca habla y no sabemos gran cosa de él, podemos deducir algunas cosas de él. Por ejemplo, el esposo de Summer es un personaje más atractivo que Tom: sabemos que para Summer el hecho de que Tom no sea tan atractivo no es un problema, pero podemos deducir que su esposo se siente más seguro de sí mismo que Tom. Esto también lo comprobamos cuando Summer comenta la manera en la que lo conoció: ella se encuentra almorzando y leyendo, cuando su futuro esposo se le acerca y le pregunta acerca del libro: el esposo de Summer, a diferencia de Tom, tiene el suficiente valor y seguridad para ponerse de pie y hablarle, no a una compañera de trabajo como en el caso de Tom, sino a una completa desconocida. Esta seguridad seguramente debió contribuir a la atracción entre Summer y su futuro esposo.
            Es difícil asegurarlo, pero es posible que Tom, al igual que el futuro esposo de Summer, tuvo la oportunidad de conquistar a Summer, sólo que en ese momento no se encontró a la altura de la circunstancias. Esto lo vemos, en parte, en Summer, quien es claro que le gustan los hombres creativos pero también exitosos. Cuando Tom le comenta a Summer que estudió arquitectura, Summer dice que eso es genial y se muestra un poco más interesada en Tom. Sin embargo, Tom no tiene la suficiente confianza en sí mismo para darle a su talento una oportunidad en la arquitectura, lo cual no es atractivo para Summer. Además, casi al final de la película, en la fiesta de Summer en su terraza, una amiga de Summer le pregunta a qué se dedica. Summer comenta que Tom podría ser un gran arquitecto si así lo quisiera. Acto seguido, Tom comenta que prefiere escribir tarjetas postales a la arquitectura en broma; todos ríen, pero Summer parece claramente decepcionada de su actitud conformista y – ¿por qué no decirlo? – cobarde ante su carrera.
            No es hasta el final de la película, cuando Tom ha perdido a Summer y tocado fondo, que se pone de pie y decide hacer algo por sí mismo. Vestido con un traje negro y fino y bien peinado, Tom desenpolva su viejo anhelo de arquitectura y sale al mundo a buscar una oportunidad en el mundo de arquitectura; y Tom y los espectadores descubrimos que Tom realmente tiene talento para la arquitectura, que incluso se consigue a sí mismo una entrevista de trabajo en lo que parece ser una gran firma de arquitectos.
            Si Tom hubiera conocido a Summer con la actitud y seguridad con que lo vemos al final de la película, posiblemente hubiera conquistado a Summer desde un principio. Sin embargo, esto solamente lo podemos especular, ya que Tom y Summer nunca se hubieran conocido de no ser porque Tom optó por trabajar con Vans; además, al parecer Tom necesitó tocar fondo y perder a Summer para ir en busca de su trabajo ideal.
            En este sentido, no podemos culpar totalmente a Summer por no sentirse atraída hacia Tom. Incluso debemos notar que Summer es debatió mucho entre si seguir con Tom o no: Al final de la película, cuando Tom observa la aparente contradicción de Summer (“no querías ser la novia de nadie y ahora eres la esposa de otra persona”), Summer dice que ella se despertó un día y supo con su esposo aquello de lo que nunca estuvo segura con Tom; Summer realmente le gustaba Tom, y podemos imaginar que durante mucho tiempo ella se preguntó si Tom era el chico indicado para ella; es decir, Summer le dio el beneficio de la duda, a pesar de sentirse repelida por todas las inseguridades de Tom. Incluso Tom reconoce que Summer nunca le mintió; en la cita con Allison, la amiga de Paul, Tom reconoce que Summer nunca la engañó, nunca se aprovechó de él y le dijo desde el principio que no quería novio. Al final de la película, Summer y Tom están sentados en la banca y a Summer le llenan los ojos de lágrimas; se pone de pie de la banca con Tom y le dice que le da gusto verlo bien y sonríe; sin embargo, su rostro se ve que es triste: al parecer a Summer también lamenta la situación con Tom y es posible que hubiera deseado corresponder sus sentimientos. 

El Cisne Negro: Nina Seyers y Su Curiosa y Reveladora Relación con la Piel

Que no quepa duda: Nina Seyers es uno de los personajes más fascinantes que el cine hollywoodense ha creado en los últimos años Desde su estreno, El Cisne Negro se ha convertido quizá no en una película de culto pero sí en una película intrigante y fascinante. Algunas de las razones de ese fenómeno son quizá porque, en cuestión de ficción, la cultura occidental (es decir, nosotros) siempre ha tenido una fascinación con el tema del doble, lo que en alemán se conoce como Doppelgänger (como El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde de R. Stevenson, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, en la cultura hispana Aura de Carlos Fuentes). Otra razón es la tendencia actual del mundo: Nos encontramos en un tiempo el cual nos encontramos en un tiempo en el cual el desarrollo de un artista, lo que en la crítica literaria se conoce como el género kunstleroman, nos tiene al filo del asiento. El éxito de programas televisivos como La Academia, Factor X o Bailando por un sueño indican un interés creciente de los espectadores por ver el desarrollo de un artista, cantante o actor. Pues bien: En ese sentido El Cisne Negro no es muy diferente a aquellos programas televisivos: todos ofrecen una mirada hacia la vida íntima del artista: su personalidad, sus manías, la relación con las personas alrededor, sus miedos y frustraciones, etcétera.

En este ensayo me gustaría enfocarme en un aspecto de la personalidad de Nina que me parece muy interesante, aspecto que no he visto estudiado en un ningún otro estudio de la bailarina hasta ahora: su relación con su propia piel. Aparte de su precaria relación con su madre, la frustración que siente hacia Lily y el cuidado que pone en su arte, Nina tiene una precaria relación con su piel ya que durante toda la película vemos desollarse a sí misma, rascarse la piel hasta la irritación, hasta imaginarse desollarse y sangrar. En la película hay dos escenas interesantes en la que vemos la relación de Nina con su piel: la fiesta en la que Thomas, el director de la compañía de ballet en la que trabaja Nina, finalmente la presenta al público como la siguiente protagonista de su obra. En un momento Nina va al baño y, lavándose las manos, se imagina arrancándose un gran pedazo de piel del dedo de la mano. La segunda escena es en la que Nina regresa precisamente de esa fiesta y, al desvestirla, Erika, su mamá, nota un salpullido en la piel de su hija y hace un comentario que sugiere que Nina tiene cierta manía con la piel desde hace tiempo: “[Erika a Nina]: te has estado rascando de nuevo… Creí que ya habías dejado este desagradable hábito, lo has hecho por años”.

Lo primero que podríamos pensar de la protagonista es que tiene una especie de trastorno obsesivo-compulsivo. Sin embargo, la relación de Nina con su piel es más específica y más profunda que aquello, ya que la bailarina presenta lo que en términos médicos se conoce como Dermatilomanía, lo cual es un trastorno de la piel que se origina por altos niveles de estrés y ansiedad. Odlaug et al plantean que la dermatilomanía es una manifestación de ira reprimida contra padres autoritarios, abusivos, dominantes y en extremo mimadores que se manifiesta, curiosamente, más en mujeres que en hombres. Erika, durante el transcurso de la película, presenta algunas de estas características. Por ejemplo, sentadas en la sala, teniendo una conversación muy tensa, tocando el tema de la piel de Nina, Erica en un momento se pone de pie y, soberbiamente, le pide a su hija que se quite la blusa para revisar su piel. Esto desde luego apunta a su carácter autoritario como madre sobre Nina. Otra escena que demuestra este autoritarismo es cuando chantajea a Nina para que ésta coma el pastel de frutas que aquella le preparó para festejar su nuevo papel como reina cisne. Por último, hay una escena en la que, ayudando a Nina cambiarse de ropa, Erica le ve en las orejas un par de arracadas. En tono exigente, Erica pregunte: “¿de dónde sacaste estas cosas?”, a lo cual Nina tranquilamente responde que son falsas.

Todos estos incidentes, y muchos que no se mencionan pero que, como espectadores, nos podemos imaginar, han creado en Nina una ira que ella misma no se atreve a liberar (lo cual es una manera también de crear su propio doble en la mente). Débil y frágil, lo único que Nina logra hacer es poner un bate de beisbol contra la puerta, impidiéndole el paso a Erica cada vez que ésta quiera entrar arbitrariamente a su habitación.

La ira reprimida de Nina la vemos casi al final de la película: Nina regresa a su casa después de ver a Beth, la bailarina que remplazó en el hospital, y tiene una visión escalofriante al ver dibujos de ella misma cobrar vida. En ese momento su mamá entra a escena. Perturbada, Nina regresa a su habitación y pone de nuevo el bate de beisbol, impidiéndole el paso a la preocupada Erica, hasta que ésta finalmente logra entrar a la puerta. Nina, en un arranque de ira, corre a Erica de su habitación, hasta el grado de aplastarle la mano con la puerta. Escenas después a ésta, preocupada por el estado de su hija, Erica impide salir a Nina de la habitación, al esconder la perilla de la puerta. Contrario a lo que su mamá esperaría de ella, Nina entra en un forcejeo con su madre, en el cual, en arranque de desesperación, aprieta la mano lastimada de su madre, toma la perilla y sale. "No puedes ir", le dice Erica, "no estás bien". "¿No puedo?", responde Nina desafiante y soberbia (Por un segundo la cámara se mueve hacia el rostro estupefacto de Erica que lo dice todo: el arranque de ira por parte de Nina es increíblemente inusitado). "Yo soy la reina cisne, eres tú la que nunca dejó la corte".

Respecto a la contraparte de la madre, el padre de Nina, no sabemos mucho. Desconocemos si está vivo o muerte, si Nina tiene contacto con él o algo parecido. La única figura paterna que se muestra en la película es Thomas, el director de la compañía, que, no obstante, nos comunica muchísimo sobre la relación de Nina con su propio padre. Para este tendremos que hablar sobre el término conocido en psicoanálisis como Complejo de Elektra. Carl Jung, contemporáneo de Sigmund Freud, define el Complejo de Elektra como la competencia entre madre e hija por el padre, lo cual es un aspecto natural y a la vez decisivo para la formación de la personalidad de la hija. Una vez resuelto este complejo, la hija separa su deseo de su padre y lo desplaza a otros hombres en general. Sin embargo, un complejo de Elektra irresuelto puede resultar en una mujer con tendencias homosexuales, insegura, sumisa y de baja autoestima que, además, buscará inconscientemente la atención de una figura masculina que se parezca mucho a su padre. Si el padre de Nina la abandonó o murió (lo cual, psicoanalíticamente, en algunos casos es una forma de abandono), Nina buscará a un hombre igual: Thomas.

¿Cómo es, pues, Thomas (y por ende, quizá, el padre de Nina)? En resumen, Thomas es un hombre promiscuo (recordemos que incluso la madre de Eric, sobre Thomas, dice que tiene cierta “reputación”, refiriéndose al hecho de que Thomas con frecuencia seduce a las bailarinas de su compañía), enfocado en su carrera y egoísta. Esta última característica es muy importante, ya que Thomas solamente utiliza a las mujeres, quienes parecen tener cierta fecha de caducidad para él. ¿Cómo podemos saber esto? Thomas utiliza la expresión “pequeña princesa” para dirigirse sola y exclusivamente hacia su estrella Beth, con quien al parecer tiene una relación que va más allá de lo profesional. Conversando sobre Thomas, Lily dice a Nina que Thomas seguramente llama “pequeña princesa” a cualquier chica. Nina no está de acuerdo, al decir que este nombre sólo lo utiliza para Beth. Lily, al respecto, dice estar segura de que Thomas llamará a Nina “pequeña princesa” muy pronto, sólo si Nina acepta las insinuaciones de Thomas. Dándole la razón a Lily, justo al final de la película, cuando Nina cae al colchón mientras todos aplauden, Thomas corre hacia ella y, efectivamente, le dice de esa manera: “Mi pequeña princesa, siempre supe que podías lograrlo”.

Sin embargo, débil y frágil, Nina no parece convencer a Thomas al principio de la película, quien, exigente e implacable, desea que la bailarina sea más sensual. Thomas inclusive grita a Nina enfrente de otros bailarines, llamándola débil y frígida. Nina, sumisa y de baja autoestima, trata de darle gusto a Thomas, a pesar del carácter autoritario y abusivo de este último. La ira y frustración que puede sentir Nina a causa del comportamiento del director de la compañía se manifiesta, como en el caso de Erica, en sus constantes pellizcos a su piel.


Desconocemos si los guionistas de El Cisne negro consultaron artículos médicos para la creación de Nina Seyers. Si lo hicieron, enhorabuena; sino, muchísimo más, ya que la protagonista de El Cisne Negro posee características psicológicas de gran profundidad, que, impresionantemente, tienen origen en la vida real, la Dermatilomanía. Nina Seyers murió en la cumbre de su éxito; sin embargo, su muerte le dio sentido a su vida. Desde ahora Nina Seyers, protagonista de Black Swan, quedará en la memoria de los espectadores por mucho tiempo, junto a otros personajes entrañables y eternos como William Wilson de Edgar Allan Poe, Tyler Durtan de Fightclub y quizá el mismo Dorian Gray. 

domingo, 27 de mayo de 2012

¿Por qué el futbol es tan importante en México?


Hasta hace unas semanas, el futbol se vio envuelto en una controversia a nivel nacional. Y es que las televisoras mexicanas querían transmitir un partido de futbol a la misma hora que el debate presidencial. Obviamente, esto despertó sospechas y preguntas: ¿por qué transmitirlo precisamente a la hora del primer debate entre los candidatos a la presidencia de la república? Sabemos muy bien que en México la afición popular por el futbol es indiscutible y vehemente – la gente se emociona, brinca, canta, se pinta las caras de sus equipos preferidos, hasta se golpean los unos con los otros con tal de defender a sus equipos o imponerlos. Por lo tanto, en un país como el nuestro, donde la corrupción es parte intrínseca de la política, esta transmisión parecía una estrategia: distraer con un juego de futbol al pueblo más inclinado por el futbol que la política, desviándolo así de conocer a ciertos candidatos indeseables para un grupo o benéficos para los otros, uno de los cuales, se rumora, concedería privilegios a las televisoras si es que llega a ganar las elecciones. Al final el debate tuvo más rating que el futbol, lo cual es una victoria para la democracia. Sin embargo, la pregunta del por qué el futbol es tan importante en México aún pende en el aire.

Max Horkeimer dijo que “la religión es el registro de los deseos, nostalgias y acusaciones de un sinnúmero de generaciones”. Es decir, la religión es, en muchos casos, un universo imaginado donde los deseos insatisfechos de los seres humanos son cumplidos. Por esta razón, por ejemplo, encontramos en la Biblia un pasaje como el siguiente: “Bienaventurados los que padecen persecución por causa d la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:10). En este ejemplo, la persecución injusta encuentra una recompensa en el Cielo, así como la pobreza, el hambre, el dolor y un sinnúmero de desdichas también pueden encontrar su justa recompensa.

Por su parte, Juan Villoro en su libro Dios es Redondo hace un comentario rescatable acerca del futbol. Villoro dice que

Las multitudes llenan los estadios ilusionadas por algo que no sólo pasa en la cancha. Gracias al graderío, un partido de carga de supersticiones, anhelos, deseos de venganza, complejos mayúsculos, intricadas leyendas. El fútbol ocurre en la hierba y en la agitada conciencia de los espectadores.

Comparados, tanto los deseos y nostalgias de Horkeimer como los deseos y anhelos de Villoro son de la misma naturaleza: ambos buscan obtener una recompensa por una historia y pasado tanto complicados como, ¿por qué no?, dolorosos. A través del, distintas culturas con conflictos entre sí se encuentran, se enfrentan, se asestan golpes duros que una multitud aclama desde el otro lado de la cancha, y cualquiera de ellos puede obtener una victoria cerrada y clara. Por ejemplo, países con un largo conflicto entre ellos pueden enfrentarse amistosamente, un país colonizado puede enfrentarse a su colonizador, etc.. Por lo tanto, teniendo en cuenta lo que dijo Villoro, podemos afirmar que México también tiene anhelos, deseos de venganza, complejos mayúsculos e intricadas leyendas. Pero ¿cuáles son estos anhelos, deseos y complejos, y por qué México los tiene? Un breve análisis de nuestra historia, cultura e identidad puede arrojar algunas respuestas.

México es un país con gran potencial y herramientas para sobresalir internacionalmente. Nuestros atributos y cualidades son numerosos. Mas somos, como dice ese dicho, “candil de la calle, oscuridad en la casa”. Muchos de nuestras riquezas tanto materiales como culturales son ignoradas y despreciadas en nuestra casa, por nosotros mismos, pero cuando un extranjero las percibe y hasta las codicia, ahí se vuelven trascendentes. En este sentido, por ejemplo, podemos citar muchos aspectos de nuestra cultura y territorio que nos hacen un país con gran potencial para sobresalir. Según la UNESCO, México cuenta con 31 lugares designados como Patrimonio de la Humanidad, tanto culturales como naturales. Según el INALI, en México se hablan 37 lenguas aparte del español. Y según PEMEX, México era, hasta el 2006, el sexto mayor producto de petróleo en el mundo. A pesar de esto, nuestra educación es deficiente; nuestra economía es baja a comparación de países desarrollados; los recursos naturales no se utilizan para el desarrollo de la nación; en el país hay casi 55 millones de pobres; y el país en general, así como nuestra raza e identidad, no han alcanzado el prestigio que pensamos que deberían tener en el mundo moderno.

Además, hay aspectos de nuestra historia en la que aún nos encontramos en duelo, como la Conquista de parte de los españoles de la cual aún no podemos recuperarnos. Esto a su vez ha provocado una gran ansiedad existencial en el mexicano en el sentido que somos por naturaleza solitarios y que negamos ser indios y españoles, en palabras de Octavio Paz, “hijos de la nada”. Los territorios perdidos ante Estados Unidos, por otro lado, también son otro aspecto de nuestra historia difícil de tratar. México, antes de la Guerra contra Estados Unidos, tenía el doble del territorio de lo que tiene ahora, además de que estos territorios eran ricos en petróleo (Texas) y en oro (California). Al quedarnos sin la mitad de nuestro territorio, los mexicanos nos sentimos, más que ultrajados, impotentes, ya que, de nuevo, tuvimos una herramienta más, un gran territorio, para alcanzar el paraíso terrenal con el que desde hace años hemos soñado pero que hasta ahora no hemos alcanzado. Cada vez que el mexicano lamenta estas pérdidas, lamenta su salvación perdida, tanto que incluso las intenta recuperar de un modo por lo menos simbólico. Elena Poniatowska dice, por ejemplo, que la inmigración de parte de mexicanos hacia Estados Unidos es una “reconquista”. Poniatowska dice explícitamente que "México va recuperando los territorios cedidos a Estados Unidos con tácticas migratorias".

Sin embargo, estos ejemplos no tienen sentido si no tenemos en cuenta el factor de la venganza. México intenta vengarse en contra de sus enemigos: los extranjeros que nos discriminan, los países que nos explotan, las culturas que nos intentan imponer la suya – en resumen, los países que no nos aprecian ni respetan. Como el mexicano siente que no tiene grandes victorias de las cuales jactarse, recurre a victorias más particulares y simbólicas al mismo tiempo. Por ejemplo, la frase “Viva México, cabrones [o hijos de la chingada]” o “como México no hay dos”. Octavio Paz ha hecho un profundo análisis de la primera frase en El Laberinto, pero la segunda frase es digna de analizarse. En la canción “como México no hay dos”, encontramos el verso, “en el extranjero cuanto más yo quiero a mi nación” es muy significativo. Si el mexicano desprecia a su país o tiene un complejo de inferioridad manifestado en su vocabulario con términos como “Chafamex” o si continúa dándole el significado de “indio” (es decir, una de sus ascendencias) a una, este verso le da a México un carácter de unicidad, de importancia: los mexicanos podemos ser todo lo que ustedes quieran, pero tenemos espíritu fiestero, le ofrecemos al mundo tequila (“Pero yo prefiero un tarro de tequila / Como México no hay dos”) y bellos paisajes y arquitecturas, somos un país lleno de tradición y cultura (aunque por dentro la despreciemos, ignoremos y nos avergoncemos de ella); y solamente por esto “México no hay dos”. Con esto el mexicano se siente vengado de su propia situación de país en vías de desarrollo, desamparado por sus propios políticos – aunque en su mente sigue estando, en su mente, por debajo de países desarrollados. Por otra parte, los versos, “San francisco, Hollywood y sus artistas / Casi fue nuestra nación”, refuerzas la interpretación respecto a los territorios perdidos. Con estos versos, México recuerda, con nostalgia y con dolor, que el país estuvo cerca de poseer símbolos de “éxito”, riqueza y prestigio nacionales, propios de un país desarrollado y poderoso como los Estados Unidos, pero que desafortunadamente perdió.

Debido a esto los mexicanos nos encontramos frente a una vitrina impenetrable, tras de la cual se encuentra nuestra victoria y, ¿por qué no decirlo?, nuestra salvación como ciudadanos y país, individuo y colectividad. Esto a su vez ha convertido al mexicano en un ser resentido y desesperado. Buscamos conseguir la victoria a toda costa y lo más rápido posible – pero no cualquier victoria: queremos una victoria mundialmente notable, que sea digna de recordarse y que se celebre y cante por todo el mundo. Una victoria simbólica, espiritual, que le regrese a México el prestigio que durante años se le ha negado y tal vez la fe y seguridad en sí mismo. Y es aquí donde entra el futbol. El futbol es el único deporte practicado por todo el mundo que tiene una copa mundial celebrada cada cuatro años, donde, en la misma cancha y a la misma hora, se pueden ver las caras países con un gran historial de conflictos y sinsabores. El mexicano inconscientemente anhela su salvación espiritual en la copa mundial.

Sin embargo, el tiempo claramente no se ha detenido aún. El mexicano aún puede rescatarse a sí mismo y a su país no de manera simbólica, sino material. El tiempo aún fluye y, por lo tanto, aún existe la posibilidad de un futuro distinto al que tenemos. Pero ¿por qué aún no lo hemos hecho? Antes de seguir con el análisis del futbol, es necesario también un breve análisis de la identidad mexicana para responder esta pregunta.

Identidad mexicana: su sufrimiento

Como hemos visto, el mexicano busca salvar al país y verse a sí mismo como un igual frente a los ciudadanos de países desarrollados. Sin embargo, después de años de estar en esta situación, el mexicano ya pudo haber intentado hacer algo, por lo menos algo chico, por el país. Pero no lo ha hecho. ¿Por qué no lo ha hecho? En parte porque el mexicano ve de manera fatalista la situación de México. Michel de Montaigne, en su ensayo “Sobre la Experiencia”, hace una reflexión clave sobre la situación del mexicano y el sufrimiento. Montaigne dice que “la primer enseñanza que los mexicanos imparten a sus hijos cuando, al salir del vientre de sus madres, les dan la bienvenida con las siguientes palabras: “hijo, tú has venido a este mundo a tolerar: entonces soporta, sufre y cállate”. Esta reflexión es clave para comprender nuestra historia en todas sus facetas, ya que Michel de Montaigne es un escritor del Renacimiento: siglo XVI: México aún no existe; apenas es una colonia, y ya un intelectual hace una observación clave acerca de la realidad mexicana: que debemos aguantar nuestra realidad como debemos aguantar un defecto indeleble en la cara. Por lo tanto, si los mexicanos creemos que hemos venido a este mundo a sufrir, es claro pues que, como colectividad y también como individuos, no haremos un esfuerzo por mejorar, porque el sufrimiento, como dice Montaigne, es parte de nuestras primeras enseñanzas: es parte de nuestra realidad. No obstante, esta reflexión no debemos tomarla a la exageración: el país obviamente ha tenido grandes progresos y gente que ha desafiado esta enseñanza. Sin embargo, cuando vemos de cerca algunos casos, veremos que la enseñanza de Montaigne sigue vigente. Pasemos a una reflexión que hace Patricia Llaca, una actriz mexicana, respecto a las muertas de Ciudad Juárez en Chihuahua:

Yo creo que la tragedia de las mujeres de Juárez es una metáfora dolorosa de la realidad del país. De un país que ha sido secuestrado, golpeado, torturado y violado durante décadas de malos gobernantes. Y creo que tristemente, a diferencia de las mujeres de Juárez, nosotros no tenemos un grupo de apoyo que busque justicia… Creo que se nos ha hecho un poco un alma de teflón y estamos acostumbrados desde hace años ver en las noticias que se destruyen manglares y bosques, que los políticos se enriquecen de forma ilícita, que se venden las costas …, que se vende el patrimonio nacional, y hemos generado una tolerancia al respecto, y creo que eso es lo grave, creo que es esa actitud la que permite que sucedan cosas como las de Juárez. A diferencia de honrosas excepciones, casi todos nos limitamos a enojarnos y a indignarnos de forma pasiva en nuestras casas y nos hemos acostumbrado como mexicanos a vivir con ese sentimiento: una mezcla de rabia, indignación, impotencia e indiferencia al respecto.

Esto lo podemos ver a diario. Recuerdo una vez, hablando acerca de la manera anticonstitucional que oficiales de tránsito y de policía detienen a los conductores de vehículos para revisarlos, un amigo dijo: “pues esto es México, las autoridades hacen lo que quieren, y ni tú ni yo lo vamos a cambiar”. Los mexicanos somos un pueblo que queremos y, en cierta medida, buscamos la salvación de las cosas a las que alude Patricia Llaca. Sin embargo, debido a la enseñanza que describe Montaigne, nos hemos vuelto muy cínicos. Y pensamos que cualquier intento por pequeño que sea para salvar a nuestro país es un intento inútil con el cual lograremos nada: somos como un barco que no termina de hundirse: si algún iluso o idealista intenta sacar por la ventana un balde lleno de agua, estaría perdiendo su tiempo. Pensamos esto porque descongelar las olas de las que habla Fuentes y llegar a la playa tomaría mucho esfuerzo: requeriría romper una pared psicológica que tenemos como sociedad. Y ciertamente rescatar al país tomaría mucho esfuerzo: necesitaríamos una buena educación, oportunidades laborales, una economía sólida que pueda competir en el mercado, pero para esto necesitamos gobernantes honestos que quieran ver por México; pero como los políticos para el mexicano son intrínsecamente corruptos (porque, en la mentalidad mexicana, en la que sólo se puede chingar o ser chingado, los políticos escogen chingar al pueblo), ninguna de las primeras premisas se puede cumplir: la salvación del país es un circulo vicioso y caótico que no tiene comienzo y mucho menos fin. Y es aquí donde entra el futbol y la Selección Nacional.

Partido de futbol como ritual

Si el mexicano quiere rescatar al país y la política no le ofrece salvación verdadera, entonces la Selección Nacional a través del futbol es el único medio por el cual puede salvar su espíritu. El futbol, a diferencia de la política, no requiere de años ni de un esfuerzo colectivo que involucre millones de personas, toma sólo noventa minutos: en sólo noventa minutos, México puede resultar victorioso, puede subir de categoría, puede recobrar su prestigio y limpiar su nombre. Por lo tanto, al igual que la fiesta, podemos decir que un partido de futbol en México alcanza el grado de ritual. Para  comprobar esto, podemos ver ciertas actitudes de los mexicanos en algunos aspectos que se viven dentro de un partido de futbol. Por ejemplo, el himno nacional. El mexicano se avergüenza de sus raíces indígenas; pero cuando se toca el himno nacional en un estadio previo a un partido de futbol, el mexicano exuda patriotismo inusitado: está orgullo de sí mismo, de ser mexicano, además de sentirse capaz de estar a la par contra países del primer mundo como Estados Unidos, Francia o Alemania, y canta este orgullo al unísono con millones de mexicanos donde quiera que vean el partido de futbol, con la mano en el corazón, pintado de verde, blanco y rojo. Este patriotismo alcanza un nivel de fervor que sólo podemos comparar con los cantos religiosos católicos, con las alabanzas en la misa católica o el rezo del Padre Nuestro, pero de manera más agresiva. Por lo tanto, podemos concluir que un partido de futbol es una batalla de carácter religioso y que los jugadores de la Selección Nacional son los cruzados encomendados con la santa tarea de conquistar tierra santa: el pedazo de Edén, de gloria internacional, que pensamos que siempre nos ha correspondido por derecho. Por lo tanto, cuando el mexicano canta el himno nacional en un estadio de futbol o en su casa viendo algún partido, lo que le está cantando es a los once jugadores en la cancha:  

Mas si osare un extraño enemigo
profanar con su planta tu suelo,
piensa ¡Oh Patria querida! que el cielo
un soldado en cada hijo te dio.

Un gol es otro aspecto que debemos considerar. Selección Nacional anota un gol el país entero se cubre de gloria. Los mexicanos saltamos, gritamos, cantamos, agitamos la bandera y la besamos – también nuestra camisa con símbolos patrios. No importa que el rival sea Estados Unidos o Francia o cualquier otro país desarrollado: con un gol México ha sido capaz de ver a los ojos a una potencia y asestarle un golpe de frente, un golpe que no requiere interpretación o justificación para ser victoria, como la Reconquista de la que habla Fuentes: un gol es certero, legítimo y por primera vez pone a México, el país parte indígena que se avergüenza de serlo, en un nivel por encima de sus adversarios. Un gol es, en resumen, un golpe válido en lo que Marx llamaba “la lucha de clases”: el pueblo oprimido en contra de quien cree que lo oprime.

Y si la Selección Mexicana ganara el mundial, como canta El Tri, “toda la policía no alcanzaría pa’ aplacar el jubilo nacional”, ya que nos habríamos salvado espiritualmente. Sin embargo, no sabemos si esto sería suficiente motivo para despertar el interés del mexicano para inspirarlo a hacer algo por su país. Finalmente, no importa. Ya que, como dijo Vladimir Lenin, en Socialismo y Religión, no hay cantidad de panfletos y sermones que puedan iluminar al proletariado, si es que el proletariado no se ilumina a sí mismo en la lucha contra, en este caso, el futbol. Un ensayo no cambiará la manera de pensar del pueblo mexicano respecto al futbol, así como un sermón acerca de lo dañino que puede ser el uso de la droga no evitará que gente la consuma. Además, hemos visto que el futbol despierta un aspecto del mexicano que no podemos ignorar: ignorar aspecto en cierta medida es ignorar al pueblo. Lo que necesitamos es iluminar al pueblo, hacerlo despertar de su letargo, y hacer que la gente haga lo que dice Lenin en Socialismo y Religión: que la gente concluya que es más importante un paraíso en la tierra que obtener un paraíso en el cielo. Si atacáramos el futbol, caeríamos en el error de cálculo, la hamartia, de Thomas Paine cuando, tratando de despertar la conciencia crítica del pueblo americano aunque por su propio bien, criticó la religión Cristiana en La Edad de la Razón, por lo cual el pueblo lo reprobó y le dio la espalda. Necesitamos lentamente persuadir a la gente de que pueden enfocar su júbilo y su vehemente fe hacia aspectos más concretos y materialistas que el futbol – el desarrollo del país. Pero esto sólo se puede lograr, desde luego, a través de la educación. Pero una educación que nos haga pensar críticamente: que no solamente se trate de aprender, porque esto hace de alumnos principiantes alumnos muy cínicos. Necesitamos alumnos críticos que discutan, debatan y cuestionen, y que no vomiten información en un examen un día después de haberla absorbido – sin procesarla – como esponja. Ya que, como dijo el filósofo chino Confucio, “el que piensa y no aprende está en gran peligro, pero el que aprende y no piensa está perdido”.  

domingo, 25 de marzo de 2012

Carta a una vieja conocida


Las desgracias no vienen solas
 – El Zahir, Jorge Luis Borges

Marielle, te había dado a entender que no iba a volver a dirigirte la palabra. No nos conocimos por mucho tiempo; días que se cuentan con una sola mano. Además, la necesidad de enviarte una última palabra ha sido más fuerte que el deseo de abstenerme de enviártela. Quiero decirte que me encontraba conforme y satisfecho en el viaje que hace poco intenté realizar contigo; sí lo recuerdas, ¿verdad? El viaje que tú y yo comenzamos a hacer siquiera sin haberlo planeado, sin haberlo deseado. A mí me gusta viajar, Marielle. No tanto porque no tolero quedarme solo (tú tal vez conozcas gentes que se embarcan en viajes porque no soportan quedarse solos, sino porque para mí realizar un viaje es concretar una esperanza. En mí hay una pena que me aflige y me consume; no sé en qué consiste; lo único que sé es que realizando un viaje es lo más cerca he estado de encontrarme una cura. En aquel viaje contigo, un día me desperté por la mañana y, en vez del frío y la oscuridad cotidiana, me encontré con un día cálido. Me encontré con el cielo azul despejado; el sol radiante flotando allá arriba; y un campo de trigo suave como alfombra que soplaba brisas friscas que eran como caricias a la piel. Me sentí feliz por encontrarme en aquel paraíso rural, ya que ésta era la cura que por tanto tiempo había estado buscando. Pero el viaje súbitamente terminó. No habían pasado ni un par de días en aquel campo de trigo cuando me dijiste que ya no podíamos continuar el viaje y que debíamos separarnos. Me dijiste: he estado pensando últimamente, mejor no, sería mejor parar y seguir cada quien con nuestras vidas. No comprendí por qué estas inesperadas palabras, pero tu voz se escuchaba firme y sentí tu mirada aguda como filo de navaja. Así que resignado hice mis maletas y me fui de ti, del campo, de mi cura, sin decirte nada (ése es mi problema, ¿sabes?, nunca digo nada). Me subí al tren de regreso en la estación con el sol declinando a mis espaldas. Horas después ya estaba llegando a la estación Manchuria. Estaba por bajarme cuando vi por la ventana una manada de nubes que se formaban a lo lejos. Recordé que era febrero, que era invierno y por lo tanto frío.

Cuando llegué a mi casa ya era de noche; lloviznaba, hacía frío y el cielo estaba muy oscuro, como plumaje de cuervo... Yo no sabía dónde estabas; sólo que te habías ido. ¿Adónde? No sé. Lejos, supuse. Tal vez en un nuevo viaje, tal vez con… En fin. Buscaba en mis bolsillos la llave de mi casa cuando, de pronto, sentí un pinchazo justo en el centro del pecho que me dejó sin aire por un segundo. Me toqué el pecho preocupado – porque sentía mis latidos más intensos como nunca, podía escucharlos retumbar dentro de mi pecho como golpes de tambor – y alcancé a acariciar algo redondo y peludo que me había eludido. Volteé, y vi de pie en el suelo una araña.

No sé si alguna vez te lo comenté, Marielle, pero en ciertas ocasiones me he topado con arañas en la vida. No es algo de lo que me guste hablar; lidiar con arañas siempre resulta ser un asunto terrible y desagradable. Porque cuando una araña me muerde, lo hace cuando menos lo espero; cuando me encuentro distraído lavando la ropa, preparando la clase del subjuntivo alemán para el día siguiente, cuando estoy comiendo o me estoy afeitando. Sucede en tan poco tiempo, es tan breve el instante que dura la mordida, como golpe que me asestan en el pecho y luego retiran el puño al instante; pero como gong al que le pega con un mazo, el dolor de la mordida no termina en cuanto se va la araña. Al instante, su veneno me invade como ejército enemigo la sangre, y repentinamente me siento enervado. El clima ya lo veo gris; no me importa si suena el teléfono, no lo quiero contestar; no quiero hablar con nadie, tampoco siento deseos de seguir comiendo, pierdo el apetito; si tengo clases que preparar al día siguiente, no las preparo, o las preparo desganado; lo único que quiero es encerrarme en mi habitación, bajar las persianas y que el mundo me deje en paz con esta nueva aflicción que mana de mi pecho como manantial de agua podrida. La araña se va, se mete a algún agujero que encuentra debajo de la alfombra, y no es hasta que el efecto del veneno se disipa de mi sangre y me siento de nuevo es que la vuelvo a ver.

La araña que vi afuera de mi casa era grande, redonda, muy peluda y patona, de aspecto amedrentador. Me le quedé mirando fijamente y ella a mí, ambos tanteándonos en la oscuridad lóbrega de la noche. Me toqué el pecho y sentí algo viscoso: su veneno. En ese instante comprendí lo que me esperaba de ahora en adelante. Ni modo, me dije, que así sea. No me juzgues de masoquista, Marielle; no lo soy. Es que, oh, ¡cómo explicarte! – la presencia de la araña era abominablemente lógica, como una pelota que se lanza en el aire y que a los tres segundos cae de regreso: es la ley de la física, la consecuencia de la causa. Si la araña debía morderme en ese momento de mi vida, entonces iba a encontrar una manera de hacerlo. Así que para qué resistirme, Marielle, para qué encontrarle obstáculo; cualquiera hubiera resultado fútil. Abrí la puerta y la dejé entrar a mi casa, a mi vida. Pensé que la araña se iría de mi casa; las arañas nunca se han quedado por siempre en mi vida. En algún momento se pierden o languidecen como eco con el tiempo... Esta araña no iba a ser la excepción.

Sin embargo, poco más tarde, entre las últimas gotas del veneno en la sangre y la nueva mordida que lenta se aproximaba, maté a la araña, aplastándole la cabeza. Fue un golpe mortal y súbito, no le di tiempo para reaccionar, ni siquiera para presentirlo. Mas cuando levanté mi pie y vi su cadáver aplastado como pulpa de naranja en la suela de mi zapato, recordé un verano, recordé un calor y un sol lejanos, que me llenaron la cabeza de aprehensiones y el pecho de culpas. Sentí que había traicionado algo dentro de mí, de mi pasado, porque tal vez no era lo correcto, tal vez aún quedaba una esperanza de… Pero ya era tarde; la araña estaba muerta. Y esa noche no pude dormir hasta bien entrada la madrugada debido al dolor infligido por el veneno.

Marielle, querida Marielle, la araña me sigue a todos lados. No hay lugar en el que no me muerda no importa qué tan lejos corra. Me subo al camión ruta 66 y me lleva hasta las orillas de la ciudad, y sólo es cuestión de tiempo para que la araña salte del techo o brote del asiento de al lado y me muerda. Parece como si la trajera pegada a mí, como si fuera parte intrínseca de mí… Por ejemplo, yo doy mi clase de alemán en el instituto de la calle Costa Rica. Tú sabes, Marielle, yo te lo he comentado: soy buen profesor. Trato de hacer amena mi clase al bromear con mis estudiantes de vez en cuando, pero exigiéndoles cada día a hacer el mejor trabajo posible. Pero de vez en vez me sucede que me siento en el escritorio después de pedirles que hagan los ejercicios del subjuntivo en silencio, pero luego la araña me muerde y mis deseos de enseñar se van al carajo. Mis alumnos terminan sus ejercicio, desean pasar al pizarrón y escribir sus respuestas; pero en ese momento yo les respondo que mejor ya no, que no importa, que retomamos la clase otro día y lo siento pero debo retirarme. Mis chicos obviamente resienten esta actitud; no están acostumbrados a negligencia y apatía de mi parte (porque esto es lo que siento: negligencia y apatía). Pero no importa; lo único que quiero es largarme a mi casa y estar solo. Regreso a mi casa bañado de la más fría lluvia, arrastrando mi tristeza como sombra inseparable.

A veces me da la impresión de que yo mismo busco la araña, ¿sabes?, que yo soy quien pasa a cada rato por su orificio en la casa o el que se pone de pie para esperar que aparezca. Me pongo a ver películas para olvidarme de su existencia. Éste ha sido el único remedio contra las arañas. Los libros, no; los libros implican pensar, imaginar, hacer trabajar el cerebro que nos remiten a parajes insospechados de la memoria, que en otras circunstancias no hubiéramos querido acceder en un principio. El cine, por lo contrario, es un arte más pasivo; yo puedo echarme en el sofá y ver una película sin alzar un solo músculo para pensar. Mas este remedio funciona por unos cuantos minutos, porque siempre termino por obligarme a recordar la araña, y cuando menos lo espero (¿o tal vez sí?) la araña ya me ha mordido de nuevo.

Cómo me arrepiento de haber intentado realizar aquel viaje, Marielle, cómo me arrepiento. Porque este veneno es insoportable; me irrita, me exaspera. Lo único que anhelo con vehemencia es que haga sol y sea verano. Pero el sol y el verano están muy lejos, ¿comprende? Lo que quiero está muy lejos y tan cerca que un día lo tuve. Yo me enojo conmigo mismo, con el mundo, me dan ganas de castigarme, sí, de castigarme, de reprocharme, maldita sea, te odio, te odio, ¿por qué hiciste esto? ¿por qué, eh? ¿Qué motivos te di? ¿En qué te fallé? No tenías por qué, nunca te di pretextos, nunca te di razones, nunca, ¡nunca! Oh, Marielle, como puede leer, estos momentos lamentables de descontrol son el patetismo en persona. Porque nada como sentir ira y no expulsarla, nada como sentir hambre y no tener comida, nada como querer que… y que me muerda la araña.

Marielle, han pasado cinco meses desde que escribí la última línea de esta carta. Paré de escribirla; creí que ya no tenía necesidad de hacerlo. Un amigo hace tiempo me recomendó la poesía de Charles Baudelaire. La verdad, me pareció muy buena; los poemas estaban repletos de símbolos y metáforas extrañas. Pero a mitad de un poema – ah, Marielle – comencé a sentir un volcán queriendo estallar dentro de mí. Sentía la lava quemarme las entrañas pidiendo una erupción a gritos bajo un cráter estaba sellado. Ya que “Cuando mis dedos acarician complacidos / Tu cabeza y tu lomo elástico / Y mi mano se embriaga de placer / De palpar tu eléctrico cuerpo, / Veo a mi mujer en espíritu…” Dígame, ¡de qué habla este poema! Dígamelo Marielle, ¡dígame!, de qué habla este maldito poema… En ese instante evoqué sin querer una oscuridad, salados murmullos, caderas anchas y carnosas subiendo y bajando despiadadas como subibaja, piernas largas y morenas y dulces, entre las cuales llegué a encontrar una cueva húmeda y secreta en la que pude refugiar mis tristezas. Sentí que la araña me mordió, pero no pudiendo soportar más el terrible recuerdo de saberme acompañado en medio ahora de esta palpable soledad, me bajé el pantalón y comencé a darme placer a mí mismo con mi mano. Al explotar, sentí que la araña lenta se alejaba y se escondía en su orificio, y yo me sentí aliviado. Pero éste sólo fue un remedio momentáneo, porque a los pocos minutos sentí el veneno que me picaba la piel por dentro como río de jeringas. Me bajé de nuevo el pantalón y me volví a dar placer a mi mismo. Al terminar, me sentí avergonzado y deleznable, porque tenía que recurrir a este enfermizo medio para contener el efecto veneno de la araña en mi cuerpo. Aunque por lo menos había funcionado, concluí. Así que desde entonces decidí emplear ese método para evitar el dolor que me infligía la araña.

Yo me encontraba tranquilo, casi feliz, durante todos estos cinco meses,Marielle. La araña aún vivía en mi casa y a veces me mordía; pero su veneno ya no me afligía. El clima ya no estaba frío, sólo nublado, y a veces me daba la impresión de entrever un rayo de sol lejano. Realizaba responsablemente mi trabajo con mis chicos, salía a hacer ejercicio todos los días e incluso comencé a salir con Brenda. Brenda era una chica linda, Marielle, amable, simpática, cuya boquita rosa de dientes muy blancos hacen maravillas debajo de la cama cuando se le proporciona el licor suficiente. Un sábado por la mañana, para celebrar el triunfo de mi nueva vida, fui a visitar a mi hermana Nataly al otro lado de la ciudad y pasar la tarde con ella. Nataly me abrió la puerta de su casa, se vio contenta de verme y me recibió con gusto. Pasamos la tarde bebiendo té y platicando. Al despedirme, me deseó las buenas noches, me reiteró que podía volver cuando quisiera y me dio un abrazo. Yo la rodeé con mis brazos pero, sin querer, al poner mi rostro arriba de su cara, le olí el cabello. Marielle: en ese momento sentí que los engranes de mi cuerpo se reventaron por falta de aceite. Que un dolor infinito me incluso me cortó la respiración por un segundo. Vi que el cielo se puso gris, que caían truenos y una tormenta se formaba ante mis ojos. ¿Por qué? ¿Por qué sucede esto a mí? ¿Por qué ahora? ¿Por qué tanta desesperanza, por qué tanto dolor? ¿Por qué siento que las piernas me doblan hasta terminar hincado en el piso? ¿Por qué, por qué? ¡Alguien dígame por qué! Pero no necesitaba ir muy lejos. La respuesta era muy simple. La araña me había mordido de nuevo. Saltó del cabello de mi hermana y me encajó como nunca sus colmillos de acero inquebrantable en la herida tierna de mi pecho. Ya que lo que olí en el cabello de mi hermana, Marielle, a lo que olía el cabello de mi hermana no era solamente jabón perfumado: era, también, el dulce y maldito olor de tu dulce y maldito cabello.

Perdona, creo que me dejé llevar. En cualquier caso esta carta puede ser halago si es que la encuentras muy rastrera, no importa. El tren no tarda en llegar. Necesito alejarme, salirme de mí mismo. Puede que en otra ciudad haya otras situaciones, otras personas, con quienes pueda por fin deshacerme de la araña de una vez por todas. Aunque lo dudo mucho. Porque adonde quiera que vaya llevaré mis sentimientos profundos como un pozo. Un viaje como el que intenté realizar contigo no se supera tan fácil