miércoles, 24 de diciembre de 2014

El perfil de Ernesto Barrera

Yo siempre había logrado tolerar las opiniones pendejas de los idiotas que me rodeaban, pero, la neta, las redes sociales lo único que lograban era obligarme a forjarme una peor opinión de lo que antes tenía de ellos, a considerarlos aún más imbéciles de lo que antes los consideraba. Tanto Facebook como Twitter lo único que han hecho es darle foro a los pendejos para que griten al mundo sus pendejadas. El problema viene cuando alguien, alguien pensante, en este caso yo, les dice algo: pinche raza, se ofende, y las cosas en el trabajo, casa y escuela, obviamente, se tensan. Pero yo soy Marcia Carbajal, licenciada en sociología graduada con honores, maestra en estudios culturales con tesis que mereció mención honorífica, trilingüe: yo no me iba a quedar con las ganas (con las ganas me he quedado pero de entrar a trabajar adonde realmente pertenezco: a la universidad); por otro lado, tampoco podía darme el lujo de exponerme y soltarles de frente todo lo que he reprimido durante tanto tiempo, acá bien braver. Así que, a las sordas, hice un perfil falso en Facebook, con otro nombre, otra foto, otro sexo inclusive, otra persona pues. Un doble. Ahora, desde la seguridad del perfil de mi doble, podía decirles, a pierna suelta, con respeto, claro está, cuán pendejos me parecían los comentarios que publicaban a diario y en general cuán pendejos me parecían todos en general.

La identidad de mi doble era la siguiente: un bato de 29 años, alto, flaco, barbón, un poco moreno, de ojos cafés y cabello corto, cuya foto encontré en Google. Asiste a la Universidad Técnica de Sumalta, cursa una ingeniería en eléctrica, comprometido desde agosto, con gusto por el Barcelona, Los Simpsons, La Ley y los libros de Dan Brown. Es cristiano, dos sobrinos, odia al PRD y habla poco inglés. Su nombre, Ernesto Barrera. Ninguna razón o fórmula detrás de este nombre; lo vi en el periódico una tarde de domingo, en la sección esa caguengue de Sociales. El nombre me gustó, me pareció verosímil para un personaje que debía pasar por una persona de verdad, y bajo ese nombre lo registré en Facebook. Observación cura: todas esas cosas que gustan a Ernesto siempre me han cagado a mí.

Agregué a todos mis contactos; como esta ciudad es un rancho y todo mundo se conoce, la gente no tiene ningún problema en aceptar la invitación de desconocidos. Al poco tiempo la mayoría me aceptó, y, en menos de una semana, comencé a tirar hate como siempre había querido. Primero fue Rodrigo, mi jefe, un morrito que ni siquiera terminó la carrera pero ya es supervisor de profesores de idiomas en el infierno, es decir, el Colegio Kurubi; luego fue la estúpida de mi prima Laura, la cual desde chica me ha cagado la madre, poco más que mi tía; luego Ale, amiga de Cristal (una de las pocas amigas que tengo), que sufre un complejo de princesa de Disney, la güey. En los tres casos, los comentarios de Ernesto Barrera fueron brutales, crueles e insultantes. Los desenmascaró por completo y los hizo ver como lo que en realidad eran: un manojo de imbéciles mediocres tragacamotes. Estos tres individuos se emputaron tanto que borraron a Ernesto del Facebook a la primera troleada. Yo, en mi cuartucho feo del centro (todavía no vivo donde merezco), me cagaba de la risa, acá, con perversidad, puesto que sólo yo era la dueña de la verdad que nadie más tenía: que era yo la que estaba de todo el troleo.

Era una relación sana la que tenía con Ernesto. Me alivianó. Me permitió sacar todo eso que cargaba dentro y que a veces no me dejaba dormir tranquila, porque neta que ver tantas pendejadas publicadas en Facebook puede llegar a desasosegar a cualquiera. Con frecuencia le mandaba mensajes de cosas e insultos que se me ocurrían para usarlos después, porque no tenía dónde apuntarlos. De vez en cuando me daba por ver su perfil desde el mío – me pasaba hasta horas viéndolo, leyendo sus gustos musicales y televisivos y asombrándome de cuán verosímil me parecía su perfil, la precisión del detalle. Era extraño verme reflejada en ese espejo deformado, que simultáneamente me decía que Ernesto Barrera era yo y al mismo tiempo no lo era.

El problema comenzó cuando Ernesto Barrera me aceptó la invitación al Facebook que le mandé. Uno de esos días, quién sabe por qué, chance por morbo, se la mandé y en friega me aceptó. Su nombre, enseguida de un puntito verde, apareció en el chat, y en chinga loca le hablé por inbox. El bato me saludó como si nada. Luego me dijo, en tono, acá, golpeadón, que nuestra relación, la manera en que yo lo tenía a él, ya no funcionaba, y que desde ahora en adelante cada quien seguiría por su lado. Yo no te debo nada, Marcia, me escribió el cabrón, Ya estuvo suave de que me uses cada vez que se te dé la gana, yo no soy el secretito de nadie, toma tu intento de controlarme, ai nos vidrios. Enseguida, me bloqueó de su chat.

Intente hablar con él pero no me respondió. Ya era tarde. Así como el cisne negro o William Wilson lo hicieron con los suyos, Ernesto Barrera se deshizo de mí, de su creadora. Su doble.

Desde entonces ya no hablamos. Me eliminó de su Facebook; como el bato lo tiene público, de vez en cuando me da por ver los estados que pone. Se ha convertido en un verdadero trol. A cada rato me salen comentarios suyos en los estados de mis amigos y conocidos, y justo cuando pienso yo que ya ha jodido mucho, el bato todavía se las caga más machín aún, acá, sin piedad. Es imparable, nunca se sacia. Casi me da gusto que se la cague a esa pinche bola de pendejos, de no ser porque me da rabia saber sobre él. Y me da rabia saber sobre él, no tanto porque el güey me haya tracionado y dado la espalda, cosa que, no negaré, sí me hizo emputar, sino porque al irse de mi lado se llevó algo que era muy preciado y valioso para mí: el placer de que alguien, por su pendejez, me cague completamente la madre. Maldito imbécil.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Momento en el bosque en la noche nevada

Este bosque creo que sé de quién es.
Su casa se encuentra allá en el pueblo.
Él no me verá detenerme aquí
Para ver la nieve caer sobre las hojas.

Para mi potro ha de ser extraño
Detenerse aquí donde no hay granja
Entre los árboles y el lago congelado
En la noche más helada del año.

Él mueve los cascabeles de su arnés
Preguntando si debe haber algún error.
El otro ruido es la brisa simple
Del viento suave y blanco copo.

El bosque es tierno, oscuro y hondo,
Pero tengo promesas que cumplir,
Y pasos que dar antes de dormir,
Y pasos que dar antes de dormir.

jueves, 9 de octubre de 2014

Ayotzinapa

“En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta”.
Así comienza La Región Más Transparente, la primera novela de Carlos Fuentes.
Es importante tener siempre esta frase en mente porque ésta es la realidad mexicana cotidiana. Pero antes habría que preguntarnos qué es la tragedia y qué es una afrenta.

Una tragedia, por ejemplo, en términos quizá simplistas, es el 9/11: Un grupo de terroristas islámicos secuestra un par de aviones, los lanza contra El Pentágono  y las Torres Gemelas y, como resultado, gente inocente muere. Así, sin mayor explicación alguna que el odio del grupo al-Qaeda hacia los Estados Unidos. Nada más.

Sin embargo, para nuestros vecinos esto no fue suficiente: Alguien debe pagar. Por lo tanto, con el apoyo del pueblo norteamericano, se lanzó una Guerra contra el Terrorismo, en parte, para encontrar a los responsables del atentado y hacerlo pagar por las muertes de los inocentes en Nueva York.

Ahora, independientemente de los pormenores políticos (los cuales no se discutirán en este artículo por falta de tiempo), hay que admirar una cosa de esta tragedia moderna norteamericana: La respuesta del pueblo. Aquel terrible atentado, aquel súbito ataque, aquella funesta sorpresa, unió las voluntades de los norteamericanos a través del país en un solo objetivo: Encontrar al culpable o, por lo menos, un chivo expiatorio, para que, como en la tragedia griega, el castigo, o incluso la muerte, de este chivo expiatorio, pagase las muertes de inocentes. ¿Esto fue el caso del atentado del 9/11? Definitivamente. Pagó el culpable (Osama Bin Laden) y hasta los no-culpables (Sadam Husein) junto con mucha gente inocente que también murió en las guerras de Iraq y Afganistán. La gente norteamericano quiso sangre y sangre obtuvo.

Pregunta: ¿Esto sucede en México?

Por supuesto que no. ¿Por qué no? Porque en México “todo se vuelve afrenta”.

¿Qué es afrenta?

Afrenta es Tlatelolco, es Halconazo, es Acteal, es Atenco, pero no sólo los casos en que el estado tomó medidas letales contra la ciudadanía sino también por los homicidios y las muertes sin resolver: Afrenta es las muertas de Juárez, es el incendio de la Guardería ABC,
la muerte de Marisela Escobedo frente al palacio de gobierno en Chihuahua, la matanza de Salvárcar, la afrenta es una vergüenza, un insulto, una injuria, un escupitajo por parte del estado mexicano a la cara de la sociedad mexicana. Y la sociedad mexicana, indignada e impotente, ¿qué puede hacer, qué hace? Nada. Recibir el escupitajo, nada más, una y otra y otra vez hasta que el estado quiera. Enojarse, solamente. Negar con la cabeza y hasta ahí. Desde luego que hay gente valerosa que trata de hacer valer sus derechos, pero ¿el resto de nosotros? Bien, gracias, ¿y usted qué tal? Escuché una vez a un intelectual mexicano, no recuerdo cuál, decir que hay que tomar las indignaciones de nuestros conciudadanos, es decir, de los otros mexicanos, como propias. Bien lo decía John Donne: “La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy una parte de la humanidad”. En este caso se debe primero ver en su propia casa: La muerte de cualquier mexicano me disminuye, porque soy mexicano. Sobre todo si esta muerte viene de parte del estado. Pero no. Aparentemente Octavio Paz tuvo y sigue teniendo razón: Estamos solos y entre nosotros existe una brecha enorme que nos separa y nos aísla precisamente como advertía Donne: como una isla. Estamos solos, aparentemente.  Y esta soledad es la que nos heredaron nuestros padres a nosotros, que ellos recibieron de nuestros abuelos, y nuestros abuelos de nuestros bisabuelos, y nuestros bisabuelos de nuestros tatarabuelos, y así ¿desde cuándo? ¿desde siempre, desde nunca? ¿desde los albores de la colonia, la conquista? Quién sabe, pero no importa. Porque injurias como la de Ayotzinapa continuaran mientras conservemos esta alma de teflón que sólo permite que se nos resbale la saliva escupida hasta el suelo cada vez que el estado hace de las suyas. Ya va siendo hora de que pongamos el dedo sobre la llaga y busquemos restaurar orden y armonía en la sociedad pero no buscando tristes chivos expiatorios sino a los verdaderos responsables: apuntar el dedo no temiendo las consecuencias pero juntos, no separados, no solos a nuestra suerte o el azar o el destino o no la intemperie. De otra manera somos cómplices de nuestra propia destrucción, quienes cortamos la soga que separa a la guillotina de nuestras cabezas, quienes nos hundimos las cabezas en el fango de la muerte. De otra manera, la profecía de García Márquez, al final de Cien años de Soledad, terminara por devorarnos: “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”.


domingo, 14 de septiembre de 2014

Instrucciones para perderse de camino a una segunda cita

Por lo menos, algo así

Entonces ¿sí sabes cómo llegar a mi casa?, preguntó Evelyn por celular, ¿No te pierdes?
Sí, respondí yo. Miré mi reloj: 5 40 de la tarde.
¿Sí te pierdes?, preguntó extrañada ella.
No, o sea, sí sé cómo llegar a tu casa, dije yo, Sí recuerdo…
Bueno, respondió Evelyn, Ps aquí te espero
Te hablo en cuanto llegue, dije yo.
Sale pues, dijo ella, y ambos colgamos.

Me embolsé las llaves de mi departamento grotesco y, tras apagar las luces y también la televisión y la cafetera, subí a mi carro para arrancar rumbo a la avenida Revolución, la principal, y más ajetreada, avenida de la ciudad.

Ya en la Revolución, manejé derecho, recibiendo algunos maltratos de otros conductores. Pasado el centro comercial Plaza Nueva, viré hacia la derecha, en una cuchilla, hacia la avenida Rosales, en construcción. En la Rosales manejé todo derecho hasta llegar al semáforo, que estaba en rojo, de la Pérez Morín. Una vez en verde, viraría hacia la derecha y seguirme todo todo derecho hasta llegar al semáforo de la Siete Siglos; de ahí, unos cuantos movimientos, darme la U en un retorno, unas cuantas cuadras más y ya, llegar hasta su frac. Ventaja: Más rápido y menos semáforos.

Semáforo por fin en verde, mejor viré hacia la izquierda. Desconocido el camino de la izquierda para mí pero mi deseo en aquel momento era ver a Evelyn lo más rápido posible, llegar a su casa, dar con la chica que me había dado una segunda cita. Y es que, para mí, en aquel momento, a esas alturas de mi vida, con sinceridad de corazón en la mano, una segunda cita era mucho que decir. Yo siempre había tenido mala suerte con las mujeres; la ciudad nunca me había dado siquiera un dejo de ternura, una caricia de amabilidad. Porque las mujeres que me despertaban en mí un gusto o no me pelaban o me mandaban a la chingada después de la primera cita y las que querían conmigo no me llegaron a gustar lo suficientemente a mí. Llamaba esto el Síndrome del Soneto ese de Sor Juana, al que ingrato me deja busco amante y demás fregaderas. Como sea, mi límite era la primera cita y jamás pude pasar a una segunda. Por eso, que Evelyn, la hermosa y agradable Evelyn, me diera una segunda cita era la excepción a la regla, motivo de celebración, el resquicio hacia la vida nueva, la felicidad, el futuro, carajo. ¿Ya entienden por qué debía llegar lo más rápido posible? Sentía que todo dependía de aquello.

Luego luego pasado el semáforo, entré a una calle, la Prados, pero unos metros más adelante me detuvo un alto. Izquierda o derecha: Tomé la izquierda, hacia una calle curveada, con casas grandes y ostentosas a la derecha, que a su vez me lanzó, sin posibilidad de irme por hacia la derecha, que es adonde yo realmente debía ir, otra vez hacia la izquierda. Me metí a una de esas calles de la derecha, una tal Riachuelo, a ver qué encontraba por ahí. Un buen rato buscando el mentado atajo y nada, nomás hice un espagueti enmarañado con mi recorrido y vueltas. Evelyn aguardándome. Mejor, pensé, regresar hacia el alto de dos direcciones y de ahí irme todo derecho, chance por ahí sí podía llegar. Regresé, pero ahora no encontraba la salida hacia la calle Prados. Chingado, qué onda, me decía, recorriendo cada calle y deteniéndome en sus esquinas para ver si reconocía la calle que en primer lugar había recorrido. Otro buen rato buscando la salida. Mi teléfono sin señal. Por fin encontré la mentada calle Prados, por fin, chingado, ya era hora, órale, a salir de este laberinto. Pero por más que manejaba, no encontraba aquel alto de dos direcciones. El sol poniéndose. Después de varias maldiciones y cambiar de dirección varias veces, desesperado hasta la náusea, me doy la U y le doy todo derecho, así, hasta donde tope. Pero quién sabe cómo no me encuentro ya en la calle Prados, estoy en la calle Bolivia, ¿cuándo giré a la Bolivia? ¿cuándo la Prados dejó de ser la Prados? Ay no sé, me vale madre. Mi celular aún sin señal. Crepúsculo, casi noche. Chingado, Evelyn de seguro toda desesperada. Veo más casas y más calles, pero las calles están más maltratadas, hay más baches, y las casas son más pálidas, tristes, definitivamente no son ostentosas. Parece que estoy en otra zona de la ciudad. Comprendo que le he dado en la dirección opuesta, que yo realmente debí irme en la dirección contraria. AH, grito con furia, y me regreso y le piso a madre y decido irme todo todo derecho, así hasta donde tope, no puede haber ahora pierde, ahora sí chingada madre, y luego, milagro, en serio, casi milagro, encuentro el alto de dos direcciones, pero ¿cómo?, si recuerdo haber pasado por aquí mil veces, increíble, da igual. Ya para entonces ni de chiste pienso en tomar el camino hacia la derecha, me pienso ir por donde siempre, chingue su madre, por ahí debí irme en un principio, maldita sea. ¿Qué onda? En serio, ¿qué onda? El camino por la cual entré en primer lugar viniendo de la avenida no está, de plano no está, es el mismo alto, lo reconozco perfectamente bien, pero la calle que me haría salir hacia la avenida y de ahí a tomar, chingue su madre, el camino de siempre hacia casa de Evelyn, no está. Ay no sé, ni modo, me voy por el camino derecho y después de un súper ratotote de buscar y meterme por calles no encuentro salida alguna: YA QUIERO SALIR. Evelyn toda desesperada, de seguro, CHINGADA MADRE. Me bajo de la camioneta casi en la esquina de la calle Robles, enseguida de una farmacia cerrada. Noche completa, luna llena: No mames, es tardísimo, desde cuándo debí haber llegado. Pienso en buscar a alguien que me dé direcciones específicas, casi casi un mapa, para salirme de todo este embrollo. Sigo el ruido y las luces y por fin doy con una michoacana. Gente comprando, comiendo, platicando. Le pregunto a alguien por cómo salir, no sabe. Le pregunto a otra persona, tampoco sabe. Le pregunto a todas y cada una, no saben, ni idea, ni sé de la avenida de la que hablas, chavo, ¿seguro que eres de aquí? NO MAMEEEEES. Finalmente doy con alguien que me dice cómo salir de este maldito laberinto, un hamburguesero en su puesto callejero, y sí, me dice, a la Pérez de nuevo, está pelada, ponga atención chavo, no me gusta repetir las cosas. Todo es tan complicado, no importa, yo me acordaré. Regreso a madre hacia donde dejé estacionado mi carro, no encuentro la calle, recorro muchas calles, regreso, doy mil vueltas, no la encuentro, CHINGADOOOOOO. Por fin, calle Robles, voy a la esquina. Mi carro no está, la farmacia tampoco, ésta es la calle Robles pero al mismo tiempo no es la calle Robles, es otra calle, otra cosa, Evelyn, EVELYN, EVELYYYYYN.


Camino sin rumbo, entre estas calles que parecen murallas, estos caminos que son como laberintos vivos que se acomodan y reajustan según los ando con mis pasos cansados de viandante extraviado. ¿Dónde estoy? ¿cómo llegué aquí? ¿cómo puedo salir de aquí? Oh, pinche ciudad mía de mi corazón que tanto he amado, ¿por qué no me permites tener siquiera un ínfimo respiro de vida entre toda esta perpetua oscuridad?

domingo, 24 de agosto de 2014

Vida de un suicidio

Desde lo más alto del rascacielos, a mediodía, la hora más ocupada de todas en la ciudad, caía yo, bulto enorme, bulto extraño, en picada como un saco o más bien como un avión kamikaze. Porque eso era precisamente lo que yo era, un kamikaze, es decir, un suicida. No me pondré ahora mismo a explicar por qué quise terminar con mi vida; no es el momento, no tengo el tiempo y sencilla, simplemente, no se me da la gana. Además no entenderían mis razones, con eso de que está de moda ser sano y positivo y vegano y ver la vida con el optimismo con que ven la vida los escritores de libros de autoayuda, simón. El punto es que decidí matarme y lo hice y creo que ya estoy muerto o lo estaré, y aunque desde arriba todo se ve espantosamente real y el aire que en el piso no es más que pura nada llena de esas cosas que nunca importan y de las que nunca nos damos cuenta allá arriba todo es más todo – más grande más vivo y más sincero y aunque justo arriba les dije que no quería decirles por qué me suicidé creo que es inevitable por lo menos decirles que cuando me subí allá arriba, en ese pinche rascacielos de la calle Insurgentes, sentí lo que durante tanto tiempo quise sentir – vida, vida pura, vida latente, corazón no apagado, corazón feliz, corazón incierto, pulsaciones que serían como vómitos u olas de agua de mar, agua blanca y cristalina, llena de fuerza que viene desde el fondo del mundo, la verdadera razón por la que vivimos, para sentir emoción y vértigo e inclusive un poco de náuseas, y ahí estaba yo, viendo todo desde sí lo admito la posición soberbia de quien ya no ve la vida como este regalo envuelto en celofán que uno debe cuidar y no abrir ni exponer ni en las situaciones más deliciosas que comúnmente llaman riesgosas sino como algo mío algo propio algo que no es de nadie más y que se encuentra a mi entera disposición como una bocanada de aire fresco que yo decido si me trago o decido si lo regreso al circuito polifónico del aire, todos viéndome, inclusive ahorita mismo lo veo – todos me ven, asustados, ¿por qué les da tanto miedo la muerte, gente pendeja? ¿es que nunca han presenciado que un bato y no un pájaro se pose en un rascacielos y le grite en un bestial rugido al mundo que uno ya no será más su pendejo y que desde ahora todo lo que se haga se hará bajo no quizá las condiciones de uno porque eso sería imposible, por más que yo quiero sin aire y agua yo no puedo vivir, pero por lo menos puedo decidir si quiero seguir viviendo la vida en la cual necesito aire y agua para continuar? Pendeja pendeja, gente pendeja, no no lo hagas, sí como chingados que no, piensa en tu familia, cuál pinche familia cabrón, tú no sabes nada de mi vida, mi esposa es una actriz perdida que cada noche despierta en una cama distinta y lo peor es que yo pago las cuentas de esas camas y mis hijos unos pinches genios malagradecidos que piensan que porque yo soy un pintor fracasado no valgo madre, así que a la mierda, pum vas me lanzo a la mierda, todo, y mientras yo caía en relámpago hacia la tierra, el piso, asfalto duro y frío y que en cuanto me reciba me hará explotar en un arcoíris no de mil colores sino en mil tonalidades carmesí que vayan desde lo morado hasta lo café, pasando por mil rojos y naranjas que albergo dentro de mí cuerpo, qué bonito vida vida mía qué bonito es ser un arcoíris y estallar para los demás, siquiera darles gusto con mi cuerpo explotando no en el cielo sino en el suelo, a unos cuantos metros de ellos, como fuegos pirotécnicos, sí sí vida mía vida mía, ya pronto me estoy alejando de ti, y recuerdo sí porque en esto también se recuerda todos los instantes de mi vida que se nutrieron por oscuridad y por olvido y que hoy ya nada importan ¿saben por qué? Porque todo mundo me ve me oye me huele casi casi mientras caigo en esto lento y suave irme de la tierra, apagarme como luz luciérnaga errática que se entrega a la oscuridad de no de la noche porque la noche es muy trillada pero sí la oscuridad de algo ¿de qué? No sé, pero oscuridad finalmente, poco a poco, la luz comienza a fallar, a ceder, a apagarse, triste es sí muy triste pero no importa porque mientras sigo cayendo lo veo sí el corazón brillante en medio de la oscuridad mi corazón se acelera se estremece relincha de una felicidad que no le cabe en el pecho y que dice sí éste éste éste es mi momento si señor me estoy acercando oh sí cada vez más puedo saborearlo puedo saborear mi vida toda mi vida en este breve pero bello intensísimo instante lo saboreo y es deliciosa manjar prohibido manjar vedado para mí durante tantos años ¿por qué amor por qué vida mía no pudiste ser como eres ahora? No importa no importa te juro que no importa sólo me lamento que esto no pueda durar más que estos instantes que son como gotas de rio lluvia tormenta rocío río arroyo riachuelo y no fuesen no sé algo así como un mar perpetuo que dure de aquí a la eternidad pero oh sí lo es lo es ya mero estoy cerca del piso lo es este sabor que me acaricia la lengua con soberana ternura me promete que lo será lo será ya no más gotitas chiquitas ni destellos apagados sino la eternidad continúa de esta dicha que jamás alcancé en la oscuridad latente bajo el sol de mediodía adiós adiós oh mierda

Y así es que morí. Mi cuerpo salpicado en sangre, torta ahogada que alguna vez probé en Guadalajara y nunca me gustó. Ojos abiertos, brazos desparramos, ropa que es pura vanidad y no vale lo que me costaron. ¿Dónde estoy, qué hago aquí? ¿Dónde está el corazón fulgurante de la vida que se me prometió? No sé, no me han dicho nada. Espero que cuando incineren mi cuerpo, pueda ver lo que se me prometió, lo que vi antes de morir. Y es que lo tengo muy claro: Prefiero regresar a la vida, es decir, resucitar, que convertirme en algún estúpido fantasma. 

domingo, 17 de agosto de 2014

Breve comentario sobre la vida en la niebla


Debo comenzar diciendo que todo a nuestro alrededor, todo lo que nos acompaña, todo lo que respiramos, es niebla, pura y blanquecina niebla. Y nosotros desde que nos levantamos hasta que nos acostamos , vivimos a diario con este aire espeso que torna borrosos nuestra vida y nuestro mundo y que nos impide ver más allá de tres metros de nuestra distancia, por mucho que nos esforcemos (aunque la verdad nos importa un carajo ver más allá de nuestras narices). Las consecuencias son obvias y casi aciagas: accidentes por doquier, de todo tipo que nos lleva hacia la muerte: tropiezo con banqueta que tiene la bonita consideración de no avisarnos que se encuentra ahí, obstáculo en el pedregoso camino hacia el futuro; el atropellado que no se percató que por donde caminaba era avenida transitada y un carro que tampoco lo vio hasta cuando se bajó y lo encontró bañado en sangre o la señora a quien en lugar de tomar sus pastillas para la depresión, tomó por equivocación la calibre .38 que guardaba justo al lado de su cama y se hizo atravesar la garganta jalando del gatillo (Digo casi aciaga porque a pesar de que infortunada es nuestra realidad de borrosidad perpetua, esperándonos en cada esquina como señalamiento de vialidad, ya estamos acostumbrados). No podemos ver el sol, tampoco podemos ver la luna; el atardecer, ese bello desangramiento en el cielo cuya sangre se extiende hasta el final del crepúsculo, nos está vedado y el amanecer es apenas un callado rumor que nada nos dice sobre el nuevo día más la muerte acompañará nuestro el café caliente del desayuno a las diez de la mañana. La vida en la niebla es, pues, piso incierto, ignorancia de saber de dónde venimos y apenas olfatear el camino incierto hacia dónde vamos.

Pero lo que tenemos, eso sí, es el canto del gorrión. Con exactitud, con una definición clara y absoluta, con una explicación de diccionario ésas que gustan tanto a filólogos y disgustan a los poetas, no puedo explicar lo que es el canto del gorrión. Lo que sí puedo decir es que el canto del gorrión es algo así como el rumor de agua para los que viven en el desierto. En ocasiones, nos encontramos en nuestras casas cuando relampaguea el cielo el canto del gorrión, el cual, surcando por el aire, deja caer sus notas como lluvia, banderitas líquidas que anuncian el término de la guerra. El cielo, oh ese cielo gris e infame, se despeja, se aclara un poco y podemos, ¡es verdad!, respirar el azul terso del cielo y los accidentes aminoran porque ya hemos despertado a nuestro alrededor y podemos rescatar nuestras vidas de los valles profundos de la muerte súbita. No hemos estado lo suficientemente desesperanzados para olvidar el sol. No todos escuchan el canto del gorrión, eso sí, pero para quienes lo hacen el mundo se detiene por un febril, casi pueril, instante y, como papeles arrojados al aire con divertido desprecio, dejan todo por ir a perseguir, extasiados en múltiples orgasmos de boca y oídos y ojos y manos, aquel canto por todo el cielo raso. El gorrión, allá arriba, volando con alas de perfume de oro, parece prometernos con su canto un terreno plácido y armonioso que muchos allá fuera, en ciudades donde no es reina la niebla maldita que nos aprisiona en barrotes invisibles e impalpables, llaman edén. Y a pesar de que sabemos – o más bien, creemos o queremos creer – que atrapar al gorrión será el final la vida como la conocemos y el comienzo de la vida como nos gustaría, como queremos, como soñamos que debe ser, por el sólo hecho de verla ya estamos contentos, esperanzados: la vida tiene un punto, un propósito. Nosotros sabemos que alguien escuchó aquel canto porque por el aire vuela el rumor de perseguidores recorriendo la ciudad, yendo tras algo que no se alcanza a ver pero que es y siempre ha sido y por siempre será.
Triste noticia: Hasta el momento, nunca nadie lo ha podido atrapar.
Yo, créanmelo, una vez lo escuché. Recuerdo con exactitud cada momento de ese inefable día. Recuerdo que estoy aquí, tranquilo en casa, pensando en la pobre Leonora que partió de este mundo y de mi lado por la niebla, cuando, de pronto, un rumor de algo que me levanta la nariz y me acaricia los brazos y se pavonea por mis labios como manjar de dioses griegos.
Lo comprendo: es el gorrión, 
y yo salgo corriendo de mi casa, extasiado, enfebrecido, loco de amor y de música, sintiendo mi cuerpo sometido al preludio del más amplio y líquido orgasmo que he sentido en toda mi maldita vida, sintiendo, no pensando, sintiendo, que de entre todas las promesas que se me hacen del futuro, la vida y aquello que no conozco pero que sé que llaman felicidad, se encuentra también la promesa de la resurrección insólita de mi hermosa Leonora. Y ahí estoy, casi me puedo ver: tonto, niño, ingenuo, persiguiendo el aroma en fa mayor que aún me toca y me embriaga y me colma la nariz del bálsamo de cantos más puro que ha existido en esta ciudad poseída por la niebla. Pero no lo encuentro, no lo alcanzo, por más que estiro las manos, pidiendo que deje de lloverme y más bien me haga uno con la lluvia, no me hace caso. Estoy persiguiendo un eco cuya fuente, una voz, se me aleja cada vez más y más a pesar de mi esfuerzo y mi cansancio, mis pies que si de ser posible podrían brincar hacia lo que yo siento que es el corazón fúlgido de la vida, de todo el universo. Pero no lo alcanzo, y el gorrión se va, su canto poco a poco se apaga, incendio que en lugar de abrasar y arrasar con el bosque, lo nutre y lo torna más frondoso. Una vez más, el canto del gorrión ha sido ignorado. Al cabo de un tiempo, cansado y solo y derrotado, regreso a casa, a la tristeza, a la niebla.

Pero quién sabe. Puede que en algún momento – oh cómo lo espero cercano, cómo lo espero temprano – el gorrión venga de nuevo y quizá esta vez yo lo escuche de nuevo, después de tantos años de vivir aquí donde nadie nos ve, ni siquiera nosotros mismos porque para nuestros espejos no somos más que fantasmas, y lo persiga y lo alcance y me vaya con él adonde quiera llevarme, para dejar atrás toda esta vida donde la niebla nos come poco a poco a pesar de que nadie pueda sentir las mordidas que nos hacen cada día menos nosotros y más cadáveres. Y hasta aquel sublime momento no queda de otra más que aguantar, tener paciencia, aguardar el día en que por fin conozcamos, siquiera por un efímero y frágil instante, a eso que creo no equivocarme en llamar simplemente Dios.