A René Sánchez, alias El Chiquito, le
cagaba la madre que por lo menos una vez por semana allá por su barrio, la
Altavista, le pusieron una chinga de aquéllas. Así que le pidió a la Santa
Muerte que le tirara paro pa volverse más fuerte, el más fuerte de Sumalta, y
la Santa Muerte acedió. Primero, de la noche a la mañana, lo puso bien mamer –
El Chiquito era un ñango – y así bien mamer El Chiquito pudo partirles la madre
a todos los de la cuadra, al principio, y luego a los de la colonia y todos a
sus alrededores. Pero su fuerza de mamer tuvo un límite, y luego luego entraron
a escena las fuscas y cuernos de chivo y hasta bombas. Para esto, la Santa
Muerte le dio un arma de balas infinitas y con la cual podía partirles la madre
a todo el que se le pusiera al tú por tú. El Chiquito hizo precisamente esto,
pero al cabo de un rato vio que sus enemigos se multiplicaban y de nuevo
regreso a la Santa Muerte. La Santa Muerte ahora lo que hizo fue volverlo de
acero, para que no importara cuántos enemigos tuviera, El Chiquito siempre
pudiera salir victorioso. Y así fue: El Chiquito le partió la madre a toda la
ciudad y ahora era el rey de Sumalta. Pero ahora para continuar como rey de
Sumalta, El Chiquito se enfrentó al ejército, porque obviamente el presidente
no iba a permitir que alguien que no fuera del gobierno reinara en la ciudad, y
por esto el presidente mandó varios batallones y pelotones pero ninguno pudo con
El Chiquito. Sólo que para entonces ya se había armado la gorda y ahora El
Chiquito se enfrentaba al ejército de todo un país. El Chiquito volvió a
pedirle paro a la Santa Muerte, la cual lo hizo crecer de tamaño y le dio a
entender que cada día crecería más para poder salvarse de cualquier ataque que
le pudieran lanzar. Con este nuevo poder, El Chiquito le partió la madre a
todos los ejércitos del país y a los de abajo también. Pero ahora El Chiquito
se enfrentaría con todos los ejércitos del mundo, ya que la ONU no permitiría
que en México reinara cualquier pelafustán. Así que con un nuevo arranque a El
Chiquito le lanzaron bombas, granadas, misiles, proyectiles, balas de inmenso
calibre, todo con lo que pudieran atacarlo: El Chiquito al principio resintió
estos ataques pero sólo al principio, ya que al cabo de un rato se recuperó
debido a su gran tamaño y aunque le tomó días y hasta semanas y creo que meses
pudo partirles la madre a todos los ejércitos del mundo. Ahora El Chiquito ya
era el hombre más fuerte del mundo y con esa fuerza y tamaño reinaba por siempre
y para siempre. Sólo que El Chiquito no dejó de crecer y llegó a ser tan grande
y tan alto y tan pesado que la Tierra no lo pudo sostener más y comenzó a caer
hasta que la Tierra, de pronto, explotó.
jueves, 23 de abril de 2015
El hombre enfermo
Jonas Johanssen, médico inglés de la época del Renacimiento, estaba fastidiado de enfermarse a cada rato de gripa, de alergia, del estómago, pero le daba miedo probar métodos alternativos que requerían un mayor esfuerzo. No, decía, Yo lo único que quiero es prescindir de los síntomas, no de la enfermedad. Por esto, Jonas se dio a la tarea de diseñar una pastilla que le permitiera no solamente borrar los síntomas de toda alergia, sino también los síntomas de la gripa, la migraña, el estreñimiento y todos los males físicos que pudiera haber en el mundo, para almacenarlos en su cuerpo, como si el cuerpo fuera un banco de crédito que nunca pasara factura alguna. Día noche y noche y día se dedicó en cuerpo y mente a crear esta pastilla mágica que le hiciera la vida más cómoda (mientras intentaba, también, crear un invento que lo hiciera comunicarse más fácilmente con sus colegas que vivían en Roma, y otro invento que lo ayudara a conservar su carne comestible después de haber matado a la vaca; si no la consumía luego luego, la carne se echaba a perder). Tuvo días pesadillescos en los que no creía encontrar la clave, días en que las pocas fórmulas aprendidas en la escuela por completo le fallaban. Muchas veces quiso dejar todo botado y mejor acostumbrarse a la pena e incómoda situación de ser un hombre que estornudara sus tripas apenas llegara la primavera o tener que batallar para ir al baño. Sólo que un día el hallazgo lo asaltó mientras se encontraba dormido, después de tomarse una pastilla a la que no le tenía mucho pero que al último fue lo suficientemente efectiva como para cortarle el estreñimiento y controlarle la alergia y la gripa y los continuos dolores de cabeza. Jonas se despertó feliz y triunfante y supo que por fin había dado con el hallazgo del siglo y fue el hombre más feliz del mundo.
Eso sí: al final de su vida, su cuerpo quedó desmoronado y en ruinas debido a lo que los médicos definieron como un vómito que albergaba todos los males que nunca quiso padecer, el cual Jonas jamás se atrevió a expulsar de su cuerpo. Porque ah, casi se me olvida mencionar: también le daba asco vomitar.
Eso sí: al final de su vida, su cuerpo quedó desmoronado y en ruinas debido a lo que los médicos definieron como un vómito que albergaba todos los males que nunca quiso padecer, el cual Jonas jamás se atrevió a expulsar de su cuerpo. Porque ah, casi se me olvida mencionar: también le daba asco vomitar.
miércoles, 22 de abril de 2015
El hombre afortunado
Guillermo Pérez jamás se había sacado nada
en alguna rifa. O ganado dinero a través de un raspadito. Ni tenido suerte en
el amor (todas las mujeres le cortaban las alas justo a la hora de la verdad).
Así que cuando en el terreno baldío, de esos que abundan en Sumalta, el cual a
diario cruzaba para llegar de la parada de autobús a su trabajo, se encontró,
por tres días seguidos, dinero tirado en la calle, una moneda de 50 centavos,
luego un penny y al última cinco pesos, supo – o más bien, quiso creer – que
aquello era un augurio de cambio de suerte. Contador de profesión, tenía el
universalmente mediocre empleo de cobrador de dinero, el tipo de persona que ve
pasar mucho dinero entre sus manos pero dinero no de su propiedad, y pensó que ahora
por fin la fortuna le sonreía, después de haber comprado y leído y memorizado
en vano el libro El Secreto, sobre la
famosa ley de la atracción, ley que aún no le funcionaba, y le daría aquello
que siempre había anhelado: ser rico y exitoso, con fama incluida y una modelo
de Victoria Secret también, si se pudiera.
Cosa que así pareció en su debido momento.
Ya que, al poco tiempo, perdió su trabajo de cobrador pero sólo para vivir la
frase que las cosas pasan por algo y no bien se le terminó su última quince cuando
le ofrecieron un empleo con el doble de sueldo que ganaba, más prestaciones,
mejores horarios y hasta almuerzo gratis le daban en la cafetería. Guillermo estaba
contentísimo, y, les digo, bien suertudote. Porque cada día se iba contento al
trabajo, aún tomaba la ruta 5B Universitaria, y de su casa a la parada o la
parada al camión, Guillermo se encontraba por lo menos de 10 centavos o un
penny americano una moneda. Siempre, todos los días, sin excepción alguna.
Amigos suyos que al principio estaban incrédulos, no tuvieron de otra que
rendirse ante la verdad arrolladora e inefable que, efectivamente, Guillermo se
encontraba dinero en su camino, a sus pies, adonde quiera que fuera y por donde
quiera que pasaba. Lo más asombroso de todo: mientras más pasaba el tiempo,
mejor le iba en su trabajo: al cabo de unas semanas, ya tenía otro trabajo, con
un mucho mejor sueldo que el del anterior trabajo, y ya hasta un carro se podía
comprar, sólo que Guillermo no quiso. Él siguió tomando el camión para no
perder la oportunidad de encontrar tirada su fortuna en la calle, junto con
piedras, botellas vacías y aplastadas y cajetillas gastadas de cigarros
mentolados.
Pero algo curioso sucedió. Guillermo dejó de encontrarse dinero en el suelo para comenzar a buscar dinero en el
suelo. Ahora caminaba sin despegar su mirada del suelo y ahora, a todo objeto
pequeño y brillante y circular, se le lanzaba con un salto de tigre. Todo objeto
pequeño y brillante y circular como corcholatas y piedras, tornillos rotos y
pedazos de aluminio, tuercas y pilas, es decir, cualquier semejanza con una
moneda de verdad. Era como si Guillermo ya no se contentara únicamente con la
buena suerte hasta entonces adquirida. No. Quería más: medio paranoico, quería asegurar toda la
buena suerte que pudiera, al perpetuar su hallazgo aparentemente fortuito pero
divinamente decretado. En consecuencia, su rendimiento en el trabajo cayó, tuvo
pérdidas y su jefe inclusive estuvo a punto de correrlo porque no le daba confianza
que su empleado cada vez que entrara a la oficina, entrara con la cabeza gacha,
viendo hacia el suelo, como si hubiera perdido algo importante.
Justo esto le habían comentado algunos
amigos suyos, cuando una tarde de abril, de ésas con mucho viento y tierra,
Guillermo buscaba su moneda después de no haber encontrado alguna en todo el
día. La buscaba cerca de su trabajo, en un sitio de taxis, por donde transitaban
mucha gente y carros, a un lado de una avenida larga y también muy concurrida.
De pronto, Guillermo aparentemente perdió la notición de espacio y tiempo y comenzó
a caminar rumbo hacia el centro de la avenida, la cual, en ese momento estaba
vacía pero no por mucho tiempo. Su búsqueda se había hecho tan intensa que hacia
allá lo llevó. Justo cuando el semáforo a varios metros de donde Guillermo daba
rienda a su búsqueda se puso en verde, Guillermo vio algo que le pareció una
moneda. Decidido, sin aún comprender en dónde se encontraba, caminó hacia aquel
objeto pequeño y redondo y brillante. Un carro frenó de súbito frente a él,
pero otro carro que cambió de carril no lo vio y pum, screech, silencio, golpe,
estruendo, lo sacó volando a varios metros por el aire hasta caer al suelo. Y
sí, Guillermo Pérez murió pero murió con una suerte coherente con sus últimos
días de vida. Ya que aquel Guillermo salió disparado hacia un puesto de
periódicos y, al caer, una cajita llena de monedas que el periodiquero guardaba
ahí le cayó encima, bañándolo con monedas, como antes lo había bañado, todo,
desde pies hasta cabeza, su propia sangre.
miércoles, 8 de abril de 2015
Mario
Pues te diré, mi carnal el Mario era un bato cuya vida giraba en torno a Facebook. Trabajaba como administrador de redes sociales de una banda de rock local, los Cacos, y siempre se la pasaba posteando, twitteando, platicando por Facebook, subiendo fotos a Instagram, agarrándose a palabras con gente, a todas horas, en todo lugar, incluso en las actividades C: comer, cagar y coger. El bato nunca dejaba Facebook en paz; eran de plano inseparables, como uña y mugre. Luego vino la balacera de la Tecnológico, dos heridos, cinco muertos, y, según mi carnal, él pudo haber sido el sexto, de no ser porque vio en Facebook la publicación de alguien sobre el desmadre que acaecía en la avenida, salvando así su vida. Facebook era como su ventana hacia el mundo, la nariz por la cual respiraba, así de intenso era mi carnal. A mí me desesperaba harto porque vivíamos juntos, éramos roomies y así, y a veces el bato me hablaba desde su cuarto para pedirme que prendiera la cafela o respondiera a la puerta o contestara el teléfono, cosas de ese tipo. Mario, le solía decir de frente, cara a cara, Deja de hablarme por inbox, no manches, me tienes a un lado, me haces sentir como a un fantasma. Pero el bato no capeó la onda y siguió haciendo lo mismo; por mi parte, no insistí más. Mario no era mi hijo, era mi carnal.
Así que supongo que entenderán cómo el bato se debió poner cuando se cayó Facebook, acá, inesperadamente. Sucedió una noche de pronto, y Facebook tardaba mucho en cargarse, retachaba patrás los mensajes, ya no se actualizaba nada en el muro, y al poco tiempo salió el mensaje -
N’hombre, mi carnal se puso como un loco. Bueno, la verdad no se puso como loco, pero se desesperó un bien, Eh carnal, me dijo, No manches, qué le pasa a Facebook, ¿no se carga?, No, ps no se carga, Chingada madre, ¿y ahora?, Y ahora ps a esperar, chavo, qué se le hará, ¿o quieres que le llame al Mark Zuckchingatumadre para que lo arregle en fa o qué?, No ps si puedes, te lo agradecería, No manche, ese. Total, esperamos un ratillo, yo en ese momento platicaba con mi morra, la Lupe, pero al cabo de media hora, también me di por rendido, y mejor me fui a hacer otras cosas. Mi carnal aún aferrado en el Facebook, y ya cuando el bato comprendió que por lo menos durante el resto de la noche el Facebook no iba a regresar, se rindió y mejor se fue a pistear con sus compas, pero estoy seguro que entre pisto y pisto y frajo y frajo, sacaba su cel de su chamarra café – esa chamarra apestosa que siempre usaba cuando salía – para ver si Facebook ya había regresado.
Al día siguiente, como era Semana Santa, mi carnal no fue a trabajar, pero esto le hizo como el viento a Juárez, porque cuando me levanté tempranillo – yo sí tenía que trabajar – y bajé a la cocina pa tomar mi confleis, ¡el bato estaba pegado a la compu! ¿Qué tranza, carnal?, lo saludé, ¿Ya desayunaste? ¡No! El bato aún no había desayunado; había gastado todas sus horas desde que se levantó en preocuparse y ocuparse de que Facebook pronto regresara. Estás de vacas, le dije, No tienes que usar Facebook hasta cuando regreses, además tienes Twitter e Instagram y Whatsapp, así que desconectado desconectado, no estás. Simón, me dijo, Pero mis compas casi no usan Twitter, usan Facebook, respondió, Entonces ellos han de estar igual que tú, dije, Así que mejor salgan al mundo y hagan algo, no sé, algo. Pero mi carnal no hizo caso, muy al contrario. Había horas enteras que dedicaba a presionar la tecla F5 de su teclado, actualizando la página, esperando que en una de ésas, la pantalla cambiara de gris a azul con blanco, pero no, nada, y lo hacía como si el regreso de Facebook fuese algo que dependiera enteramente de él. Bien raro. Luego, mi carnal se ponía bien intenso, bien dramático, bien ansioso, como si lo que sucedía en el mundo y la vida, sus amigos y conocidos, cercanía y lejanía, todo lo consumiera vía Facebook, y ahora que estaba desconectado, era como si el mundo se callara y se congelara en un presente perpetuo de silencio y desierto. Como si la vida, la vida que en verdad contaba y no la otra, esa que se puede desperdiciar, se le escapara, como agua entre las manos, y sucediera acá en un lugar bien lejos de él, y lo desquiciara acá machín. Ahora mi carnal podía leer, podía correr, podía bailar, podía hacer lo que se le diera la gana, tal cual lo había hecho durante toda la vida antes del Facebook, pero no, el bato no podía, era como si la vida sin Facebook fuese la revista aburrida de homeopatía que se lee al esperar al médico, la canción simplona del elevador que se escucha mientras se viaja al piso deseado, algo que hacía sólo para matar el tiempo, porque en realidad lo suyo suyo era estar en otra parte, atender el llamado que le lanzaban desde algún rincón de eso que llaman el ciberespacio. Total, lo dejé hacer lo que él quisiera; finalmente yo no lo iba a hacer cambiar de opinión. Como dije al principio, Mario no era mi hijo; era mi carnal.
Más o menos así pasó la primera semana de vacaciones; mi carnal gravitando alrededor de la computadora o el cel, sin despegarse un solo momento, y yo pidiéndole que tocara el suelo, que regresara al mundo real, pero siempre para pura pérdida. Para entonces Facebook ya había regresado un día, no recuerdo cuál, pero sólo para volverse a ir. Supongo que los batos de Facebook pudieron hacerlo regresar un poco, pero no lo pudieron sostener por mucho. N’hombre, mi carnal, por su parte, andaba pero mega picadote, atento a cada movimiento de la inerte red social, no separándose de la compu o el cel en cambio de que, como papá que abandonó a su familia en plena madrugada, regresara en cualquier momento, picándole F5 al teclado ya sin siquiera esperar a que el Facebook regresara, algo así como un tic nervioso, no sé. Una noche llegué a casa del jale con comida para hacer tacos de carne asada. Llegué con un buen de bolsas en las manos, pero era como si no hubiera llegado, porque mi carnal ni enterado se dio, y no fue hasta cuando le di un bachoncillo pa que se dejara de mermas, que agarró la onda. Eh, bato, le dije, Traje pa cenar tacos, ayúdame a lavar la verdura, ándale. Pero mi carnal no me ayudaba. Llegará en cualquier momento, me dijo. Pero no regresará, respondí yo, Sólo porque tú le estés picando a cada rato.
Como yo no me iba a quedar con hambre nomás porque el bato no me iba a ayudar, me fui a la cocina para hacerme los tacos yo solo.
Sólo que el constante teclear in crescendo de la F5 traspasaba la pared de la cocina que me taladreaba el cerebro. En ese momento me imaginé a mi carnal bien serio, bien clavado, viendo fijamente a la pantalla, concentrado como si estuviera en el momento de su vida y, a medida que más picaba la tecla F5, más se acercaba ahí, adonde él quería estar, adonde él pertenecía, adónde durante por una semana había intentado regresar. En eso Ahh, lo escuché gritar. No fue un gritó acá mortal, fue más bien un grito de mordedura de hormiga. Bien pude seguir en la cocina, pero por algo quise salir a ver qué había pasado.
No encontré nada. La silla estaba vacía aunque la computadora, con Facebook, el cual ya había regresado. Llamé a mi carnal, pero mi carnal no respondió. Bah, qué raro.
En eso, me llegó una notificación al celular.
Era de mi carnal.
Qué onda, carnalito, me dijo, Sorry haberte asustado.
¿On tás, Mario?, pregunté.
Aquí en el Facebook, respondió, Dentro del Facebook. No sé cómo pasó, sólo pasó...
Ya veo, respondí, ¿Algún día regresarás?
Nel, no creo, dijo, Pero no te agüites, estoy bien, estoy a todo dar, me siento en la zona, como dicen, pero no te agüites, carnal, seguiremos en touch, te lo prometo, ¿simonkis?, al rato vengo, voy a explorar.
Ps vas, respondí, Está bien.
Cerré la conversación.
Ésa fue la última vez que vi a mi carnal el Mario. Desde entonces nos hablamos casi todos los días, casualón el asunto. De vez en cuando postea cosas, videos musicales, pensamientos, cosas que se le ocurren. A veces, lo admito, me agüito, pero luego recuerdo que está donde siempre quiso estar. Lo único que me hace ruido es si allá en donde está tienen la necesidad de cotorrear como nosotros - mi carnal y yo le llamamos cotorrear al acto de tener sexo. No le pregunto nada pa no verme metichón, pero quién sabe. Quizá al rato le formule la pregunta.
Así que supongo que entenderán cómo el bato se debió poner cuando se cayó Facebook, acá, inesperadamente. Sucedió una noche de pronto, y Facebook tardaba mucho en cargarse, retachaba patrás los mensajes, ya no se actualizaba nada en el muro, y al poco tiempo salió el mensaje -
N’hombre, mi carnal se puso como un loco. Bueno, la verdad no se puso como loco, pero se desesperó un bien, Eh carnal, me dijo, No manches, qué le pasa a Facebook, ¿no se carga?, No, ps no se carga, Chingada madre, ¿y ahora?, Y ahora ps a esperar, chavo, qué se le hará, ¿o quieres que le llame al Mark Zuckchingatumadre para que lo arregle en fa o qué?, No ps si puedes, te lo agradecería, No manche, ese. Total, esperamos un ratillo, yo en ese momento platicaba con mi morra, la Lupe, pero al cabo de media hora, también me di por rendido, y mejor me fui a hacer otras cosas. Mi carnal aún aferrado en el Facebook, y ya cuando el bato comprendió que por lo menos durante el resto de la noche el Facebook no iba a regresar, se rindió y mejor se fue a pistear con sus compas, pero estoy seguro que entre pisto y pisto y frajo y frajo, sacaba su cel de su chamarra café – esa chamarra apestosa que siempre usaba cuando salía – para ver si Facebook ya había regresado.
Al día siguiente, como era Semana Santa, mi carnal no fue a trabajar, pero esto le hizo como el viento a Juárez, porque cuando me levanté tempranillo – yo sí tenía que trabajar – y bajé a la cocina pa tomar mi confleis, ¡el bato estaba pegado a la compu! ¿Qué tranza, carnal?, lo saludé, ¿Ya desayunaste? ¡No! El bato aún no había desayunado; había gastado todas sus horas desde que se levantó en preocuparse y ocuparse de que Facebook pronto regresara. Estás de vacas, le dije, No tienes que usar Facebook hasta cuando regreses, además tienes Twitter e Instagram y Whatsapp, así que desconectado desconectado, no estás. Simón, me dijo, Pero mis compas casi no usan Twitter, usan Facebook, respondió, Entonces ellos han de estar igual que tú, dije, Así que mejor salgan al mundo y hagan algo, no sé, algo. Pero mi carnal no hizo caso, muy al contrario. Había horas enteras que dedicaba a presionar la tecla F5 de su teclado, actualizando la página, esperando que en una de ésas, la pantalla cambiara de gris a azul con blanco, pero no, nada, y lo hacía como si el regreso de Facebook fuese algo que dependiera enteramente de él. Bien raro. Luego, mi carnal se ponía bien intenso, bien dramático, bien ansioso, como si lo que sucedía en el mundo y la vida, sus amigos y conocidos, cercanía y lejanía, todo lo consumiera vía Facebook, y ahora que estaba desconectado, era como si el mundo se callara y se congelara en un presente perpetuo de silencio y desierto. Como si la vida, la vida que en verdad contaba y no la otra, esa que se puede desperdiciar, se le escapara, como agua entre las manos, y sucediera acá en un lugar bien lejos de él, y lo desquiciara acá machín. Ahora mi carnal podía leer, podía correr, podía bailar, podía hacer lo que se le diera la gana, tal cual lo había hecho durante toda la vida antes del Facebook, pero no, el bato no podía, era como si la vida sin Facebook fuese la revista aburrida de homeopatía que se lee al esperar al médico, la canción simplona del elevador que se escucha mientras se viaja al piso deseado, algo que hacía sólo para matar el tiempo, porque en realidad lo suyo suyo era estar en otra parte, atender el llamado que le lanzaban desde algún rincón de eso que llaman el ciberespacio. Total, lo dejé hacer lo que él quisiera; finalmente yo no lo iba a hacer cambiar de opinión. Como dije al principio, Mario no era mi hijo; era mi carnal.
Más o menos así pasó la primera semana de vacaciones; mi carnal gravitando alrededor de la computadora o el cel, sin despegarse un solo momento, y yo pidiéndole que tocara el suelo, que regresara al mundo real, pero siempre para pura pérdida. Para entonces Facebook ya había regresado un día, no recuerdo cuál, pero sólo para volverse a ir. Supongo que los batos de Facebook pudieron hacerlo regresar un poco, pero no lo pudieron sostener por mucho. N’hombre, mi carnal, por su parte, andaba pero mega picadote, atento a cada movimiento de la inerte red social, no separándose de la compu o el cel en cambio de que, como papá que abandonó a su familia en plena madrugada, regresara en cualquier momento, picándole F5 al teclado ya sin siquiera esperar a que el Facebook regresara, algo así como un tic nervioso, no sé. Una noche llegué a casa del jale con comida para hacer tacos de carne asada. Llegué con un buen de bolsas en las manos, pero era como si no hubiera llegado, porque mi carnal ni enterado se dio, y no fue hasta cuando le di un bachoncillo pa que se dejara de mermas, que agarró la onda. Eh, bato, le dije, Traje pa cenar tacos, ayúdame a lavar la verdura, ándale. Pero mi carnal no me ayudaba. Llegará en cualquier momento, me dijo. Pero no regresará, respondí yo, Sólo porque tú le estés picando a cada rato.
Como yo no me iba a quedar con hambre nomás porque el bato no me iba a ayudar, me fui a la cocina para hacerme los tacos yo solo.
Sólo que el constante teclear in crescendo de la F5 traspasaba la pared de la cocina que me taladreaba el cerebro. En ese momento me imaginé a mi carnal bien serio, bien clavado, viendo fijamente a la pantalla, concentrado como si estuviera en el momento de su vida y, a medida que más picaba la tecla F5, más se acercaba ahí, adonde él quería estar, adonde él pertenecía, adónde durante por una semana había intentado regresar. En eso Ahh, lo escuché gritar. No fue un gritó acá mortal, fue más bien un grito de mordedura de hormiga. Bien pude seguir en la cocina, pero por algo quise salir a ver qué había pasado.
No encontré nada. La silla estaba vacía aunque la computadora, con Facebook, el cual ya había regresado. Llamé a mi carnal, pero mi carnal no respondió. Bah, qué raro.
En eso, me llegó una notificación al celular.
Era de mi carnal.
Qué onda, carnalito, me dijo, Sorry haberte asustado.
¿On tás, Mario?, pregunté.
Aquí en el Facebook, respondió, Dentro del Facebook. No sé cómo pasó, sólo pasó...
Ya veo, respondí, ¿Algún día regresarás?
Nel, no creo, dijo, Pero no te agüites, estoy bien, estoy a todo dar, me siento en la zona, como dicen, pero no te agüites, carnal, seguiremos en touch, te lo prometo, ¿simonkis?, al rato vengo, voy a explorar.
Ps vas, respondí, Está bien.
Cerré la conversación.
Ésa fue la última vez que vi a mi carnal el Mario. Desde entonces nos hablamos casi todos los días, casualón el asunto. De vez en cuando postea cosas, videos musicales, pensamientos, cosas que se le ocurren. A veces, lo admito, me agüito, pero luego recuerdo que está donde siempre quiso estar. Lo único que me hace ruido es si allá en donde está tienen la necesidad de cotorrear como nosotros - mi carnal y yo le llamamos cotorrear al acto de tener sexo. No le pregunto nada pa no verme metichón, pero quién sabe. Quizá al rato le formule la pregunta.
miércoles, 28 de enero de 2015
El Perfil de Alberto Cortés
Yo
siempre había logrado tolerar las opiniones pendejas de los idiotas que me
rodeaban, pero, la neta, las redes sociales lo único que lograban era obligarme
a forjarme una peor opinión de lo que antes tenía de ellos, a considerarlos aún
más imbéciles de lo que antes los consideraba. Tanto Facebook como Twitter lo
único que han hecho es darle foro a los pendejos para que griten al mundo sus
pendejadas. El problema viene cuando alguien, alguien pensante, en este caso
yo, les dice algo: pinche raza, se ofende, y las cosas en el trabajo, casa y
escuela, obviamente, se tensan. Pero yo soy Marcia Carbajal, licenciada en
sociología graduada con honores, maestra en estudios culturales con tesis que
mereció mención honorífica, trilingüe: yo no me iba a quedar con las ganas (con
las ganas me he quedado pero de entrar a trabajar adonde realmente pertenezco:
a la universidad); por otro lado, tampoco podía darme el lujo de exponerme y
soltarles de frente todo lo que he reprimido durante tanto tiempo, acá bien
braver. Así que, a las sordas, hice un perfil falso en Facebook, con otro
nombre, otra foto, otro sexo inclusive, otra persona pues. Un doble. Ahora,
desde la seguridad del perfil de mi doble, podía decirles, a pierna suelta, con
respeto, claro está, cuán pendejos me parecían los comentarios que publicaban a
diario y en general cuán pendejos me parecían todos en general.
La
identidad de mi doble era la siguiente: un bato de 29 años, alto, flaco,
barbón, un poco moreno, de ojos cafés y cabello corto, cuya foto encontré en
Google. Asiste a la Universidad Técnica de Sumalta, cursa una ingeniería en
eléctrica, comprometido desde agosto, con gusto por el Barcelona, Los Simpsons,
La Ley y los libros de Dan Brown. Es cristiano, dos sobrinos, odia al PRD y
habla poco inglés. Su nombre, Luis Luis Alberto Cortés. El nombre me gustó, me
pareció verosímil para un personaje que debía pasar por una persona de verdad,
y bajo ese nombre lo registré en Facebook. Observación cura: todas esas cosas
que gustan a Luis Luis Alberto siempre me han cagado a mí.
Agregué
a todos mis contactos; como esta ciudad es un rancho y todo mundo se conoce, la
gente no tiene ningún problema en aceptar la invitación de desconocidos. Al
poco tiempo la mayoría me aceptó, y, en menos de una semana, comencé a tirar
hate como siempre había querido. Primero fue Rodrigo, mi jefe, un morrito que
ni siquiera terminó la carrera pero ya es supervisor de profesores de idiomas
en el infierno, es decir, el Colegio Kurubi; luego fue la estúpida de mi prima
Laura, la cual desde chica me ha cagado la madre, poco más que mi tía; luego
Ale, amiga de Cristal (una de las pocas amigas que tengo), que sufre un
complejo de princesa de Disney, la güey. En los tres casos, los comentarios de Luis
Luis Alberto Cortés fueron brutales, crueles e insultantes. Los desenmascaró
por completo y los hizo ver como lo que en realidad eran: un manojo de
imbéciles mediocres tragacamotes. Estos tres individuos se emputaron tanto que
borraron a Luis Luis Alberto del Facebook a la primera troleada. Yo, en mi
cuartucho feo del centro (todavía no vivo donde merezco), me cagaba de la risa,
acá, con perversidad, puesto que sólo yo era la dueña de la verdad que nadie
más tenía: que era yo la que estaba de todo el troleo.
Era una
relación sana la que tenía con Luis Luis Alberto. Me alivianó. Me permitió
sacar todo eso que cargaba dentro y que a veces no me dejaba dormir tranquila,
porque neta que ver tantas pendejadas publicadas en Facebook puede llegar a
desasosegar a cualquiera. Con frecuencia le mandaba mensajes de cosas e
insultos que se me ocurrían para usarlos después, porque no tenía dónde
apuntarlos. De vez en cuando me daba por ver su perfil desde el mío – me pasaba
hasta horas viéndolo, leyendo sus gustos musicales y televisivos y asombrándome
de cuán verosímil me parecía su perfil, la precisión del detalle. Era extraño
verme reflejada en ese espejo deformado, que simultáneamente me decía que Luis Luis
Alberto Cortés era yo y al mismo tiempo no lo era.
El
problema comenzó cuando Luis Luis Alberto Cortés me aceptó la invitación al
Facebook que le mandé. Uno de esos días, quién sabe por qué, chance por morbo,
se la mandé y en friega me aceptó. Su nombre, enseguida de un puntito
verde, apareció en el chat, y en chinga loca le hablé por inbox. El bato me
saludó como si nada. Luego me dijo, en tono, acá, golpeadón, que nuestra
relación, la manera en que yo lo tenía a él, ya no funcionaba, y que desde
ahora en adelante cada quien seguiría por su lado. Yo no te debo nada, Marcia,
me escribió el cabrón, Ya estuvo suave de que me uses cada vez que se te dé la
gana, yo no soy el secretito de nadie, toma tu intento de controlarme, ai nos
vidrios. Enseguida, me bloqueó de su chat.
Intente
hablar con él pero no me respondió. Ya era tarde. Así como el cisne negro o
William Wilson lo hicieron con los suyos, Luis Luis Alberto Cortés se deshizo
de mí, de su doble. Su creadora.
Desde
entonces ya no hablamos. Me eliminó de su Facebook; como el bato lo tiene
público, de vez en cuando me da por ver los estados que pone. Se ha convertido
en un verdadero trol. A cada rato me salen comentarios suyos en los
estados de mis amigos y conocidos, y justo cuando pienso yo que ya ha jodido
mucho, el bato todavía se las caga más machín aún, acá, sin piedad. Es
imparable, nunca se sacia. Casi me da gusto que se la cague a esa pinche
bola de pendejos, de no ser porque me da rabia saber sobre él. Y me da rabia
saber sobre él, no tanto porque el güey me haya traicionado y dado la espalda,
cosa que, no negaré, sí me hizo emputar, sino porque al irse de mi lado se
llevó algo que era muy preciado y valioso para mí: el placer de que alguien,
por su pendejez, me cague completamente la madre. Maldito idiota.
Bromas a Christian
Ahorita ha de importarle un carajo porque tiene novio, está feliz y toda
la cosa, pero lo de Christian comenzó con Karla y Fanny, como siempre, la
segundó. Cosa rara meterse con Christian porque con quienes se metían Karla y
Fanny eran personas, generalmente mujeres, igual o más odiosas que ellas, y Christian
por otro lado era pura dulzura, pura buena vibra. Quizá fue por eso, su aura
blanca, que Karla y Fanny le traían tirria: no podían ver algo limpio sin luego
luego querer escupirle lodo. No sé pero el caso es que después de dudarlo un
poco – y dudaron porque veían el calibre de lo que se disponían a hacer –
decidieron seguir adelante con el plan.
Pasarse por un bato, ése era su plan. Un bato que agregara a Christian
por Facebook y le tirara rollo y la enamorara por inbox. Un dia en casa de
Karla (era en casa de Karla donde ideaban todas las diabluras que luego aplicaban)
con una cuenta falsa de Hotmail crearon a Leonardo Hernández, un bato de 20
años, dos años mayor que Chistian, rockerón, skater, flaco y alto y medio
paliducho, de cabello largo y rubio, cuyo perfil encontraron en Sonora o
Tabasco, algno de esos dos. Vampiresco el chavo. El chavo tenía un tatuaje de
dragón en su brazo derecho y usaba pantalones entubados negros y tenis nike
rojo con azul celeste. En el cachete izquierdo, con Photoshop, le dibujaron un
triángulo de lunares. Llenaron el perfil de Leo Hernández con las fotos de
aquel otro bato y ya, eso fue todo. Enseguida, agregaron a Christian y
comenzaron a tirarle rollo.
Christian, pobre ingenua, no se las olió. Aceptó a Leo y le creyó de
inmediato eso de que era de la ciudad y conocía a sus conocidos y era amigo de
algunos de sus amigos. Christian inclusive vio una foto en la que sale con
varios de sus amigos. Chida. Para esto: Christian podía ser todo lo simpática
que nosotros quisiéramos, pero tirarle rollo era otra cosa. Según varios amigos
y conocidos, nunca capeaba ni se dejaba caí. He aquí la perversidad Karla y
Fanny: conocían a Christian, concebían la personalidad que según sus propias
palabras le gustaban en los hombres y sin un atisbo de consciencia este
conocimiento usaron en su contra.
Primero la hicieron reír machín. La cotorreaban sobre todo, cualquier
cosa, lo que les viniera la cabeza. Eran mujeres, sabían lo que le da risa a
otra mujer, todo fue como cotorrear con otra amiga, claro, cuidando de mantener
el humor no tan femenino, para que Christian en lugar de pensar que hablaba con
un chavo sensible y cotorrón pensara que hablaba con alguien del otro bando. Christian
se sintió identificada de inmediato. Después de las bromas, los elogios. Tienes,
le decían estas chavas a Christian, ojos hermosos, labios hermosos, sonrisa
hermosa toda tu toda tú eres hermosa. Christian nunca respondió seriamente a estos
halagos, siempre se reía y le volteaba la tortilla, pero Karla y Fany tampoco
eran tontas, ellas sabían lo que muchos hombres ignoran: que no importa que los
elogios no tengan una reacción instantánea en la mujer y que se sientan de
inmediato halagadas; el punto es continuar con los elogios hasta que el agua
del río agrieta la piedra. Cosa que así sucedió; al cabo de un par de semanas
de asedio constante, Christian por fin se permitió sentirse halagada y se
permitió sentirse halagada porque ya comenzaba a decir a Leo que le parecía lindo
y le encantaba las cosas que le decían, nunca he conocido a alguien tan
cariñoso como tú, neta, yo sé que no nos conocemos mas que por aquí pero, neta
neta lo que se dice neta jaja, me lates, me lates mucho un buen y quisiera
conocernos. Ya fregamos, seguramente pensaron estas chavas al leer aquel
mensaje. La reunión sería en el centro comercial Plaza Mayor, en la banquita
frente a la estética Marrakech, a un lado del cine. La hora, una y media.
La avenida enseguida de Plaza Mayor estaba en construcción; por eso
Fanny llegó a la una y quince, quince minutos después de lo acordado con Karla.
Enseguida, del sur de Plaza Mayor se dirigieron al norte, al pasillo de los
baños y teléfonos públicos desde donde podían espiar perfecta y sigilosamente a
Christian, la banca acordada estaba cerca de ahí y qué bueno que llegaron antes
y no después porque enseguida del pasillo vieron a Christian, muy bonita,
caminar de norte a sur. Morbo. Karla y Fanny apenas podían contener las ganas
de salir corriendo y escupirle a Christian en la cara la verdad, que todo había
sido una broma, un teatrito montado por ellas, una farsa en la que ella sin
saberlo era la protagonista, pero que no se agüitara, porque al fin y al cabo
todas somos amigas y qué es una broma
entre amigas, nada de qué preocuparse, todo casual, tranquilón el asunto, no te
fijes. El plan era acercarse en cuanto Christian, cansada y desilusionada y
chance con el corazón roto, hiciera ademán de irse; por eso había que aguardar.
Mientras tanto, cada chavo que de lejos prometía ser Leo pero que al acercarse
resultaba no ser Leo, era como un trago de algo dulce y embriagante que Karla y
Fanny saboreaban hasta la última gota. Así pasaron muchos chavos, todas ilusiones
disparadas al vuelo. Luego, ola de gente viniendo de sur a norte. Tanta, que
perdieron de vista a Christian por un segundo y cuando la encontraron la vieron
platicando con un chavo alto y flaco y paliducho, de cabello largo y se veía
agitado, como si hubiera corrido largo rato. Enseguida, Christian vio a estas
chavas en la boca del pasillo y se paró a saludarlas. Presentó a Leo y Leo las
saludó como quien saluda a los recién conocidos, es decir, como si nunca las
hubiera visto, pero estas chavas sí reconocieron el triángulo de lunares en su
cachete izquierdo y el tatuaje de dragón en el brazo derecho. De camino a la
parada de autobuses también propusieron verse mañana, idearían diabluras y
bromas que sí prosperaran, igual comprendieron que en la vida se volverían a
hablar, mucho menos verse, pero pensar en lo que sea era mejor que la imagen de
aquellos dos caminando con las manos entrelazadas como un nudo.
domingo, 18 de enero de 2015
Última carta de un poeta a su primera novia
Renata:
Porque ausente estoy de ti, te escribo ahora y no te hablo. En
agosto próximo ya serán ocho años desde la última vez que te vi, la tarde en que
partiste indignada de mi casa; desde entonces, ignoro todo sobre tus pasos. ¿Qué
haces, dónde estás? Lo ignoro, ignoro todo, te ignoro a ti, trama inconclusa. Si
supieras que te escribo estas líneas tantos amores después, quizá te reirías:
ha pasado tanto tiempo, no fue ni un año, éramos unos niños, ya no hay nada más
de qué hablar entre tú y yo. Sin embargo, lo hay.
Amor amor, Renata. Tú fuiste mi primer amor. A mis dieciséis años
sólo blancas nubes cruzaban por mis cielos sin lindes, pero hasta entonces el
pájaro del beso jamás se había posado sobre la rama de mi boca y sobre cintura
de canela vertí mi sangre maldecida y virgen. Fue tu pecho la lluvia que
resquebrajó el páramo de mi boca. Me diste ilusión que creí que se eternizaría
al instante. Pero en el saco mágico de tus horas lejanas aguardabas para mí traición
y abandono. Hay alguien más, dijiste, Nos iremos de Janubi y comenzaremos una
familia – ya no me busques más. Cielo detenido. Te pedí explicaciones;
soberbia, las refrenaste de su vuelo. No le debo explicaciones a nadie, fueron
tus últimas palabras. Después de mucho insistir, exasperada, te diste la media
vuelta y comenzaste a caminar. El horizonte te tragó cuando mis ojos ya no te
tocaban.
Amor y niñez te di, Renata; por eso necesitaba un limpio adiós
para irme de nosotros y llevar mi ilusión purgada a otras tierras. Pero de ti
me llevé ensuciada mi ilusión y con ella partí hacia el terremoto: me fui de
nuestra Janubi y regresé a mi Sumalta, y después de cuatro despidos, emigré a Francia,
no resultó como esperaba. Luego, me fui a Nueva York, regresé a Sumalta con la
cola entre las patas. Mis tentativas de amor, se las tragó el fracaso. Yo también
he regalado de mi saco mágico la traición y el abandono. Soy la prolongación de
tu ignominia. Y así, ingenuo y desorientado, he tratado de vivir como si lo
nuestro fue el paraje que hace años dejé atrás, pero yo me alejé de
ti queriéndote sin saberlo y el pasado
irresuelto es el presente que se repite como incansable
obstinación hasta que asalte la muerte o el cansancio – lo que sea que llegue
primero. Todos estos años he sido un planeta, gravitando sobre mi propio eje. Mis
pies se mueven, el mundo se mueve, cada día al verme al espejo me veo menos
niño y más alejado de aquello que éramos nosotros, mi vida se me polifurca, Renata,
se me va de mí mismo como un ciego, pero todos los caminos se retuercen y
confunden y convergen en el mismo punto donde todo comenzó y quebró al unísono:
tú. En un breve y terrible instante, esa tarde que hoy más bien parece fábula o
mito, me he detenido. No conforme, te dedico mis noches en vigilia perpetua al
formularme las preguntas eternas, plantearme los enigmas
imposibles: ¿Qué sucedió contigo – por qué lo hiciste – dónde estás? Sin
hallarme respuestas, me quedo dormido con tu nombre aleteando entre mis labios.
Bastabastabasta. Fuiste la tierra donde germinó mi amor
adolescente y encendidas he mantenido mis noches por si algún día apareces en
la penumbra de la tarde o si el viento del sur me escupe al suelo tus huellas,
pero fútil ha resultado mi ventana abierta. El tiempo que te he dado es el
corazón que ya no soporta más latidos y por mi ventana abierta ha goteado la
basura hedionda del mundo. Necesito sellar mi ventana con tu absolución o la
mía o de quien sea, ya no importa, no importa nada, no importan nosotros, no
importa el que fui contigo. Sé que será difícil vivir ya sin mis entrañas rellenas
de tu imagen, has sido la material vil hecha aurora, hecha poesía, pero ni el
canto más nítido de mi poesía logra embrujarme más que la tristeza de mi noche
por siempre por ti ya siempre encendida.
Adiós, Renata. Que te diga que fuiste aurora de fulgor falso es lo
que me dicta mi orgullo herido, pero mi orgullo es falso, siempre ha sido falso.
Aun siento amor de ti, y ahora iré por mis caminos que ya no buscan más tus huellas
– pero aun siento amor de ti. Nada lo borra, nada lo quita, nada lo hace nada. El
amor es amor y es amor.
Adiós, Renata. No sé qué más decirte. Adiós.
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