domingo, 17 de mayo de 2015

El hombre sin voz

Omar Corral, estudiante de literatura, siempre callado, ferviente creyente de la siguiente idea: el necio grita, el inteligente opina pero el sabio calla. Prefiere que los demás hagan el ridículo con sus estúpidas y cortas y muchas veces equivocadas opiniones. Algunas veces su participación en algún debate o tertulia o simple plática con amigos puede ser oportuna, un touché, algo admirable o simplemente le hubiera conseguido otro trabajo, una novia o un aumento. Omar se rehúsa a opinar; cabeza llena de palabras y de voces. Pronto, dolores de garganta, se le corta la voz al hablar, se queda afónico, Omar no sabe qué sucede, hasta que decide abrir la boca. Él no anticipa ni nadie que apenas separe los labios, explotará en mil pedazos, liberando de sí un grito hecho de miles de gritos que por cuatro segundos ensordece a toda la ciudad. Omar pasa a la historia como el hombre que dio el grito más ensordecedor del mundo del récord Guinness, cosa que le hubiera satisfecho. Omar, aunque nunca lo externó, siempre quiso ser famoso y escuchado y aplaudido por todo el mundo.    

viernes, 15 de mayo de 2015

El hombre apegado a los bienes materiales

Llévate todo lo que encuentres,
sin mi auto sigo vivo, sin el arma eres una mierda
 – Carjacking, Jorge López Landó

Juan Alberto González García, cuarentón, 4.7 años de sueldo para pagar Escalade negra del año, grandes sacrificios. Gasolina Premium, lavado cada semana y ay de aquel chavillo que se atreva a darle pelotazo jugando futbol en la colonia. Noche en la ciudad: fiesta larga, regreso a casa, espera semáforo en verde. Prende cigarro, pum pum, golpazos en la troca. Voltea asustado. Chavillo junto a la ventana, fusca en la mano, lo apunta directo a la cara. A pesar del temor, cavila: manos en el volante, pie en el acelerador, puede pisarle y jugársela y salir a gorro, es mi troca, me costó un buen, no sean así. Fusca lamiéndole las sienes lo obliga finalmente a bajarse. Chavillos se suben. La troca, quemando llanta, arranca, se pierde en la noche. En casa, llora, maldice, quiere ver arder al mundo. Esposa Haydee observa, la vida vale más que cualquier troca. Juan no acepta, insiste en sentirse agraviado, lastimado, ¡me han quitado mitad de mi vida! Después de un rato, por fin logra conciliar sueño, se despierta a la mañana siguiente sólo para encontrar a su esposa dormida a su lado y ver desaparecidas las extremidades que antes de la troca lo llevaban a todos lados.  

viernes, 8 de mayo de 2015

El hombre inspirado

Jaime Romero, poeta creativamente estreñido. Escribe poesía que para muchos es buena pero que para él es mala. Bueno, no mala. Conflicto. Casi siempre, un sentimiento: no escribe lo que realmente quiere escribir. Sobre todo por las epifanías de grandes poemas. Pero, a la hora de sentarse a plasmarlas, jamás de los jamases coinciden en calidad con aquello que se ha originado en su mente en primer lugar. Psicólogo, recomendación de entrañable amigo Héctor Márquez. Psicólogo le recomienda que escriba todo lo que se le cruce por su cabeza, tenga congruencia o calidad o no. Renuencia. Jaime no gusta de gastar su tinta escribiendo cosas que no abonarán prestigio, inmortalidad o siquiera a ese gran libro de poemas que siempre ha querido escribir. Al final, aceptación. Jaime se sienta a escribir todos los días lo primero que se le viene a la mente: conversaciones fantasmagóricas e ideas raras, sentimientos cursis y malas metáforas. Pero esto cambia cuando se develan traumas de la infancia: miedos, rencores, palabras jamás dichas. Se develan también desamores, odios a los padres, abuelos y hermanos. Se develan memorias que ni siquiera sabía que tenía. Se devela todo y, por consiguiente, Jaime escribe todo. A partir de entonces, sale la verdadera poesía, el lirismo prisionero. Jaime escribe decenas de poemarios, todos con un éxito arrollador. Pero ya no importa el prestigio ni el éxito; ahora lo único que importa es la poesía. Jaime solamente come y duerme y escribe y va al baño: nada más. Cuarenta años más tarde, título de poeta hispanoamericano por excelencia, candidato a Premio Nobel. Héctor Márquez lo visita. Jaime apenas y lo saluda; se encuentra en éxtasis poético. Piensa que por fin dirá lo que siempre ha querido decir, que el lenguaje se ajustará correctamente a su espíritu. Ya mero, ya mero, ya mero, grita Jaime. Héctor voltea, luz intensa, cegamiento. Visión regresa, Jaime no está. Héctor no comprende pero su intuición de poeta le ayuda. Jaime se ha hecho uno con el absoluto. 

jueves, 7 de mayo de 2015

Hombre fisgón

La vecinita tiene un gato, gato que mata por celar
 – Vico C


A Romelia le gusta Gustavo, su vecino del apartamento 15B, y Gustavo también gusta de Romelia, la vecina del apartamento 13ª, y ambos saben sobre la atracción del otro, pero ninguno de los dos se atrevía a decirse las cosas de manera directa, sin tapujos. Romelia desnuda y a veces semidesnuda sobre su cama, con la ventana descubierta; sólo Gustavo puede verla. La ve; ella, de reojo, lo descubre. Aún puerta sin tocar; plan no funciona. Cansada de esperar y caliente hasta más no poder, Romelia invita a cenar a Martín, el vecino del apartamento 17, para generar celos. Ventana de nuevo descubierta. Luz prendida, figuras y sombras. Gustavo se asoma. Romelia presiente mirada sobre ella y su amante en turno. Voltea hacia ventana a Gustavo, piensa que lo encontrara estupefacto, colérico o indignado. Nada de esto. Sorpresa total. Gustavo parte del acto sexual, o por lo menos intenta serlo, al masturbarse, con la mirada fija y sedienta de los dos allá arriba. 

El hombre sabio

Otro clasicista, esta vez historiador. Dr. Teodoro Mommsen. Pero también jurista, lingüista (no tan experimentado como Iriarte) y arqueólogo. Libro fundamental: Historia de Roma en tres tomos. Esposa hermosísima, unos dirían que demasiado para el doctor. Alan Defoe, 23 años, poeta callejero y pajero, lo critica públicamente en parque. Doctor indigno de su esposa. El doctor lo ahuyenta, despreciándolo. Defoe, humilde, se ofrece a trabajar como ayudante de su oficina. Sorprendido, el doctor lo recibe. Defoe limpia y ordena la oficina, funge como secretario y hasta hace mandados del hogar. Doctor complacido. Al cabo de tres meses, esposa huye con Defoe. Ni siquiera deja carta. Con ejemplar de la Eneida sobre la mesita de al lado, donde se habla sobre el Caballo de Troya, el doctor aún se pregunta cómo pudo suceder aquello.

El hombre culto

          Octavio Iriarte. Estudiante de filología. Latín, griego y sánscrito y hasta español e inglés medievales. A excepción del español, aprende estos idiomas a través del inglés; los pocos profesores que podían enseñarle estos idiomas son angloparlantes. Sus profesores ven en Octavio Iriarte a un hombre lúcido, sensible y humanista; le enseñan todo lo que saben y pueden. Largos y minuciosos años de estudio, de memorización y apego a las reglas. Luego, graduación. Sus profesores, conmovidos, creen que han dado al mundo a estudiante y ser humano excelente.   
            Boletín especial. Filólogo recién graduado con atroz pasatiempo. Bebe sangre humana. La obtenía de víctimas, a quienes desangraba en la cochera de su casa, para luego tirar sus cuerpos en un río. Había comenzado con perros, gatos y gallinas, luego siguió con caballos, vacas y toros, hasta que una noche le dio por probar la sangre de niño. Luego, sangre de mujer. Al último sangre de hombre. Lo descubrieron cuando fue a tirar el cuerpo de un vagabundo a un basurero. Cárcel. Aún le permiten leer a Cicerón, Píndaro y los vedas. Shakespeare es la única lectura prohibida.

domingo, 26 de abril de 2015

El hombre lujurioso

               El hombre lujurioso, Pedro Acosta, era un hombre que gustaba de coger cada vez que podía, con su esposa, amantes, amigas de la esposa, putas, conocidos, desconocidas, actrices porno, con mujer que se le pusiera enfrente. Pero el problema es que nunca se saciaba; generalmente se venía dos, tres veces para poder medio saciarse bien. Si no fuera porque su cuerpo no le daba para más, el bato podía venirse hasta cinco o siete veces y seguidas, después de las cuales sólo era cuestión del descanso necesario para seguirle dando. El hombre lujurioso nunca se cansaba. Tan así era de lujurioso.
               Esto, desde luego, no quiere decir que no hubiera nada que lo satisficiera: ¡desde luego que lo había! Este algo, en su caso, era la imagen reflejado en el espejo de la mujer con la que estuviera cogiendo. Dicha imagen era lo que más lo encendía de todas las imágenes y todos los actos y todos los fetiches del mundo, inclusive mejor que la pornografía. Por eso es que al hombre lujurioso le gustaba hacerlo en moteles, donde hubiera espejos en los cuales pudiera ver no solamente a la mujer con la que cogiera sino pudiera ver la imagen reflejada de la mujer con la que cogiera. Las venidas con esa imagen en los ojos eran las venidas más gratificantes y placenteras y hasta dulces que había tenido en toda la vida.
               Fue con Jacqueline, la mujer más exquisita que él había visto en la vida – puta de profesión; tetas y culos perfectos, redondos y suculentos, según él – que sucedió lo que les voy a contar. Estaba pues el hombre lujurioso cogiendo a gusto con Jacqueline en el motel Rapid-Inn (rapidín, si se pronuncia rápido) cuando la imagen reflejada en el espejo se desfasó de la verdadera Jacqueline y lo invitó a unírsele con su yo reflejado. El hombre lujurioso apenas y pudo creer aquella imagen pero no le tuvieron que preguntar dos veces: se puso de pie y entró al espejo y en cuanto entró y tocó la imagen reflejada de Jacqueline se vino. Lo único rescatable de aquel inesperado y desconcertante suceso, quizá, fue que Jacqueline, antes de salir de ese cuarto de aquel de motel con el rostro pálido y con su ropa aún en las manos, vio en el rostro de Pedro una placidez que el jamás había conocido en vida.
               Desde entonces cada vez que la gente va a coger a ese cuarto en aquel motel a veces les sorprende que el reflejo de un hombre que nunca está con ellos le da por querer coger con sus propios reflejos. La gente se frikea, y por eso ya nadie va a ese motel: dicen que está embrujado. Y cuando el motel cierre definitivamente, naturalmente lo primero que harán será romper ese espejo. Pobre hombre lujurioso, tan tardado que le fue encontrar el paraíso.