Omar Corral, estudiante
de literatura, siempre callado, ferviente creyente de la siguiente idea: el
necio grita, el inteligente opina pero el sabio calla. Prefiere que los demás hagan
el ridículo con sus estúpidas y cortas y muchas veces equivocadas opiniones. Algunas
veces su participación en algún debate o tertulia o simple plática con amigos puede
ser oportuna, un touché, algo admirable o simplemente le hubiera conseguido
otro trabajo, una novia o un aumento. Omar se rehúsa a opinar; cabeza llena de
palabras y de voces. Pronto, dolores de garganta, se le corta la voz al hablar,
se queda afónico, Omar no sabe qué sucede, hasta que decide abrir la boca. Él no
anticipa ni nadie que apenas separe los labios, explotará en mil pedazos,
liberando de sí un grito hecho de miles de gritos que por cuatro segundos
ensordece a toda la ciudad. Omar pasa a la historia como el hombre que dio el
grito más ensordecedor del mundo del récord Guinness, cosa que le hubiera satisfecho.
Omar, aunque nunca lo externó, siempre quiso ser famoso y escuchado y aplaudido
por todo el mundo.
domingo, 17 de mayo de 2015
viernes, 15 de mayo de 2015
El hombre apegado a los bienes materiales
Llévate
todo lo que encuentres,
sin mi
auto sigo vivo, sin el arma eres una mierda
– Carjacking,
Jorge López Landó
Juan Alberto González García, cuarentón, 4.7 años de sueldo para
pagar Escalade negra del año, grandes sacrificios. Gasolina Premium, lavado
cada semana y ay de aquel chavillo que se atreva a darle pelotazo jugando
futbol en la colonia. Noche en la ciudad: fiesta larga, regreso a casa, espera
semáforo en verde. Prende cigarro, pum pum, golpazos en la troca. Voltea
asustado. Chavillo junto a la ventana, fusca en la mano, lo apunta directo a la
cara. A pesar del temor, cavila: manos en el volante, pie en el acelerador, puede pisarle y jugársela y salir a gorro, es mi troca, me costó un
buen, no sean así. Fusca lamiéndole las sienes lo obliga finalmente a bajarse.
Chavillos se suben. La troca, quemando llanta, arranca, se pierde en la noche. En
casa, llora, maldice, quiere ver arder al mundo. Esposa Haydee observa, la vida
vale más que cualquier troca. Juan no acepta, insiste en sentirse agraviado,
lastimado, ¡me han quitado mitad de mi vida! Después de un rato, por fin logra
conciliar sueño, se despierta a la mañana siguiente sólo para encontrar a su
esposa dormida a su lado y ver desaparecidas las extremidades que antes de la
troca lo llevaban a todos lados.
.
viernes, 8 de mayo de 2015
El hombre inspirado
Jaime Romero, poeta creativamente
estreñido. Escribe poesía que para muchos es buena pero que para él es mala. Bueno,
no mala. Conflicto. Casi siempre, un sentimiento: no escribe lo que realmente
quiere escribir. Sobre todo por las epifanías de grandes poemas. Pero, a la
hora de sentarse a plasmarlas, jamás de los jamases coinciden en calidad con
aquello que se ha originado en su mente en primer lugar. Psicólogo, recomendación
de entrañable amigo Héctor Márquez. Psicólogo le recomienda que escriba todo lo
que se le cruce por su cabeza, tenga congruencia o calidad o no. Renuencia.
Jaime no gusta de gastar su tinta escribiendo cosas que no abonarán prestigio,
inmortalidad o siquiera a ese gran libro de poemas que siempre ha querido
escribir. Al final, aceptación. Jaime se sienta a escribir todos los días lo
primero que se le viene a la mente: conversaciones fantasmagóricas e ideas
raras, sentimientos cursis y malas metáforas. Pero esto cambia cuando se
develan traumas de la infancia: miedos, rencores, palabras jamás dichas. Se
develan también desamores, odios a los padres, abuelos y hermanos. Se develan
memorias que ni siquiera sabía que tenía. Se devela todo y, por consiguiente,
Jaime escribe todo. A partir de entonces, sale la verdadera poesía, el lirismo
prisionero. Jaime escribe decenas de poemarios, todos con un éxito arrollador.
Pero ya no importa el prestigio ni el éxito; ahora lo único que importa es la
poesía. Jaime solamente come y duerme y escribe y va al baño: nada más.
Cuarenta años más tarde, título de poeta hispanoamericano por excelencia,
candidato a Premio Nobel. Héctor Márquez lo visita. Jaime apenas y lo saluda;
se encuentra en éxtasis poético. Piensa que por fin dirá lo que siempre ha
querido decir, que el lenguaje se ajustará correctamente a su espíritu. Ya
mero, ya mero, ya mero, grita Jaime. Héctor voltea, luz intensa, cegamiento.
Visión regresa, Jaime no está. Héctor no comprende pero su intuición de poeta
le ayuda. Jaime se ha hecho uno con el absoluto.
jueves, 7 de mayo de 2015
Hombre fisgón
La
vecinita tiene un gato, gato que mata por celar
– Vico C
A Romelia le gusta Gustavo, su vecino del apartamento
15B, y Gustavo también gusta de Romelia, la vecina del apartamento 13ª, y ambos
saben sobre la atracción del otro, pero ninguno de los dos se atrevía a decirse
las cosas de manera directa, sin tapujos. Romelia desnuda y a veces semidesnuda
sobre su cama, con la ventana descubierta; sólo Gustavo puede verla. La ve;
ella, de reojo, lo descubre. Aún puerta sin tocar; plan no funciona. Cansada de
esperar y caliente hasta más no poder, Romelia invita a cenar a Martín, el
vecino del apartamento 17, para generar celos. Ventana de nuevo descubierta. Luz
prendida, figuras y sombras. Gustavo se asoma. Romelia presiente mirada sobre
ella y su amante en turno. Voltea hacia ventana a Gustavo, piensa que lo
encontrara estupefacto, colérico o indignado. Nada de esto. Sorpresa total. Gustavo
parte del acto sexual, o por lo menos intenta serlo, al masturbarse, con la
mirada fija y sedienta de los dos allá arriba.
El hombre sabio
Otro clasicista, esta vez historiador. Dr.
Teodoro Mommsen. Pero también jurista, lingüista (no tan experimentado como
Iriarte) y arqueólogo. Libro fundamental: Historia
de Roma en tres tomos. Esposa hermosísima, unos dirían que demasiado para
el doctor. Alan Defoe, 23 años, poeta callejero y pajero, lo critica
públicamente en parque. Doctor indigno de su esposa. El doctor lo ahuyenta,
despreciándolo. Defoe, humilde, se ofrece a trabajar como ayudante de su
oficina. Sorprendido, el doctor lo recibe. Defoe limpia y ordena la oficina, funge como secretario y hasta hace mandados del hogar. Doctor complacido. Al cabo de tres meses, esposa huye
con Defoe. Ni siquiera deja carta. Con ejemplar de la Eneida sobre la mesita de al lado, donde se habla sobre el Caballo
de Troya, el doctor aún se pregunta cómo pudo suceder aquello.
El hombre culto
Octavio Iriarte. Estudiante
de filología. Latín, griego y sánscrito y hasta español e inglés medievales. A
excepción del español, aprende estos idiomas a través del inglés; los pocos
profesores que podían enseñarle estos idiomas son angloparlantes. Sus
profesores ven en Octavio Iriarte a un hombre lúcido, sensible y humanista; le enseñan todo lo que saben y pueden. Largos y minuciosos años de
estudio, de memorización y apego a las reglas. Luego, graduación. Sus profesores, conmovidos, creen que han dado al mundo a estudiante y ser humano
excelente.
Boletín especial. Filólogo recién graduado con atroz pasatiempo.
Bebe sangre humana. La obtenía de víctimas, a quienes desangraba en la cochera
de su casa, para luego tirar sus cuerpos en un río. Había comenzado con perros,
gatos y gallinas, luego siguió con caballos, vacas y toros, hasta que una noche
le dio por probar la sangre de niño. Luego, sangre de mujer. Al último sangre
de hombre. Lo descubrieron cuando fue a tirar el cuerpo de un vagabundo a un
basurero. Cárcel. Aún le permiten leer a Cicerón, Píndaro y los vedas. Shakespeare
es la única lectura prohibida.
domingo, 26 de abril de 2015
El hombre lujurioso
El hombre lujurioso, Pedro
Acosta, era un hombre que gustaba de coger cada vez que podía, con su esposa,
amantes, amigas de la esposa, putas, conocidos, desconocidas, actrices porno, con
mujer que se le pusiera enfrente. Pero el problema es que nunca se saciaba;
generalmente se venía dos, tres veces para poder medio saciarse bien. Si no
fuera porque su cuerpo no le daba para más, el bato podía venirse hasta cinco o
siete veces y seguidas, después de las cuales sólo era cuestión del descanso
necesario para seguirle dando. El hombre lujurioso nunca se cansaba. Tan así
era de lujurioso.
Esto, desde luego, no quiere
decir que no hubiera nada que lo satisficiera: ¡desde luego que lo había! Este algo,
en su caso, era la imagen reflejado en el espejo de la mujer con la que
estuviera cogiendo. Dicha imagen era lo que más lo encendía de todas las imágenes
y todos los actos y todos los fetiches del mundo, inclusive mejor que la
pornografía. Por eso es que al hombre lujurioso le gustaba hacerlo en moteles,
donde hubiera espejos en los cuales pudiera ver no solamente a la mujer con la
que cogiera sino pudiera ver la imagen reflejada de la mujer con la que
cogiera. Las venidas con esa imagen en los ojos eran las venidas más
gratificantes y placenteras y hasta dulces que había tenido en toda la vida.
Fue con Jacqueline, la mujer más
exquisita que él había visto en la vida – puta de profesión; tetas y culos perfectos,
redondos y suculentos, según él – que sucedió lo que les voy a contar. Estaba
pues el hombre lujurioso cogiendo a gusto con Jacqueline en el motel Rapid-Inn (rapidín, si se pronuncia rápido) cuando la imagen reflejada
en el espejo se desfasó de la verdadera Jacqueline y lo invitó a unírsele con
su yo reflejado. El hombre lujurioso apenas y pudo creer aquella imagen pero no
le tuvieron que preguntar dos veces: se puso de pie y entró al espejo y en
cuanto entró y tocó la imagen reflejada de Jacqueline se vino. Lo único
rescatable de aquel inesperado y desconcertante suceso, quizá, fue que
Jacqueline, antes de salir de ese cuarto de aquel de motel con el rostro pálido y con su
ropa aún en las manos, vio en el rostro de Pedro una placidez que el jamás había conocido en vida.
Desde entonces cada vez que la
gente va a coger a ese cuarto en aquel motel a veces les sorprende que el
reflejo de un hombre que nunca está con ellos le da por querer coger con sus propios reflejos. La gente se frikea, y por eso ya nadie va a ese motel: dicen que está
embrujado. Y cuando el motel cierre definitivamente, naturalmente lo primero
que harán será romper ese espejo. Pobre hombre lujurioso, tan tardado que le
fue encontrar el paraíso.
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