Quiero dejarte olvidada en el paquete,
Quiero que mis labios no pronuncien ya tu nombre,
Quiero sentir que por primera vez soy hombre
Al tratar de desacostumbrar mis dedos de tu cuerpo.
Eres en verdad adictiva. Y no encuentro
Cura alguna a tus femeninos encantos.
Parches y parches me pongo sobre el brazo
Y aun así no logro despojarte de mi mano.
Gauloises, Camel, Marlboro blancos y rojos:
En todos tú apareces; en todos yo te absorbo,
Y cuando el excesivo humo se condense ante mi rostro
Sabrá la vida que recuerdo nuestra infancia.
Y sabrá que cuando voy preocupado por la calle,
Ansioso, loco y mirando a todos lados,
Es porque un cerillo es lo que en verdad estoy buscando,
Pues te llevo a todas horas, olvidando los pretextos…
¿Una recreación para olvidar tal vez que existes?
Claro: si vieras lo que hasta ahora he hecho:
Caminar, dormir, salir, mirar al techo,
Pero cuando volteo son cenizas lo que veo.
Hace una semana intenté dejarte (habrás oído los rumores).
Pero no pude; fui débil, y corrí a buscarte;
Te encendí y fue en ese momento, ese desquiciado instante
Que me di cuenta de lo bajo que he caído:
En un cenicero, y a lo lejos, te consumabas en mil cigarrillos…
Te lancé lejos, lo más lejos que pude,
Cerré mis ojos y bajo mis lágrimas fúnebres
Me pregunté amargamente qué será de mis pulmones.
martes, 23 de noviembre de 2010
La colegiala
Yo te diré, niña hermosa,
Eso que debías saber,
Ya que tu cuerpo de diosa
Siento en mis brazos yacer.
Tu carne tan frágil es blanca,
Como la nieve y la lis
Tu pecho de venas moradas
Tiene dos arcos sin fin;
Tu boca, flor exquisita,
Enciende miles de besos,
No obstante, entre tus camisas
Esperan algunos más tersos.
Con esto, ya colegiala,
Serás, te garantizo,
Docta licenciada
En el arte del amor íntimo.
Eso que debías saber,
Ya que tu cuerpo de diosa
Siento en mis brazos yacer.
Tu carne tan frágil es blanca,
Como la nieve y la lis
Tu pecho de venas moradas
Tiene dos arcos sin fin;
Tu boca, flor exquisita,
Enciende miles de besos,
No obstante, entre tus camisas
Esperan algunos más tersos.
Con esto, ya colegiala,
Serás, te garantizo,
Docta licenciada
En el arte del amor íntimo.
un lugar al que nunca he ido, experiencia
un lugar al que nunca he ido, experiencia
sin igual alguno, son tus ojos con voz propia:
en tu delicado más gesto hay un no sé qué que me cierra
o que no puedo palpar porque está muy cerca
tu más ínfima mirada fácilmente me cierra
aunque me haya yo cerrado cual puño,
tú me abres siempre como abre la Primavera
tocando misteriosa y hábilmente su primera rosa
o si cerrarme tu deseo fuese, yo mi vida y mi consciencia
nos cerraríamos de repentina y bella forma,
cual imagen del corazón de esta rosa
soñando que la nieve cae por todos lados y gozosa
ninguna sensación se compara en este mundo
a la fuerza de tu fragilidad poderosa: su forma
me obliga con la pintura de sus patrias
a cerrarme y a morir con cada leve respiro
(no sé qué es lo que tienes que me abres y me cierras;
sólo entiendo que tus ojos tienen voz muy propia
y que es más profunda que cualquier tipo de rosa)
nadie, ni la lluvia, tiene manos tan hermosas
sin igual alguno, son tus ojos con voz propia:
en tu delicado más gesto hay un no sé qué que me cierra
o que no puedo palpar porque está muy cerca
tu más ínfima mirada fácilmente me cierra
aunque me haya yo cerrado cual puño,
tú me abres siempre como abre la Primavera
tocando misteriosa y hábilmente su primera rosa
o si cerrarme tu deseo fuese, yo mi vida y mi consciencia
nos cerraríamos de repentina y bella forma,
cual imagen del corazón de esta rosa
soñando que la nieve cae por todos lados y gozosa
ninguna sensación se compara en este mundo
a la fuerza de tu fragilidad poderosa: su forma
me obliga con la pintura de sus patrias
a cerrarme y a morir con cada leve respiro
(no sé qué es lo que tienes que me abres y me cierras;
sólo entiendo que tus ojos tienen voz muy propia
y que es más profunda que cualquier tipo de rosa)
nadie, ni la lluvia, tiene manos tan hermosas
sábado, 20 de noviembre de 2010
Juro que te fui infiel
It is Margaret you mourn for
– Spring and Fall, Gerard Manley Hopkins
Donne, for not keeping of accent deserved hanging
– Ben Jonson
Nunca creí que llegaría a decir estas palabras, amor, pero te fui infiel, te juro que te fui infiel. Habíamos hablado de esto en alguna ocasión hace mucho tiempo, antes de comenzar lo nuestro, que nunca lo haría porque… Pero también te dije que no me gustaría que de pronto, así de la nada, hubiera un súbito… Aunque no sea esto una justificación; no quiero que lo sea – no porque quiera sentirme culpable, para que comparta tu dolor y así sentirme peor de lo que me siento ahora, como penitencia – sino porque en realidad no lo es. Aunque si lees bien comprenderás que yo en realidad no… En fin. Tal vez creas que miento, que me conoces tan bien que sabes de antemano que yo sería incapaz de haber hecho lo que hice, pero es la verdad. Y para comprobarlo te referiré la crónica de mis infidelidades. Sé que te será doloroso, sobretodo porque eres tan adicto a la verdad y a los detalles, aunque en este caso encontrarás los detalles crueles y absurdos e innecesarios. Pero mereces una explicación. Todos la merecemos. Yo la merecí. Oh, te amé tanto, fui tan feliz contigo, pero repentinamente tú…, y esto no lo puedo perdonar.
– Spring and Fall, Gerard Manley Hopkins
Donne, for not keeping of accent deserved hanging
– Ben Jonson
No te puedo explicar, aunque te parezca absurdo, desde cuándo te he sido infiel, amor. Tal vez fue con un cierto tipo de besos tuyos, una mirada dulce antes de dormir y después de despertarnos, un abrazo, una nota en el estudio; porque claro, tienes que entender que yo, con lo mal que me siento, te fui infiel muy a pesar mío; incluso, casi te puedo culpar total y agriamente por orillarme a esto, porque yo no quería y fue involuntario, ¿Comprendes? involuntario. Y no me percaté que te era infiel hasta cuando comprendí que te veía, a veces, con cierta indiferencia patética, como si fueras un estorbo, porque quería estar a solas con El Otro (Su nombre no es importante porque, aunque si piensas detenidamente comprenderás que…). Pero creo que me estoy desviando un poco del tema. Empezaré de una vez.
La primera vez fue una mañana en la que te quedaste a dormir en el departamento. Te habías ido al trabajo en cuanto despertaste, y yo me quedé en la cama durmiendo, arrellanándome en mi pereza y en las sábanas impregnadas con el aroma de tu cuerpo y la estela de tu esencia. Siempre tenías la bonita costumbre de dejarme un desayuno preparado en la cocina. A veces me lo llevabas a la cama, cuando tenías tiempo, pero esa vez no fue así. Últimamente, habías estado muy ocupado y no tenías cabeza, me dijiste, para otra cosa que no fuese el trabajo. Lo acepté, y no te dije nada al respecto. Cuando me desperté, bajé a la cocina y no encontré nada ni nadie. Lo que encontré fue una nota tuya sobre la mesa. ‘Perdona, no tuve tiempo otra vez, me quedé hasta tarde con los muchachos, tú sabes, cosas de hombres, no quería llegar aún más tarde a la oficina, espero entiendas. Te quiero’ Cosas de hombres: nunca me habías dicho eso. Sentí como si de pronto de la noche a la mañana – literalmente – hubieras levantado un muro entre tu vida y mi vida, discriminando lo que es de hombres de un lado, lo que es de mujeres del otro. De pronto me sentí avergonzada y ajena a ti y, al regresar a la cama, sola. Sí, sí, una exageración por no hacerme un triste desayuno, una nota que no significa nada, has de estar pensando; pero me gustaría que entendieras que, para mí, la vida está llena de símbolos que representan algo más de lo que vemos a simple vista, algo más profundo que la superficie hosca y engañosa alcanza a revelar, y que sólo necesita un pequeño rasguño, un leve despegue, para jalar el pliegue y que toda la fachada caiga y se nos muestren las cosas tal y como son. En esa ocasión la falta del desayuno y la nota significaban que tú…, ya sabes. No necesito decírtelo. Regresé a la recámara y El Otro ya estaba ahí para acompañarme un rato mientras no estabas. No hicimos nada; solamente me hizo el desayuno en la forma en la que tú me lo solías preparar…, me cantó, le canté, reímos, hablamos, comimos y se fue, y de nuevo me quedé sola, amor, sola…
La segunda vez fue meses después, cuando te dije emocionada que quería pintarme el cabello de negro, ¿Tonto serte infiel por eso, eh? Me dijiste que sería innecesario porque Tu cabello es de un café muy oscuro y nadie notaría el cambio, tan lógico tú, amor. De todas maneras quería hacerlo. Me contestaste que Bueno, aún así se me hace innecesario…y además no te queda, reíste, te verías, no sé…, fea… rara, déjatelo así, amor, te ves bonita así. No supe qué responderte. Te fuiste al trabajo y yo me fui a la recámara. Nunca te dije algo así cuando querías hacer cosas que yo consideraba absurdas pero que finalmente respetaba porque eran cosas tuyas, gustos tuyos. Y yo te respetaba, amor, esto fue lo que más me dolió, ¿sabes? que yo te respetaba pero tú a mí no. No era la primera vez que me decías algo así; hubo otras ocasiones, pero no las tomé en cuanto. Fui a pintarme el cabello de todas maneras a la estética, y cuando regresé El Otro ya estaba ahí, esperándome, tal y como lo imaginé… En cuanto lo vi, llorando corrí hacia él, abrazándome a su cuerpo con mis brazos de ancla como en una tormenta. Le pregunté con desesperación si me veía fea, fea, ¿verdad que no? El Otro, en un tono muy amable, me dijo que no, que no era cierto, que me veía hermosa, que nunca me había visto tan hermosa como en ese momento. Me abrazó toda la tarde, desmintiéndote, aunque a pesar de sus palabras no pude sentirme mejor.
La tercera vez fue cuando hicimos una cena para tus amigos. Compré comida, mucha comida, compré vino y refrescos, postres, pasteles, dulces, muchas cosas, incluso una vajilla nueva, amor. Ya en la cena una de tus amigas me preguntó cómo había sido nuestra primera cita. Entusiasmada, le respondí y al parecer le gustó cómo me expresé de ti; todos te veían con una sonrisa aprobadora. Tú sonreíste por compromiso. Amor, me dijiste, ya no hables de esas cosas; a nadie le interesan esas cursilerías. No creí lo que dijiste. Pero alcancé a bosquejar una sonrisa, por compromiso también, y me traicioné a mí misma al decirte Tienes razón, amor, qué cosas las mías, ¿alguien más vino? voy por más vino a la cocina si gustan, está bien, por favor, gracias, amor, ¿me ayudas?, pregunté, y ambos fuimos. Solos, en la intimidad de los platos propios, te encaré amablemente y te comuniqué que el comentario que habías hecho fue algo grosero, ¿Por qué lo dices?, me preguntaste ingenuamente – ¡En verdad ingenuamente! –. Te respondí que esas memorias no eran cursilerías, sino importantes…por lo menos para mí. No exageres, amor, respondiste. No exagero, objeté, pero en verdad no me gustó lo que dijiste. Fuiste cruel y… desagradable. Al oír esto frunciste el ceño, tu cara se endureció, apretaste los dientes y me miraste con enojo. ¿Sabes?, me escupiste, lo que pasa es que eres bien dramática…sí, dramática…y ¡exagerada! nadie nada te puede decir nada porque todo lo tomas a mal y te ofendes por todo, ¡por Dios, amor, ya no seas así, ¡caramba! Asentí, dándote a entender que tenías razón, pero ven, me abrazaste, no discutamos que nuestros invitados esperan. Volví a asentir. No resentimientos, ¿verdad?, me preguntaste tomándome el rostro con tus manos, esas manos que tan suaves fueron en un tiempo ahora lejano… No, negué con la cabeza. Me besaste y salimos. No olvides el vino, dijiste desde lejos, ya sentado junto a tus amigos, y regresé por él y por las copas también, ¿Sí, amor? Sí amor…
Al día siguiente, con El Otro, hablé de las citas que habíamos tenido, las cosas que habíamos hecho, dicho, visto, oído. Me recordó todas las cosas con lujo de detalle, incluso mejor que yo; tiene tan buena memoria. Hasta me platicó de cosas que yo ni siquiera había notado: el color de las bancas, lugares cercanos, el clima, palabras, chistes, la hora, mis zapatos, todo. Reímos mucho, y solamente cuando ya nos dolía el estómago de tanto reí, comprendí lo mucho que me había enamorado de Él. Nos dimos el primer beso, la sinécdoque de la desilusión… No me arrepiento ni me arrepentí, pero ya cuando nuestros labios no los unía más que la estela de los aromas bucales del vino tinto que bebíamos, me sentí, nuevamente, mal. Y sola. No culpable, sola. Nos quedamos abrazados en la cama hasta que tú llegaste y Él se tuvo que ir. No me preguntes cómo se fue porque…
La cuarta vez – espero que no me odies más por esto, amor – fue cuando finalmente nos acostamos. Tú habías llegado cansado del trabajo pero con hambre de piel y yo también. Nos quitamos la ropa y comenzamos a amarnos. Ah, te necesitaba tanto, te ansiaba tanto, te deseaba tanto. Tu piel derretía la mía como hielo al calor porque hacía tiempo que no me tocabas. Quedé hecha un líquido y quise empaparte de mí y comencé a experimentar cosas nuevas, poses nuevas, cosas que a ambos nos gustarían, pensé. Te pedí que aún no terminaras para disfrutar más (Sólo quería que disfrutáramos, ¡eso era todo!), pero me dijiste que no, que ya querías terminar, que querías esto pero estabas cansado y sólo querías el final. Te dejé terminar, pero mientras dormíamos, allá en el lejano mundo de los sueños, no me quitaba la sensación moral de haber sido usadas, y más que eso, de que nuestras vidas divergían en líneas paralelas, irreconciliables, continuas, hasta el infinito, la sinécdoque del rompimiento.
No lo pude soportar, ¿sabes, amor?, y al día siguiente corrí nuevamente a los brazos de El Otro, a su cuerpo, a su sexo. Le hice lo que no te pude hacer a ti, lo que no querías te hiciera. Le susurré al oído las más consoladoramente sucias que se me pudieron ocurrir, las fantasías que guardaba en el baúl de mi mente que alguna vez usé, ¿te suena familiar? El Otro me tomó por la cintura y me dio vueltas en la cama, como a un bistec en la plancha. Me hizo todo lo que se le antojó y yo lo disfruté inmensamente. Me vine ¡sí! y muchas veces, en su sexo, en su boca, en sus dedos de fuego y miel, y yo a él también le hice venir, cual indómita manguera: agité como a un biberón, lamí como a una paleta, chupé como a una naranja, mastiqué como a un chicle… y varias veces, amor, varias veces. Lo hicimos en la sala en la recámara en el baño en el jardín en la cochera la cocina el recibidor el cuarto de lavada sobre la lavadora en el carro, y no conforme con eso, también en baños públicos el cine el retrete del baño olvidado del departamento de mujeres en el centro comercial donde tú solías acompañarme, alegre y divertido, a comprarme ropa, sí, sí, todo esto te debe sonar familiar, lo hicimos en todos los lugares posibles que se nos ocurrieron y antojaron, más esto último que aquello. Si preguntas, estoy segura que te dirán que no, el portero te dirá que nunca vio a nadie más y posiblemente la chismosa de la vecina dirá que nunca vio a nadie conmigo por su ventana cuando me espiaba, sólo por costumbre, fíjese. Pero es la verdad: te fui infiel.
Otra vez fue después de mi exposición en la galería. Quería que me acompañaras a la celebración con mis amigos. No, me contestaste, tus amigos artistas son muy raros, hablan de cosas que yo ya no entiendo; mejor ve tú, yo me voy con mis amigos y nos vemos en la noche, voy a tu casa, o hacemos algo otro día. Es que es importante para mí que vayas, te dije, pero, amor, en serio, no me gustan esas cosas, ¿quieres que esté todo incómodo ahí, sentadote, sin tener nada de qué hablar? No, claro que no, y no vas a estar así, te prometí, yo te voy a incluir – además, mis amigos te incluirán, te harán preguntas sobre cosas que te gusten, se interesarán por ti, son muy amables, ¡vamos! Pero no quisiste. Quise decirte muchas cosas; mas lo único que me atreví a decir fue que no creí que el amor era separarse en las cosas que no nos gustan. Pero ahora si te las puedo decir con todas y cada una de las letras con que deben de ser dichas: yo fui a tu cochino partido de futbol que tanto querías ver, en medio de cervezas y comida que no me gusta y hombres de rostros pintados con los colores de sus equipos preferidos pintados, apostando, emocionándose cada vez que tal equipo metía un gol, ya que quienes le van al equipo son ¡viejas! ¿escucharon? ¡viejas!, y yo ahí presente, presenciando cómo ellos y tú también usaban un término despectivo con el cual se refieren a las mujeres para insultarse y ofenderse, solamente para sentirse hombres, superiores, triunfadores; aunque claro, las mujeres no se quedaban atrás, ya que ellas voluntariamente en la cocina, preparándoles la comida a sus “hombres”, chismeando o riéndose o presumiendo de lo mucho que les gusta la ropa de tal tienda o hablando mal de ciertas personas a sus espaldas o de lo bien que les habían dejado el cabello en la estética o su vida privada, comparando, al igual que hombres, tamaños y formas y poses. Pero es que eso sí era importante para mí, dijiste, mis amigos y yo siempre nos reunimos para ver el futbol y – ¿Y esto no es importante para mí? pregunté, ¿cómo piensas que me sentiré compartiendo mi triunfo con una silla vacía, amor? Me fui con tu Te amo, amor, nos vemos luego, como consuelo.
Al llegar al restaurant, amor, El Otro ya estaba ahí, esperándome. Se sentó a mi lado y se integró perfectamente a la conversación. Reímos, conversamos, de vez en vez, fuimos al baño para darnos un beso o dos o tres o diez, incluso nos amamos en la cocina cuando ya sólo quedábamos mis amigos él y yo y el dueño. Si les preguntas a mis amigos ellos lo negarán: cómo no negarlo, si en realidad…, pero te fui infiel. Como siempre, regresé a la casa, sola, vacía. Lloré tu desamor en las escaleras hasta que me quedé dormida.
Como lees, amor, te he recontado las veces en las que te fui infiel. Te juro y te vuelvo a jurar que te fui infiel. Debo añadir que en ningún momento me arrepentí ni me sentí culpable, porque nunca en realidad… Pero siempre, después de estar con El Otro, me sentí muy mal y más desolada que nunca. Y ayer, justo ayer, fue cuando finalmente comprendí que ya no podía seguir así, contigo, mientras te veía de pie junto a la mesa, en la cocina, y pensaba en El Otro, sabiendo que tú y El Otro…, y que ya no puedo seguir así, ya no ya no.
Me voy. Cuando leas esta carta yo ya me habré ido muy, muy lejos, adonde no puedas seguirme. Porque si te doy siquiera la más mínima oportunidad, lo harás, y aunque lo quiera no lo haré porque tú, Dios, tú… y tan súbitamente. Adiós, no hay más por decir. Excepto que – y esto sí te lo aseguro – no seré feliz; no importa adonde vaya, nunca me abandonará la medalla de nuestra derrota. Te lo digo no por consuelo ni para que no me odies tanto, sino porque es la verdad, ya que al partir me llevo sólo una cosa, tu recuerdo y El Otro, únicamente una cosa, ¿ENTIENDES? tu recuerdo de cuando eras amoroso, cariñoso, sensible, y El Otro, amor.
Somos dos tigres
We dance round in a ring and suppose,
But the Secret sits in the middle and knows.
– The Secret Sits, Robert Frost.
But the Secret sits in the middle and knows.
– The Secret Sits, Robert Frost.
Alfredo – me cagas. Te detesto. Me caga cómo eres, lo que dices, lo que haces, lo que no dices, lo que no haces, cómo piensas, cómo te comportas hacia mí. Pareces mocoso, eres tan infantil, si te viera con un babero amarrado al pinche cuello uno de estos días no me sorprendería, eres increíble. Siempre fuiste así, aunque yo nunca te dije nada. Pero hasta aquí. Se acabó. Al carajo. Necesito decirte todo esto que he estado cargando como pendeja desde que te conocí, aquel día que nos presentaron y claro oh sí, hola, cómo estás, mucho gusto, muy atento al principio, pero parece que en cuanto nos dijimos me gustas un mes después – sellamos un trato, un pacto, de niñerías, de desconfianza, de ir de un lado a otro en este estúpido vaivén en el cual me encuentro gracias a que no he podido comunicar lo que quiero y necesito de ti desde un principio. Debí decirte que no me gusta el desdén, la indiferencia. La falta de constancia, la mediocridad. Las máscaras y apariencias. Las mentiras, los ocultamientos. Las traiciones – pero no hacia mí, hacia ti. En este momento has de estar extrañado, pensando que tú no haces las cosas que menciono y en verdad tienes razón – estoy describiendo una persona que no eres…aunque en apariencia. Porque si te analizas bien a ti mismo – y yo te he analizado hasta el cansancio, créeme – encontrarás que tú has hecho todas estas cosas y otras peores. Y lo peor de todo es que no lo haces porque estés corrompido o deshonesto – muy al contrario: eres un romántico y un sentimental; eres como Julio Cortázar, que llora en el cine al ver algo que le conmueve, pero que sale disimulando la cara porque le da vergüenza que lo vean porque se muestra tal cual es. Sí. Porque cuando llegas a las encrucijadas conmigo – de las que, estoy segura, has tenido muchas veces – tomas el camino fácil, restringes tus sentimientos, los ocultas.
Cuántas veces, echados en el parque, viendo las nubes lentas en verano, me tomas de la mano y la acaricias, te pregunto ¿Qué tienes?, y tú, como siempre, respondes Nada. ¡Te odio! No eres sincero, no expresas lo que sientes, no compartes tus adentros. Y yo sé que los hay, sí –tu lengua miente, pero tus pupilas no. Veo perfectamente claro palabras empapadas de sentimientos, que se acomodan en oraciones lógicas, que buscan ser dichas, pero que son traicionadas porque piensas que al decírmelas me otorgas, también, poder sobre ti; que la confesión de vuelve vulnerable; que en algún momento podría usarlo en tu contra. En cambio dices algo así como Estoy cansado, Qué calor hace, ¿No? O Tengo hambre o El verano es lo mejor o algo así de estúpido.
A veces, cuando nos llega la noche y hay una posibilidad de vernos y tienes la perfecta oportunidad para invitarme a estar contigo, dices No sé, no tengo planes, no tengo muchas ganas de hacer algo, pero a ver qué sale, puede que algo en casa de Meme o ver películas en casa de Luis, quién sabe, tal vez, a lo mejor – y por lo general no terminamos haciendo nada, cada quien se va a su casa. ¡Te odio, te odio! ¿Por qué mientes? ¿Por qué no me dices la verdad? ¿Por qué no me dices que quieres estar conmigo (porque yo sí quiero estar contigo? ¿Piensas que por decírmelo te vas a ver desesperado, rogón, sin dignidad? Ahogas tus deseos y lo único que queda a flote es el orgullo. Pero se ven las burbujas de los ahogados, sus cadáveres brillan bajo el agua; puedo saber, por alguna razón, que quieres algo más: a veces me llamas horas después al teléfono, para platicar, siquiera, chiquilla. Y si terminamos muchas veces juntos la velada fue porque de alguna manera una piedra olvidada en el camino o cierta insinuación de palabras hicieron que sin proponerlo directamente nos quedáramos juntos, tal y como tú querías.
La primera vez que salimos, hazme el favor, tirados en tu cama, nos besábamos, lento, en el silencio de la noche, y te pregunté ¿Qué quieres de todo esto, qué buscas? Sabes lo que te iba a decir yo si tú me lo hubieras preguntado? Que yo sí quería algo, algo bien, no estupideces, algo verdadero, que tocara hasta la más recóndita de mis fibras, que quería conocerte como debe conocer una mujer a un hombre, que te quería a mi lado, y yo al tuyo. ¿Y tú qué me respondiste? No quiero nada, no espero nada, no busco. ¡Idiota! ¡Claro que esperabas algo, mentiroso de mierda! ¿Entonces por qué carajos me besabas? Bien podías estar con tus amiguitas hediondas, ésas que te dan las nalgas cada vez que se las pides, y que piden las tuyas cada vez que están borrachas. Por qué hablarme de Dios, de música, de la niñez, de Benedetti, de amor. Cuando escuché tu estúpida respuesta, me dolió, en serió me dolió. Me dieron ganas de quitarme de tus piernas y decirte Si no quieres nada, entonces hasta luego, yo también bien dramática. Incluso imaginé la última frase que te diría por esa noche: ¿Qué no escribió Benedetti, un verso que dice, No te duermas sin sueño…? ¡Mentiroso!
Las conversaciones con tus amigos son nefastas. Si tenemos alguna cita a las cuatro y media y al ver tu reloj te emocionas porque ves cuatro y diez, y les dices Ya me voy, y si te hacen burla, diciéndote mandilón o cosas similares, tú contestas que tienes que ir por mí para que me pegue el aire, para sacarme un poco al sol porque estoy muy pálida, o que tienes ciertas urgencias que ya no puedes contener, aquí a la vuelta nomás, llego en un rato, ¿En cuánto? ¡Cinco horas! Y todos estallan de la risa y hacen gestos y muecas y tú les sigues el juego e incluso los superas en bromas, bromas crueles. ¡Tu puta madre que estoy pálida! Si morías por verme; tú acudes a tus amigos cuando no puedes estar conmigo, cuando mi presencia te falta, cuando trabajo o tengo algún compromiso o responsabilidad. Y si el señorito se hace el muy chingoncito frente a sus amiguetes, es porque no tiene el pinche valor para reconocer frente a esa bola de pendejos que me ama sin medida, que no puede estar sin mí, que el más sutil recuerdo del aroma de mi piel lo enloquece y lo trastorna, hasta matarlo, hasta revivirlo; que mi sonrisa lo apacigua y mis brazos lo reconfortan. Aparte de mentiroso e hipócrita, eres un poco hombre.
En resumen – eres un cobarde, un miedoso, un contradictorio – un pinche niñato de mierda que tiene miedo de apostarle a la vida por mí porque no quiere arriesgar sus sentimientos; que en el fondo tiene unas ganas locas de querer y ser querido, pero se detiene por el temor al fracaso; que se abstiene de mí por el temor a mí. ¿Adónde vamos a parar con esta mentalidad tan estúpida? Al leer esto estoy segura que te has de sentir identificado con todas y cada una de mis descripciones, en la intimidad de tus pensamientos, estoy segura; y a tu interior no le puedes mentir porque es como tratar de enterrar un cuerpo en una cubeta de agua: por su masa, en algún momento va a salir a flote: no puedes ocultar el sol con un dedo ni pretender que algo no existe solamente porque no lo ves.
¿Y sabes por qué te digo esto?
Porque soy igual que tú.
Siento las mimas cosas, los mismos miedos y frustraciones, impotencias y miedos que tú. Tal vez mucho más. Cuántas veces no he querido a llegar contigo, de sorpresa, y abrazarte por la espalda; he sentido tu corazón latir de emoción y felicidad las veces en las que lo he hecho. Robarte un domingo – pasar a tu casa y decirte que este día me lo dedicarás conmigo porque es lo que quiero. Llegar al café en el que siempre nos vemos con el disco de The Smiths que no has encontrado o una biografía de Marcel Duchamp que encontré en una nueva librería, que tengo arrumbados en el clóset. Gritarle a las igual de mentirosas de mis amigas que no, que en verdad no me dio igual que te me hayas declarado con un mensaje dentro de un frasco de dulces después de la fiesta de navidad de Raúl; que me gustó y mucho. ¿Comprendes? Es por eso que después de días de introspección llego a ti cargada de reproches: porque ya mis miedos y cobardías me los he reprochado a mí misma – ¡Y cuántas veces, Alfredo, cuántas veces! ¡Mira esta carta, por ejemplo! Te lo dejo un recado afuera de tu casa, en los barrotes blancos de la ventana, para que cuando llegues del trabajo puedas verlo – todo porque temo decirte las cosas de frente, no tengo el valor para enfrentarte, tus ojos me dan miedo !Me acribillan!, tus pensamientos son la muerte !No los conozco!, y lo más importante – ahora, por todo esto, soy una presa dañada, y en cuanto te vea, estoy segura, por mi grieta te desbordaré con el agua de mis palabras, mis insultos y reproches – todo para sacar lo que llevo dentro –; pero tú al ser tan parco no dirías nada gran cosa, no sabrías cómo reaccionar, tal vez ni lo harías de todo, te quedarías ahí, parado, perplejo, como árbol, los ojos abiertos, los labios en suspenso – si haces eso verdad de Dios que no sé lo qué haría: ¿Tanto esfuerzo en hacer que broten mis palabras para que salgas con eso? No, no, no va, simplemente inaceptable. De antemano te pido que me perdones mi falta de valor; aunque créeme que incluso esta carta se me hizo tan difícil de escribir; que redactarla era como en verme en un espejo: cada palabra, cada coma, cada acento, cada oración eran miradas que me dolían y avergonzaban y entristecían hasta el grado de querer romperlo, hacer bola el papel y mandar todo al diablo, tú incluido. Sin embargo no desistí, me quedé hasta el final, y el resultado es simplemente la prueba de amor más grande que pude haber hecho porque lo que vi reflejado en este espejo, también, fuiste tú. Porque tú y yo, somos dos tigres, tanteándonos en círculo, estudiándonos en secreto, sabiendo que nos encontramos en una batalla suave, suave, deliciosa y siempre bienvenida: Dime, Alfredo, ¿No te gustaría entrar en tal dulce batalla al por fin atacar?
El sello 52
En esta pequeña biblioteca, no muy conocida, tú has sido el único que ha leído las obras de Julio Cortázar. Lo constata el hecho que por tus manos han pasado todos los libros que de él hay aquí, y varias veces, desde La otra orilla hasta Rayuela, desde Presencia hasta Viaje alrededor de una mesa. Esto da dado un total de 51 fechas selladas en los papelitos pegados a las hojas de los títulos, seguidas de la portada en cada uno de sus libros. Todos estos sellos son tuyos; los tienes contados.
Es por eso que cuando lees en la base de datos de la biblioteca, PQ7797.C7145 A6 2009, apenas y puedes creerlo: un nuevo libro de Cortázar: Papeles inesperados, una colección de textos inéditos publicados recientemente. Te diriges, paso rápido, hacia los anaqueles para sacarlo y leerlo de una vez, no puedes esperar. Subes al cuarto piso, vas hacia el anaquel de literatura argentina, y ¡ah! ahí está él, ahí está Cortázar, inmortalizado en sus libros, inmortalizado para ti, latiendo en un nuevo corazón recién publicado, junto a Borges y Bioy Casares. Tomas el libro, le echas un vistazo, verificando; sonriendo, caminas – casi corres – hacia la bibliotecaria para que lo selle y puedas leerlo – sin sello no se puede sacar del estante – y vas hacia tu rincón preferido, un escritorio junto a los anaqueles de literatura mexicana y una oficina a la que nadie nunca entra. Te sientas y miras – contemplas, más bien – el libro, fijos ambos, uno frente al otro, como estatuas enamoradas. Lees el título en grande y negro; lees el comentario editorial de la contraportada y piensas que es acercado calificar a este reencuentro como el más feliz.
Una vez estudiado, estás listo para leerlo, lo abres. Pero no. No lo lees. Algo ha llamado tu atención. Algo desconcertante: No has sido el primero en leerlo. Alguien leyó el libro antes que tú. Y esto que tocas, que sigues con el dedo, que dibujas como si saliera de tu mano, es la prueba. Es un sello con la fecha estampada del día de ayer, 9 de junio. El sello 52. Bueno, no importa, piensas con desdén. Lo debieron tomar por error; para hacer algún estudio, o para curiosear, no por verdadero interés. Te pones a leer sólo un texto, "Manuscrito hallado junto a una mano". El texto es tan delicioso, que no te gustaría terminar el libro de una sola sentada, sino saborearlo lentamente, retener el sabor fresco de las palabras en el paladar, masticarlas, deglutirlas, y al final pasarlas por la garganta de la mente y que el sabor se quede en la memoria. Una vez llegada la noche, regresas el libro al estante; tu casa se encuentra en reparación, por lo que es inútil llevártelo. Bajas las escaleras con paso lento, sales de la biblioteca y te esfumas.
Aunque al día siguiente ya estás de regreso. De nuevo te diriges hacia el cuarto piso, y esta vez decides leer Ciao, Verona, con lo que te dan ganas de leer el cuento Las dos caras de la medalla.
Vas hacia el estante y tomas la antología de cuentos donde se encuentra publicado, Alguien que anda por ahí. Abres el libro, y éste se desdobla justo en la página en la que comienza el cuento que buscas, porque hay un pequeño separador interpuesto entre las hojas. Abres el libro en la página de los sellos y, de nuevo, te sorprendes. Un nuevo sello con la fecha de ayer, justamente de ayer.
Concluyes que es el mismo lector de Papeles inesperados. Tomas el separador. Es un separador improvisado, una hoja de papel arrancada de un cuaderno. Lo examinas más de cerca y notas que tiene ciertos apuntes. Qué bonita letra, piensas, la caligrafía es delicada y cuidadosa y cursiva, y la forma con la que escribe las s es deliciosa, esa forma con la que tú siempre has querido escribir, pero que nunca has podido perfeccionar porque tienes muy mal pulso y eres muy nervioso. Está escrita, además, una corta lista de palabras desconocidas que seguramente la lectora buscó – o buscará – en el diccionario. Has concluido que debe ser lectora debido a la caligrafía, además de que la hoja desprende de sí cierta esencia ciertamente femenino, que bien puede ser el aroma de su cuerpo o de su cabello o de sus manos, envoltura rica y fina de su cuerpo, tan intensa y fuerte y penetrante, que te jala amablemente la nariz como una soga hacia un paraje desconocido, acelerándote inexplicablemente el corazón, aunque la lectora te sea desconocida.
Qué ególatra eres, piensas, interesarte en el fantasma de una mujer con quien tienes intereses afines, lo que quiere decir que estás interesado por tus mismos gustos, pero reflejados en otras aguas. No importa, piensas, tengo que ser fiel a mí mismo. Y es por eso que no puedes – ni quieres – leer, siquiera empezar “Las caras”; quieres pensar, mejor, en cómo sería la cara de esa medalla que quieres conocer, tal vez por casualidad, mientras ambos concuerden en buscar el mismo libro en los estantes, o tal vez cuando ambos estén esperando ser atendidos por la bibliotecaria en su escritorio, y que tu lectora vea las solapas de los libros y te exclame ¡Cortázar!, y te sonría y te hable y deje que la veas a los ojos aunque baje la mirada porque ella es muy tímida, y tú le digas No la bajes, me gustan tus ojos, y que el halago la sonroje, y el café en la noche aunque tengas que levantarte mañana temprano para ir a la oficina, sintiéndote arder de amor por querer tocarle siquiera la mano de manera inocente, usted sabe, es tan emocionante vivir en este ancho mundo y toparse con usted, una cronopia, y si en cualquier momento usted quiere irse, nos iremos, podríamos caminar un poco por la ciudad, ver una película o una obra de teatro, ¿le gusta el teatro? ¿sí? entonces vayámonos a una obra, y después a algún parque donde podamos estar a solas y en silencio y a oscuras, sólo para ver nuestras voces y olernos con los ojos y repetir esto alguna otra vez, si usted quiere, claro está, otros días.
Te vas de la biblioteca, y al siguiente día regresas. Tomas de nuevo Papeles Inesperados, y te das cuenta que Dauphine – por honor a La autopista del sur – ha estado de nuevo por aquí hoy; has encontrado un nuevo separador insertado entre las hojas. De nuevo no puedes leer; pasas las horas pensando en ella, imaginando cómo sería – tanto que no quieres irte solamente por estar cerca de donde ella ha estado, aunque un acomodador de libros te dice, por cuarta vez, que ya es hora de cerrar. Te vas muy a pesar tuyo, y de camino a casa, en la noche, en la calle, en tu recurrente soledad, el fantasma de quien no ha muerto – porque ni siquiera ha vivido – se te aparece equívocamente en cada esquina, en el cuerpo de alguien más: Dauphine usando una gabardina; Dauphine caminando con amigos, riendo; Dauphine caminando sola, pensando; Dauphine entrando a un bar; Dauphine rompiéndote el corazón, besando a alguien más alto que ella en la boca, a un lado de la parada de autobuses; Dauphine yéndose contigo sin saberlo, en tu mente, en tus sueños.
Y así ha sido por varias semanas, incluso meses; no sabes qué exactamente, porque has perdido por completo la noción del tiempo. Obviamente tienes una idea, aunque sea vaga, porque a diario checas las hojas de los sellos de los libros de Cortázar para cerciorarte de que Dauphine ha estado en la biblioteca. Pero justamente hoy notas un detalle muy obvio, que ya debías haber notado antes. Las fechas de los libros corresponden siempre al día que visitas la biblioteca, pero el libro siempre está en el estante: Dauphine no se lo lleva. Lo cual quiere decir que ella ha estado aquí antes que tú; ; pero también quiere decir – o quieres que quiera decir – que tú sigues con dulce emoción los pasos en las huellas de quien al parecer se escurre de ti, como agua entre las manos, maldita búsqueda, maldito juego, no eres un gato, ni ella es un ratón, sal ya.
Algunos días después sabes con toda seguridad que es mujer. Porque en Todos los fuegos el fuego ha dejado un listón de su cabello como separador; en Un tal Lucas, una servilleta con una marca de lo que parece ser un lápiz labial. Un recibo de tintorería por blusas y faldas en La vuelta al día en ochenta mundos. ¡Ah! qué oportuno, piensas, porque tú con ella darías la vuelta al día cuantas veces sea necesario, porque tú con ella darías la vuelta al día cuantas veces lo pidiera, cuantas veces lo quisiera, lo único que hace falta es que lo pida, que salga de esa cueva de identidad desconocida en que se encuentra, a la que regresa cada noche después de la biblioteca, que saliera de la cueva y te dijera Oh Peugeot, aquí estoy, soy yo, Dauphine, la que te ha estado buscando más bien a ti, quien siempre se escabulle, como si rehusara nuestro encuentro, ¿qué no sabes que los cronopios como tú y yo estamos destinados a conocernos? ¿qué no sabes que tenemos como una especie de llaga en la frente, una estigma en las manos? Cortázar es un imán de cronopios, es la fuente de agua de la cual nos hemos desprendido, y a la que, si somos afortunados, algún día regresamos a ella si tenemos suerte, yo ya he regresado, y al parecer tú también, solamente que a deshoras, no nos hemos presentado aún, otras aguas nos han tapado el uno del otro, pero mi olor, mi perfume que he dejado como pequeños huevos de pascua que tú debías encontrar, pues ha salido de su cascarón, lo ha roto, y como vaho te ha seguido, como serpiente en el aire, se ha colado por tu nariz llegándote hasta el corazón y te ha dictado que en esta biblioteca no muy conocida hay alguien que es como tú, y ahora lo único que falta es que me digas tu nombre y que ambos salgamos a tomar algo y después terminemos en tu casa o en la mía, que hagamos el amor con cierta furia, porque nos estaríamos vengando del tiempo y del espacio y del universo, por retener el cuerpo sudoroso que frente abajo arriba al lado de nosotros respira fuertemente, y que cuando terminemos y salga el sol, salgan también nuestras vidas, despierten una al lado de la otra, y se digan mutuamente Buenos días, te veo en la noche, y así sea por tiempo incalculable, y mientras más pronto mejor, porque ¡oh decepción! el superintendente te ha dicho que cerrarán la biblioteca la próxima semana, el lugar es muy chico, se necesita uno más grande y mejor ubicado, usted sabe, joven, lo sentimos mucho.
Por lo que tienes que dar con Dauphine de inmediato, piensas.
Elaboras un plan, algo desesperado, pero la situación te fuerza a esto. Decides esperarla, oculto entre los anaqueles, cuando tome un libro de nuevo. Lo haces hoy, pero Dauphine no ha venido, y tienes que salir a comer algo ya, porque ya no aguantas. Vas, comes un emparedado en la cafetería de enfrente, y cuando regresas, encuentras, ¡oh maldita sea! Prosa del observatorio mal acomodado en el estante; lo checas, y ves que tiene un sello del día de hoy – ¡ella ya vino y se fue! ¡Pero cómo! ¡Si sólo fue una hora! Ya vamos a cerrar, joven, te dice el intendente, así que te vas. Al día siguiente, o sea hoy, la esperas donde mismo, pero esta vez con comida, por si acaso te da hambre. Pero tampoco viene; las horas pasan y la bibliotecaria te dice que ya tienen que cerrar. Cuando pasas por el escritorio de la bibliotecaria, adviertes 62 modelo para armar y Un tal Lucas. Maldita sea, piensas, Dauphine vino solamente para entregarlo. Al día siguiente, hoy, la esperas, sentado, cerca del mostrador; esta vez no se te irá. Pero tampoco viene, y, cansado, subes al cuarto piso y encuentras Último round mal acomodado: de nuevo Dauphine vino, ¡leyó el libro justamente aquí, y se fue!
Todos los libros, excepto Libro de Manuel y Los Reyes faltan de ser sellados. Al parecer, deduces, Dauphine quiere leer todos los libro de Cortázar antes de que cierran la bibliotecaria: perfecto: la tengo que encontrar en uno de estos días. Pero, para estar seguro, le escribes notas en cada uno de esos libros, citándola a verse afuera de biblioteca a las cuatro de la tarde al día siguiente. Pero el día siguiente es hoy, y no hay señales de Dauphine. Subes al cuarto piso y descubres que no ha tomado ninguno de los libros; en cambio Nicaragua tan violentamente dulce, demonios.
Finalmente llega el séptimo día. No sabes qué hacer. Desde la mañana la esperas en el anaquel, pero no aparece. La esperas cerca del escritorio de la bibliotecaria. Tampoco. La esperas junto a la puerta principal. Tampoco. Pero debe de aparecer, piensas, hoy es el último día, debe saberlo, sí lo sabe, y también sabe que existes, que hay un lector con gustos afines, que deben conocerse, que están destinados a conocerse. Y recorriendo la biblioteca por horas, se te pasa el día. Cansado, exasperado, regresas al escritorio de la bibliotecaria. Ya no hay nadie. Las luces casi todas se han apagado, está todo oscuro. No ves nada, sólo sombras. Pero de pronto la silueta oscura de una joven. Voltea a varios lados, parece buscar algo. Luego te ve ¡Sí! al parecer te ve, y se acerca, cada vez más y más ¡y más! Está frente a ti, escuchas un murmullo: ¡va a hablar! ¡sí!¡por fin! Hola ¡¿Dauphine?!...la bibliotecaria. Oh. Pronto cerraremos. ¿Ya? Sí. Pero aún no ¿Qué? Aún no la he conocido. ¿A quién? A Dauphine, y yo…Ya es hora. ¡No! Sí, lo siento. Pero. ¿Qué? La información. ¿Cómo?, ¿Quién sacó estos?, ¿Cómo? Libros, ¿Cuáles?, De Cortázar. ¿De quién? !De Julio Cortázar! ¿quién los sacó? Necesito su nombre. No se puede. Por favor. Es confidencial. ¡No! ¿Disculpe? Si fuera usted tan amable. No hay por qué usar el Ud.; estoy joven. Disculpa, si fueras tan amable. No, lo siento. ¿Por qué? Es contra las reglas. Pero. Lo siento. Afinidad, viaje. ¿Perdón? Es que yo… ¿Qué? La quiero. ¿A quién? ¡A Dauphine! Lo siento, ya es hora. ¿Ya? Sí. Pero. No. ¿Sí? No. Ya es… Lo sé. Está bien. Gracias. Adiós. Adiós. Y te vas, con esa mirada de derrota, porque Dauphine no llegó. Sales por la puerta y te vas, esta vez, por siempre de la biblioteca que cerrarán hoy para ya no abrirla mañana en la mañana, ya no abrirla nunca más. Ah, si supieras qué tan difícil fue para mí decirte que no podías saber quién era yo. Y todavía más cuando vio ese matiz de desesperación en tus ojos. Pero tal vez fue lo mejor. ¡Qué tal si yo no era como tu Dauphine! Me hubieras mandado al carajo, me habrías roto mis sueños, y tanto tiempo de verte desde lejos… No lo habríamos soportado, realmente ni tú ni yo lo habríamos soportado, ¿no lo crees, Peugeot mío?
Es por eso que cuando lees en la base de datos de la biblioteca, PQ7797.C7145 A6 2009, apenas y puedes creerlo: un nuevo libro de Cortázar: Papeles inesperados, una colección de textos inéditos publicados recientemente. Te diriges, paso rápido, hacia los anaqueles para sacarlo y leerlo de una vez, no puedes esperar. Subes al cuarto piso, vas hacia el anaquel de literatura argentina, y ¡ah! ahí está él, ahí está Cortázar, inmortalizado en sus libros, inmortalizado para ti, latiendo en un nuevo corazón recién publicado, junto a Borges y Bioy Casares. Tomas el libro, le echas un vistazo, verificando; sonriendo, caminas – casi corres – hacia la bibliotecaria para que lo selle y puedas leerlo – sin sello no se puede sacar del estante – y vas hacia tu rincón preferido, un escritorio junto a los anaqueles de literatura mexicana y una oficina a la que nadie nunca entra. Te sientas y miras – contemplas, más bien – el libro, fijos ambos, uno frente al otro, como estatuas enamoradas. Lees el título en grande y negro; lees el comentario editorial de la contraportada y piensas que es acercado calificar a este reencuentro como el más feliz.
Una vez estudiado, estás listo para leerlo, lo abres. Pero no. No lo lees. Algo ha llamado tu atención. Algo desconcertante: No has sido el primero en leerlo. Alguien leyó el libro antes que tú. Y esto que tocas, que sigues con el dedo, que dibujas como si saliera de tu mano, es la prueba. Es un sello con la fecha estampada del día de ayer, 9 de junio. El sello 52. Bueno, no importa, piensas con desdén. Lo debieron tomar por error; para hacer algún estudio, o para curiosear, no por verdadero interés. Te pones a leer sólo un texto, "Manuscrito hallado junto a una mano". El texto es tan delicioso, que no te gustaría terminar el libro de una sola sentada, sino saborearlo lentamente, retener el sabor fresco de las palabras en el paladar, masticarlas, deglutirlas, y al final pasarlas por la garganta de la mente y que el sabor se quede en la memoria. Una vez llegada la noche, regresas el libro al estante; tu casa se encuentra en reparación, por lo que es inútil llevártelo. Bajas las escaleras con paso lento, sales de la biblioteca y te esfumas.
Aunque al día siguiente ya estás de regreso. De nuevo te diriges hacia el cuarto piso, y esta vez decides leer Ciao, Verona, con lo que te dan ganas de leer el cuento Las dos caras de la medalla.
Vas hacia el estante y tomas la antología de cuentos donde se encuentra publicado, Alguien que anda por ahí. Abres el libro, y éste se desdobla justo en la página en la que comienza el cuento que buscas, porque hay un pequeño separador interpuesto entre las hojas. Abres el libro en la página de los sellos y, de nuevo, te sorprendes. Un nuevo sello con la fecha de ayer, justamente de ayer.
Concluyes que es el mismo lector de Papeles inesperados. Tomas el separador. Es un separador improvisado, una hoja de papel arrancada de un cuaderno. Lo examinas más de cerca y notas que tiene ciertos apuntes. Qué bonita letra, piensas, la caligrafía es delicada y cuidadosa y cursiva, y la forma con la que escribe las s es deliciosa, esa forma con la que tú siempre has querido escribir, pero que nunca has podido perfeccionar porque tienes muy mal pulso y eres muy nervioso. Está escrita, además, una corta lista de palabras desconocidas que seguramente la lectora buscó – o buscará – en el diccionario. Has concluido que debe ser lectora debido a la caligrafía, además de que la hoja desprende de sí cierta esencia ciertamente femenino, que bien puede ser el aroma de su cuerpo o de su cabello o de sus manos, envoltura rica y fina de su cuerpo, tan intensa y fuerte y penetrante, que te jala amablemente la nariz como una soga hacia un paraje desconocido, acelerándote inexplicablemente el corazón, aunque la lectora te sea desconocida.
Qué ególatra eres, piensas, interesarte en el fantasma de una mujer con quien tienes intereses afines, lo que quiere decir que estás interesado por tus mismos gustos, pero reflejados en otras aguas. No importa, piensas, tengo que ser fiel a mí mismo. Y es por eso que no puedes – ni quieres – leer, siquiera empezar “Las caras”; quieres pensar, mejor, en cómo sería la cara de esa medalla que quieres conocer, tal vez por casualidad, mientras ambos concuerden en buscar el mismo libro en los estantes, o tal vez cuando ambos estén esperando ser atendidos por la bibliotecaria en su escritorio, y que tu lectora vea las solapas de los libros y te exclame ¡Cortázar!, y te sonría y te hable y deje que la veas a los ojos aunque baje la mirada porque ella es muy tímida, y tú le digas No la bajes, me gustan tus ojos, y que el halago la sonroje, y el café en la noche aunque tengas que levantarte mañana temprano para ir a la oficina, sintiéndote arder de amor por querer tocarle siquiera la mano de manera inocente, usted sabe, es tan emocionante vivir en este ancho mundo y toparse con usted, una cronopia, y si en cualquier momento usted quiere irse, nos iremos, podríamos caminar un poco por la ciudad, ver una película o una obra de teatro, ¿le gusta el teatro? ¿sí? entonces vayámonos a una obra, y después a algún parque donde podamos estar a solas y en silencio y a oscuras, sólo para ver nuestras voces y olernos con los ojos y repetir esto alguna otra vez, si usted quiere, claro está, otros días.
Te vas de la biblioteca, y al siguiente día regresas. Tomas de nuevo Papeles Inesperados, y te das cuenta que Dauphine – por honor a La autopista del sur – ha estado de nuevo por aquí hoy; has encontrado un nuevo separador insertado entre las hojas. De nuevo no puedes leer; pasas las horas pensando en ella, imaginando cómo sería – tanto que no quieres irte solamente por estar cerca de donde ella ha estado, aunque un acomodador de libros te dice, por cuarta vez, que ya es hora de cerrar. Te vas muy a pesar tuyo, y de camino a casa, en la noche, en la calle, en tu recurrente soledad, el fantasma de quien no ha muerto – porque ni siquiera ha vivido – se te aparece equívocamente en cada esquina, en el cuerpo de alguien más: Dauphine usando una gabardina; Dauphine caminando con amigos, riendo; Dauphine caminando sola, pensando; Dauphine entrando a un bar; Dauphine rompiéndote el corazón, besando a alguien más alto que ella en la boca, a un lado de la parada de autobuses; Dauphine yéndose contigo sin saberlo, en tu mente, en tus sueños.
Y así ha sido por varias semanas, incluso meses; no sabes qué exactamente, porque has perdido por completo la noción del tiempo. Obviamente tienes una idea, aunque sea vaga, porque a diario checas las hojas de los sellos de los libros de Cortázar para cerciorarte de que Dauphine ha estado en la biblioteca. Pero justamente hoy notas un detalle muy obvio, que ya debías haber notado antes. Las fechas de los libros corresponden siempre al día que visitas la biblioteca, pero el libro siempre está en el estante: Dauphine no se lo lleva. Lo cual quiere decir que ella ha estado aquí antes que tú; ; pero también quiere decir – o quieres que quiera decir – que tú sigues con dulce emoción los pasos en las huellas de quien al parecer se escurre de ti, como agua entre las manos, maldita búsqueda, maldito juego, no eres un gato, ni ella es un ratón, sal ya.
Algunos días después sabes con toda seguridad que es mujer. Porque en Todos los fuegos el fuego ha dejado un listón de su cabello como separador; en Un tal Lucas, una servilleta con una marca de lo que parece ser un lápiz labial. Un recibo de tintorería por blusas y faldas en La vuelta al día en ochenta mundos. ¡Ah! qué oportuno, piensas, porque tú con ella darías la vuelta al día cuantas veces sea necesario, porque tú con ella darías la vuelta al día cuantas veces lo pidiera, cuantas veces lo quisiera, lo único que hace falta es que lo pida, que salga de esa cueva de identidad desconocida en que se encuentra, a la que regresa cada noche después de la biblioteca, que saliera de la cueva y te dijera Oh Peugeot, aquí estoy, soy yo, Dauphine, la que te ha estado buscando más bien a ti, quien siempre se escabulle, como si rehusara nuestro encuentro, ¿qué no sabes que los cronopios como tú y yo estamos destinados a conocernos? ¿qué no sabes que tenemos como una especie de llaga en la frente, una estigma en las manos? Cortázar es un imán de cronopios, es la fuente de agua de la cual nos hemos desprendido, y a la que, si somos afortunados, algún día regresamos a ella si tenemos suerte, yo ya he regresado, y al parecer tú también, solamente que a deshoras, no nos hemos presentado aún, otras aguas nos han tapado el uno del otro, pero mi olor, mi perfume que he dejado como pequeños huevos de pascua que tú debías encontrar, pues ha salido de su cascarón, lo ha roto, y como vaho te ha seguido, como serpiente en el aire, se ha colado por tu nariz llegándote hasta el corazón y te ha dictado que en esta biblioteca no muy conocida hay alguien que es como tú, y ahora lo único que falta es que me digas tu nombre y que ambos salgamos a tomar algo y después terminemos en tu casa o en la mía, que hagamos el amor con cierta furia, porque nos estaríamos vengando del tiempo y del espacio y del universo, por retener el cuerpo sudoroso que frente abajo arriba al lado de nosotros respira fuertemente, y que cuando terminemos y salga el sol, salgan también nuestras vidas, despierten una al lado de la otra, y se digan mutuamente Buenos días, te veo en la noche, y así sea por tiempo incalculable, y mientras más pronto mejor, porque ¡oh decepción! el superintendente te ha dicho que cerrarán la biblioteca la próxima semana, el lugar es muy chico, se necesita uno más grande y mejor ubicado, usted sabe, joven, lo sentimos mucho.
Por lo que tienes que dar con Dauphine de inmediato, piensas.
Elaboras un plan, algo desesperado, pero la situación te fuerza a esto. Decides esperarla, oculto entre los anaqueles, cuando tome un libro de nuevo. Lo haces hoy, pero Dauphine no ha venido, y tienes que salir a comer algo ya, porque ya no aguantas. Vas, comes un emparedado en la cafetería de enfrente, y cuando regresas, encuentras, ¡oh maldita sea! Prosa del observatorio mal acomodado en el estante; lo checas, y ves que tiene un sello del día de hoy – ¡ella ya vino y se fue! ¡Pero cómo! ¡Si sólo fue una hora! Ya vamos a cerrar, joven, te dice el intendente, así que te vas. Al día siguiente, o sea hoy, la esperas donde mismo, pero esta vez con comida, por si acaso te da hambre. Pero tampoco viene; las horas pasan y la bibliotecaria te dice que ya tienen que cerrar. Cuando pasas por el escritorio de la bibliotecaria, adviertes 62 modelo para armar y Un tal Lucas. Maldita sea, piensas, Dauphine vino solamente para entregarlo. Al día siguiente, hoy, la esperas, sentado, cerca del mostrador; esta vez no se te irá. Pero tampoco viene, y, cansado, subes al cuarto piso y encuentras Último round mal acomodado: de nuevo Dauphine vino, ¡leyó el libro justamente aquí, y se fue!
Todos los libros, excepto Libro de Manuel y Los Reyes faltan de ser sellados. Al parecer, deduces, Dauphine quiere leer todos los libro de Cortázar antes de que cierran la bibliotecaria: perfecto: la tengo que encontrar en uno de estos días. Pero, para estar seguro, le escribes notas en cada uno de esos libros, citándola a verse afuera de biblioteca a las cuatro de la tarde al día siguiente. Pero el día siguiente es hoy, y no hay señales de Dauphine. Subes al cuarto piso y descubres que no ha tomado ninguno de los libros; en cambio Nicaragua tan violentamente dulce, demonios.
Finalmente llega el séptimo día. No sabes qué hacer. Desde la mañana la esperas en el anaquel, pero no aparece. La esperas cerca del escritorio de la bibliotecaria. Tampoco. La esperas junto a la puerta principal. Tampoco. Pero debe de aparecer, piensas, hoy es el último día, debe saberlo, sí lo sabe, y también sabe que existes, que hay un lector con gustos afines, que deben conocerse, que están destinados a conocerse. Y recorriendo la biblioteca por horas, se te pasa el día. Cansado, exasperado, regresas al escritorio de la bibliotecaria. Ya no hay nadie. Las luces casi todas se han apagado, está todo oscuro. No ves nada, sólo sombras. Pero de pronto la silueta oscura de una joven. Voltea a varios lados, parece buscar algo. Luego te ve ¡Sí! al parecer te ve, y se acerca, cada vez más y más ¡y más! Está frente a ti, escuchas un murmullo: ¡va a hablar! ¡sí!¡por fin! Hola ¡¿Dauphine?!...la bibliotecaria. Oh. Pronto cerraremos. ¿Ya? Sí. Pero aún no ¿Qué? Aún no la he conocido. ¿A quién? A Dauphine, y yo…Ya es hora. ¡No! Sí, lo siento. Pero. ¿Qué? La información. ¿Cómo?, ¿Quién sacó estos?, ¿Cómo? Libros, ¿Cuáles?, De Cortázar. ¿De quién? !De Julio Cortázar! ¿quién los sacó? Necesito su nombre. No se puede. Por favor. Es confidencial. ¡No! ¿Disculpe? Si fuera usted tan amable. No hay por qué usar el Ud.; estoy joven. Disculpa, si fueras tan amable. No, lo siento. ¿Por qué? Es contra las reglas. Pero. Lo siento. Afinidad, viaje. ¿Perdón? Es que yo… ¿Qué? La quiero. ¿A quién? ¡A Dauphine! Lo siento, ya es hora. ¿Ya? Sí. Pero. No. ¿Sí? No. Ya es… Lo sé. Está bien. Gracias. Adiós. Adiós. Y te vas, con esa mirada de derrota, porque Dauphine no llegó. Sales por la puerta y te vas, esta vez, por siempre de la biblioteca que cerrarán hoy para ya no abrirla mañana en la mañana, ya no abrirla nunca más. Ah, si supieras qué tan difícil fue para mí decirte que no podías saber quién era yo. Y todavía más cuando vio ese matiz de desesperación en tus ojos. Pero tal vez fue lo mejor. ¡Qué tal si yo no era como tu Dauphine! Me hubieras mandado al carajo, me habrías roto mis sueños, y tanto tiempo de verte desde lejos… No lo habríamos soportado, realmente ni tú ni yo lo habríamos soportado, ¿no lo crees, Peugeot mío?
Encuentro de amantes durante un viaje al terminar una entrevista
And then he asked me would I yes to say yes my mountain flower and first I put my arms around him yes and drew him down to me so he could feel my breasts all perfume yes and his heart was going like mad and yes I said yes I will Yes
– Ulysses, James Joyce
– Ulysses, James Joyce
Y sí gracias al tocar su existencia desnuda sobre la cama me di sí cuenta por favor que su cuerpo era otro idioma ya no inglés no y que sus manos eran finas y suaves y sí puntos y comas mostrándome la manera correcta de usar la gramática la sintaxis la morfología semántica que sus dedos eran la enumeración sí erótica de todos los rincones de todas su piel guiándome entre éstas seduciéndome con su tacto de durazno, que sus muslos eran palabras léxico diccionario que se desbordaban a la orilla del tiempo y que rimaban sí rimaban y me revelaban el ritmo escondido y las cadencias secretas de la noche y no sé aunque sí sé pero ignorando exactamente cómo sentí que amor su cuerpo escribía amor en el mío en la bella lengua española sobre las delicia mantas blancas arrugadas, que sus gemidos eran gracias sílabas tónicas y fue me parece en ese momento que una visión cósmica de la alineación de Tierra Marte y Sol todos juntos me hizo sudar el ya empapado rostro haciéndome por fin y justamente el sucio amante creativo que según mi horóscopo y mi signo y claro yo también queríamos que fuera aunque teniendo en cuenta las tantas fallidas experiencias pasadas pero con ella lo logré lo logré lo logré porque de acuerdo al Zodiaco yo no me estaba mintiendo no me estaba equivocando – y me tomó de nada entre sus brazos delgados pero firmes leños de abedules que parecían estar no pidiendo no diciendo por favor sino gritando sí gracias oh God y en verdad hacíamos ojalá y se repita magia entre las sombras sí oscuridad de entrega latente en una lluviosa noche de verano y no no lo era ya, ese gran compositor ese genio musical del que hablaban acompañadas de fotos y entrevistas con por lo que se ve en la mesa retratada tibias taza de café las revistas de música y de arte y cultura; más bien era en la intimidad un genio del tan buscado movimiento erótico tornando y retornando sus piernas entre las mías sus pies fríos entre los míos los cuales llevaban puestos ¿Hace días años apenas pocas horas? No lo sé – un par de zapatos Jimmy Choo que not vanity me hacía sentir bella segurasecure sensual ante él y sí disfrutaba del existencialismo que encontraba en mi cintura y yo en la suya y sí le di a entender que yo le decía de nada – y dijo de nada y si su cuerpo aun seguía escribiendo amor en español entonces c mi destino es la lengua castellana y claro intenté descifrar al lenguaje y sus misterios pero curioso no sentí más la ortografía en sus piernas ni el lxico que empleaba su espalda para hablarme codiciarme sino sentí que al tocarla notas musicales entretejían su cuerpo con ahínco y que todo su cuerpo tomaba distintos matices sonoros y sin darme cuenta artísticos también y en sus caderas la improvisación silvestre yegua indomable del jazz me derretía en espíritu mientras ella galopaba enloquecida y perennes sinfonías exaltaban la forma de sus pechos eternos en forma de pan sabor a trigo color de flor y los relieves de su morena porcelana piel y yo humilde pasé a ser por lo menos un movimiento – y la cama se convirtió en hoja blanca donde yo indeleble me plasmaba porque compatibilidad sí extrañísima yo sentía que mi amantelingüista en una especie de dialecto me convertía y a la orilla de mis caderas escribía una coma sí con cosa tierna un beso y a pesar de la timidez su lengua precavida con la mía jugueteaba y a juzgar por el allanamiento que ella hacía en mi boca gracias a mi permiso más bien súplica claro está y por la creciente cantidad de su rica saliva agua de ángeles se entendía que él degustaba la mía. Yo sé que la degustaba. I thought respóndeme amigo ¿Mi lengua sabe a Château Morgaut sabe a vino? Si es así ya debes estarlo – embriagado porque tu lengua de tanto disfrutarla ya perdió el camino y ahora se dirige viaja down mi – y si ella seguía siendo arte entonces yo seguí haciendo eso una dos tal vez cuarenta veces si ella me lo permitiera si ella me dejara hacer un viaje no sólo de tierras y fronteras sino también a ella misma a través de los sentidos incluida la intuición porque sí – hacer arte apreciar el arte amar el arte es gracias por favor de nada en mi caso y en otros tantos volver a creer en la humanidad aunque no sé exactamente qué sea tomar al arte como amante y fundirte con él en una eterna y convulsiva fiesta dionisiaca. Y nos quedamos dormidos. Y él se quedó dormido
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