martes, 21 de mayo de 2013

Urashima Taro y la Princesa del Mar



Hace mucho tiempo vivía en una pequeña aldea de Japón un pescador llamado Urashima Taro, quien vivía con sus padres ya viejos en una pequeña choza, con vista al mar. Todos los días Urashima Taro se levantaba temprano, antes de que saliera el sol, y se iba al mar en su bote de pescar, y regresaba hasta muy tarde. En los días de buena suerte, que no eran muchos, regresaba del mar con canastas llenas de pescados que vendía en el mercado de la aldea.

Un día, mientras caminaba de regreso a casa con una canasta llena de pescados, vio a un grupo de niños que gritaban alrededor de algo que no alcanza a distinguir en la distancia. Se acercó, para ver qué era, y vio que los niños le estaban pegando con piedras y un palo a una tortuga grande y café, tirada bocarriba en la arena.

Oigan, exclamó Taro. ¿Por qué hacen eso? Dejen a la tortuga en paz.
Pero es nuestra, replicó un niño. Nosotros la encontramos. Todos los demás niños asintieron. Urashima Taro, además de buen pescador, era amable y bondadoso. Mejor ¿qué les parece si les doy algo a cambio de la tortuga?, propuso. Los niños, en silencio, aguardaban la oferta. Urashima Taro sacó de su bolsillo diez monedas pequeñas y brillantes, y le dio una a cada a niño. Ahora la tortuga es mía, sonrió. Los niños, el dinero en la mano, saltaron felices, y salieron corriendo hacia la dulcería de la aldea.

Taro volteó a la tortuga y la encaminó hacia el mar. A la próxima será mejor que te quedes en casa, amiguito, le dijo, y la vio entrar el agua hasta perderse. Después, regresó a cenar a casa de sus padres.

Días después Taro se encontraba pescando de nuevo en su bote en la costa; ya se le había olvidado todo lo de la tortuga. En ese instante escuchó una voz que venía del mar y lo llamaba por su nombre: Urashima Taro.

Sorprendido, Taro se incorporó y preguntó ¿Quién es?, mientras volteaba a todos lados. De pronto, sobre la cresta de la ola, vio a la tortuga, quien lo saludó.

Hola, dijo la vieja tortuga. Vengo para agradecerte por haberme salvado el otro día, dijo.
Por nada, respondió feliz Urashima taro. Me da gusto haberte ayudado
Me gustaría hacer por ti esta vez, dijo la tortuga. ¿Qué te parece si te llevo a visitar a la princesa que vive en el Palacio del Mar?
¿La princesa del mar?, exclamó Urashima. ¿Te refieres a la princesa que todo mundo dice que es hermosa y cuyo palacio es el palacio más hermoso de todo el mundo?
Así es, respondió la tortuga. Así que ¿qué dices?
Por supuesto, respondió Urashima Taro. Pero ¿cómo podré visitar el palacio – viajar al fondo del mar?
Eso déjamelo a mí, respondió la tortuga. Sólo súbete a mi caparazón y no te sueltes. Yo soy guardia del palacio; yo te dejaré entrar sin ningún problema.

Urashima Taro saltó al suave caparazón de la vieja tortuga, y ambos partieron hacia el fondo del mar. Taro sintió descender y descender y descender hasta las profundidades del mar azul, pero no se sintió mojado ni le faltó nunca el aire. Parecía como si las olas se abrieran suavemente ante él y la tortuga, haciéndole un camino hacia el palacio. Es como un sueño, pensó Taro, un sueño muy agradable.

No tardaron mucho en llegar al fondo del maro. Taro podía ver peces de brillantes color jugar a las escondidas entre las algas y los corales. Podía ver a las almejas mirarlo tímidas dentro de sus conchas. Y luego Taro vio algo grande y brillante ondulando a la distancia.

¿Es ése el palacio?, preguntó a la tortuga. Es hermoso.
Oh no, respondió la vieja tortuga. Ésa es sólo la entrada.

Ambos fueron hacia la entrada y Taro vio que n pez azul con armadura dorada resguardando la entrada.

Mira a quién he traído, comentó feliz la tortuga. El guardia hizo una suave reverencia a Urashima Taro, quien apenas tuvo tiempo para responderle, ya que en su vista se atravesó el palacio, aún más grande que la entrada, y hecho de piedras de plata y coral. Una hilera de peces dorados resguardaba el palacio.

Urashima-san, dijo la vieja tortuga. Espérame aquí; iré a avisarle a la princesa que ya llegaste. Está ansiosa de verte. La tortuga entró al palacio, mientras Taro seguía viendo el espléndido palacio. Parecía como si las piedras doradas de la puerta le sonrieran con su brillo. Taro apenas y podía creerlo.

La tortuga regresó al cabo de unos instantes y le pidió que lo siguiera. Ambos entraron por la puerta de plata y coral y caminaron por un pasillo hecho de piezas doradas que daban hacia el palacio. La princesa, con sus doncellas, lo aguardaban de pie.

Bienvenido al Palacio del Mar, Urashima Taro, dijo la princesa. A Taro le pareció que la voz de la princesa era como el tintineo de pequeñas campanas de plata. Siéntete como en tu casa – es increíble, eres tan apuesto, dijo. Ven, sígueme, te mostrare todo el palacio

Taro abrió la boca, queriendo responder algo, pero de su boca no salió nada. La princesa comprendió esto, así que se limitó a sonreír y lo encaminó hacia un pasillo decorado con blancas y suaves perlas.

Llegaron a un comedor en cuyo centro había una grande y hermosa silla frente con una mesa. Urashima Taro pensó que la silla debía ser del rey. Pero Toma asiento, sonrió la princesa. Debes tener hambre después de tan largo viaje. Taro se sentó, y al instante las doncellas de la princesa aparecieron de ambos lados con toda la comida exquisita que a él se le pudiera ocurrir. Mientras comes, dijo la princesa, mis doncellas y yo bailaremos y cantaremos para ti. El cuarto de pronto se llenó de voces y de cantos. Urashima Taro no comía; miraba fija y enamoradamente a la princesa.

Esto debe ser un sueño, pensó Urashima Taro. Pero cuando la princesa se acercó y le dio un beso y sintió los labios suaves y húmedos de la princesa, comprendió que no era un sueño. Al terminar el baile, la princesa lo condujo hacia un cuarto que parecía estar hecho todo de hielo y nieve; había perlas cremosas y diamantes rosados por doquier. Aquí la princesa y Urashima Taro se quedaron solos, y sobre un lecho tan suave como una nube, hicieron el amor una y otra vez hasta que se quedaron dormidos, desnudos y fatigados, uno en los brazos del otro.

Al despertar, la princesa lo condujo hacia otro cuarto, enorme y vacío. ¿Qué te parecería ver todas las estaciones del año, amor mío?, susurró en el oído de Taro. Oh, me encantaría, respondió el pescador. Una puerta que daba al este se abrió; Urashima vio nubes rosas y rojas y grades árboles que la brisa suave mecía como una cuna. Escuchaba el ruido de pájaros amarillos volar por el cielo azul. Esto es primavera, exclamó Taro. La princesa lo condujo hacia la puerta sur de la habitación. Cuando se abrió, Taro vio girasoles flotar suavemente sobre un estanque de agua verde, el chirrido flojo de los grillos a lo lejos. Esto es verano, murmuró Taro. La princesa ahora lo condujo hacia la puerta oeste del cuarto y abrió la puerta, y Taro vio árboles de maple y hojas verdes y amarillas mecerse en el aire, como había visto en su aldea cada año en el otoño. Y cuando la princesa abrió la última puerta, Taro sintió una brisa helada cortarle suavemente la piel. Tembló, y vio caer copos de nieve desde nubes del cielo gris. Cubrían con una capa fina todos los techos de las casas y las copas altas de los árboles, como azúcar. Ahora ya he visto todas las estaciones del año, dijo Taro.

La princesa de nuevo lo condujo hacia el comedor, donde de nuevo comieron y bailaron y cantaron, y de nuevo fueron al cuarto de nieve donde hicieron el amor hasta fatigarse, Taro recorriendo el hermoso cuerpo de la princesa como recorriera el palacio. Así estuvo viviendo en el palacio tres meses, hasta que un día sintió un remordimiento al recordar a sus padres y se sintió triste.

¿Qué pasa?, le preguntó la princesa. ¿Por qué tan triste?
Mis padres, respondió. Los echo de menos, ya es hora de que me vaya
Pero ¿regresarás, verdad?, preguntó la princesa.
Claro que regresaré, respondió Taro.
Antes de que te vayas, dijo la princesa, quiero darte algo, y le dio un pequeño joyero con pequeñas joyas incrustadas en él. Si algún día deseas regresar, continuó la princesa, llévate este joyero, pero nunca, nunca lo abras, ¿de acuerdo?
De acuerdo, respondió Taro. Lo prometo

Taro y la princesa se abrazaron, se despidió de todos y partió hacia su aldea, en la espalda de la vieja tortuga. La princesa y sus doncellas le decían adiós con la mano, hasta que Taro las perdió de vista. Los peces de colores los siguieron hasta que poco a poco comenzaron a dar la vuelta y regresar al fondo del mar. No pasó mucho tiempo hasta que Taro comenzó a divisar la costa donde se encontraba su aldea y su casa y sus padres. Se bajó en la playa, la cálida arena blanca en sus pies.

Adiós, viejo amigo, dijo Taro a la tortuga. Has sido muy bueno conmigo y nunca te olvidaré.
Adiós, Urashima respondió la tortuga. Espero vernos de nuevo algún día. Se dio la media vuelta y lenta comenzó a nadar hasta sumergirse de nuevo en el agua.

De vuelta en la playa, Taro se encontraba ansioso de regresar a su casa y ver a sus viejos y amados padres. Corrió hacia su casa con el joyero debajo del brazo, mirando el rostro de todos que encontraba a su paso. Quiso saludarlos a todos, pero ningún rostro era conocido; todos eran nuevos para él. Llegó al lugar donde estaba su casa, pero no encontró nada. Su casa ahora era un espacio vacío donde crecían plantas verdes y largas. Taro no podía creer lo que veía. ¿Qué pasó?, se preguntó desesperado. ¿Dónde está mi casa y mis padres? Volteó a la derecha, y una señora muy anciana caminaba hacia él.

Disculpe, la llamó Urashima Taro. ¿Usted sabe lo que sucedió con la casa de Urashima Taro?
¿Urashima Taro?, repitió la señora. No, lo siento, ese nombre no me suena
Debe de, replicó Urashima. Solía vivir justo aquí
Déjeme ver, suspiró la anciana, su rostro pensativo. Ah sí, ya me acordé, exclamó. Es una leyenda – Urashima Taro era un pescado que un día fue al mar a pescar y ya nunca regresó. Dicen que se ahogó. Sucedió hasta trescientos años. Esa leyenda me la solía contar mi bisabuela cuando era yo muy niña.
¡Trescientos años!, exclamó Taro, sus ojos abiertos hasta la locura. No puede ser…
Pero como dije, dijo la anciana. Eso sucedió hace trescientos años - ¿cuál es la importancia ahora? La anciana siguió su camino.

Entonces fue cuando Urashima Taro comprendió: tres meses en el palacio fueron realmente trescientos años. Por eso ya no está mi casa, ni papá y mamá, murmuró triste.

En ese instante recordó el pequeño joyero que le había regalado la princesa. Pensó que dentro habría algo que le ayudaría a salir de su triste situación. Taro la abrió, rompiendo la promesa que le hizo a la princesa. Un humo blanco lo envolvió, que no lo dejaba ver. Al esfumarse el humo, Taro vio sus manos y eran las manos de un viejo. Se tocó la cara, y sintió arrugas duras en la piel. En ese momento comprendió que ahora tenía los trescientos años que no había envejecido en el palacio. Recordó la promesa a la princesa, y supo que ya nunca más podría visitar el Palacio del Mar. Se echó al suelo, triste, derrotado y viejo.

Pero quién sabe, tal vez algún día la tortuga regrese del mar y ayude otra vez a su amigo Urashima Taro.






Basado parcialmente en el cuento Urashima Taro and the Princess of The Sea de Yoshiko Uchida y en Urashima Taro the Fisherman – traducido por Royall Tyler, parte de su antología Japanese Tales


viernes, 17 de mayo de 2013

Carta de un poeta a una mujer con la que quedó un pendiente

Marielle,

Desde el momento en que escuché tu nombre, sabía que no debía seguir – que debía dejar las cosas en paz. Tú y yo habíamos terminado desastrosamente, no de la mejor manera para trabajar como colegas en una traducción. Pero mi jefe insistió; yo no podía hacer esa traducción solo en tan poco tiempo, la verdad necesitaba ayuda, y cuando buscó un traductor para colaborar conmigo, esa traductora resultaste ser tú – de todas las mujeres, de todos los lugares, de todos los malditos trabajos posibles, tú. Maldita vida, graciosa ironía. Pensé que podía manejarlo; tú y yo ya éramos adultos. Mi jefe hizo una cita para que yo fuera a hablarte del proyecto, y, si consideraba que estabas apta, trabajaríamos juntos. Te confieso, durante todo el día de ayer estuve debatiéndome en si ir o no ir a la vergonzosa cita.

¿Por qué fui?, te has de preguntar. ¿Por qué ponernos a ti y a mí pero sobre todo a mí en esa situación tan humillante? No te sabría decir. No fue precisamente por el trabajo (yo bien podía hacer esa estúpida traducción yo solo); más bien era algo que tenía que ver con la esperanza. Desde que terminamos tú y yo, muchas han sido las noches en las que he soñado con nuestro reencuentro. Algunas noches imagino que se te queda el carro en plena avenida y que soy yo el único que anda por ahí para orillarme y tú debes aceptar mi inesperada ayuda. Algunas sueño con que una carta tuya llega a mí, pidiéndome verme, saludándome, preguntándome cómo estoy, diciendo que, como el poema de Benedetti, llegó el día en el que me comprendiste que me necesitas. Otras simplemente sueño con besarte, en acariciar el río manso de tu cabello y aspirar el suave aliento antes de besar el papel suave de tus labios sin fin. Y, cuando escuché tu nombre, mil cosas pasaron por mi mente. Pasaron las noches en las que yo sentado de un sillón, al lado del teléfono, esperaba por ti y nunca contestabas. Las veces en las que tú suavemente rechazaste mi beso, cuando me acercaba a ti, y en cambio acercabas la tuya solamente para rozar mis tristes labios y luego alejarte. La vez que me cansé de ti y de tus ausencias, tu falta de compromiso y de lealtad – la carta que te escribí diciéndote que ya no te quería volver a ver. La llamada telefónica que recibí de ti, pidiéndome una explicación, que nunca contesté, y la carta que te envié, con la cola entre las patas, llorando mi tristeza, diciéndote que no fue justo lo que hiciste, recriminándote la falta de cariño y tu exasperación, Marielle, y tu exasperación. Ésa fue la última vez que hablamos. Y luego pensé en si ésta no era una señal del destino, que el viento de nuevo convergía nuestros caminos, y de pronto me imaginé una visita y que al verme comprenderías me regalarías una sonrisa amistosa y me dirías que ansias colaborar junto a mí. Y después, a poco por motivos de trabajo nos seguiríamos viendo, trabajaríamos juntos y una noche se te haría tarde y yo te daría un aventón a tu casa y la invitación a tomar una copa a tu casa y el acercamiento y el amor y Benedetti. Mas no. Fría e indiferente, me diste tus datos, sin ser grosera, claro. No mostraste reacción alguna por tenerme ahí, y al final de la entrevista me dijiste: No te acompaño a la salida porque tengo mucho trabajo.  No te preocupes, te dije, y me diste la espalda al voltear hacia tu computadora para seguir trabajando. Caminé hacia la salida, sintiéndome extrañamente afligido. Llegué al estacionamiento, y me tomó un largo minuto subir a mi carro. Y cuando llegué a mi casa, me tomó una eternidad entrar a mi casa.

Y es que yo – yo tenía que verte, Marielle. Tenía que verte, carajo, tenía que verte. Yo necesitaba gastar mi posibilidad, ir hasta el fondo del pozo, llegar hasta las últimas consecuencias, poner a prueba mi esperanza, porque dicen que la esperanza es lo último que muere. Pero en este caso, Marielle, en tu caso, la esperanza ha sido lo primero que debió morir. Yo debí entender con tus indiferencias, tu adiós, la carta que nunca llegó a mí, que no me querías, que no debía insistir, que debía dejarte ir. No sé si soy muy terco o muy romántico, tal vez ambos, pero debía verlo por mí mismo – porque nadie aprende en cabeza ajena, y por más filosófica que viera la vida, con mayor templanza que te recordara, algo en mí ardía, Marielle, ardía, y tú eras la única capaz de apagar el fuego insoportable dentro de mí. Y cuando salí de tu oficina, sintiéndome el mayor estúpido sobre la Tierra, me sentí afligido, porque tú, como hacía muchos años, allá cuando éramos aún adolescentes y estaba enamorado de ti, me habías despreciado de nuevo. Mi esperanza fue un ruiseñor que murió en vano por darte una rosa roja.

No te reprocho nada, Marielle. Sé que puede parecer que sí, mas no. Nunca me diste el verano, porque nunca prometiste dármelo. Fuiste en mi vida como muchas otras: efímera y distante, como cometa solitario surcando el universo. ¿Qué más te puedo decir? ¿Que no vales la pena, que eres lo peor del mundo? Para nada. Simplemente tu cariño no era para mí, así como mi cariño no era para ti. Y, cargando mi corazón como cachorro abandonado, ahora debo seguir en mi misión de encontrar a quien amar y a quien me ame. Es difícil, sabes, saber que existes sin tenerte; yo siempre he sido un infeliz, un perdedor, un marginal. De pronto llegas tú, respondiendo con un eco el llamado de amor que en algún momento lancé. Y yo te di mi orgullo, te dejé acariciar mi alma tibia de niño. Tú en cambio me diste la puerta cerrada, el resplandor de luz inalcanzable, el silencio.

Y ahora estamos lejos. Y el viento nunca más convergerá nuestros caminos. Yo dejaré de buscarte, y tú por siempre estarás a la distancia, como un muerto. Y de ti me desprendo ahora, como se desprende el pájaro de la rama al emprender el vuelo, para ya nunca más regresar a ti. Adiós, Marielle.


El poeta.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Carta a una joven suicida



Nor shall we descend together to the dust
 – Job 17

Daniela. Nunca te lo dije antes, pero me fascina tu nombre. Ha de ser por la d y la n y la l. Sonidos alveolares, placenteros al pronunciar.

Te dejé dormida sobre tu cama hace dos noches, y a la mañana siguiente no me encontraste. No dejé ni un recado ni nada; simplemente partí, viendo la sangre del ruiseñor embarrada en la calle.  Es por eso que te escribo ahora. Quiero decirte que aquella noche que pasamos juntos fue la última vez que nos veremos. Desde ahora en adelante tú y yo caminaremos separados. Ya no contestaré los mensajes que me mandes cada semana. Tampoco acudiré a tu casa cada mes como ha sido hasta ahora. Ya no te buscaré más ni me permitiré ser encontrado por ti. Lo que hemos tenido, si es que es algo, si es que tiene nombre, se ha acabado. Sé que esta carta te puede tomar por sorpresa, y lo siento.

Daniela, yo todo este tiempo he estado esperando por ti – por tu llamada, por tu voz, algo, lo que sea, que me arroje de nuevo hacia tu puerta para verte siquiera un par de horas. Pero tu sangre es un caballo desbocado. Todas las noches sales a la ciudad a beber agua muerta de estanques luminosos. Abres tus venas, para que serpientes te alimenten con veneno dulce, mientras deliras soñando con horizontes ya perdidos. Y mientras tanto, el ruiseñor que vuela por tus cielos vuela y llora por la espina que se le encaja en el corazón. A veces recibo una llamada a mitad de la madrugada, y eres tú quien me está llamando. Yo contesto, y te escucho sollozar desde el otro lado de la línea. Me dices que te sientes abatida y triste y quisieras morir siquiera un minuto, sólo uno, para callar tu cuerpo hambriento que ruge dentro de ti. Yo te recuerdo que te quiero, y tú me pides que te lo susurre al oído, mientras ambos abrimos nuestras venas a la noche.

Y yo no puedo seguir con esto, Daniela. Ni por ti ni por nadie. Nunca te lo he dicho, no me gusta recordar aquellos días, pero mi sangre también fue un caballo desbocado. Un día probé, y al final creo que probé demasiado. Pero no podía vivir así por siempre, y una noche caí como cometa herido hasta mi desengaño. Me puse de pie, y hasta hoy de pie he estado. Si te sigo, sería como arrojarme de nuevo hacia la nada. ¿Quién me sacaría esta vez? Yo todo este tiempo sólo he visto cómo te marchitas, cómo te deshojas, cómo te secas. Y es cruel, doloroso, insoportable. Porque yo te quiero, y quisiera que solamente a mí me dieras tu sangre y tus amaneceres, y que respondieras únicamente al llamado de mi boca que como ola se abre para darte un beso. Tampoco puedo pedirte que cambies, porque no lo harías – por lo menos por mí. Y si lo hicieras, Daniela, ¿por cuánto tiempo sería? ¿Cuánto tiempo habría hasta tu adiós? Cada mañana me iría de ti con la amenaza de tu partida, y no tardaría mucho para que yo regrese una tarde y te encuentre con tus maletas en el suelo o una nota pegada en la pared. No. Tu boca sólo atiende el llamado del vino y la jeringa y el hartazgo.

Mas todo termina. Y un día escucharás al ruiseñor muriendo cada noche durante su vuelo. Y la noche se vaciará de estrellas y de luna. Y el mundo enmudecerá de luces, y con el silencio llegará tu desengaño. Y hasta entonces debemos separarnos.

Hasta entonces debemos separarnos. Y yo me iré de tu lado, y con mi anhelo te irás a tus relieves. Mas en la lejanía del cariño ausente soñaré con tu locura. Espero que tu desengaño venga pronto, y que en la oscuridad que se aproxima alcances a ver la luz de mi recuerdo, y que regreses, amor, y que regreses a mí dorada como un sueño. Que yo, paciente como un faro, te esperaré hasta el día en que decidas volver a mi lado.

domingo, 28 de abril de 2013

Carta a una joven suicida


Nor shall we descend together to the dust
 – Job 17

Joven. Amiga. Daniela. Prefiero llamarte Daniela. Nunca te lo he dicho, sabes, pero me fascina tu nombre. Ha de ser por la d y la n y la l. Sonidos alveolares, placenteros al pronunciar. Estás durmiendo sobre tu cama; tu blusa salpicada de tu propio vómito, sueñas con un mar. Yo, a tu lado, sentado sobre una playa firme, te escribo la razón por la cual me marcho de tu vida. Tal vez te tome por sorpresa. Lo siento.

Yo no sé si lleve la cuenta del tiempo que tú y yo nos hemos visto, que hemos pasado juntos desde que nos conocemos. Yo sí. Han sido, en total, seis días, en un lapso de once meses. ¿Te das cuenta? Sólo encuentros fortuitos y esporádicos entre nosotros. Sobre todo si te recuerdo que tú y yo no somos nada. Porque tú y yo no somos nada. Nos conocimos una tarde, al día siguiente ya había algo entre nosotros, algo que no tenía nombre y que sin embargo era real. Por lo menos para mí. Mas tres semanas después me pusiste un hasta aquí. Adujiste que no tenías tiempo para mí y que lo último que querías era decepcionarme. “Eres especial e importante para mí”, me escribiste en un mensaje. “Pero ahora no puedo. Aun así, espero vernos pronto”. Yo acepté. Me gustabas, Te quería. Estaba enamorado de ti. Ya era tarde como para desechar mis sentimientos por ti. Esperaría por ti, tu regreso del mar.

Yo sé que me quieres, Daniela. A tu manera, pero me quieres. Y, sabes, yo soy tan estúpido que seguiría aceptando los huesos de tu amor que me das. Finalmente los he estado aceptando todo este tiempo. Yo, desde que me pusiste un alto, he aguardado tu llamada. He aguardado tu mensaje. Tu voz. Algo, lo que sea, que me arroje a ti de nuevo. Cuando alzo la mirada y veo el cielo oscuro de la noche, no puedo dejar de pensar que es tu cabello, tu hermoso cabello, lo que veo. Incluso hasta puedo jurar olerlo. Cuando llueve, como ahorita mismo, pongo mi mano sobre la ventana, creyendo, o queriendo creer, que las gotas de agua son tus dedos que desde lejos buscan tomar las yemas de los míos. Espero por ti, Daniela. Siempre espero por ti. Pero ¿para qué? Para que, después de meses sin saber de ti, me llames a la madrugada desde un bar, drogada, borracha. Me pides que pase por ti, tus amigos te dejaron y ya no tienes dinero. Acudo a ti. Te encuentro en una calle sucia, llena de basura. Estás tambaleándote, vomitando sobre un bote de basura que seguramente contiene los vómitos de cien borrachos más. Me ves, me saludas como si nada pasara. Me abrazas y besas y ríes y lloras, mientras dices que te sientes fatal y que quisieras morir, solamente un ratito, sí, para callar todo aquello que te lastima por dentro. Pero al día siguiente, ya recuperada, me das las gracias y regresas a lo mismo. Y esto, Daniela, es insoportable para mí. Es crueldad. Es dolor. Porque el objeto de mi afecto es una joven suicida. Alguien a quien le vale pito su vida, porque poco a poco la deshoja, para luego tirarla a la basura y quemarla frente a mí; y si hace eso con su vida, le vale más pito la mía y mi amor y mis pesares. Soy una decoración. Un recuerdo agradable. Un alivio para un alma complicada como la tuya. Y yo, que sólo busco quererte y cuidarte, me siento fatal, inútil, un desperdicio. Pero al mismo tiempo no puedo dejar de quererte y preocuparme y esperar por tu regreso, amor mío, Daniela mía.

Pero ya no puedo, Daniela. Ya no puedo ser más parte de esto. Esta carta es la orilla, el muelle en el puerto. Yo no puedo regresar a ese mar, ni siquiera para intentar salvarte. Esta vez sí me ahogaría. Porque  yo también he conocido tus aguas. Nunca te lo dije, porque nunca me ha gustado recordar esos tiempos. Pero es verdad. Me sucedió que probé y me gustó, y al final creo que me gustó demasiado. Tanto, que hasta se me olvidó saborear y sólo tragaba por tragar. Y así, ciego de mí mismo, floté inalcanzable entre las olas del mar, como pedazo de madera frágil. Hasta que un día me desperté y me vi al espejo y vi como realmente estaba: cansado y abusado. No me gustó lo que vi. El mar me arrojó hacia una playa firme. Me puse de pie, comencé a caminar. Y solitario he caminado desde entonces.  

No creas que te digo esto par que cambies; mi misiva no tiene intención moralizante. Por mucho que me gustaría, no puedo decirte que cambies. No lo harías – por lo menos no por mí; finalmente yo nunca cambié por nadie sino por mí mismo. Además, si accedieras a cambiar por mí, ¿por cuánto tiempo sería? ¿Días, semanas, meses? Cada vez, al irme de ti, me llevaría conmigo la amenazante bomba de tu despedida, con el temor de explote en cualquier momento. No es que re reproche; es que no quiero llegar un día al atardecer y encontrarte con tus maletas en el suelo o ver una nota pegada en la puerta o el refrigerador. No, Daniela, yo no te quiero medio tiempo; llámame egoísta, envidioso, pero yo no te quiero compartir. Yo no quiero incertidumbre; yo quiero eternidad.

Debo entender que éste es tu camino, tu decisión, y yo no tengo cabida en tu decisión. Entre mi cariño y tu muerte, al parecer mi cariño no es tan dulce y tu muerte no es tan agria. Yo no sé lo que vaya a suceder contigo y conmigo, con nosotros. No sé si algún día te canses de tu mar y quieras regresar a mi playa. Espero que sí. Si en algún momento sientes que tu camino se torna sombrío y triste, búscame – por favor, búscame. Que yo, paciente como un faro, “por ti estaré esperando / hasta que tú decidas regresar”.

jueves, 11 de abril de 2013

Carta de un poeta a una instructora de danza


This if my letter to the world
That never wrote to me
 – Emily Dickinson

Querida instructor de danza:

Sé que en esta ciudad y en estos tiempos, recibir una misiva con remitente desconocido es motivo de alarma y preocupación. En primer lugar, me gustaría decirte que no hay nada por qué preocuparte – no tienes nada qué temer. Ésta es, simplemente, la carta de un admirador a su admirada. En segundo lugar, y para ahorrarte cualquier suspenso innecesario, me presento. Me llamo Carlos; soy el empleado de caja en la tienda de videos, enseguida de la escuela donde impartes clases No sé si alguna vez me has notado o me has visto (tengo la impresión de que mi rostro no es de esos memorables, que se queda fijos en la memoria de las gentes; más bien, tengo la impresión de que tiende a diluirse en el trasfondo de las cosas, como nube en un paisaje); sin embargo, yo a ti sí te he notado – desde mi primer día de trabajo – y desde entonces he querido hablarte – acercarme a ti – cruzar esa brecha invisible que nos separa a nosotros dos y a todo el mundo en general. No sé qué hay en ti, pero cada vez que llego al trabajo en la mañana, me repito a mí mismo: éste será el día en que me acercaré a ella y le hablaré. Mas nunca hago nada; pasan las horas, cae la noche y la luna, y yo sigo tras la caja, viendo cómo te vas, despedirte de tus alumnas y abordar un carro gris que siempre te espera al terminar tus clases – hasta que la mañana y el sol te traen de vuelta consigo.

¿Soy cobarde – inseguro? Sí – admito que algo hay de eso en mí. Tengo miedo de que me rechaces, porque a tus ojos – y los ojos del mundo – soy solamente un simple empleado en una tienda de videos. Sin embargo, te confieso que tengo una vanidad callada – soy poeta. Yo nombro lo innombrable; apunto lo invisible; arrojo luz sobre lo antes oscuro e ignoto. He leído libros, he aprendido idiomas, incluso tomé el tonto, inútil camino de la universidad
(mi madre tiene colgado en su recámara mi diploma con honores). Y después de terminar la escuela, mucha gente solía decirme que tomara mi diploma y lo presentara al mundo y me consiguiera un trabajo bien y que al llegar a mi casa por la noche – solamente hasta entonces escribiera. Pero ellos – ellos no entienden lo que es poesía – ellos no entienden que su sugerencia es el camino perfecto para convertirme en un poeta mediocre. Yo necesito tiempo para leer, para escribir, para sentir, y pensar, y este trabajo, que para todos es nada, que para mis padres es un insulto y para mis amigos una burla, para mí lo es todo, porque aquí es donde puedo hacer todo aquello que necesito realizar como poeta mientras me gano humildemente la vida y mientras te admiro a ti a la distancia.

Aun así, sé que ser poeta en este mundo no es gran cosa, si no se es también rico y famoso o muerto, ninguno de los cuales es mi caso. Te digo todo esto porque no sé qué sucede, pero últimamente Juárez ha ido despertándose lentamente a la poesía. Hay días en los que camino por las calles y de pronto me topo con una pared pintada con versos de Neruda. O llego a mi casa después del trabajo, prendo la computadora  y me encuentro con un mensaje muy Shakesperiano: “Si un escritor se enamora de ti, nunca morirás”. Uno diría que en tierra de ciegos el tuerto es rey, y que, si yo soy poeta en esta tierra virgen de poesía, entonces me corresponde también un lugar. Mas esto no sucede; nadie asiste a mis lecturas, no encuentro editores que publiquen mi poesía y gente con mucho menos talento que yo gana premios y obtiene contratos. Esto a mí no me molestaría para nada, yo no querría estas banalidades para mí, si no fuera porque existes y te vi, una hermosa y joven instructora de baile, llena de gracia, que no dudo ha de tener  muchísimos pretendientes, todos con carros lujosos y trabajos flamantes y seguros de sí mismos. No me gustaría cometer prejuicio contigo y pensar que solamente porque eres hermosa también eres frívola y superficial y te dejas apantallar por todo esto. Es que me gustaría ser más de lo que soy – ser un poeta famoso, no por mi vanidad, sino para que tú y el mundo me perdonen la intención de esta carta que te escribo y que te mando, sin temor a que me tildes de acosador o loco o ambas. Porque sé que el mundo no es como el cine o la literatura; el mundo no aprecia las buenas intenciones ni perdona los arrojos de valor o de amor como a los protagonistas en las ficciones; el mundo es un lugar que exige resultados, y aquí y en todos lados sólo los fuertes y los impostores son quienes sobreviven. Hay noches en las que me asaltan dudas y aprehensiones sobre mi vida, y siento que el futuro que tanto espero nunca llegará. Y que como muchos poetas que me han precedido en la historia, mi paso sobre la Tierra pasará inadvertido, cometa silencioso, hasta que aterrice en el futuro, cuando yo ya esté muerto, y todos se enteren de lo que en verdad fui pero para entonces ya sea tarde.

Pero sabes, nada de esto importaría si yo tuviera una oportunidad contigo, por más chica que fuera. Quizá podría darte miles de razones por las cuales no te hablo y nunca te hablaré. Mas no sé por qué termino siempre en tu recuerdo, incluso cuando las palomas de mis pensamientos surcan otros cielos. Eres a quien yo deseo, a quien yo quiero para mí, y no ha sido hasta esta tarde, cuando comencé a escribirte esta carta, que comprendí que no estoy mal en desearte, que no hay nada malo en mi anhelo de ti, poeta o no poeta, mortal o inmortal, famoso o desconocido, porque soy hombre y estoy vivo y si sólo supieras que cada vez que te veo siento ganas de mandar la poesía el carajo y arrojarme hacia ti. Entérate que estás haciendo que un poeta deje de ser un poeta, porque los poetas sufren y aman en silencio y a distancia, pero pocos poetas se arrojan a la vida como yo me estoy arrojando a ti en estos momentos. Ninguno de mis poemas se compararía al verdadero y suave tacto de tu mano al tomarla cuando vayamos caminando lado a lado por la calle, o a un beso tuyo en la mejilla al despedirnos una noche después de una cita agradable. Porque un poema es, finalmente, arte, pero tú eres vida. Y prefiero mil veces la brevedad feliz de la vida a tu lado a la inmortalidad sombría de la muerte sin ti.

Sin más qué decir, me despido.
Atentamente, el poeta.

sábado, 6 de abril de 2013

Carta de un poeta a su primera novia

Renata:

Te escribo porque no puedo hablarte. No sé dónde estás ni qué haces. En agosto próximo ya serán ocho años desde la última vez que te vi – la tarde en la que te fuiste enojada de mi casa, y hasta el día de hoy no sé nada de ti. Si supieras que te estoy escribiendo una carta todos estos años después, tal vez te reirías: ha pasado tanto tiempo, no duramos ni un año, éramos unos niños, ya no hay nada más de qué hablar entre tú y yo. Sin embargo, lo hay.

Quiero decirte, Renata, que tú fuiste mi primera novia, mi primer amor, mi primer beso, mi primera ilusión. Tenía dieciséis años, era un escuincle, pero yo de ti estaba completa y perdidamente enamorado. Y, como sucede siempre con los primeros amores, creí que lo nuestro duraría toda la vida. Así que quizá comprendas lo que fue para mí escucharte decir que me eras infiel. Hay alguien más, dijiste. Nos iremos de Puebla y comenzaremos una familia – ya no me busques más. El mundo enmudeció para mí por un instante. Te pedí explicaciones; soberbia, te negaste a darlas: no le debo explicaciones a nadie, dijiste. Y, después de mucho insistir y exasperada, te diste la media vuelta y comenzaste a caminar hasta que te perdí de vista para siempre.

Renata – fue terrible lo que hiciste. Por el cariño que nos tuvimos, por el tiempo que pasamos juntos, yo merecía una explicación: la necesitaba para poder irme en paz de ti, para seguir con mi vida. Necesitaba sellarte, enterrarte, cerrar la puerta y vivir feliz. Pero en cambio he vivido incierto, intranquilo, dubitativo, en la perpetua sensación de olvidar algo, un eco sordo y misterioso que me asalta en las horas menos insospechadas. Desde esa tarde mi vida ha dado mil vueltas; me fui de Puebla, nuestra Puebla, y regresé a Chihuahua, mi Chihuahua; terminé la escuela, estudié una carrera, conseguí cuatro trabajos, en dos de los cuales me corrieron; me fui a vivir a Francia, no resultó como esperaba; me fui a Nueva York, regresé a Chihuahua con la cola entre las patas. Todas mis relaciones han sido una seria ininterrumpida de tórridos fracasos e ineluctables decepciones. Y, para mi congoja, yo también he abandonado mujeres de la misma manera en la que tú me dejaste a mí; para mi congoja, me he convertido en lo que tú fuiste. Y así, ingenuo y desorientado, he tratado de vivir como si nada entre nosotros hubiera pasado, como si hubieras sido una encrucijada en la carretera que hace años dejé atrás, sin comprender que el pasado nunca se deja atrás, sino que se repite como incansable obstinación hasta que me asalte la muerte o el cansancio – lo que sea que llegue primero. Todos estos años he sido un planeta, girando sobre mi propio eje; mis pies se han movido, mis piernas se han estirado, cada día al verme al espejo me veo más grande, más adulto, mi vida en apariencia ha tomado otros caminos – pero siempre he regresado al mismo lugar donde comencé: tú. En un breve y terrible instante, la tarde en la que me develaste tu traición y partiste dejándome con la palabra en la boca sin decirme adiós siquiera, me he congelado desde entonces y para siempre. Y para colmo de mis tristezas te he dedicado muchas noches al hacerme las preguntas eternas, los enigmas imposibles: ¿Qué sucedió contigo – por qué lo hiciste – dónde estás? Y siempre me quedé dormido sin hallarme una respuesta.

Renata – suficiente. Estuvimos juntos once meses y catorce días, en los que te amé con el amor más tenaz y frágil que existe: el amor de un adolescente. En ti probé la más exquisita dicha que en mi triste vida he probado –– y, además, he dejado la puerta abierta por si algún día apareces en la penumbra de la tarde o si un viento distante me trae noticias sobre ti. Pero ya es suficiente. Te he dado más tiempo del que por derecho me correspondía darte, y el único perjudicado he sido yo; al dejar la puerta abierta, en mi vida ha entrado mucha basura, muchas tristezas – y lo peor: ni siquiera sé dónde estás – si siquiera sé si estás viva o muerta, si me piensas o me olvidas. Sea lo que sea, yo ya no puedo seguir así. Necesito cerrar la puerta ya. Si tú insistes en no dejarte encontrar, si insistes en no aparecer por última vez para darme tu bendita absolución, está bien: no lo hagas, no me la des – yo mismo me la daré. Será difícil vivir ya sin tu recuerdo; todos estos años lo he atesorado como solo un poeta atesora sus desdichas para escribir su poesía. Pero ni el poema más sublime es más valioso ni compensa una noche más de mis nostalgias.   

Adiós, Renata. Mi orgullo me dicta que te diga que nunca te quise y que te vayas al demonio – pero no puedo decirte esto – no sería sincero. Yo aún te quiero – no con la misma intensidad que cuanto te conocí y era un niño e inocente y pasaba las tardes tranquilo entre tus brazos hasta que se ponía el sol – pero te quiero. No hay nada que tú o yo podamos hacer al respecto. El amor no son horas ni segundos, para que tengan principio o final; el amor es como un río, atemporal e inacabable, que por unos momentos es agitado e impetuoso, pero manso y tranquilo el resto de las horas. Y en él seguirás nadando hasta mi último día de vida.

Adiós, Renata. No sé qué más decirte. Adiós, adiós.

Amor por siempre,
El poeta.

martes, 19 de marzo de 2013

Carta a una amiga lectora


Mari:

Te regreso el libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez que me prestaste. Sé lo emocionada que estabas por que lo leyera, puesto que a ti te gustó y, según me comentaste, ayudó mucho. Me da gusto que te haya ayudado – la palabra escrita tiene más poder del que aparenta. Sin embargo, no lo leí. Y no lo leí por varias razones – entre ellas, ya sé qué tipo de literatura y consejos da Carlos Cuauhtémoc Sánchez (mi papá, cuando yo era puberto, me solía regalar sus libros que, aunque me dé pena confesar, leí aunque sin interés). No critico la literatura de autoayuda – finalmente por algo existen y no dudo que ayuden a alguien. Y no es que no la lea porque yo quiero ser un escritor entre comillas serio ni porque me guste leer Shakespeare; es más bien porque pienso que, en mi caso, es una pérdida de tiempo leer este tipo de literatura.

Hasta hace unos meses yo era un fanático de Haruki Murakami, un escritor japonés que está de moda últimamente. La primera novela suya que leí fue Norwegian Wood, cuando tenía yo veintidós años: fue un parteaguas en mi vida. Solamente El Retrato de Dorian Gray y Todos los fuegos el fuego de Julio Cortázar me habían impactado tanto hasta entonces. Pero Norwegian Wood fue un caso especial – mientras la leía pude sentir el hambre y la tristeza de Toru Watanabe, porque sentí mi hambre y tristeza propias. Hay muchas similitudes entre nosotros dos, lo cual, supongo, se debe a que ambos, Murakami y yo, somos capricornio.

Desde entonces he leído con interés toda su literatura. Encontré ideas interesantes es South of the Border, West of the Sun y Sputnik Sweetheart. Seguí leyendo con interés sus demás libros, pero, a medida que los iba tomando de los anaqueles de la biblioteca de la escuela, me fui poco a poco desencantado con Murakami: sus libros se enfocaban cada vez más en, precisamente, la autoayuda y no tanto en una exploración artística de temas que pudieran aportar algo a la discusión literaria. Su novela 1Q84, aunque es una placentera prolongación del orgasmo literario, es un libro de autoayuda, y en él he encontrado consejos increíbles como: No puedes decidir cómo nacer, pero cómo puedes decidir cómo morir. A mí este tipo de consejos, además de sosos, me parecen risibles. Y no porque piense que Murakami no esté bien en lo que dice – técnicamente tiene razón (aunque soy un poco budista y me gusta aunque a la vez me aterra la idea de la reencarnación, y creo que sí podemos decidir dónde nacer). Tampoco es eso.

A veces me encuentro a mí mismo en un bar, hablando con amigos acerca de sus propios problemas y, tú sabes, cosas cotidianas de la vida en las que a veces nos atascamos como en un pantano. Yo a veces les doy alguna sugerencia que, a mi punto de vista, es práctica y funcional, pero ellos terminan optando por otra decisión que los lleva, casi siempre, al lugar donde empezaron. A mí también me sucede, no creas: la gente me sugiere algo y yo termino haciéndolo todo al revés, y no solamente pierdo el tiempo, sino que mi problema no se resuelve y yo termino, al igual que muchos, hablando con algún amigo en algún bar.

Tu libro me recuerda a otro de  los libros que me han marcado en la vida – Siddartha de Herman Hesse. El libro es cortito, se lee fácil y rápido y es poético. Bueno, en esta novela, Siddartha, el protagonista, trata de encontrar la paz en su vida, a pesar de que la ha buscado con hambre y desesperación. Después de muchos años, ya cuando está viejo, por fin la encuentra: con un anciano barquero que vive cerca de un río. Todos los días los dos ancianos se sientan cerca del río y lo “escuchan” y de él aprenden todos los misterios que todo el mundo ignora pero que son valiosísimos y fundamentales para la vida misma, y son felices. La novela dice que hay curiosos que se acercan y piden pasar la noche con ellos, para poder escuchar el río pero sin recibir contestación. ¿Por qué? No están preparados para escuchar al río aún. Pienso que algo así es la vida con respecto a los consejos. Cada persona tenemos una senda por recorrer – una senda que, puede tener parecidos con otras sendas, pero que no deja de ser única e indivisible; y por lo tanto, los consejos resultan inútiles porque nadie aprende en cabeza ajena. Hay consejos que, como dije, son buenos, pero a veces las personas no estamos listas para recibirlos – mucho menos para llevarlos a la práctica. A veces las personas debemos darnos de topes contra la pared, para comprender que tal o tal camino es incorrecto. Hay gente que tal vez no: hay gente que tenga un ego más dócil y no tan fuerte, que le encuentre el lado simple y bonito a la vida y no se complica. Pero otros necesitamos incluso quebrarnos la cabeza contra la pared para entender. Creo que yo soy así. Y la verdad no me enorgullezco en decirlo; finalmente un ego fuerte solamente me perjudica a mí mismo. Pero por eso es que leo literatura – a veces me encuentro con libros bien escritos con historias humanas y sinceras, con las cuales me identifico a un nivel muy personal, como en mi caso con Norwegian Wood – aunque han sido varios libros (Casi todas las novelas de Scott Fitzgerald, Great Expectations de Charles Dickens, Closer de Patrick Marber, las Églogas de Garcisalo de la Vega, etcétera). Cuando leo libros así, Mari, algo me sucede – entro en una catarsis: soy capaz de un segundo verme en un espejo hablado, un espejo de palabras, y, cuando cierro el libro en la página final, yo ya no soy el mismo – yo ya he evolucionado. Me he acercado por lo menos un poco más a escuchar el río del que habla Herman Hesse – me he acercado un poco más a la tranquilidad. Desde luego esta tranquilidad no la encontraré en los libros; finalmente la vida no es ficción aunque se parezca a ella –  aunque queramos que sea ella. No. La vida es la calle y es el mundo y es la gente y es en la gente, y es en la gente, en la fiesta de lo colectivo, como diría Paco Ignacio Taibo II, donde podemos reconciliarnos con nosotros mismos: no puedo dar amor a los demás sin darme algo de amor a mí también.

En fin. Te mando, con tu libro, esta carta y un abrazo y espero que tu senda y la mía no sean tan dificultosas de recorrer. Hasta luego.