Desde lo más alto del rascacielos, a mediodía, la hora más ocupada de todas en la ciudad, caía yo, bulto enorme, bulto extraño, en picada como un saco o más bien como un avión kamikaze. Porque eso era precisamente lo que yo era, un kamikaze, es decir, un suicida. No me pondré ahora mismo a explicar por qué quise terminar con mi vida; no es el momento, no tengo el tiempo y sencilla, simplemente, no se me da la gana. Además no entenderían mis razones, con eso de que está de moda ser sano y positivo y vegano y ver la vida con el optimismo con que ven la vida los escritores de libros de autoayuda, simón. El punto es que decidí matarme y lo hice y creo que ya estoy muerto o lo estaré, y aunque desde arriba todo se ve espantosamente real y el aire que en el piso no es más que pura nada llena de esas cosas que nunca importan y de las que nunca nos damos cuenta allá arriba todo es más todo – más grande más vivo y más sincero y aunque justo arriba les dije que no quería decirles por qué me suicidé creo que es inevitable por lo menos decirles que cuando me subí allá arriba, en ese pinche rascacielos de la calle Insurgentes, sentí lo que durante tanto tiempo quise sentir – vida, vida pura, vida latente, corazón no apagado, corazón feliz, corazón incierto, pulsaciones que serían como vómitos u olas de agua de mar, agua blanca y cristalina, llena de fuerza que viene desde el fondo del mundo, la verdadera razón por la que vivimos, para sentir emoción y vértigo e inclusive un poco de náuseas, y ahí estaba yo, viendo todo desde sí lo admito la posición soberbia de quien ya no ve la vida como este regalo envuelto en celofán que uno debe cuidar y no abrir ni exponer ni en las situaciones más deliciosas que comúnmente llaman riesgosas sino como algo mío algo propio algo que no es de nadie más y que se encuentra a mi entera disposición como una bocanada de aire fresco que yo decido si me trago o decido si lo regreso al circuito polifónico del aire, todos viéndome, inclusive ahorita mismo lo veo – todos me ven, asustados, ¿por qué les da tanto miedo la muerte, gente pendeja? ¿es que nunca han presenciado que un bato y no un pájaro se pose en un rascacielos y le grite en un bestial rugido al mundo que uno ya no será más su pendejo y que desde ahora todo lo que se haga se hará bajo no quizá las condiciones de uno porque eso sería imposible, por más que yo quiero sin aire y agua yo no puedo vivir, pero por lo menos puedo decidir si quiero seguir viviendo la vida en la cual necesito aire y agua para continuar? Pendeja pendeja, gente pendeja, no no lo hagas, sí como chingados que no, piensa en tu familia, cuál pinche familia cabrón, tú no sabes nada de mi vida, mi esposa es una actriz perdida que cada noche despierta en una cama distinta y lo peor es que yo pago las cuentas de esas camas y mis hijos unos pinches genios malagradecidos que piensan que porque yo soy un pintor fracasado no valgo madre, así que a la mierda, pum vas me lanzo a la mierda, todo, y mientras yo caía en relámpago hacia la tierra, el piso, asfalto duro y frío y que en cuanto me reciba me hará explotar en un arcoíris no de mil colores sino en mil tonalidades carmesí que vayan desde lo morado hasta lo café, pasando por mil rojos y naranjas que albergo dentro de mí cuerpo, qué bonito vida vida mía qué bonito es ser un arcoíris y estallar para los demás, siquiera darles gusto con mi cuerpo explotando no en el cielo sino en el suelo, a unos cuantos metros de ellos, como fuegos pirotécnicos, sí sí vida mía vida mía, ya pronto me estoy alejando de ti, y recuerdo sí porque en esto también se recuerda todos los instantes de mi vida que se nutrieron por oscuridad y por olvido y que hoy ya nada importan ¿saben por qué? Porque todo mundo me ve me oye me huele casi casi mientras caigo en esto lento y suave irme de la tierra, apagarme como luz luciérnaga errática que se entrega a la oscuridad de no de la noche porque la noche es muy trillada pero sí la oscuridad de algo ¿de qué? No sé, pero oscuridad finalmente, poco a poco, la luz comienza a fallar, a ceder, a apagarse, triste es sí muy triste pero no importa porque mientras sigo cayendo lo veo sí el corazón brillante en medio de la oscuridad mi corazón se acelera se estremece relincha de una felicidad que no le cabe en el pecho y que dice sí éste éste éste es mi momento si señor me estoy acercando oh sí cada vez más puedo saborearlo puedo saborear mi vida toda mi vida en este breve pero bello intensísimo instante lo saboreo y es deliciosa manjar prohibido manjar vedado para mí durante tantos años ¿por qué amor por qué vida mía no pudiste ser como eres ahora? No importa no importa te juro que no importa sólo me lamento que esto no pueda durar más que estos instantes que son como gotas de rio lluvia tormenta rocío río arroyo riachuelo y no fuesen no sé algo así como un mar perpetuo que dure de aquí a la eternidad pero oh sí lo es lo es ya mero estoy cerca del piso lo es este sabor que me acaricia la lengua con soberana ternura me promete que lo será lo será ya no más gotitas chiquitas ni destellos apagados sino la eternidad continúa de esta dicha que jamás alcancé en la oscuridad latente bajo el sol de mediodía adiós adiós oh mierda
domingo, 24 de agosto de 2014
Vida de un suicidio
domingo, 17 de agosto de 2014
Breve comentario sobre la vida en la niebla
Debo comenzar diciendo que todo a nuestro alrededor, todo lo que nos acompaña, todo lo que respiramos, es niebla, pura y blanquecina niebla. Y nosotros desde que nos levantamos hasta que nos acostamos , vivimos a diario con este aire espeso que torna borrosos nuestra vida y nuestro mundo y que nos impide ver más allá de tres metros de nuestra distancia, por mucho que nos esforcemos (aunque la verdad nos importa un carajo ver más allá de nuestras narices). Las consecuencias son obvias y casi aciagas: accidentes por doquier, de todo tipo que nos lleva hacia la muerte: tropiezo con banqueta que tiene la bonita consideración de no avisarnos que se encuentra ahí, obstáculo en el pedregoso camino hacia el futuro; el atropellado que no se percató que por donde caminaba era avenida transitada y un carro que tampoco lo vio hasta cuando se bajó y lo encontró bañado en sangre o la señora a quien en lugar de tomar sus pastillas para la depresión, tomó por equivocación la calibre .38 que guardaba justo al lado de su cama y se hizo atravesar la garganta jalando del gatillo (Digo casi aciaga porque a pesar de que infortunada es nuestra realidad de borrosidad perpetua, esperándonos en cada esquina como señalamiento de vialidad, ya estamos acostumbrados). No podemos ver el sol, tampoco podemos ver la luna; el atardecer, ese bello desangramiento en el cielo cuya sangre se extiende hasta el final del crepúsculo, nos está vedado y el amanecer es apenas un callado rumor que nada nos dice sobre el nuevo día más la muerte acompañará nuestro el café caliente del desayuno a las diez de la mañana. La vida en la niebla es, pues, piso incierto, ignorancia de saber de dónde venimos y apenas olfatear el camino incierto hacia dónde vamos.
Pero lo
que tenemos, eso sí, es el canto del gorrión. Con exactitud, con una definición
clara y absoluta, con una explicación de diccionario ésas que gustan tanto a
filólogos y disgustan a los poetas, no puedo explicar lo que es el canto del
gorrión. Lo que sí puedo decir es que el canto del gorrión es algo así como el rumor de agua para los que viven en el desierto. En ocasiones, nos encontramos en
nuestras casas cuando relampaguea el cielo el canto del gorrión, el cual, surcando
por el aire, deja caer sus notas como lluvia, banderitas líquidas que
anuncian el término de la guerra. El cielo, oh ese cielo gris e infame, se
despeja, se aclara un poco y podemos, ¡es verdad!, respirar el azul terso del
cielo y los accidentes aminoran porque ya hemos despertado a nuestro alrededor
y podemos rescatar nuestras vidas de los valles profundos de la muerte súbita. No hemos estado lo suficientemente desesperanzados para olvidar el sol. No todos escuchan el canto del gorrión, eso sí, pero para quienes lo hacen el
mundo se detiene por un febril, casi pueril, instante y, como papeles arrojados
al aire con divertido desprecio, dejan todo por ir a perseguir, extasiados en
múltiples orgasmos de boca y oídos y ojos y manos, aquel canto por todo el
cielo raso. El gorrión, allá arriba, volando con alas de perfume de oro, parece
prometernos con su canto un terreno plácido y armonioso que muchos allá fuera,
en ciudades donde no es reina la niebla maldita que nos aprisiona en barrotes
invisibles e impalpables, llaman edén. Y a pesar de que sabemos – o más bien,
creemos o queremos creer – que atrapar al gorrión será el final la vida como la
conocemos y el comienzo de la vida como nos gustaría, como queremos, como
soñamos que debe ser, por el sólo hecho de verla ya estamos contentos, esperanzados: la vida tiene un punto, un propósito. Nosotros
sabemos que alguien escuchó aquel canto porque por el aire vuela el rumor de
perseguidores recorriendo la ciudad, yendo tras algo que no se alcanza a ver pero
que es y siempre ha sido y por siempre será.
Triste
noticia: Hasta el momento, nunca nadie lo ha podido atrapar.
Yo,
créanmelo, una vez lo escuché. Recuerdo con exactitud cada momento de ese
inefable día. Recuerdo que estoy aquí, tranquilo en casa, pensando en la pobre
Leonora que partió de este mundo y de mi lado por la niebla, cuando, de pronto,
un rumor de algo que me levanta la nariz y me acaricia los brazos y se pavonea
por mis labios como manjar de dioses griegos.
Lo comprendo: es el gorrión,
y yo salgo corriendo de mi casa, extasiado, enfebrecido, loco de amor y de música, sintiendo mi cuerpo sometido al preludio del más amplio y líquido orgasmo que he sentido en toda mi maldita vida, sintiendo, no pensando, sintiendo, que de entre todas las promesas que se me hacen del futuro, la vida y aquello que no conozco pero que sé que llaman felicidad, se encuentra también la promesa de la resurrección insólita de mi hermosa Leonora. Y ahí estoy, casi me puedo ver: tonto, niño, ingenuo, persiguiendo el aroma en fa mayor que aún me toca y me embriaga y me colma la nariz del bálsamo de cantos más puro que ha existido en esta ciudad poseída por la niebla. Pero no lo encuentro, no lo alcanzo, por más que estiro las manos, pidiendo que deje de lloverme y más bien me haga uno con la lluvia, no me hace caso. Estoy persiguiendo un eco cuya fuente, una voz, se me aleja cada vez más y más a pesar de mi esfuerzo y mi cansancio, mis pies que si de ser posible podrían brincar hacia lo que yo siento que es el corazón fúlgido de la vida, de todo el universo. Pero no lo alcanzo, y el gorrión se va, su canto poco a poco se apaga, incendio que en lugar de abrasar y arrasar con el bosque, lo nutre y lo torna más frondoso. Una vez más, el canto del gorrión ha sido ignorado. Al cabo de un tiempo, cansado y solo y derrotado, regreso a casa, a la tristeza, a la niebla.
Lo comprendo: es el gorrión,
y yo salgo corriendo de mi casa, extasiado, enfebrecido, loco de amor y de música, sintiendo mi cuerpo sometido al preludio del más amplio y líquido orgasmo que he sentido en toda mi maldita vida, sintiendo, no pensando, sintiendo, que de entre todas las promesas que se me hacen del futuro, la vida y aquello que no conozco pero que sé que llaman felicidad, se encuentra también la promesa de la resurrección insólita de mi hermosa Leonora. Y ahí estoy, casi me puedo ver: tonto, niño, ingenuo, persiguiendo el aroma en fa mayor que aún me toca y me embriaga y me colma la nariz del bálsamo de cantos más puro que ha existido en esta ciudad poseída por la niebla. Pero no lo encuentro, no lo alcanzo, por más que estiro las manos, pidiendo que deje de lloverme y más bien me haga uno con la lluvia, no me hace caso. Estoy persiguiendo un eco cuya fuente, una voz, se me aleja cada vez más y más a pesar de mi esfuerzo y mi cansancio, mis pies que si de ser posible podrían brincar hacia lo que yo siento que es el corazón fúlgido de la vida, de todo el universo. Pero no lo alcanzo, y el gorrión se va, su canto poco a poco se apaga, incendio que en lugar de abrasar y arrasar con el bosque, lo nutre y lo torna más frondoso. Una vez más, el canto del gorrión ha sido ignorado. Al cabo de un tiempo, cansado y solo y derrotado, regreso a casa, a la tristeza, a la niebla.
Pero
quién sabe. Puede que en algún momento – oh cómo lo espero cercano, cómo lo
espero temprano – el gorrión venga de nuevo y quizá esta vez yo lo escuche de
nuevo, después de tantos años de vivir aquí donde nadie nos ve, ni siquiera
nosotros mismos porque para nuestros espejos no somos más que fantasmas, y lo
persiga y lo alcance y me vaya con él adonde quiera llevarme, para dejar atrás
toda esta vida donde la niebla nos come poco a poco a pesar de que nadie pueda
sentir las mordidas que nos hacen cada día menos nosotros y más cadáveres. Y
hasta aquel sublime momento no queda de otra más que aguantar, tener paciencia,
aguardar el día en que por fin conozcamos, siquiera por un efímero y frágil
instante, a eso que creo no equivocarme en llamar simplemente Dios.
lunes, 7 de julio de 2014
Como un vistazo al infinito
En la camioneta, de camino a mi casa, pensé que, si
por mí hubiera sido, Minerva y yo nos vemos así por el resto de la vida: dos
veces por semana en el departamento que le puse hasta bien entrada la
madrugada, para luego regresar a mi casa, a mi familia, mi esposa e hijos
adolescentes que cada vez tienen los ojos más rojos de tanta droga que se
meten, los perdidos. Pero cuando pronunció aquellas palabras, Guadalupe o yo, y vi en sus
ojos arder ese misterio que nada tenía que ver con aquel poema de Machado, supe
que hablaba en serio. Algún mosco le debió picar; últimamente había visto mucho
esas novelas en las cuales las amantes no se dejan y reclaman el lugar que les
corresponde. Quién sabe. Con sus maletas hechas en el suelo, ¿qué decidía yo?
Tampoco lo supe. Llevaba quince años de matrimonio con
Lupe y desde un tiempo para acá no me apeteció nada verla. Ni tocarla. Ni
hablarle, siquiera. Mucho menos hacerle el amor. A decir verdad, tenerla cerca
me producía congoja. Me deprimía. Así que cada vez que tuve oportunidad de
alejarme de su lado para irme con otras mujeres, lo hacía. Podía decirlo con
todas sus letras: Yo ya no amaba a mi esposa. Muchas veces soñé con dejarla y
vivir plenamente con alguna amante digna de mí. Ahora, con Minerva, la tenía.
¿Cuál era el problema? ¿Qué me detenía?
Oscar Wilde tenía razón: el matrimonio es un mal
hábito y aun así uno inclusive lamenta la pérdida de un mal hábito porque son
parte esencial de nuestra personalidad. No sé si Guadalupe era un mal hábito o
no, lo más seguro es que sí, pero, siendo franco, no imaginaba mi vida sin
ella. No imaginaba mi vida sin ella dándome el periódico y el café cargado en
las mañanas ni los besos de buenas noches antes de dormir ni su bonito detalle
de comprarme una corbata para las fiestas y reuniones sociales que tanto me
persiguen como dueño de una exitosa firma de abogados. Madre de mis hijos,
Guadalupe me ayudó a construir mi pequeño imperio de la nada; siempre me apoyó,
jamás me dejó solo, a pesar de mis desaires.
Minerva no aceptó excusa alguna – parecía muy
decidida. Y la verdad es que yo tampoco imaginaba mi vida sin ella: era bella y
ambiciosa, inteligente y salvaje en la cama. Llegó a trabajar a la firma hacía
un par de años y, aunque al principio tuve mis dudas respecto a sus intenciones
– siendo el jefe máximo, nunca dejan de revolotearme alrededor las moscas muertas
–, con el tiempo supe que era sincera y que en verdad me quería, como yo a
ella. Si estaba obligado a elegir, entonces no había duda qué lado de la moneda
elegiría. Ni hablar. Llegué a mi casa y hablé con Guadalupe. Mis hijos no
estaban.
Lo último que vi de Guadalupe antes de que se afantasmara
fue su triste sonrisa, ésa con la que siempre recibió las noticias pesarosas. Me
quedé solo en medio de esa gigantesca casa. Llamé a Minerva, quien, contenta,
me pidió regresar lo antes posible para celebrar: haría mi pasta favorita y me
lo serviría con mi vino favorito. Triste y lento, hice mis maletas y salí de
ahí. Al voltear, la casa desapareció.
Una idea por mi cabeza. De un brinco, corrí hacia la
camioneta y manejé hasta el departamento de Minerva a toda velocidad. La puerta
abierta. ¿Minerva, mi amor?, pregunté. No obtuve respuesta. No había nadie. En
la cocina, platos vacíos enseguida de una vela llameante. Minerva, como
Guadalupe hacía unos instantes, también había desaparecido.
Apocado, salí del departamento pero no quise ver cómo se
afantasmaba hasta no quedar nada; sólo aguanté ver el hueco donde hasta hacía
unos instantes había estado el que se supone que sería mi nuevo hogar. Caminé
hacia la calle y, en medio de aquel atardecer morado con naranja, sentí lo que
siento al ver una pintura que vi hace años: una sabana enorme donde sólo hay
pasto raso y cielo azul sin lindes y en medio un hombre diminuto que es casi un
puntito negro en todo el cuadro. Algo así como un breve vistazo al infinito.
miércoles, 2 de julio de 2014
México ante el Mundial 2014
La Selección Mexicana ha perdido. Unos culpan al árbitro; otros a Robben, quien admitió que Rafa Márquez no cometió ninguna falta. Yo por un momento culpé a Rafa porque no hay que hacer cosas malas que parezcan peores. Sea la culpa de quien sea, en primer lugar, a esta tragedia no hay que encontrarle chivo expiatorio: Nos guste o no, estamos fuera del mundial y a él nada ni nadie nos va a regresar. En segundo lugar, tanto el árbitro como Márquez o Robben no son las razones por las cuales nos eliminaron del mundial, sino otras.
Después del partido de Croacia, el infame Enrique Peña Nieto, en llamada telefónica, felicitó a El Piojo Herrera por los resultados de la Selección y hasta le pidió que los llevara a la final.
Ahora, ¿esto era posible?
En términos de calidad, la Selección se encontraba en excelente forma; las victorias contra Camerún y el empate que supo a Victoria son Brasil fueron la prueba. Aun así, la Selección, por lo menos en este mundial, no hubiera llegado a la final. De haberle arrebatado la victoria a Holanda, algo hubiera sucedido en cuartos de final que habría llevado al mismo resultado. No por calidad sino por actitud.
En el mundo, ciertas selecciones, ciertos países, (seguramente los victoriosos, los acostumbrados a ganar) entran al mundial con un objetivo claro: Ganar la copa. ¿Por qué? Porque pueden, porque quieren, porque trabajan para ello. No solamente es cuestión de talento; para algunos países la victoria es el final de un sendero al cual, a pesar de las dificultades, se puede llegar. Por contraste, México, tanto Selección como afición, entramos al mundial no con el objetivo de aquellos países sino con otro, menor: Romper con nuestra historia. Trascenderla. Escapar de este círculo vicioso de jugar como nunca y perder como siempre. Por lo menos llegar a cuartos de final. Demasiado frustrante es para todos saber y hasta oler y palpar el poderío del equipo nacional y que aun así que los resultados palpables y cuantitativos no reflejen la calidad deportiva que se deja mundial con mundial en el campo de juego. Cada país y equipo es distinto de los demás. Algunos arrastran historias y situaciones particulares que posiblemente no se repitan con otros equipos. En el caso de México, la imposibilidad de pasar a cuartos de final es la historia que llevamos a cuesta como sombra. En este mundial, con este equipo, con este portero y director técnico, se vislumbraba, acaso, un futuro distinto, la excepción a la regla de la historia, una victoria que no parecía tan ilusoria como en ocasiones llegamos a pensar. Entonces, ¿cuál fue el problema?
No fui el único en notarlo; algunos comentaristas expertos han observado que, una vez anotado el primer gol de México, el equipo se confió y se creyó ganador cuando aún no era el momento adecuado. Cedió el balón a un rival que, a diferencia de la Selección respecto a la victoria, jamás cantó derrota y a pesar de los minutos que cada vez eran menos nunca dejó de trabajar por su victoria. La cual consiguieron: Un error defensivo y una injusticia de parte de un árbitro, de ésas que abundan en el futbol y la vida misma, convirtió a la Selección mexicana, a esa selección la que goleó a Croacia, a la que jugó tú a tú con Brasil, equipo legendario y que además tenía la presión de salir victorioso al ser anfitrión, a la que contaba con el Muro Ochoa, en un Titánic futbolístico – un barco poderoso que, según tripulación y capitán, no podía ser hundido ni por Dios y que al último logró hundir un pequeño iceberg que, de haberse evitado, no era para tanto. Después del primer gol anotado por Dos Santos, México pactó su derrota sin saberlo: Ya habían perdido; aún no estaban conscientes de ello. El primer gol del equipo holandés fue el iceberg que a lo lejos se asomaba; el segundo fue el choque. El desesperado intento por parte de la Selección de anotar el gol del empate en los últimos minutos fue tan fútil como intentar sacar el agua de un barco que se hundiría en cuestión de minutos. Hablando sobre un amor de fricción, el poeta español Gustavo Adolfo Bécquer escribió: “Tú eras el huracán y yo la alta / torre que desafía su poder: ¡Tenías que estrellarte o abatirme!... / ¡No pudo ser!”. Pues bien: México confiado y Holanda aguerrido, éste tenía que ganar y aquél perder: No pudo ser.
Los mexicanos, tanto Selección como afición, por lo menos en cuestión de futbol, soñamos y soñamos mucho: Como el genial y desdichado Bécquer, somos románticos por excelencia. Quizá a fuerza de tanto soñar hemos degenerado nuestro romanticismo en fatalismo, y nos hemos conformado con soñar con un mejor papel en el campeonato mundial en lugar de trabajar para ello. Quizá de anhelos y no de hechos hemos preferido nutrirnos. Quizá nos hemos encariñado tanto con el camino que olvidamos al destino, y en lugar de ir hacia la luz para tomarla, nos quedamos en la oscuridad albergando el anhelo tan bello de soñar con el día en que tomemos ese punto brillante que nos espera en la salida. ¿Las victorias de la primera eliminatoria nos parecieron demasiado grandes que la siguiente acaso fue muy chica? O quizá sea como Juan Villoro dice en su columna “Fuimos a toda madre”: “La Selección nacional enfrentó a Holanda sin miedo, pero se temió a sí misma. Asustada de lo que había logrado, cedió la iniciativa… Sólo cuando superemos este complejo seremos capaces de salir del laberinto de la soledad para merecer la extraordinaria frase de Miguel Herrera: “¡Somos a toda madre!””. Quizá a la frontera de la tierra de la victoria, esa patria anhelada, no nos atrevimos a ir por más: No supimos canjear nuestro anhelo, nuestros sueños tan grandes y conocidos, por algo real y tangible. Es posible que nos sucedió lo que a Jay Gatsby: cuando Daisy Buchannan aceptó marcharse con él y dijo a su esposo Tom que no lo amaba: No contó que habría un rebote, un búmeran del pasado que desharía todos sus planes como fuego al papel. Y, como narra Nick Carraway respecto a Gatsby: “Había recorrido un largo camino antes de, llegar a su prado azul, y su sueño debió haberle parecido tan cercano que habría sido imposible no apresarlo. No se había dado cuenta de que ya se encontraba atrás de él, en algún lugar allende la vasta penumbra de la ciudad, donde los oscuros campos de la república se extendían bajo la noche”.
No se había dado cuenta de que ya se encontraba atrás de él.
“Un ganador nunca supera una derrota, pero un perdedor nunca supera una victoria”, dice un dicho cuyo autor desconozco. Éste es el caso de México. El camino hacia la victoria futbolística es largo y la Selección Mexicana, a pesar de su preparación y desempeño, no ha dado todos los pasos que realmente lo conducirán hacia la victoria. Pero ha dado algunos; uno importante: Creer que se puede vencer. Sugiero el segundo paso: Ser buenos ganadores; acostumbrarse a la victoria. Con esto no me refiero a ser autocomplacientes y dormirse en los laureles, sino tener en cuenta que la victoria no es como lo sugerí arriba: una patria fija que una vez encontrada se le ha encontrado de por vida, sino que es como un pájaro migrante que debe apresársele constantemente porque, una vez capturada, al día siguiente indudablemente huirá de nuestras manos. Cuando aprendamos esto, otro será nuestro destino.
lunes, 16 de junio de 2014
Algunas reflexiones sobre la rima XI de Bécquer
¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.
Hace poco
me encontraba releyendo este poemita, la rima XI de Gustavo Adolfo Bécquer. Por
un momento no dejé de pensar en ella porque, de pronto me inquietó, ya que lo
que dice es, en realidad, profundo, cabrón, a pesar de la brevedad del poema. ¿Por
qué? Leído esta rima de Bécquer, de pronto me llegaron los dos primeros versos
del famosísimo soneto XVIII de mi Will Shakespeare, que también hacía poco leí,
que dicen lo siguiente: “¿Por qué tengo que compararte a un día de primavera /
Tú eres más hermosa y más placentera” (Traducción libre). A pesar de que ambos
poemas halagan a la mujer (supongamos que a quien ambos poemas se dirigen es
una es mujer) a la que interpelan directamente, ambos son distintos. Ya que la
voz poética del soneto de Shakespeare sugiere el uso de una fórmula bastante
copiada en la poesía: Comparar a la mujer con algo bello en la naturaleza; en
el caso del soneto Shakespeare, un día de primavera. En otros casos, por ejemplo,
las mujeres se comparan a las flores, el rojo de sus labios al coral, sus
cabellos al oro, y esas cursilerías. Sin embargo, el poema de Bécquer hace
exactamente lo opuesto, y es por esto que me gusta: En lugar de comparar al
mundo o la naturaleza o el universo o la vida a la mujer, para tratar de
comunicar qué tan bella es ella, dice lo contrario: El mundo o la
naturaleza o el universo o la vida más bien son los que se parecen a la mujer. Es
decir, el chingonzaso de Bécquer no dice: Tus ojos son como el cielo sino todo
lo contrario: El cielo son como tus ojos. La mujer es el punto de referencia, y
mundo y naturaleza, si poseen algo de belleza, puedan llegar quizá a ser dignos
de ser comparadas con las características de la amada del poema. Miren nomás,
qué calidad, qué aseveración tan contundente: Tú no me recuerdas al mundo; el
mundo me recuerda a ti: Eres el todo, la fuente inacabable de inspiración; de
ti se desprende toda metáfora e imagen y hasta música, de ti se desprende la
poesía. Esta idea me recuerda a un pasaje de la novelita El Cartero de Neruda:
¡Metáforas,
hombre!
—¿Qué son
esas cosas?
El poeta [es
decir, Pablo Neruda] puso una mano sobre el hombro del muchacho.
—Para
aclarártelo más o menos imprecisamente, son modos de decir
una cosa
comparándola con otra.
…
Mario se
llevó la mano al corazón [y dijo:]
Usted cree
que todo el mundo, quiero decir todo el mundo, con el viento, los mares, los
árboles, las montañas, el fuego, los animales, las casas, los desiertos, las
lluvias…
—… ahora ya
puedes decir «etcétera».
—… ¡los
etcéteras! ¿Usted cree que el mundo entero es la metáfora de algo?
Neruda
abrió la boca, y su robusta barbilla pareció desprendérsele del rostro.
—¿Es una
huevada lo que le pregunté, don Pablo?
—No,
hombre, no.
—Es que se
le puso una cara tan rara.
—No, lo que
sucede es que me quedé pensando.
Este diálogo,
propongo, entabla a su vez otro diálogo con la rima XI de Bécquer, porque, sí,
buena pregunta, ¿qué tal si el mundo es la metáfora de algo más? ¿Qué tal si el mundo es la metáfora de la mujer?
sábado, 14 de junio de 2014
Mensaje hallado en una cajetilla de cigarros
Mi nombre
no importa (por lo menos, por ahora); lo que importa es lo que soy (y lo que
soy definiré más adelante). La pregunta urgente es, más bien, dónde anido. Y
anido, pues, solo, en este morada de andamiajes oscuros e indescifrables y pasillos
interminables cuya solución únicamente yo conozco, dentro del mundo pero al
mismo tiempo alejado de él. Ignoro por qué me encuentro aquí; ignoro si se debe
al azar o designo de los dioses o ese mentado ente ubicuo que llaman destino
(el cual, dicho sea de paso, me parece una aberración, porque yo creo en el
libre albedrío y yo soy dueño absoluto de mi destino, excepto que yo, a
diferencia de muchos, sí estoy destinado para la grandeza; en esto el hado sí
existe y me tiene un camino ya trazado: el de la grandeza). Lo cierto es que un
conflicto me supone estar aquí porque, ahora sí, ¿quién soy yo? Soy, en pocas
palabras y para no exagerar, un ser grandioso, hermoso, excepcional, brillante,
un ser dotado de mil y un dones y talentos y aptitudes para la vida, una
estrella radiante enviada a la tierra única y exclusivamente para brillar. Esto
que les digo no digo por vanidad o arrogancia (detesto a las personas que se
dan ínfulas de lo que no son), en resumidas cuentas, no por subjetividad, sino
todo lo contrario: Objetividad. El único compañero perpetuo que tengo aquí en
mi morada es el espejo, el cual me refleja verdades objetivas que, me gusten o
no, las quiera o no, allí están. Además, brillar es lo de menos. Soy de la
firme convicción de que se me ha enviado a la vida tocado por los dioses, o lo
que sea que me haya creado (porque yo sé que existe un creador), para el
mejoramiento del mundo.
Por tal
razón, imaginen cuán triste es mi situación, ésta de encontrarme aquí,
encerrado en mi morada, mientras el mundo, ése al que vine a ayudar, a
enriquecer, el cual, despreciable e ingrato, ignora mi existencia, y sigue
girando inconsciente de que yo, alguien como yo, existe, sin tener el lugar que
le corresponde. En cambio, a manos llenas su estima y adoración regalan a
imbéciles y pelmazos que no poseen ni la mitad del talento que yo en una mano,
sin escatimar. Tontos, ingenuos, ciegos estúpidos. No sé quién es peor: Ustedes
los farsantes que, autocomplacientes, se congratulan por hacer cosas en
realidad mediocres pero que al ojo experto dejan mucho que desear o ustedes los
patéticos inocentes que se dejan comprar al no ser capaces de ver más allá de
sus narices, o sea, a mí. Yo sé esto porque nuestros mundos colindan y noches
enteras paso en vigilia observando con lupa estudiosa lo que sucede en el mundo
exterior. Estoy muy al tanto de lo que sucede afuera de morada.
Si puedo
salir, entonces, ¿por qué no salgo?, algunos se han de preguntar. Sí salgo, de
noche siempre (de día absolutamente no), mas no es por timidez ni incapacidad.
Más bien porque prefiero aguardar el día en que yo recorra la tierra con la
distinción que desde el nacimiento se me ha prometido, para lo cual necesito, y
deseo con fervor, ser encontrado. Yo no puedo darme a conocer porque esto sí es
síntoma de vanidad y pretensión y yo estoy por encima de estas actitudes.
Además, no. Simplemente no puedo hacerlo. Por eso paso mis días aguardando por ese
alguien que sea dueño – o dueña – de la pericia para rasgar los pasillos de mis
aposentos hasta dar conmigo y descubrir qué soy yo y llevarme hacia el
exterior. Quienes piensen, por prejuicio o temor, que les haré daño, no tienen
que temer. A contrario de los rumores malditos y las formas que adopta mi
sombra oscura, soy inofensivo. No albergo sentimientos de destrucción hacia
ustedes sino puros, vehementes deseos de ser alcanzado, invadido, penetrado.
Liberado. Les aseguro que el día en que por fin esto me suceda, todos los
terribles pensamientos hacia ustedes y el mundo se esfumarán en un instante. Deseo
rendirme ante ustedes.
En
ocasiones, por descuido por respuesta a este mensaje, personas –
específicamente mujeres – entran aquí. Me ven, las veo, nos encontramos, y por
un instante mi salida parece real pero nunca se concreta: Algunas terminan
yéndose, para mi pesar; otras se quedan, también para mi pesar. Los primeros
casos me llenan de amargura; los segundos de tristeza. No importa; mi fe es
grande. Ese día tiene que venir, el día en que yo por fin sea descubierto y
visto por lo que soy. Hasta ese entonces mi orgullo y vanidad justificados son
monedas de oro depositados en una alcancía que cada momento crece más y que
algún día rico me hará. Y ese día, oh, casi puedo saborearlo, será sublime.
Justificará este mi encierro, de principio a fin mi existencia. Abro mis ojos
gastados por el insomnio y mi imaginación vigorosa cada mañana y los cierro
cada noche con esta ilusión dentro de mí.
Este
mensaje, que me ha embrujado por leerlo más de cien veces, encontré un día en
la calle en que, imaginando mi futuro como poeta, vagaba solitario y triste
como siempre.
viernes, 13 de junio de 2014
El Hombre Apresurado
Se apellida
Urdapilleta, trabaja en la maquila, y siempre está de un lado a otro, cambiando
de sitio a cada momento, sin estarse quieto nunca, en parte porque no sabe, en
parte porque no quiere. Por lo general, lugar al que va, llega con ajetreado y
apresurado, con ligera tardanza, de 5 a 10 minutos, por lo menos, y 20 o 30 en
promedio. Es gerente general de todos los gerentes generales de la maquila
CORDE en la ciudad. Hombre ocupado, siempre utiliza su tiempo al máximo.
Desayuno, comida y cena en el carro, de camino al trabajo o de regreso a casa;
plática con los hijos mientras revisa cuentas del trabajo; y se echa sus polvos
con la secre Lorena en su oficina en lo que llegan los otros altos directivos
de las sucursales a las juntas de trabajo. Detesta el silencio y cada noche
duerme con la tele o radio o computadora encendidas. Las pocas veces en que se
queda sin nada qué hacer – por lo general, los domingos – se pone a limpiar la
casa (que ya está limpia) o arreglar desperfectos (que no son la gran cosa) o
lavar el carro (que ya lavó su hijo, para que se lo preste). Porque, al igual
que el silencio, el Sr. Urdapilleta detesta la quietud.
Una tarde,
como suele suceder con los ricos de la ciudad, lo levantan. Una suburban negra
con cinco encapuchados lo interceptan antes de llegar a su fraccionamiento
privado; a punta de calibres .45 lo bajan de la camioneta y lo llevan a una
casa abandonada y, vendado de boca y ojos, lo amordazan a unas cadenas en un
poste de un cuarto vacío. No se asuste jefe, le dice El Pilas, uno de sus
levantadores, No le haremos nada, sólo queremos cobrar el rescate, así que
quédese ahí quietecito y verá que no le pasará nada. El Sr. Urdapilleta no
tiene miedo – por lo menos, no por el levantón –; lo que tiene es deseos de
moverse. Ayúdenme, intenta gritar, Sáquenme de aquí, pero por el pañuelo en la
boca no puede decir nada; sólo se mueve y gime y se retuerce y hace ruido. El
Greñas, otro de sus levantadores, da golpes en la puerta y pide que se
controle, jefecito, no pasa nada. Pero no hace caso; él aún se mueve, tiene que
moverse, necesita moverse, no puede estarse quieto, por favor por favor Déjenme
salir. Jefecito, dice El Greñas, Contrólese o tendremos que entrar, y usté no
quiere que entremos, así que cállese a la verga. Mejor si entran, intenta decir
el Sr. Urdapilleta, muévanme, péguenme, lo que sean, por lo que más quieran, todo
menos esto todo menos esto todo menos esto. A ver, tú, pinche Greñas, grita El
Jefe, Ve y calla a ese pinche cabrón jijo de la chingada ahorita mismo antes de
que le meta un plomazo en el hocico por caguengue. El Greñas, irritado, se pone
de pie y se dirige al cuarto vacío, abre la puerta y por un segundo ve al Sr.
Urdapilleta, el pecho infladísimo, los ojos rojos y desorbitados, desesperado,
y luego, pum, explota como flatulencia. Su carne y sesos, sangre y tripas,
regado por doquier.
Pobre del
Sr. Urdapilleta, caray, lo ha matado la prisa en vez de sus levantadores. Bah,
no importa. Porque, a pesar de su familia, por primera vez después de mucho
tiempo ya no siente esa prisa, esa necesidad de cambiar de lugar, de moverse de
un lado a otro. Y, contraria a toda opinión posterior sobre mí, estoy feliz,
estoy mejor que nunca. Los levantadores de todas maneras cobraron el rescate.
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