jueves, 9 de octubre de 2014

Ayotzinapa

“En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta”.
Así comienza La Región Más Transparente, la primera novela de Carlos Fuentes.
Es importante tener siempre esta frase en mente porque ésta es la realidad mexicana cotidiana. Pero antes habría que preguntarnos qué es la tragedia y qué es una afrenta.

Una tragedia, por ejemplo, en términos quizá simplistas, es el 9/11: Un grupo de terroristas islámicos secuestra un par de aviones, los lanza contra El Pentágono  y las Torres Gemelas y, como resultado, gente inocente muere. Así, sin mayor explicación alguna que el odio del grupo al-Qaeda hacia los Estados Unidos. Nada más.

Sin embargo, para nuestros vecinos esto no fue suficiente: Alguien debe pagar. Por lo tanto, con el apoyo del pueblo norteamericano, se lanzó una Guerra contra el Terrorismo, en parte, para encontrar a los responsables del atentado y hacerlo pagar por las muertes de los inocentes en Nueva York.

Ahora, independientemente de los pormenores políticos (los cuales no se discutirán en este artículo por falta de tiempo), hay que admirar una cosa de esta tragedia moderna norteamericana: La respuesta del pueblo. Aquel terrible atentado, aquel súbito ataque, aquella funesta sorpresa, unió las voluntades de los norteamericanos a través del país en un solo objetivo: Encontrar al culpable o, por lo menos, un chivo expiatorio, para que, como en la tragedia griega, el castigo, o incluso la muerte, de este chivo expiatorio, pagase las muertes de inocentes. ¿Esto fue el caso del atentado del 9/11? Definitivamente. Pagó el culpable (Osama Bin Laden) y hasta los no-culpables (Sadam Husein) junto con mucha gente inocente que también murió en las guerras de Iraq y Afganistán. La gente norteamericano quiso sangre y sangre obtuvo.

Pregunta: ¿Esto sucede en México?

Por supuesto que no. ¿Por qué no? Porque en México “todo se vuelve afrenta”.

¿Qué es afrenta?

Afrenta es Tlatelolco, es Halconazo, es Acteal, es Atenco, pero no sólo los casos en que el estado tomó medidas letales contra la ciudadanía sino también por los homicidios y las muertes sin resolver: Afrenta es las muertas de Juárez, es el incendio de la Guardería ABC,
la muerte de Marisela Escobedo frente al palacio de gobierno en Chihuahua, la matanza de Salvárcar, la afrenta es una vergüenza, un insulto, una injuria, un escupitajo por parte del estado mexicano a la cara de la sociedad mexicana. Y la sociedad mexicana, indignada e impotente, ¿qué puede hacer, qué hace? Nada. Recibir el escupitajo, nada más, una y otra y otra vez hasta que el estado quiera. Enojarse, solamente. Negar con la cabeza y hasta ahí. Desde luego que hay gente valerosa que trata de hacer valer sus derechos, pero ¿el resto de nosotros? Bien, gracias, ¿y usted qué tal? Escuché una vez a un intelectual mexicano, no recuerdo cuál, decir que hay que tomar las indignaciones de nuestros conciudadanos, es decir, de los otros mexicanos, como propias. Bien lo decía John Donne: “La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy una parte de la humanidad”. En este caso se debe primero ver en su propia casa: La muerte de cualquier mexicano me disminuye, porque soy mexicano. Sobre todo si esta muerte viene de parte del estado. Pero no. Aparentemente Octavio Paz tuvo y sigue teniendo razón: Estamos solos y entre nosotros existe una brecha enorme que nos separa y nos aísla precisamente como advertía Donne: como una isla. Estamos solos, aparentemente.  Y esta soledad es la que nos heredaron nuestros padres a nosotros, que ellos recibieron de nuestros abuelos, y nuestros abuelos de nuestros bisabuelos, y nuestros bisabuelos de nuestros tatarabuelos, y así ¿desde cuándo? ¿desde siempre, desde nunca? ¿desde los albores de la colonia, la conquista? Quién sabe, pero no importa. Porque injurias como la de Ayotzinapa continuaran mientras conservemos esta alma de teflón que sólo permite que se nos resbale la saliva escupida hasta el suelo cada vez que el estado hace de las suyas. Ya va siendo hora de que pongamos el dedo sobre la llaga y busquemos restaurar orden y armonía en la sociedad pero no buscando tristes chivos expiatorios sino a los verdaderos responsables: apuntar el dedo no temiendo las consecuencias pero juntos, no separados, no solos a nuestra suerte o el azar o el destino o no la intemperie. De otra manera somos cómplices de nuestra propia destrucción, quienes cortamos la soga que separa a la guillotina de nuestras cabezas, quienes nos hundimos las cabezas en el fango de la muerte. De otra manera, la profecía de García Márquez, al final de Cien años de Soledad, terminara por devorarnos: “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”.


domingo, 14 de septiembre de 2014

Instrucciones para perderse de camino a una segunda cita

Por lo menos, algo así

Entonces ¿sí sabes cómo llegar a mi casa?, preguntó Evelyn por celular, ¿No te pierdes?
Sí, respondí yo. Miré mi reloj: 5 40 de la tarde.
¿Sí te pierdes?, preguntó extrañada ella.
No, o sea, sí sé cómo llegar a tu casa, dije yo, Sí recuerdo…
Bueno, respondió Evelyn, Ps aquí te espero
Te hablo en cuanto llegue, dije yo.
Sale pues, dijo ella, y ambos colgamos.

Me embolsé las llaves de mi departamento grotesco y, tras apagar las luces y también la televisión y la cafetera, subí a mi carro para arrancar rumbo a la avenida Revolución, la principal, y más ajetreada, avenida de la ciudad.

Ya en la Revolución, manejé derecho, recibiendo algunos maltratos de otros conductores. Pasado el centro comercial Plaza Nueva, viré hacia la derecha, en una cuchilla, hacia la avenida Rosales, en construcción. En la Rosales manejé todo derecho hasta llegar al semáforo, que estaba en rojo, de la Pérez Morín. Una vez en verde, viraría hacia la derecha y seguirme todo todo derecho hasta llegar al semáforo de la Siete Siglos; de ahí, unos cuantos movimientos, darme la U en un retorno, unas cuantas cuadras más y ya, llegar hasta su frac. Ventaja: Más rápido y menos semáforos.

Semáforo por fin en verde, mejor viré hacia la izquierda. Desconocido el camino de la izquierda para mí pero mi deseo en aquel momento era ver a Evelyn lo más rápido posible, llegar a su casa, dar con la chica que me había dado una segunda cita. Y es que, para mí, en aquel momento, a esas alturas de mi vida, con sinceridad de corazón en la mano, una segunda cita era mucho que decir. Yo siempre había tenido mala suerte con las mujeres; la ciudad nunca me había dado siquiera un dejo de ternura, una caricia de amabilidad. Porque las mujeres que me despertaban en mí un gusto o no me pelaban o me mandaban a la chingada después de la primera cita y las que querían conmigo no me llegaron a gustar lo suficientemente a mí. Llamaba esto el Síndrome del Soneto ese de Sor Juana, al que ingrato me deja busco amante y demás fregaderas. Como sea, mi límite era la primera cita y jamás pude pasar a una segunda. Por eso, que Evelyn, la hermosa y agradable Evelyn, me diera una segunda cita era la excepción a la regla, motivo de celebración, el resquicio hacia la vida nueva, la felicidad, el futuro, carajo. ¿Ya entienden por qué debía llegar lo más rápido posible? Sentía que todo dependía de aquello.

Luego luego pasado el semáforo, entré a una calle, la Prados, pero unos metros más adelante me detuvo un alto. Izquierda o derecha: Tomé la izquierda, hacia una calle curveada, con casas grandes y ostentosas a la derecha, que a su vez me lanzó, sin posibilidad de irme por hacia la derecha, que es adonde yo realmente debía ir, otra vez hacia la izquierda. Me metí a una de esas calles de la derecha, una tal Riachuelo, a ver qué encontraba por ahí. Un buen rato buscando el mentado atajo y nada, nomás hice un espagueti enmarañado con mi recorrido y vueltas. Evelyn aguardándome. Mejor, pensé, regresar hacia el alto de dos direcciones y de ahí irme todo derecho, chance por ahí sí podía llegar. Regresé, pero ahora no encontraba la salida hacia la calle Prados. Chingado, qué onda, me decía, recorriendo cada calle y deteniéndome en sus esquinas para ver si reconocía la calle que en primer lugar había recorrido. Otro buen rato buscando la salida. Mi teléfono sin señal. Por fin encontré la mentada calle Prados, por fin, chingado, ya era hora, órale, a salir de este laberinto. Pero por más que manejaba, no encontraba aquel alto de dos direcciones. El sol poniéndose. Después de varias maldiciones y cambiar de dirección varias veces, desesperado hasta la náusea, me doy la U y le doy todo derecho, así, hasta donde tope. Pero quién sabe cómo no me encuentro ya en la calle Prados, estoy en la calle Bolivia, ¿cuándo giré a la Bolivia? ¿cuándo la Prados dejó de ser la Prados? Ay no sé, me vale madre. Mi celular aún sin señal. Crepúsculo, casi noche. Chingado, Evelyn de seguro toda desesperada. Veo más casas y más calles, pero las calles están más maltratadas, hay más baches, y las casas son más pálidas, tristes, definitivamente no son ostentosas. Parece que estoy en otra zona de la ciudad. Comprendo que le he dado en la dirección opuesta, que yo realmente debí irme en la dirección contraria. AH, grito con furia, y me regreso y le piso a madre y decido irme todo todo derecho, así hasta donde tope, no puede haber ahora pierde, ahora sí chingada madre, y luego, milagro, en serio, casi milagro, encuentro el alto de dos direcciones, pero ¿cómo?, si recuerdo haber pasado por aquí mil veces, increíble, da igual. Ya para entonces ni de chiste pienso en tomar el camino hacia la derecha, me pienso ir por donde siempre, chingue su madre, por ahí debí irme en un principio, maldita sea. ¿Qué onda? En serio, ¿qué onda? El camino por la cual entré en primer lugar viniendo de la avenida no está, de plano no está, es el mismo alto, lo reconozco perfectamente bien, pero la calle que me haría salir hacia la avenida y de ahí a tomar, chingue su madre, el camino de siempre hacia casa de Evelyn, no está. Ay no sé, ni modo, me voy por el camino derecho y después de un súper ratotote de buscar y meterme por calles no encuentro salida alguna: YA QUIERO SALIR. Evelyn toda desesperada, de seguro, CHINGADA MADRE. Me bajo de la camioneta casi en la esquina de la calle Robles, enseguida de una farmacia cerrada. Noche completa, luna llena: No mames, es tardísimo, desde cuándo debí haber llegado. Pienso en buscar a alguien que me dé direcciones específicas, casi casi un mapa, para salirme de todo este embrollo. Sigo el ruido y las luces y por fin doy con una michoacana. Gente comprando, comiendo, platicando. Le pregunto a alguien por cómo salir, no sabe. Le pregunto a otra persona, tampoco sabe. Le pregunto a todas y cada una, no saben, ni idea, ni sé de la avenida de la que hablas, chavo, ¿seguro que eres de aquí? NO MAMEEEEES. Finalmente doy con alguien que me dice cómo salir de este maldito laberinto, un hamburguesero en su puesto callejero, y sí, me dice, a la Pérez de nuevo, está pelada, ponga atención chavo, no me gusta repetir las cosas. Todo es tan complicado, no importa, yo me acordaré. Regreso a madre hacia donde dejé estacionado mi carro, no encuentro la calle, recorro muchas calles, regreso, doy mil vueltas, no la encuentro, CHINGADOOOOOO. Por fin, calle Robles, voy a la esquina. Mi carro no está, la farmacia tampoco, ésta es la calle Robles pero al mismo tiempo no es la calle Robles, es otra calle, otra cosa, Evelyn, EVELYN, EVELYYYYYN.


Camino sin rumbo, entre estas calles que parecen murallas, estos caminos que son como laberintos vivos que se acomodan y reajustan según los ando con mis pasos cansados de viandante extraviado. ¿Dónde estoy? ¿cómo llegué aquí? ¿cómo puedo salir de aquí? Oh, pinche ciudad mía de mi corazón que tanto he amado, ¿por qué no me permites tener siquiera un ínfimo respiro de vida entre toda esta perpetua oscuridad?

domingo, 24 de agosto de 2014

Vida de un suicidio

Desde lo más alto del rascacielos, a mediodía, la hora más ocupada de todas en la ciudad, caía yo, bulto enorme, bulto extraño, en picada como un saco o más bien como un avión kamikaze. Porque eso era precisamente lo que yo era, un kamikaze, es decir, un suicida. No me pondré ahora mismo a explicar por qué quise terminar con mi vida; no es el momento, no tengo el tiempo y sencilla, simplemente, no se me da la gana. Además no entenderían mis razones, con eso de que está de moda ser sano y positivo y vegano y ver la vida con el optimismo con que ven la vida los escritores de libros de autoayuda, simón. El punto es que decidí matarme y lo hice y creo que ya estoy muerto o lo estaré, y aunque desde arriba todo se ve espantosamente real y el aire que en el piso no es más que pura nada llena de esas cosas que nunca importan y de las que nunca nos damos cuenta allá arriba todo es más todo – más grande más vivo y más sincero y aunque justo arriba les dije que no quería decirles por qué me suicidé creo que es inevitable por lo menos decirles que cuando me subí allá arriba, en ese pinche rascacielos de la calle Insurgentes, sentí lo que durante tanto tiempo quise sentir – vida, vida pura, vida latente, corazón no apagado, corazón feliz, corazón incierto, pulsaciones que serían como vómitos u olas de agua de mar, agua blanca y cristalina, llena de fuerza que viene desde el fondo del mundo, la verdadera razón por la que vivimos, para sentir emoción y vértigo e inclusive un poco de náuseas, y ahí estaba yo, viendo todo desde sí lo admito la posición soberbia de quien ya no ve la vida como este regalo envuelto en celofán que uno debe cuidar y no abrir ni exponer ni en las situaciones más deliciosas que comúnmente llaman riesgosas sino como algo mío algo propio algo que no es de nadie más y que se encuentra a mi entera disposición como una bocanada de aire fresco que yo decido si me trago o decido si lo regreso al circuito polifónico del aire, todos viéndome, inclusive ahorita mismo lo veo – todos me ven, asustados, ¿por qué les da tanto miedo la muerte, gente pendeja? ¿es que nunca han presenciado que un bato y no un pájaro se pose en un rascacielos y le grite en un bestial rugido al mundo que uno ya no será más su pendejo y que desde ahora todo lo que se haga se hará bajo no quizá las condiciones de uno porque eso sería imposible, por más que yo quiero sin aire y agua yo no puedo vivir, pero por lo menos puedo decidir si quiero seguir viviendo la vida en la cual necesito aire y agua para continuar? Pendeja pendeja, gente pendeja, no no lo hagas, sí como chingados que no, piensa en tu familia, cuál pinche familia cabrón, tú no sabes nada de mi vida, mi esposa es una actriz perdida que cada noche despierta en una cama distinta y lo peor es que yo pago las cuentas de esas camas y mis hijos unos pinches genios malagradecidos que piensan que porque yo soy un pintor fracasado no valgo madre, así que a la mierda, pum vas me lanzo a la mierda, todo, y mientras yo caía en relámpago hacia la tierra, el piso, asfalto duro y frío y que en cuanto me reciba me hará explotar en un arcoíris no de mil colores sino en mil tonalidades carmesí que vayan desde lo morado hasta lo café, pasando por mil rojos y naranjas que albergo dentro de mí cuerpo, qué bonito vida vida mía qué bonito es ser un arcoíris y estallar para los demás, siquiera darles gusto con mi cuerpo explotando no en el cielo sino en el suelo, a unos cuantos metros de ellos, como fuegos pirotécnicos, sí sí vida mía vida mía, ya pronto me estoy alejando de ti, y recuerdo sí porque en esto también se recuerda todos los instantes de mi vida que se nutrieron por oscuridad y por olvido y que hoy ya nada importan ¿saben por qué? Porque todo mundo me ve me oye me huele casi casi mientras caigo en esto lento y suave irme de la tierra, apagarme como luz luciérnaga errática que se entrega a la oscuridad de no de la noche porque la noche es muy trillada pero sí la oscuridad de algo ¿de qué? No sé, pero oscuridad finalmente, poco a poco, la luz comienza a fallar, a ceder, a apagarse, triste es sí muy triste pero no importa porque mientras sigo cayendo lo veo sí el corazón brillante en medio de la oscuridad mi corazón se acelera se estremece relincha de una felicidad que no le cabe en el pecho y que dice sí éste éste éste es mi momento si señor me estoy acercando oh sí cada vez más puedo saborearlo puedo saborear mi vida toda mi vida en este breve pero bello intensísimo instante lo saboreo y es deliciosa manjar prohibido manjar vedado para mí durante tantos años ¿por qué amor por qué vida mía no pudiste ser como eres ahora? No importa no importa te juro que no importa sólo me lamento que esto no pueda durar más que estos instantes que son como gotas de rio lluvia tormenta rocío río arroyo riachuelo y no fuesen no sé algo así como un mar perpetuo que dure de aquí a la eternidad pero oh sí lo es lo es ya mero estoy cerca del piso lo es este sabor que me acaricia la lengua con soberana ternura me promete que lo será lo será ya no más gotitas chiquitas ni destellos apagados sino la eternidad continúa de esta dicha que jamás alcancé en la oscuridad latente bajo el sol de mediodía adiós adiós oh mierda

Y así es que morí. Mi cuerpo salpicado en sangre, torta ahogada que alguna vez probé en Guadalajara y nunca me gustó. Ojos abiertos, brazos desparramos, ropa que es pura vanidad y no vale lo que me costaron. ¿Dónde estoy, qué hago aquí? ¿Dónde está el corazón fulgurante de la vida que se me prometió? No sé, no me han dicho nada. Espero que cuando incineren mi cuerpo, pueda ver lo que se me prometió, lo que vi antes de morir. Y es que lo tengo muy claro: Prefiero regresar a la vida, es decir, resucitar, que convertirme en algún estúpido fantasma. 

domingo, 17 de agosto de 2014

Breve comentario sobre la vida en la niebla


Debo comenzar diciendo que todo a nuestro alrededor, todo lo que nos acompaña, todo lo que respiramos, es niebla, pura y blanquecina niebla. Y nosotros desde que nos levantamos hasta que nos acostamos , vivimos a diario con este aire espeso que torna borrosos nuestra vida y nuestro mundo y que nos impide ver más allá de tres metros de nuestra distancia, por mucho que nos esforcemos (aunque la verdad nos importa un carajo ver más allá de nuestras narices). Las consecuencias son obvias y casi aciagas: accidentes por doquier, de todo tipo que nos lleva hacia la muerte: tropiezo con banqueta que tiene la bonita consideración de no avisarnos que se encuentra ahí, obstáculo en el pedregoso camino hacia el futuro; el atropellado que no se percató que por donde caminaba era avenida transitada y un carro que tampoco lo vio hasta cuando se bajó y lo encontró bañado en sangre o la señora a quien en lugar de tomar sus pastillas para la depresión, tomó por equivocación la calibre .38 que guardaba justo al lado de su cama y se hizo atravesar la garganta jalando del gatillo (Digo casi aciaga porque a pesar de que infortunada es nuestra realidad de borrosidad perpetua, esperándonos en cada esquina como señalamiento de vialidad, ya estamos acostumbrados). No podemos ver el sol, tampoco podemos ver la luna; el atardecer, ese bello desangramiento en el cielo cuya sangre se extiende hasta el final del crepúsculo, nos está vedado y el amanecer es apenas un callado rumor que nada nos dice sobre el nuevo día más la muerte acompañará nuestro el café caliente del desayuno a las diez de la mañana. La vida en la niebla es, pues, piso incierto, ignorancia de saber de dónde venimos y apenas olfatear el camino incierto hacia dónde vamos.

Pero lo que tenemos, eso sí, es el canto del gorrión. Con exactitud, con una definición clara y absoluta, con una explicación de diccionario ésas que gustan tanto a filólogos y disgustan a los poetas, no puedo explicar lo que es el canto del gorrión. Lo que sí puedo decir es que el canto del gorrión es algo así como el rumor de agua para los que viven en el desierto. En ocasiones, nos encontramos en nuestras casas cuando relampaguea el cielo el canto del gorrión, el cual, surcando por el aire, deja caer sus notas como lluvia, banderitas líquidas que anuncian el término de la guerra. El cielo, oh ese cielo gris e infame, se despeja, se aclara un poco y podemos, ¡es verdad!, respirar el azul terso del cielo y los accidentes aminoran porque ya hemos despertado a nuestro alrededor y podemos rescatar nuestras vidas de los valles profundos de la muerte súbita. No hemos estado lo suficientemente desesperanzados para olvidar el sol. No todos escuchan el canto del gorrión, eso sí, pero para quienes lo hacen el mundo se detiene por un febril, casi pueril, instante y, como papeles arrojados al aire con divertido desprecio, dejan todo por ir a perseguir, extasiados en múltiples orgasmos de boca y oídos y ojos y manos, aquel canto por todo el cielo raso. El gorrión, allá arriba, volando con alas de perfume de oro, parece prometernos con su canto un terreno plácido y armonioso que muchos allá fuera, en ciudades donde no es reina la niebla maldita que nos aprisiona en barrotes invisibles e impalpables, llaman edén. Y a pesar de que sabemos – o más bien, creemos o queremos creer – que atrapar al gorrión será el final la vida como la conocemos y el comienzo de la vida como nos gustaría, como queremos, como soñamos que debe ser, por el sólo hecho de verla ya estamos contentos, esperanzados: la vida tiene un punto, un propósito. Nosotros sabemos que alguien escuchó aquel canto porque por el aire vuela el rumor de perseguidores recorriendo la ciudad, yendo tras algo que no se alcanza a ver pero que es y siempre ha sido y por siempre será.
Triste noticia: Hasta el momento, nunca nadie lo ha podido atrapar.
Yo, créanmelo, una vez lo escuché. Recuerdo con exactitud cada momento de ese inefable día. Recuerdo que estoy aquí, tranquilo en casa, pensando en la pobre Leonora que partió de este mundo y de mi lado por la niebla, cuando, de pronto, un rumor de algo que me levanta la nariz y me acaricia los brazos y se pavonea por mis labios como manjar de dioses griegos.
Lo comprendo: es el gorrión, 
y yo salgo corriendo de mi casa, extasiado, enfebrecido, loco de amor y de música, sintiendo mi cuerpo sometido al preludio del más amplio y líquido orgasmo que he sentido en toda mi maldita vida, sintiendo, no pensando, sintiendo, que de entre todas las promesas que se me hacen del futuro, la vida y aquello que no conozco pero que sé que llaman felicidad, se encuentra también la promesa de la resurrección insólita de mi hermosa Leonora. Y ahí estoy, casi me puedo ver: tonto, niño, ingenuo, persiguiendo el aroma en fa mayor que aún me toca y me embriaga y me colma la nariz del bálsamo de cantos más puro que ha existido en esta ciudad poseída por la niebla. Pero no lo encuentro, no lo alcanzo, por más que estiro las manos, pidiendo que deje de lloverme y más bien me haga uno con la lluvia, no me hace caso. Estoy persiguiendo un eco cuya fuente, una voz, se me aleja cada vez más y más a pesar de mi esfuerzo y mi cansancio, mis pies que si de ser posible podrían brincar hacia lo que yo siento que es el corazón fúlgido de la vida, de todo el universo. Pero no lo alcanzo, y el gorrión se va, su canto poco a poco se apaga, incendio que en lugar de abrasar y arrasar con el bosque, lo nutre y lo torna más frondoso. Una vez más, el canto del gorrión ha sido ignorado. Al cabo de un tiempo, cansado y solo y derrotado, regreso a casa, a la tristeza, a la niebla.

Pero quién sabe. Puede que en algún momento – oh cómo lo espero cercano, cómo lo espero temprano – el gorrión venga de nuevo y quizá esta vez yo lo escuche de nuevo, después de tantos años de vivir aquí donde nadie nos ve, ni siquiera nosotros mismos porque para nuestros espejos no somos más que fantasmas, y lo persiga y lo alcance y me vaya con él adonde quiera llevarme, para dejar atrás toda esta vida donde la niebla nos come poco a poco a pesar de que nadie pueda sentir las mordidas que nos hacen cada día menos nosotros y más cadáveres. Y hasta aquel sublime momento no queda de otra más que aguantar, tener paciencia, aguardar el día en que por fin conozcamos, siquiera por un efímero y frágil instante, a eso que creo no equivocarme en llamar simplemente Dios.



lunes, 7 de julio de 2014

Como un vistazo al infinito

En la camioneta, de camino a mi casa, pensé que, si por mí hubiera sido, Minerva y yo nos vemos así por el resto de la vida: dos veces por semana en el departamento que le puse hasta bien entrada la madrugada, para luego regresar a mi casa, a mi familia, mi esposa e hijos adolescentes que cada vez tienen los ojos más rojos de tanta droga que se meten, los perdidos. Pero cuando pronunció aquellas palabras, Guadalupe o yo, y vi en sus ojos arder ese misterio que nada tenía que ver con aquel poema de Machado, supe que hablaba en serio. Algún mosco le debió picar; últimamente había visto mucho esas novelas en las cuales las amantes no se dejan y reclaman el lugar que les corresponde. Quién sabe. Con sus maletas hechas en el suelo, ¿qué decidía yo?

Tampoco lo supe. Llevaba quince años de matrimonio con Lupe y desde un tiempo para acá no me apeteció nada verla. Ni tocarla. Ni hablarle, siquiera. Mucho menos hacerle el amor. A decir verdad, tenerla cerca me producía congoja. Me deprimía. Así que cada vez que tuve oportunidad de alejarme de su lado para irme con otras mujeres, lo hacía. Podía decirlo con todas sus letras: Yo ya no amaba a mi esposa. Muchas veces soñé con dejarla y vivir plenamente con alguna amante digna de mí. Ahora, con Minerva, la tenía. ¿Cuál era el problema? ¿Qué me detenía?

Oscar Wilde tenía razón: el matrimonio es un mal hábito y aun así uno inclusive lamenta la pérdida de un mal hábito porque son parte esencial de nuestra personalidad. No sé si Guadalupe era un mal hábito o no, lo más seguro es que sí, pero, siendo franco, no imaginaba mi vida sin ella. No imaginaba mi vida sin ella dándome el periódico y el café cargado en las mañanas ni los besos de buenas noches antes de dormir ni su bonito detalle de comprarme una corbata para las fiestas y reuniones sociales que tanto me persiguen como dueño de una exitosa firma de abogados. Madre de mis hijos, Guadalupe me ayudó a construir mi pequeño imperio de la nada; siempre me apoyó, jamás me dejó solo, a pesar de mis desaires.

Minerva no aceptó excusa alguna – parecía muy decidida. Y la verdad es que yo tampoco imaginaba mi vida sin ella: era bella y ambiciosa, inteligente y salvaje en la cama. Llegó a trabajar a la firma hacía un par de años y, aunque al principio tuve mis dudas respecto a sus intenciones – siendo el jefe máximo, nunca dejan de revolotearme alrededor las moscas muertas –, con el tiempo supe que era sincera y que en verdad me quería, como yo a ella. Si estaba obligado a elegir, entonces no había duda qué lado de la moneda elegiría. Ni hablar. Llegué a mi casa y hablé con Guadalupe. Mis hijos no estaban.

Lo último que vi de Guadalupe antes de que se afantasmara fue su triste sonrisa, ésa con la que siempre recibió las noticias pesarosas. Me quedé solo en medio de esa gigantesca casa. Llamé a Minerva, quien, contenta, me pidió regresar lo antes posible para celebrar: haría mi pasta favorita y me lo serviría con mi vino favorito. Triste y lento, hice mis maletas y salí de ahí. Al voltear, la casa desapareció.

Una idea por mi cabeza. De un brinco, corrí hacia la camioneta y manejé hasta el departamento de Minerva a toda velocidad. La puerta abierta. ¿Minerva, mi amor?, pregunté. No obtuve respuesta. No había nadie. En la cocina, platos vacíos enseguida de una vela llameante. Minerva, como Guadalupe hacía unos instantes, también había desaparecido.

Apocado, salí del departamento pero no quise ver cómo se afantasmaba hasta no quedar nada; sólo aguanté ver el hueco donde hasta hacía unos instantes había estado el que se supone que sería mi nuevo hogar. Caminé hacia la calle y, en medio de aquel atardecer morado con naranja, sentí lo que siento al ver una pintura que vi hace años: una sabana enorme donde sólo hay pasto raso y cielo azul sin lindes y en medio un hombre diminuto que es casi un puntito negro en todo el cuadro. Algo así como un breve vistazo al infinito.  

miércoles, 2 de julio de 2014

México ante el Mundial 2014

La Selección Mexicana ha perdido. Unos culpan al árbitro; otros a Robben, quien admitió que Rafa Márquez no cometió ninguna falta. Yo por un momento culpé a Rafa porque no hay que hacer cosas malas que parezcan peores. Sea la culpa de quien sea, en primer lugar, a esta tragedia no hay que encontrarle chivo expiatorio: Nos guste o no, estamos fuera del mundial y a él nada ni nadie nos va a regresar. En segundo lugar, tanto el árbitro como Márquez o Robben no son las razones por las cuales nos eliminaron del mundial, sino otras.

Después del partido de Croacia, el infame Enrique Peña Nieto, en llamada telefónica, felicitó a El Piojo Herrera por los resultados de la Selección y hasta le pidió que los llevara a la final.

Ahora, ¿esto era posible?

En términos de calidad, la Selección se encontraba en excelente forma; las victorias contra Camerún y el empate que supo a Victoria son Brasil fueron la prueba. Aun así, la Selección, por lo menos en este mundial, no hubiera llegado a la final. De haberle arrebatado la victoria a Holanda, algo hubiera sucedido en cuartos de final que habría llevado al mismo resultado. No por calidad sino por actitud.

En el mundo, ciertas selecciones, ciertos países, (seguramente los victoriosos, los acostumbrados a ganar) entran al mundial con un objetivo claro: Ganar la copa. ¿Por qué? Porque pueden, porque quieren, porque trabajan para ello. No solamente es cuestión de talento; para algunos países la victoria es el final de un sendero al cual, a pesar de las dificultades, se puede llegar. Por contraste, México, tanto Selección como afición, entramos al mundial no con el objetivo de aquellos países sino con otro, menor: Romper con nuestra historia. Trascenderla. Escapar de este círculo vicioso de jugar como nunca y perder como siempre. Por lo menos llegar a cuartos de final. Demasiado frustrante es para todos saber y hasta oler y palpar el poderío del equipo nacional y que aun así que los resultados palpables y cuantitativos no reflejen la calidad deportiva que se deja mundial con mundial en el campo de juego. Cada país y equipo es distinto de los demás. Algunos arrastran historias y situaciones particulares que posiblemente no se repitan con otros equipos. En el caso de México, la imposibilidad de pasar a cuartos de final es la historia que llevamos a cuesta como sombra. En este mundial, con este equipo, con este portero y director técnico, se vislumbraba, acaso, un futuro distinto, la excepción a la regla de la historia, una victoria que no parecía tan ilusoria como en ocasiones llegamos a pensar. Entonces, ¿cuál fue el problema?

No fui el único en notarlo; algunos comentaristas expertos han observado que, una vez anotado el primer gol de México, el equipo se confió y se creyó ganador cuando aún no era el momento adecuado. Cedió el balón a un rival que, a diferencia de la Selección respecto a la victoria, jamás cantó derrota y a pesar de los minutos que cada vez eran menos nunca dejó de trabajar por su victoria. La cual consiguieron: Un error defensivo y una injusticia de parte de un árbitro, de ésas que abundan en el futbol y la vida misma, convirtió a la Selección mexicana, a esa selección la que goleó a Croacia, a la que jugó tú a tú con Brasil, equipo legendario y que además tenía la presión de salir victorioso al ser anfitrión, a la que contaba con el Muro Ochoa, en un Titánic futbolístico – un barco poderoso que, según tripulación y capitán, no podía ser hundido ni por Dios y que al último logró hundir un pequeño iceberg que, de haberse evitado, no era para tanto. Después del primer gol anotado por Dos Santos, México pactó su derrota sin saberlo: Ya habían perdido; aún no estaban conscientes de ello. El primer gol del equipo holandés fue el iceberg que a lo lejos se asomaba; el segundo fue el choque. El desesperado intento por parte de la Selección de anotar el gol del empate en los últimos minutos fue tan fútil como intentar sacar el agua de un barco que se hundiría en cuestión de minutos. Hablando sobre un amor de fricción, el poeta español Gustavo Adolfo Bécquer escribió: “Tú eras el huracán y yo la alta / torre que desafía su poder: ¡Tenías que estrellarte o abatirme!... / ¡No pudo ser!”. Pues bien: México confiado y Holanda aguerrido, éste tenía que ganar y aquél perder: No pudo ser.

Los mexicanos, tanto Selección como afición, por lo menos en cuestión de futbol, soñamos y soñamos mucho: Como el genial y desdichado Bécquer, somos románticos por excelencia. Quizá a fuerza de tanto soñar hemos degenerado nuestro romanticismo en fatalismo, y nos hemos conformado con soñar con un mejor papel en el campeonato mundial en lugar de trabajar para ello. Quizá de anhelos y no de hechos hemos preferido nutrirnos. Quizá nos hemos encariñado tanto con el camino que olvidamos al destino, y en lugar de ir hacia la luz para tomarla, nos quedamos en la oscuridad albergando el anhelo tan bello de soñar con el día en que tomemos ese punto brillante que nos espera en la salida. ¿Las victorias de la primera eliminatoria nos parecieron demasiado grandes que la siguiente acaso fue muy chica? O quizá sea como Juan Villoro dice en su columna “Fuimos a toda madre”: “La Selección nacional enfrentó a Holanda sin miedo, pero se temió a sí misma. Asustada de lo que había logrado, cedió la iniciativa… Sólo cuando superemos este complejo seremos capaces de salir del laberinto de la soledad para merecer la extraordinaria frase de Miguel  Herrera: “¡Somos a toda madre!””. Quizá a la frontera de la tierra de la victoria, esa patria anhelada, no nos atrevimos a ir por más: No supimos canjear nuestro anhelo, nuestros sueños tan grandes y conocidos, por algo real y tangible. Es posible que nos sucedió lo que a Jay Gatsby: cuando Daisy Buchannan aceptó marcharse con él y dijo a su esposo Tom que no lo amaba: No contó que habría un rebote, un búmeran del pasado que desharía todos sus planes como fuego al papel. Y, como narra Nick Carraway respecto a Gatsby: “Había recorrido un largo camino antes de, llegar a su prado azul, y su sueño debió haberle parecido tan cercano que habría sido imposible no apresarlo. No se había dado cuenta de que ya se encontraba atrás de él, en algún lugar allende la vasta penumbra de la ciudad, donde los oscuros campos de la república se extendían bajo la noche”.

No se había dado cuenta de que ya se encontraba atrás de él.

“Un ganador nunca supera una derrota, pero un perdedor nunca supera una victoria”, dice un dicho cuyo autor desconozco. Éste es el caso de México. El camino hacia la victoria futbolística es largo y la Selección Mexicana, a pesar de su preparación y desempeño, no ha dado todos los pasos que realmente lo conducirán hacia la victoria. Pero ha dado algunos; uno importante: Creer que se puede vencer. Sugiero el segundo paso: Ser buenos ganadores; acostumbrarse a la victoria. Con esto no me refiero a ser autocomplacientes y dormirse en los laureles, sino tener en cuenta que la victoria no es como lo sugerí arriba: una patria fija que una vez encontrada se le ha encontrado de por vida, sino que es como un pájaro migrante que debe apresársele constantemente porque, una vez capturada, al día siguiente indudablemente huirá de nuestras manos. Cuando aprendamos esto, otro será nuestro destino. 

lunes, 16 de junio de 2014

Algunas reflexiones sobre la rima XI de Bécquer

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.

Hace poco me encontraba releyendo este poemita, la rima XI de Gustavo Adolfo Bécquer. Por un momento no dejé de pensar en ella porque, de pronto me inquietó, ya que lo que dice es, en realidad, profundo, cabrón, a pesar de la brevedad del poema. ¿Por qué? Leído esta rima de Bécquer, de pronto me llegaron los dos primeros versos del famosísimo soneto XVIII de mi Will Shakespeare, que también hacía poco leí, que dicen lo siguiente: “¿Por qué tengo que compararte a un día de primavera / Tú eres más hermosa y más placentera” (Traducción libre). A pesar de que ambos poemas halagan a la mujer (supongamos que a quien ambos poemas se dirigen es una es mujer) a la que interpelan directamente, ambos son distintos. Ya que la voz poética del soneto de Shakespeare sugiere el uso de una fórmula bastante copiada en la poesía: Comparar a la mujer con algo bello en la naturaleza; en el caso del soneto Shakespeare, un día de primavera. En otros casos, por ejemplo, las mujeres se comparan a las flores, el rojo de sus labios al coral, sus cabellos al oro, y esas cursilerías. Sin embargo, el poema de Bécquer hace exactamente lo opuesto, y es por esto que me gusta: En lugar de comparar al mundo o la naturaleza o el universo o la vida a la mujer, para tratar de comunicar qué tan bella es ella, dice lo contrario: El mundo o la naturaleza o el universo o la vida más bien son los que se parecen a la mujer. Es decir, el chingonzaso de Bécquer no dice: Tus ojos son como el cielo sino todo lo contrario: El cielo son como tus ojos. La mujer es el punto de referencia, y mundo y naturaleza, si poseen algo de belleza, puedan llegar quizá a ser dignos de ser comparadas con las características de la amada del poema. Miren nomás, qué calidad, qué aseveración tan contundente: Tú no me recuerdas al mundo; el mundo me recuerda a ti: Eres el todo, la fuente inacabable de inspiración; de ti se desprende toda metáfora e imagen y hasta música, de ti se desprende la poesía. Esta idea me recuerda a un pasaje de la novelita El Cartero de Neruda:

¡Metáforas, hombre!
—¿Qué son esas cosas?
El poeta [es decir, Pablo Neruda] puso una mano sobre el hombro del muchacho.
—Para aclarártelo más o menos imprecisamente, son modos de decir
una cosa comparándola con otra.
…
Mario se llevó la mano al corazón [y dijo:]
Usted cree que todo el mundo, quiero decir todo el mundo, con el viento, los mares, los árboles, las montañas, el fuego, los animales, las casas, los desiertos, las lluvias…
—… ahora ya puedes decir «etcétera».
—… ¡los etcéteras! ¿Usted cree que el mundo entero es la metáfora de algo?
Neruda abrió la boca, y su robusta barbilla pareció desprendérsele del rostro.
—¿Es una huevada lo que le pregunté, don Pablo?
—No, hombre, no.
—Es que se le puso una cara tan rara.
—No, lo que sucede es que me quedé pensando.

Este diálogo, propongo, entabla a su vez otro diálogo con la rima XI de Bécquer, porque, sí, buena pregunta, ¿qué tal si el mundo es la metáfora de algo más? ¿Qué tal si el mundo es la metáfora de la mujer?

Platón no gustaba para nada de la poesía; argumentaba que este mundo, el mundo en que vivimos, es la copia de un mundo allá afuera, más perfecto, más ideal, que éste. Esto no se le hacía nada bien. Y la poesía, por otro lado, para Platón es la copia de este mundo en que vivimos, de por sí ya imperfecto, lo cual la hace lo que le sigue de peor. Difícil el Platón, y sin embargo Bécquer con este poema hace algo parecido (es decir, hablar de mundos imperfectos y perfectos) pero a la inversa: Pone al mundo en que vivimos en un plano superior y a la poesía (a la mujer) en un plano superior. "Poesía eres tú". Bécquer sabía de lo que hablaba, el cabrón. Hurra por él