lunes, 16 de junio de 2014

Algunas reflexiones sobre la rima XI de Bécquer

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.

Hace poco me encontraba releyendo este poemita, la rima XI de Gustavo Adolfo Bécquer. Por un momento no dejé de pensar en ella porque, de pronto me inquietó, ya que lo que dice es, en realidad, profundo, cabrón, a pesar de la brevedad del poema. ¿Por qué? Leído esta rima de Bécquer, de pronto me llegaron los dos primeros versos del famosísimo soneto XVIII de mi Will Shakespeare, que también hacía poco leí, que dicen lo siguiente: “¿Por qué tengo que compararte a un día de primavera / Tú eres más hermosa y más placentera” (Traducción libre). A pesar de que ambos poemas halagan a la mujer (supongamos que a quien ambos poemas se dirigen es una es mujer) a la que interpelan directamente, ambos son distintos. Ya que la voz poética del soneto de Shakespeare sugiere el uso de una fórmula bastante copiada en la poesía: Comparar a la mujer con algo bello en la naturaleza; en el caso del soneto Shakespeare, un día de primavera. En otros casos, por ejemplo, las mujeres se comparan a las flores, el rojo de sus labios al coral, sus cabellos al oro, y esas cursilerías. Sin embargo, el poema de Bécquer hace exactamente lo opuesto, y es por esto que me gusta: En lugar de comparar al mundo o la naturaleza o el universo o la vida a la mujer, para tratar de comunicar qué tan bella es ella, dice lo contrario: El mundo o la naturaleza o el universo o la vida más bien son los que se parecen a la mujer. Es decir, el chingonzaso de Bécquer no dice: Tus ojos son como el cielo sino todo lo contrario: El cielo son como tus ojos. La mujer es el punto de referencia, y mundo y naturaleza, si poseen algo de belleza, puedan llegar quizá a ser dignos de ser comparadas con las características de la amada del poema. Miren nomás, qué calidad, qué aseveración tan contundente: Tú no me recuerdas al mundo; el mundo me recuerda a ti: Eres el todo, la fuente inacabable de inspiración; de ti se desprende toda metáfora e imagen y hasta música, de ti se desprende la poesía. Esta idea me recuerda a un pasaje de la novelita El Cartero de Neruda:

¡Metáforas, hombre!
—¿Qué son esas cosas?
El poeta [es decir, Pablo Neruda] puso una mano sobre el hombro del muchacho.
—Para aclarártelo más o menos imprecisamente, son modos de decir
una cosa comparándola con otra.
…
Mario se llevó la mano al corazón [y dijo:]
Usted cree que todo el mundo, quiero decir todo el mundo, con el viento, los mares, los árboles, las montañas, el fuego, los animales, las casas, los desiertos, las lluvias…
—… ahora ya puedes decir «etcétera».
—… ¡los etcéteras! ¿Usted cree que el mundo entero es la metáfora de algo?
Neruda abrió la boca, y su robusta barbilla pareció desprendérsele del rostro.
—¿Es una huevada lo que le pregunté, don Pablo?
—No, hombre, no.
—Es que se le puso una cara tan rara.
—No, lo que sucede es que me quedé pensando.

Este diálogo, propongo, entabla a su vez otro diálogo con la rima XI de Bécquer, porque, sí, buena pregunta, ¿qué tal si el mundo es la metáfora de algo más? ¿Qué tal si el mundo es la metáfora de la mujer?

Platón no gustaba para nada de la poesía; argumentaba que este mundo, el mundo en que vivimos, es la copia de un mundo allá afuera, más perfecto, más ideal, que éste. Esto no se le hacía nada bien. Y la poesía, por otro lado, para Platón es la copia de este mundo en que vivimos, de por sí ya imperfecto, lo cual la hace lo que le sigue de peor. Difícil el Platón, y sin embargo Bécquer con este poema hace algo parecido (es decir, hablar de mundos imperfectos y perfectos) pero a la inversa: Pone al mundo en que vivimos en un plano superior y a la poesía (a la mujer) en un plano superior. "Poesía eres tú". Bécquer sabía de lo que hablaba, el cabrón. Hurra por él

sábado, 14 de junio de 2014

Mensaje hallado en una cajetilla de cigarros

Mi nombre no importa (por lo menos, por ahora); lo que importa es lo que soy (y lo que soy definiré más adelante). La pregunta urgente es, más bien, dónde anido. Y anido, pues, solo, en este morada de andamiajes oscuros e indescifrables y pasillos interminables cuya solución únicamente yo conozco, dentro del mundo pero al mismo tiempo alejado de él. Ignoro por qué me encuentro aquí; ignoro si se debe al azar o designo de los dioses o ese mentado ente ubicuo que llaman destino (el cual, dicho sea de paso, me parece una aberración, porque yo creo en el libre albedrío y yo soy dueño absoluto de mi destino, excepto que yo, a diferencia de muchos, sí estoy destinado para la grandeza; en esto el hado sí existe y me tiene un camino ya trazado: el de la grandeza). Lo cierto es que un conflicto me supone estar aquí porque, ahora sí, ¿quién soy yo? Soy, en pocas palabras y para no exagerar, un ser grandioso, hermoso, excepcional, brillante, un ser dotado de mil y un dones y talentos y aptitudes para la vida, una estrella radiante enviada a la tierra única y exclusivamente para brillar. Esto que les digo no digo por vanidad o arrogancia (detesto a las personas que se dan ínfulas de lo que no son), en resumidas cuentas, no por subjetividad, sino todo lo contrario: Objetividad. El único compañero perpetuo que tengo aquí en mi morada es el espejo, el cual me refleja verdades objetivas que, me gusten o no, las quiera o no, allí están. Además, brillar es lo de menos. Soy de la firme convicción de que se me ha enviado a la vida tocado por los dioses, o lo que sea que me haya creado (porque yo sé que existe un creador), para el mejoramiento del mundo.

Por tal razón, imaginen cuán triste es mi situación, ésta de encontrarme aquí, encerrado en mi morada, mientras el mundo, ése al que vine a ayudar, a enriquecer, el cual, despreciable e ingrato, ignora mi existencia, y sigue girando inconsciente de que yo, alguien como yo, existe, sin tener el lugar que le corresponde. En cambio, a manos llenas su estima y adoración regalan a imbéciles y pelmazos que no poseen ni la mitad del talento que yo en una mano, sin escatimar. Tontos, ingenuos, ciegos estúpidos. No sé quién es peor: Ustedes los farsantes que, autocomplacientes, se congratulan por hacer cosas en realidad mediocres pero que al ojo experto dejan mucho que desear o ustedes los patéticos inocentes que se dejan comprar al no ser capaces de ver más allá de sus narices, o sea, a mí. Yo sé esto porque nuestros mundos colindan y noches enteras paso en vigilia observando con lupa estudiosa lo que sucede en el mundo exterior. Estoy muy al tanto de lo que sucede afuera de morada.

Si puedo salir, entonces, ¿por qué no salgo?, algunos se han de preguntar. Sí salgo, de noche siempre (de día absolutamente no), mas no es por timidez ni incapacidad. Más bien porque prefiero aguardar el día en que yo recorra la tierra con la distinción que desde el nacimiento se me ha prometido, para lo cual necesito, y deseo con fervor, ser encontrado. Yo no puedo darme a conocer porque esto sí es síntoma de vanidad y pretensión y yo estoy por encima de estas actitudes. Además, no. Simplemente no puedo hacerlo. Por eso paso mis días aguardando por ese alguien que sea dueño – o dueña – de la pericia para rasgar los pasillos de mis aposentos hasta dar conmigo y descubrir qué soy yo y llevarme hacia el exterior. Quienes piensen, por prejuicio o temor, que les haré daño, no tienen que temer. A contrario de los rumores malditos y las formas que adopta mi sombra oscura, soy inofensivo. No albergo sentimientos de destrucción hacia ustedes sino puros, vehementes deseos de ser alcanzado, invadido, penetrado. Liberado. Les aseguro que el día en que por fin esto me suceda, todos los terribles pensamientos hacia ustedes y el mundo se esfumarán en un instante. Deseo rendirme ante ustedes.

En ocasiones, por descuido por respuesta a este mensaje, personas – específicamente mujeres – entran aquí. Me ven, las veo, nos encontramos, y por un instante mi salida parece real pero nunca se concreta: Algunas terminan yéndose, para mi pesar; otras se quedan, también para mi pesar. Los primeros casos me llenan de amargura; los segundos de tristeza. No importa; mi fe es grande. Ese día tiene que venir, el día en que yo por fin sea descubierto y visto por lo que soy. Hasta ese entonces mi orgullo y vanidad justificados son monedas de oro depositados en una alcancía que cada momento crece más y que algún día rico me hará. Y ese día, oh, casi puedo saborearlo, será sublime. Justificará este mi encierro, de principio a fin mi existencia. Abro mis ojos gastados por el insomnio y mi imaginación vigorosa cada mañana y los cierro cada noche con esta ilusión dentro de mí.


Este mensaje, que me ha embrujado por leerlo más de cien veces, encontré un día en la calle en que, imaginando mi futuro como poeta, vagaba solitario y triste como siempre.

viernes, 13 de junio de 2014

El Hombre Apresurado

Se apellida Urdapilleta, trabaja en la maquila, y siempre está de un lado a otro, cambiando de sitio a cada momento, sin estarse quieto nunca, en parte porque no sabe, en parte porque no quiere. Por lo general, lugar al que va, llega con ajetreado y apresurado, con ligera tardanza, de 5 a 10 minutos, por lo menos, y 20 o 30 en promedio. Es gerente general de todos los gerentes generales de la maquila CORDE en la ciudad. Hombre ocupado, siempre utiliza su tiempo al máximo. Desayuno, comida y cena en el carro, de camino al trabajo o de regreso a casa; plática con los hijos mientras revisa cuentas del trabajo; y se echa sus polvos con la secre Lorena en su oficina en lo que llegan los otros altos directivos de las sucursales a las juntas de trabajo. Detesta el silencio y cada noche duerme con la tele o radio o computadora encendidas. Las pocas veces en que se queda sin nada qué hacer – por lo general, los domingos – se pone a limpiar la casa (que ya está limpia) o arreglar desperfectos (que no son la gran cosa) o lavar el carro (que ya lavó su hijo, para que se lo preste). Porque, al igual que el silencio, el Sr. Urdapilleta detesta la quietud.

Una tarde, como suele suceder con los ricos de la ciudad, lo levantan. Una suburban negra con cinco encapuchados lo interceptan antes de llegar a su fraccionamiento privado; a punta de calibres .45 lo bajan de la camioneta y lo llevan a una casa abandonada y, vendado de boca y ojos, lo amordazan a unas cadenas en un poste de un cuarto vacío. No se asuste jefe, le dice El Pilas, uno de sus levantadores, No le haremos nada, sólo queremos cobrar el rescate, así que quédese ahí quietecito y verá que no le pasará nada. El Sr. Urdapilleta no tiene miedo – por lo menos, no por el levantón –; lo que tiene es deseos de moverse. Ayúdenme, intenta gritar, Sáquenme de aquí, pero por el pañuelo en la boca no puede decir nada; sólo se mueve y gime y se retuerce y hace ruido. El Greñas, otro de sus levantadores, da golpes en la puerta y pide que se controle, jefecito, no pasa nada. Pero no hace caso; él aún se mueve, tiene que moverse, necesita moverse, no puede estarse quieto, por favor por favor Déjenme salir. Jefecito, dice El Greñas, Contrólese o tendremos que entrar, y usté no quiere que entremos, así que cállese a la verga. Mejor si entran, intenta decir el Sr. Urdapilleta, muévanme, péguenme, lo que sean, por lo que más quieran, todo menos esto todo menos esto todo menos esto. A ver, tú, pinche Greñas, grita El Jefe, Ve y calla a ese pinche cabrón jijo de la chingada ahorita mismo antes de que le meta un plomazo en el hocico por caguengue. El Greñas, irritado, se pone de pie y se dirige al cuarto vacío, abre la puerta y por un segundo ve al Sr. Urdapilleta, el pecho infladísimo, los ojos rojos y desorbitados, desesperado, y luego, pum, explota como flatulencia. Su carne y sesos, sangre y tripas, regado por doquier.

Pobre del Sr. Urdapilleta, caray, lo ha matado la prisa en vez de sus levantadores. Bah, no importa. Porque, a pesar de su familia, por primera vez después de mucho tiempo ya no siente esa prisa, esa necesidad de cambiar de lugar, de moverse de un lado a otro. Y, contraria a toda opinión posterior sobre mí, estoy feliz, estoy mejor que nunca. Los levantadores de todas maneras cobraron el rescate.


miércoles, 21 de mayo de 2014

Muerte, no te ufanes

Muerte, no te ufanes, pues aunque te llamen
Temible y poderosa, tanto no lo eres.
Aquellos a quienes has tumbado
No han muerto aún, ingenua, así como yo, que de pie sigo.
Del lecho al sueño, laxas copias de ti misma,
Fino gozo hay; de ti fluye más vida de la quisieras dar,
Y tarde que temprano los más valientes y robustos a ti van,
A descansar sus huesos, a entregar su espíritu.
Eres tú esclava del destino, de la suerte, de reyes y de infaustos.
Y venenos y guerras y brotes súbitos de peste
Y ricina y conjuros mágicos nos hacen caer más rápido
Y mejor que el triste roce de tu dedo: ¿por qué, pues, el alarde?
Ppasado un sueño corto, en la eternidad despertaremos
Y la muerte será sino un recuerdo; Muerte, muerta acabarás.

martes, 20 de mayo de 2014

Bébeme sólo con tus ojos

Bébeme sólo con tus ojos
Que yo juraré con los míos
O deja un beso en la copa;
Que ya no habré de buscar vino,
Pues la sed que de mí brota
Sólo pide ron divino
Y por el néctar del dios Hebe,
No cambio el tuyo, ahora mío.

Corona te envié llena de rosas,
Y no tanto como ofrenda,
Sino con fe de que contigo
Marchitarse no pudiera
Pero tú sobre ella respiraste
Para regresarla a mi mesa,
Y desde entonces al olerla,
Huele a ti y no a ella




El Durmiente del Valle

Un hoyo verde donde canta un río,
Enganchando, desquiciado, finos rayos de plata,
Ahí donde el sol de la montaña fiera
Irradia: un pequeño valle que hace espuma de luz.

Con la boca abierta y la cabeza desnuda
Y la nuca bañada del fresco barro azul, un joven soldado
Duerme, tendido sobre la nube hecha de hierba, y
Pálido, sobre la cama verde donde la luz llueve.

Los pies sobre el gladiolo, duerme, sonriente,
Como sonríe un niño enfermo que toma su siesta:
Naturaleza: mécelo suavemente, tiene frío.

Los perfumes no cosquillean más su nariz,
Duerme en el sol, su mano sobre su pecho,
Tranquilo, con dos huecos rojos en su costado.


domingo, 11 de mayo de 2014

Parábola del Hombre Hambriento

Fue de noche cuando El Soldado despertó, desnudo, bocabajo. La luna, redonda en el cielo, en silencio llena brillaba. No pudo recordar aquel lugar ni lo sucedido; el oído y el habla, como linternas, totalmente apagados de aquella total oscuridad. Intentó ponerse de pie pero sus brazos, súbitamente desprovistos de fuerza, le fallaron, y cayó al césped. Como un punto negro que manos invisibles, despiadadas, le abrieron el pecho hasta lo insoportable. Ignoró qué era aquel dolor o por qué acaecía, pero no pasó mucho tiempo para comprenderlo. Era, efectivamente, hambre, una terrible y titánica hambre.

Con fuerzas, que sacó de algún lugar, logró ponerse de pie para, desesperado, correr en busca de algo, pero ¿qué? Oscuridad, la vista borrosa, un bulto en el suelo que lo hizo tropezar. Confundido, vio el bulto y la luz de la luna le reveló lo que era aquel bulto: Un cadáver. Asustado, corrió de aquel cuerpo para de nuevo caer en el suelo. Esta vez no es sólo un cadáver; son dos, y al voltear a su alrededor comprendió dónde se encontraba: Un terreno repleto de cuerpos inertes y rotos, desperdigados por doquier. Ahora, recuerda lo sucedido.

La Última Batalla de la Guerra Final.

Él había participado en aquella batalla, como soldado del bando de Los Buenos, el lado que defendía al mundo de Los Invasores, el bando de Los Malos. Y a pesar de la firmeza de los soldados de Los Buenos y la fiereza de Los Malos, ningún bando ganaba – o perdía– del todo. Alternando derrotas y victorias, ambos bandos atascados en el fango del empate se hallaban… hasta aquella aciaga batalla.

A tantos hombres reunidos en un solo lugar nunca vio. Hubo tantos en ambos lados que  no pudo acapararlos a todos con su vista. Hasta entonces había tenido la seguridad de su causa, confiado en la nobleza de su bando; pero al ver a tantos hombres reunidos, de pronto, algo en él sucedió, algo inesperado y nuevo: Dudó de su causa, por primera vez en la vida, y de pronto escuchó la tierra sobre la cual estaba parado sacudirse con telúrica fuerza, como si un terremoto naciera justo debajo de sus pies, y en ese momento escuchó explosiones abrirse a su alrededor y vio humaredas gigantes de polvo y vio cuerpos moverse, cuerpos caer, cuerpos destrozados por los zarpazos inclementes de las balas, cuerpos agujereados por los tanques arrolladores, cuerpos desmembrados cuyas piernas y brazos volaban por el aire para caer al suelo, cuerpos miedosos, angustiados, cuerpos gritando, cuerpos orinándose, cuerpos llorando, cuerpos escupiendo a través de sus poros sudor y sangre, cuerpos explotando, cuerpos orinándose, cuerpos convertidos en lluvia de órganos y tripas, cuerpos deshaciéndose como mazapán, cuerpos muertos acumulándose como piedras sin importancia a su alrededor, cuerpos estorbando el paso que pisaban botas indiferentes para poder escapar. Comenzó a perder el oído, como una luz comida por la oscuridad envolvente; lo último que escuchó fue los motores de una bandada de aviones distantes que se aproximan poco a poco, hacia ellos, hacia todos, dispuestos a arrasar aún más el campo en llamas.

Los ojos de todos en el cielo.
Silencio absoluto
En menos de un segundo, comprendió que todo lo sucedido hasta el momento no es más que el preludio de la muerte, la brisa antes de la llegada del huracán; ahora seguía el horror de los horrores, la destrucción íntegra y completa. Cuando la primera bomba cayó, él salió volando por la explosión y al abrir los ojos y alzarlos al suelo vio otra bomba cayendo hacia donde él se encontraba. Sintió subir de su garganta un grito tan fuerte que al hacer erupción, su garganta explotaría, y deseó volver, darse la vuelta y huir, correr, esconderse, rasgar con sus manos la tierra hasta llegar al fondo y esconderse, salvarse, como todos los demás, pero ya era tarde: la bomba, como hoja de árbol, suave tocó el suelo. El tiempo y la vida se detuvieron por un instante antes de la explosión total. En ese momento sólo pudo articular una palabra antes de que se abriera la explosión: No.

Todo, oscuridad.

Al ver esos cuerpos a su alrededor, se preguntó, sin hallarse respuesta, cómo o por qué sobrevivió. Se preguntó también por qué oído y habla se habían apagado como fósforos. Aterrado, quiso profundizar en esto, pero no pudo: El hambre lo lastima. El Soldado se percata de otro sobreviviente. ¿De qué manera? Ni él lo supo; fue como si lo hubiera olido, sentido a través del aire.

Instintivamente, corrió hacia a aquel sobreviviente, sin saber qué hacer, y lo encuentra falto de pierna y semiinconsciente. Dubitativo, se acerca a él y apenas piensa en tocarlo y poner su mano fría sobre aquel soldado agonizante cuando pasó:

El sobreviviente, muerto.
El Soldado lo tocó y, sin quererlo, lo comió.

Justo en ese momento, la culpa le subiría a la cabeza cuando sintió lo que siente cualquier persona que no ha comido en días después de pasarse varios bocados por la garganta: Satisfacción.

Y, por un breve instante, un llevadero segundo, al hambre apaciguó.

Mas esto no dura por mucho tiempo.

Unos minutos más tarde, más intensa y dolorosa que antes, el hambre regresa, abriéndole el pecho más fuerte y neciamente, hasta lo insoportable. El Soldado, gritó, gritó sin poder gritar realmente, y corre a sus alrededores, en busca de algo. Sintió a un par de sobrevivientes cerca de él – los pudo ubicar con exactitud a cada uno –, pero ahora no tuvo que acercarse a ellos: sólo tuvo que sentirlos a la distancia, se concentra y, a pesar de que sintió remordimiento por quitarles la vida, lo hizo: Los devoró. Los sobrevivientes murieron al instante y Él, agitado y saciado, descansó por un momento. Minutos más tarde, el hambre lo golpea de nuevo. Ahora, siente a los demás sobrevivientes de todo el campo: en total siente a cinco y a los cinco devoró con sólo pensarlo. Lo que en algún momento hubiese sido culpa ahora era una botella pequeña y frágil estrellada contra un muro de concreto, ancho y duro.

A las afueras de una ciudad, una estación gasolinera donde un par de hombres bebían y reían y fumaban. Uno se llevó la botella a la boca cuando lo vio: Un hombre, o por lo menos eso parecía, fijo, como envuelto en una tela oscura, de rostro normal pero que él veía desfigurado.
Parecía un cadáver.
El hombre intentó gritar pero no alcanzó a hacerlo: Él lo devoró, y también al otro hombre y a una prostituta que dormía en el tráiler.
Los hombres cayeron al suelo.
La ciudad frente a Él.

Le tomó un par de horas devorar por entero a la ciudad: Su capacidad para consumir era como un radar que alcanzaba a detectar vida a un rango que se ensanchaba mientras más comía. Primero devoró un sector de la ciudad, uno pequeño, luego otro sector y esta vez alcanzó a devorar a más gente, casi al doble, y luego devoró el resto de la ciudad de una sola mordida. Nadie lo vio venir, nadie lo esperaba, y vacía quedó la ciudad después de Él. No sólo los humanos sino los animales y las plantas, el aire y hasta el suelo mismo se quedaron sin vida.

A partir de entonces, donde hubo gente concentrada, Él se apareció, inmóvil, piedra oscura hecha de sombras, para devorarlo todo. ¿Cómo llegaba? El nunca corrió, ni siquiera lo vieron caminar. Era como si no se moviera, como si fuera más un fantasma que cuerpo. Cosa que así era, porque para entonces nada sentía. La culpa, la tristeza y el remordimiento se convirtieron en estrellas de brillo ínfimo y opaco que se perdían en el firmamento. De vez en cuando miraba hacia el cielo y las veía, pero eran distantes y lejanas.

La humanidad decreció al poco tiempo. Ciudades enteras fueron absorbidas, huecos circulares de muerte se abrieron como debajo de la tierra. Todo fue silencio, poco a poco. ¿Cómo defenderse, cómo prevenirlo? Ni siquiera sabía lo que rondaba la tierra. Algunos ingenuos pensaron que al esconderse debajo de la tierra o al irse a vivir a las cavernas de alguna olvidada montaña, se salvarían, pero esto no fue posible; su hambre fue tan grande que inclusive a ellos pudo encontrar sin dificultad alguna. Los escasos sobrevivientes, esos que comprendieron que algo, o alguien, perseguía la vida para luego devorarla, buscaron sobrevivir al emprender la marcha y estar siempre en movimiento, siempre corriendo. Mas esto no fue posible por mucho posible, porque siempre terminaron por cansarse o al querer alejarse de Él terminaron por caer dentro del rango de su radar, para ser devorados en el momento menos esperado.

Y es que ningún intento fue suficiente para salvarse de ÉlPara entonces él ya no sentía nada que no fuese hambre. Los sentimientos que alguna vez sintió ahora le eran lejanos e incomprensibles, como palabras de un lenguaje desconocido de cuyo origen o existencia ni siquiera escuchó hablar. El hambre era el motor de su existencia, porque vida no era, y toda la vida en la Tierra no era más que alimento que debía parar en el hueco inmenso que guardaba en su pecho, en su tumba gigante que albergaba la muerte de todo y todos.

Y, como era de esperarse, llegó el momento en que la humanidad  dejó por completo de existir, de que todos y cada uno de los humanos en la Tierra fueron devorados. Y una vez comida la raza humana, Él se volvió a los árboles, a los bosques y las selvas, a las tundas y los prados, a los mares y los lagos, los océanos y los riachuelos, a los animales. No le tomó mucho tiempo terminar con todos ellos. Y terminada toda la vida, la Tierra se volvió un cementerio gigante, enorme, un espacio vacío lleno de huecos y muerte silenciosa, muerte oscura, muerte y nada más. Y después de devorar con el pensamiento los últimos gusanos vivos que anidaban los suelos, Él comenzó a devorarse a sí mismo. Él lo sentía mientras su estómago se convulsionaba como suelo en terremoto; mientras, al estar por horas, inmóvil, a las afueras de un bosque pellizcaba su piel para encontrarla más flaca, más enjuta y más de aquello que en algún momento, en los distantes días de su infancia llegó a sentir: tristeza.

Y fue cuando lo comprendió: Él inevitablemente moriría. Sin vida en la Tierra de la que pudiera alimentarse, ya nada lo separaba de la muerte, de la patria de la muerte que lo reclamaba para sí misma. Por un momento sintió miedo y angustia, y quizá eso fue el último gesto de humanidad que tuvo durante mucho tiempo. Lo único que lo consoló fue que, por fin, ya no sentiría aquella terrible, insoportable hambre. Y una noche, también de luna llena, como la que hubo en aquel campo de batalla donde todo comenzó o quizá todo terminó, sintió el fin, sintió que algo duro e impalpable, como un cascanueces hecho de aire, lo comprimía desde la cabeza a los pies, desde adentro y desde afuera. En algún momento perdió la consciencia y en otro dejó de vivir: su cerebro y corazón, como interruptores de luz, se apagaron. Mas el hambre no terminó ahí; al hambre continuó consumiéndolo y encogiéndolo como papel hecho bola, sin mayor remedio, sin mayor respeto. Y dado el último bocado, Él desapareció por completo, de Él no quedó nada, y luego todo fue vacío y soledad y silencio y quietud en la Tierra desierta que nada ni nadie habitaba más.